Habitar Las noventa Habanas no es un juego del que se salga ileso

Dainerys Machado Vento se convierte en muchas mujeres que a la vez son una sola, y es ella misma o pueden ser grandes desconocidas. Se transfiguran, desnudan, se muestran en un ejercicio de pujante sinceridad. Y lo hacen, quizá, por el simple deseo —natural— de hacerlo, o tal vez no, tal vez lo hagan para adueñarse de la tribuna de la que han sido despojadas o a la que asisten en casos extremos. Habla ella y hablan todas como el gran coro que somos, sin prejuicios, sin límites, diluidas en lo diferente y rescatadas en lo semejante. Habla Dainerys de sexo —fuerte, pasional y descarnado, como es—, de lo marginal, del alcoholismo, de la envidia, de la nostalgia, del “yuma”, de la mentira, de la duda, de la migración, de la insensatez plena de las cosas y de La Habana, esa ciudad que asemeja un gran expedidor laborando a contratiempo antes de que se derrumbe el país sobre sí mismo. ¿Cómo ha podido emprenderse un viaje similar, por qué narrar diecinueve historias que abren el círculo infinito de la incertidumbre, que no ofrecen respuestas en el acto de la escritura, sino que colocan más dudas sobre los ojos que leen? La denuncia, como verbo, queda sobrevalorada aquí, porque no se trata de una delación que alguien circunscribe en la oficina policial y luego da la espalda, se trata de un soplo estentóreo de quien está cansada de tolerar. Pudiera leerse Las noventa Habanas (Katakana, 2019) como un relato, el relato único que creo que es: con un solo personaje que va cambiando de locación y de nombre para mostrar mucho mejor sus conflictos. Los conflictos vienen de la mano de la psicología de los personajes, más que de la acción, y es allí entonces, en las pugnas morales, donde se desarrolla el clímax y los argumentos del libro. 

Las narraciones, sobrias en su naturaleza, trabajadas desde lo directo, sin pretensiones de sugerir más allá de lo que dicen o adornar lo evidente, están construidas con sintagmas breves y claros, pretendiendo revelar de manera constante e inacabable. La fluida escritura permite leer sin tropiezos, sin adulteraciones, sin pausas. Hay un trabajo variado con las voces narrativas, pero es la primera persona la verdadera protagonista, utilizada para lograr la cercanía y la verosimilitud en un grado mayor, que es acaso: un grado más franco. Contiene el libro escenas violentas, dolorosas, como la joven que se sienta en el borde de una acera a comerse un pedazo de pan con frijoles que acaba de recoger del piso, o una niña que solo es feliz cuando “jode” a alguien más, ya sea su hermana o su vecina, poco importa, o el odio visceral entre una madre y una hija, el sentimiento de frustración de la mujer que debe evitar “ser demasiado agresiva” para que su marido no se espante y la deje en blanco; o la nuera que desea clavar un cuchillo en la nalga derecha de la suegra sin culpa alguna, bien profundo, hasta sentir la sangre, o la prostituta a quien acorralan y aprietan en un gesto superior de hombría, o el fracaso de la familia, o la infidelidad que se pasea repetida por los textos para cerrar un círculo de espanto de esta metáfora en que vivimos. Lo curioso de no encontrar un final feliz en ningún cuento, nos obliga a pensar de manera más intensa, o tal vez más descarnada, en la felicidad, en la vida feliz que todos pretendemos encontrar —o crear— y que justamente es eso: un espejo donde se refleja la búsqueda infinita construida de muchos peldaños trágicos, tristes, atormentados que nos conforman, pero que no siempre nos atrevemos a nombrar.

Hay personajes recurrentes que se repiten a lo largo de las historias. Podríamos llamarles personajes-hilos, ellos provocan —y permiten— una especie de conexión metafísica entre los relatos; está Esteban y con más protagonismo está Virgilio: un Virgilio descentrado, transfigurado y recolocado en la misma Habana que lo persiguió y lo encarceló y lo olvidó. Podemos imaginar, a ese Virgilio (“el maricón con más dinero de toda La Habana, brujero y fumador exclusivo de tabacos Cohibas, con fama de chivato voluntario, corneta, trompeta de la fiana…”) recitando —también—, allí, en la cocina de su casa, donde el olor a frijoles es la gloria misma estos versos: “…Mírate, / ya sin ojos, / y levanta tu losa. / deja que los vapores entren / en la circunstancial mansión / que te preparan las mujeres de la tribu / para que sobre la noche se alce tu cadáver…”. Los escenarios fungen como personajes secundarios, tienen un peso adicional, se convierten en otra historia que se narra en paralelo para mostrar lo que no alcanzan el relato lineal. Así se transita desde un barrio “malo” en plena capital cubana, hasta México, Miami, Chicago, cuidando los lenguajes en cada uno de los escenarios; colocando el “pinche” y el “no seas dramática, mima” y el “se ve que no tienes un dólar para pagarte una depilación que valga la pena, balsera” donde debe ser. 

