Fredo y la máquina

TRIPTICO_DE_LA_RESISTENCIA

Hay tres personas alrededor de mí, como casi cada tarde. Mi madre nunca falta, y generalmente vienen sus dos hermanas acompañándola, como ahora, mis dos tías. Llevo dos años tumbada en esta cama, en la habitación del mismo hospital al que me trajeron cuando me caí de la moto. Dos años. Cuando una está en coma no sabe ni cómo se pasa el tiempo, algunos días parecen semanas, algunas semanas parecen pocas horas. En mi estado yo sería incapaz de calcular cuánto hace que estoy aquí, pero por las conversaciones de mis familiares, de las enfermeras, voy sacando no sólo esa información, sino también otros muchos datos, que a veces me aprietan como pellizcos. Por lo visto no hay esperanzas de mejora, y mi madre susurra cien veces al día mi nombre, Inés, Inés, Inés, y cada vez que lo hace un latigazo me hiere la garganta. Pero mi garganta no traga, ni se contrae, y en realidad ninguno de mis dolores es del todo físico, por eso cuando utilizo expresiones como “un latigazo me hiere la garganta” sólo quiero dar a entender así una fuerte angustia, porque a los postrados como yo no les puede doler más que el entendimiento. “Si supieras cuánto me gustaría que pudieras oírme al menos ahora”, me dice mi madre, y yo me río por dentro y pienso que si ella supiera cómo duelen las palabras, por mí misma me taparía los oídos con cera caliente. Pero no lo sabe, porque creo que se supone que mi percepción es la misma que la que pueda tener el picaporte de la puerta que lleva al baño, sólo que yo no llevo a nadie a ningún sitio.

Creo que la habitación donde me tienen es bastante amplia, porque desde la puerta hasta mi cama cuento entre diez y doce pasos de hombre, algunos más si entra una mujer. Mis visitas comentan esta holgura y elogian las facilidades del hospital como si se tratara de un hotel. Eso es porque los que me han querido mucho, que son ya los únicos que siguen viniendo, se han vencido ante tres palabras que quedan como último recurso de los desafortunados: podría ser peor. No, mamá, no tita, no podría ser peor. Uno se ahoga igual en un pozo de dos metros de profundidad que de cien. La agonía es una esponja que cuando se empapa ya no absorbe más. Yo estoy empapada, más allá tan sólo la muerte, el único cambio que modificaría mi situación y, sin embargo, el más aborrecido por mí. Muerte, te aborrezco. Ojalá fueras persona para escupirte a la cara. Ojalá yo también fuera persona para poder escupirte a la cara.

Pero todavía no me ha llegado el momento, y escucho a mi madre recordando en voz alta. “Inés, mi niña, no hay noche que pase en que no se me vengan a la cabeza tus palabras, cuando varias veces, y como en una suerte de augurio fatal, me pediste que si algún día quedabas en coma jamás permitiera que se te desconectara”. Sí, mamá, yo me acuerdo perfectamente, tú siempre me decías que aquella era una advertencia innecesaria, y que no estaba bien recrearse con el pensamiento de alguna desgracia. Pero yo no me recreaba, yo sólo quería que, en caso de encontrarme como ahora me encuentro, pudieras interpretar esta caja negra que soy a través del registro de mi voz antes del siniestro. Cierto que en aquel momento mis palabras parecían el colmo de la precaución, y en su humildad estaban lejos de mostrar la naturaleza clarividente con que se muestran hoy, pero ahora veo que aquellas fueron mis palabras más acertadas, las más útiles, y me alegro de que con ellas me diera tiempo de advertirte que puedes dejar de visitarme si te cansas al cabo de los años, que puedes hacerte a la idea de que me maté el día del accidente, que puedes negar que alguna vez me pariste, si es que así sufres menos. Todo lo que hagas me da igual, salvo interrumpir para siempre este hilo que me queda de vida, una maquinaria que me da la posibilidad de respirar, el pulso, la nutrición; una maquinaria a la que las visitas deberían dirigirse como si fuera yo, a la que tú, mamá, deberías acariciar también de vez en cuando, porque en ella está el foco que caldea mi carne.

Sin embargo, cuando alguien entra en esta habitación viene a verme a mí, y se olvida de esta extensión mía que son unos tubos, unos líquidos, unos cables. Y ocurre que hay ocasiones en las que también a mí se me ignora, y pienso incluso que quien viene a esta sala viene a verse a sí mismo. Ambas, la máquina y yo, nos unimos entonces en la exclusión. Alguien, un conocido o un familiar, entra, acude al termostato para ajustar a su gusto la temperatura de la habitación, se sienta enfrente de mí, lanza un suspiro, supongo que me mira, y entonces empieza un monólogo que no tiene nada que ver conmigo, un diálogo donde yo soy la mejor interlocutora, porque nunca llevo la contraria. A más de uno le falta el pudor; Alicia, Román, ¿por qué me decís esto que ni yo quiero escuchar ni vosotros queréis que se escuche? ¿Por qué no os lo tragáis como haríais si yo pudiera sosteneros la mirada?

