Hablemos de música

Julio Mendívil

Hace algunos años un colega especialista en música nigeriana me comentó con resignación que ya bastante conseguía si lograba convencer a sus informantes para que le explicarán verbalmente sus principios musicales. Para éstos la música se hacía, no se discutía. Efectivamente, en muchas sociedades está extendida la idea que hablar de música es empresa baladí. No es del todo descabellado el recelo, pues si bien, desde tiempos inmemorables, la música ha sido un vehículo sumamente productivo para expresar ideas, emociones e incluso saberes, ésta siempre ha puesto en evidencia que su lenguaje es ajeno al del habla. ¿Cómo verter en palabras las tempestades que nos invaden al oír la Eroica de Beethoven o la 5. Sinfonía de Mahler? O ¿cómo expresar la congoja que nos producen los cantos fúnebres de los Dogon de Mali o la voz dolorosa de John Lennon evocando a su perdida madre? La música como sistema comunicacional difiere tanto del idioma hablado que Charles Seeger —uno de los más grandes investigadores de la música del siglo XX— ha sugerido que el gran dilema musicológico radica justamente en la imposibilidad de traducir discursivamente un sistema que se las arregla para expresarse sin la injerencia de los signos lingüísticos.

¿Es justificable discurrir sobre música? Los músicos han objetado a menudo que lo suyo no es el orden del discurso sino el mundo de los sonidos organizado de manera sutil y complaciente para el oyente, desautorizando con ello la retórica del filósofo melómano o la del sesudo crítico. Ciertamente, la destreza verbal de Nietzsche para despotricar de la obra de Schumann o ridiculizar la de Wagner, al igual que la intrincada prosa de Adorno para menospreciar las dotes creativas de Tchaikovski o el valor artístico del swing americano, pierden brillo y contundencia, puesta en evidencia su poca fortuna con las musas. El saber musical, según esta lógica, se haría manifiesto en el dominio de la composición o la interpretación. Hablar de música sería, por tanto, como reza un dicho americano, tan burdo como intentar bailar arquitectura.

La frase es ingeniosa, aunque en el fondo, sea inapropiada. Y es que la música no sólo es estructuras sonoras. Ella también comprende patrones de comportamientos e ideas concretas sobre lo que es musical o no. Y puesto que es a través del habla que trasmitimos conceptos y nuestras aspiraciones, el comportamiento verbal resulta ser una parte fundamental de toda conducta relacionada con la música y su consumo. Aunque a menudo se piense lo contrario, vivimos hablando de música. Lo hacemos, como consumidores, cuando comentamos con conocidos nuestras recientes adquisiciones y cuando celebramos nuestros gustos. O cuando discutimos sobre la calidad estética de lo que hemos oído; cuando expresamos nuestra extrañeza frente a lo inédito y nuestra complacencia frente a lo familiar; así como cuando comentamos las emociones que despiertan en nosotros una melodía o el timbre de voz de una cantante a quien admiramos profundamente. Es decir, siempre.

También la práctica musical implica hablar de música. Y es que la música requiere de un previo acuerdo sobre lo que se persigue. El antropólogo norteamericano Michael Tomasello sostiene que los humanos difieren de los animales en cuanto los primeros poseen la capacidad de coordinar intenciones comunes y, en base a ello, de moldear resultados futuros, aun aquellos de carácter abstracto. Según Tomasello esta intencionalidad compartida se funda justamente en la habilidad humana de explicar y comprender, lo cual es posible solamente por medio de las palabras. Y puesto que la música es una actividad colectiva que requiere de acuerdos y compromisos, ella sería impensable sin el uso de una intencionalidad compartida al momento de pensarla o producirla. Realmente, ningún ensamble musical sería posible sin que mediara entre los participantes un sistema de comunicación que permita entenderse a unos y a otros. Es mediante el habla que Simon Rattle comunica a los miembros de la Orquesta Filarmónica de Berlín sus expectativas musicales, como es también mediante ella que el musika wa timbila instruye a músicos y bailarines para ejecutar las suites instrumentales que han hecho famosos a los xilófonos chopi de Mozambique. El habla es de una importancia tal al momento de hacer música que cada cultura musical ha desarrollado un argot especial para expresar sus principios de valoración y sus técnicas de ejecución. Así conceptos como fat bass, riff, sabor, offbeat o groove, son aplicables al hiphop, al rock, a la salsa o al jazz, respectivamente, pero, de seguro, no a la música de manera indistinta. Esto demuestra que la comunicación verbal es un factor vital para poder trasmitir saberes musicales, aunque a menudo los mismos músicos afirmen lo contrario. El dominio de una jerga musical específica es, dicho sea de paso, primordial para ser considerados expertos en una cultura musical. El concepto “bello”, por ejemplo, corresponde tan poco a una expresión de calidad aplicado al heavy metal como la noción de “duro” aplicada a la voluptuosidad instrumental y armónica de la obra del gran compositor de Renania. Por lo demás no dominar las categorías verbales de una cultura musical suele acarrear tristes malentendidos. Mientras que para un payador argentino el contrapunto implica un duelo musical con un contrincante, en la música erudita denota la concordancia armoniosa de dos voces contrapuestas; mientras que el ligado en ésta se refiere a la ejecución ininterrumpida de una serie de notas, en la música andina referirá el arrastre de una nota hacia otra contingente. ¿Cómo esclarecer todas estas diferenciaciones capitales sin recurrir al lenguaje que es el medio que las sustenta?

Hablar de música es tarea indispensable, aunque músicos famosos digan lo contrario. Hagámoslo. A fin de cuentas, como ha afirmado el musicólogo norteamericano Robert Walser, bailar arquitectura puede ser un acto sumamente creativo.

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Julio Mendivil

Julio Mendivil

Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).