El juego con los estereotipos, el uso de los diálogos intercalados en el propio texto y la crudeza, podrán definirse como otras características que pueblan Las noventa Habanas y que ayudan a comprender el relato descarnado que se distiende como lo hacen los conflictos en que habitamos. Existen una serie de frases cortas que Dainerys coloca a modo de sentencia, fuere ese su objetivo o no, y que funcionan como rompe olas, como clics entre lo que narra y la realidad; podemos leer: “Otro nudo en el estómago me recordó que el hambre podía más que el miedo cuando competían por ocupar un cuerpo”; “En esos años las imprentas habían decidido publicar solamente libros sobre política, como si la política aliviara el hambre más que la poesía”, “Aquello no era un bikini verde, era un aleph”, “A veces el pasillo de esta casa es un lugar interminable como la vida”, “lo más saludable es tener en cada puerto un olvido” o “El dolor tam­bién servía a veces para sentirse acompañada”. 

Es quizá “Dieguito el escritor” el relato menos logrado y “Don´t smoke in bed” el más alegórico. Hay, en este último, un juego más libre, sin perder en concisión con la fantasía psicológica, hay un nivel de realidad que se mezcla y se diluye y provoca un mensaje más contundente. Es allí donde aparece Chicago como una de las noventa versiones de La Habana, lo que nos hace pensar si realmente existen estas versiones o si se trata solo de una persistencia del emigrante que necesita, para cerrar su herida —o para no abrirla nuevamente— encontrar a su ciudad en todas las otras que pisa. Es un relato que resume el espíritu del libro, vemos allí el dolor, el sexo para quitar ese dolor, el desarraigo y la desesperación del que no se reconoce en el lugar donde ha decidido vivir, el recuerdo del pasado (“La inmensa balsa que se le figura Cuba flota sola en su imaginación, sin destino.”), la nostalgia interminable. “La vidente” y “La hipócrita” juegan con un mismo hilo narrativo, con la niña nada inocente, con la parte oscura que se manifiesta en los paisajes cotidianos y que suele develarnos la existencia de personalidades que escapan al control de sí mismas; personalidades que suelen asustarnos y que no podemos prever o apartar con un manotazo. La protagonista de “El City Hall” es esa misma niña nada inocente que ha crecido y que, de adolescente, no puede sostenerse en pie en medio de una discoteca a la cual ha ido con la única ropa que tenía para ponerse. En “Nada 1994”, “Un bikini verde”, “Made in URSS”, “Quédate”, “Historia de la flaca a la que golpearon por romper el orden natural de las casas y las cosas” hay un engranaje lúdico, además, con la desgracia de un país, la desgracia que ha hecho que, tras la Revolución de 1959, los cubanos tuvieran que inventarse formas nuevas, y no siempre decentes, de subsistencia. Mientras, “Pica poquito”, “El yuma”, “Mi amiga Mylene”, “A lo Carrington”, “Confesiones de grande”, “La editorial” exploran y explotan el drama familiar y social, la resistencia y persistencia de ese drama familiar, de las relaciones contextuales, y su influencia en el recuerdo de la experiencia de la que estamos construidos.

Cerrar la tapa posterior del libro no traerá tranquilidad alguna. Habremos finalizado un recorrido espinoso por un laberinto donde penan las almas, habremos vivido en y con el sufrimiento —físico y espiritual— a través de los personajes, nos habremos desencantado, desilusionado, ¿pero acaso la vida misma no es eso?, ¿continuas desilusiones? Y por otro lado, ¿acaso aprender desde la desilusión no es la práctica general para salir del foso? Los caminos de la infelicidad también conducen a la luz.