Pero en realidad desde mi pensamiento transijo en casi todo, y desde mis circunstancias estoy agradecida como perra adoptada, porque ninguno de mis parientes parece haber dado muestras hasta la fecha de querer interrumpir mi mantenimiento mecánico. El momento crítico ya ha pasado, cuando el jefe del equipo médico que se ocupa de mí le ofreció a mi madre la posibilidad de que mis órganos terminaran en otros cuerpos. Mi madre no se rindió al canto de las sirenas, a la retórica de un doctor que insistía en que evaluara la trascendencia que mis riñones, mi corazón, las córneas de mis ojos, tendrían para socorrer la vida de otras personas. Mamá, tú desoíste toda petición, e hiciste bien, que cada cuerpo acarree su propio deterioro. No quiero que mis órganos jóvenes envejezcan en personas ajenas, que los hijos salven a sus padres, si quieren, y los padres a sus hijos, pero yo me quiero entera y, sin tener descendencia, tampoco tengo nada que dejar a mis mayores, y por eso me ofrezco como legado. Mamá, no tuve tiempo de regalarte una vejez dulce y despreocupada, pero aquí tienes lo máximo que una persona puede dejar, su cuerpo intacto. Y tú, doctor, que le hablabas a mi madre de la generosidad de los donantes, ¿acaso podrías tú siquiera soñar con ser la mitad de generoso que yo? Jamás, porque yo, Inés, soy la herencia de mí misma.

Algo bueno ha hecho este doctor, a pesar de todo, y a pesar de que ni él mismo podrá advertir que uno de sus actos ha cambiado mi estancia en este hospital. Una decisión suya ha alterado mi historia de manera tan rotunda como el choque contra el asfalto la noche del accidente. Después de llevar dos años alojada sola en esta habitación, sin compartirla con nadie, hace dos meses escasos que dispuso instalar a otro paciente, que quedó en un estado semejante al mío después de ser arrollado por un autobús. Tuve suerte y no murió, agradezco su atropello. Fredo es su nombre.

Con Fredo he entrado complacida en mi tercer año aquí. Como a mí, vienen a visitarle cada día, aunque con más frecuencia, como es lógico, dado que prácticamente acaba de llegar. “Inés, hija mía, mira qué lástima, ahí al lado han puesto a un paciente tan joven y guapo como tú”, me decía mi madre el día en que llegó él, y yo pensaba que ojalá todas las lástimas fueran como aquélla. Ahora, mientras recuerdo su llegada, él sigue ahí, a dos metros escasos de mí, conectado al mismo tipo de aparatos que yo, por los mismos tipos de cables, ingiriendo la misma comida que yo por los mismos tubos. “Fredo, mi hijo”, suspira su padre, “Inés, mi hija” suspira mi madre, y su voz ya no me suena igual, y unida a la voz del padre se me antoja un coro que canta el encuentro final y la unión de dos héroes. Entonces como un picotazo me punza las sienes, es cuando pienso que quizás él esté sumergido un paso más allá, en la oscuridad absoluta, ausente de cualquier tipo de percepción. Pero quiero decirme que no, por qué habría de ser así, si nuestras circunstancias son análogas, si con él vivo una repetición de mis primeros meses, las conversaciones de los médicos, de sus allegados, hasta los olores se repiten. Fredo es el gemelo que nunca tuve, y nuestra semejanza me lleva a sentir por él el afecto más poderoso. Este sentimiento tiene que ser recíproco, no puede ser de otra manera. Fredo y yo, criaturas de una única gestación, nos amamos sin tocarnos en la sala de un hospital lleno de testigos, y nos sentimos dichosos.

