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Este sábado por la mañana había quedado con un tipo, un pintor, para darle las llaves del piso de un amigo. A las nueve. Mientras esperaba, vi pasar al cantante. Era él, sin duda. Chaqueta americana, melena, gafas de sol de las de ‘pera’. La cita con el pintor de brocha gorda era en la glorieta de Embajadores, en ese punto en que se aglutinan una serie de ‘pintas’ como muy velazqueños. Son gentes de la droga, todo ese rollo de las cundas y los taxistas ilegales que los llevan, o eso dicen los marisabidillos, a Las Barranquillas. Es lo más cercano a La Habana que pueda haber en Madrid, una esquina muy de ‘Callejeros’, meeting point del trapicheo a ras de suelo. 

Como las moscas a la miel, como los puteros a la calle Desengaño, ciertos consumidores de ¿heroína? se desplazan hasta ese punto. Como el cantante, al que se veía a la legua que no había quedado ahí con un amigo de la infancia. Ese andar a medio gas, ese mirar y no mirar, ese aire de inseguridad, de sentirse observado. Porque al menos yo lo estaba observando. Y hasta me he animado a jugar a paparazzis y le he sacado una foto con el móvil, en un gesto algo descarado que quizá haya sido apercibido por el yonkarra camello, un tipo con más pómulos que hombros, con el cual ha desaparecido el cantante. 

He sentido una cierta excitación como poseedor de esa foto. ¿Podría mandarla a algún periódico? ¿Sería ético? ¿Es periodismo? ¿Me pagarían por ello? ¿Me gustaría que me hicieran lo mismo? Un día se sentó frente a mí Inocencio Arias, en el metro, con su sombrero, bastón, varios periódicos, pajarita y demás parafernalia. El viajero más atípico de toda la red de metro. Le hice una foto, porque hacer fotos con el móvil es una cosa tan sencilla y discreta que incluso está mal no hacerlo en una ocasión así. Luego la subí a Facebook y fue muy comentada y tal. En este caso, en términos loables. Un tío que daba ejemplo, diplomático que viaja en metro sin que se le caigan los anillos. Pero, ¿y si le hubiera cazado en un momento no tan ejemplar?
Me he guardado la foto del cantante, aunque me fastidiaba no difundirla un poco porque era buena en términos de composición. Él, de espaldas, erguido, artista, y el camello chupado, con ese rostro moreno cuarteado, curtido, de los tipos que frecuentan ese punto. Dos tipos en los alrededores del abismo, en una fresca mañana de sábado, y un tercero que presencia la escena. 

Al volver a casa me he preguntado si no he sido algo temerario. Quizá me haya visto el dealer castizo, y ahora se piense que soy un secreta. Los secretas se disfrazan siempre de lo menos parecido a un secreta. En sentido, tenía mucho aire de secreta, con el pelo despeinado de antes de la ducha, las bermudillas y las menorquinas de suela despegada.

Quizá me traten ahora con exagerado respeto, o me rajen de arriba abajo la próxima vez que me vean.

© 2012, Eduardo Laporte. All rights reserved.

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Eduardo Laporte

Eduardo Laporte

Eduardo Laporte: Licenciado en Comunicación Audiovisual (Universidad De Navarra) , Máster en Periodismo Multimedia (El Correo/UPV) y Diploma de Estudios Avanzados en 'La lengua y la literatura en relación con los medios de comunicación' . Colaborador habitual en la prensa cultural, como el suplemento 'Territorios' de 'El Correo de Bilbao', y el resto de cabeceras del grupo Vocento. Crítico literario para la web 'Ojos de Papel' y, desde 2012, para la revista cultural, decana en su género, 'El Ciervo'. Autor del blog 'El náuGrafo digital' que, con pequeñas variaciones en el título, se actualiza desde octubre de 2004. Es el padre del arrealismo. Publicaciones: 'postales del náufrago digital' (Prames, 2008) 'Luz de noviembre, por la tarde' (Demipage, 2011):