Su padre se pasa las horas recordando su infancia, no es como mi madre, que cuando me habla de recuerdos se centra en la época de mi adolescencia. “Eras la más bonita, todo el mundo lo decía, y también te auguraban un futuro lleno de triunfos, porque lo llenabas todo en todos sitios, en la familia, en la escuela, en la iglesia…”, y yo pienso: “¿Estás escuchando a mamá, Fredo? Te perdiste mi adolescencia, pero somos afortunados, porque cada día yo sé más de ti y tú más de mí”. A mí me gusta cuando tu papá recuerda tu habilidad para cazar lagartijas, cuando repite “Nadie sabía cómo a tus cinco años te las ingeniabas para ser más rápido que ellas y llenar un cubo entero de aquellos bichos”. Me gusta porque yo también hacía eso, y espero a que mi madre lo recuerde para que Fredo me crea. Pero mi madre recuerda otras cosas que quizás también le gusten, “¿o acaso no te gusta saber que me desarrollé casi de un día para otro, que de todas las niñas de mi clase yo fui el prototipo del paso de una belleza inocente a una belleza fecunda, fuerte y blandita a la vez?”. Ahora escucho que mi cuerpo se está secando, y que he adelgazado diez kilos de los cincuenta y cuatro que pesaba, y por momentos me retracto de lo que dije antes, porque creo que sí, que mi situación podría ser peor, de hecho lo es cada vez que los recuerdos se me aparecen como lo que son, espectros que juguetean y me ofrecen el dedo índice untado en miel para que lo chupe y crea que todavía alimenta, ocultándome que en mi mundo ya no existen las abejas, y que lo que se me ofrece como miel no es más que el líquido que supura una mano que se pudre. Pero esto no se lo digo a Fredo, sino que le digo “si me hubieras conocido a mis catorce años yo habría puesto tu cabeza en mi vientre redondo y tú ronronearías como un gato satisfecho”.

Entre mi cama y la de Fredo hay una cortina, pero como yo estoy al lado de la única ventana que hay en nuestra habitación, la mayor parte del tiempo la cortina está plegada, para que el aire ventile toda la pieza. La ventana es muy grande, y ahora que hay brisa mi madre la ha abierto de par en par. Las vistas deben de ser agradables, porque todo el mundo las celebra. Hay un jardín y una fuente pequeña en el centro, de donde nacen cuatro caños que riegan los arriates. El sonido del agua que corre puede escucharse levemente incluso cuando la ventana está cerrada, pero ahora que está abierta entra una corriente delicada de aire que antes de llegar a Fredo tiene que pasar por mí. “Dime si hueles mi pelo, Fredo, porque mi madre me lo ha lavado hoy con el champú que me gusta, no te confundas y pienses que el olor viene de las flores de cualquier parte”. Entonces pienso que los dos no estamos aquí, sino en un carmen de Granada, que yo conocí en mi época de estudiante, donde pasaba las tardes leyendo cerca de una fuente que sonaba parecido a esta. “Y al imaginar tu perfil quiero decirte que tienes el rostro de una virgen de Fra Angelico, pero en hombre, y los párpados apacibles de una muchacha de Van Eyck, y en el huerto donde estamos tu amor me sabe a amor cortés, tú, mi amante francés, trovador que festeja nuestra pasión innata.”

Al médico que entra yo no quiero verle más, por mucho que haya sido él quien te haya puesto aquí. Tiene la cara grave, imagino, como un sepulturero, pero sin justificación, porque aquí no veo ningún muerto. Además interrumpe las conversaciones de nuestros padres y, cuando nos están hablando y entra él, después cuesta trabajo retomar la charla, que a veces se queda en algún momento clave para nuestra comprensión mutua. Por eso estoy siempre en ascuas, suplicando que el doctor no entre cuando mi madre rememora un capítulo importante de mi historia. Yo creo que este hombre no tiene ningún tipo de apetito, que su mirada es la misma cuando se dirige a nuestra botellita de suero que cuando se dirige a un entrecot de ternera o a las piernas de mi prima. “Usted, doctor, cántaro vacío, debería tener mi futuro, quizás así me redimiera de esta situación, quizás también a Fredo, porque ya tengo hasta pensado qué es lo que haría la primera mañana que despertáramos. Le traería huevos con beicon a la cama, aunque mejor aún, le traería sardinas recién pescadas, tan frescas que mantendrían todavía la forma del último coletazo… Fredo, ¿cómo podrías no enamorarte de una muchacha que es capaz de traerte sardinas para el desayuno?”

Desde que vivo en posición horizontal sólo siento movimiento cuando mi mente pasa del blanco al negro. Hoy he sido volteada por una nueva sombra. Mi madre decae, el ánimo le flaquea, y me pregunta:

“¿No estaré siendo injusta manteniéndote en este estado? Yo preferiría estar muerta a que me vieras así, y me pregunto si como madre no debería desconectarte y abreviar tu agonía. Inés, mi niña, no puede haber decisión más difícil que esta de matarte o mantenerte muerta.”

¡Horror de los horrores, madre atroz y descarada! No decaigas, acuérdate de mi deseo expreso, ahuyenta de ti esa idea, ¿qué debo decirte para que no te alíes con mi muerte? Sí, ya sé, anda mamá, sal de la habitación, diviértete un poco, no vuelvas más, ¿es que he hecho algo que te haga pensar que no estoy bien?, ¿es que me he comportado de manera que creas que soy desgraciada? Te prometo que yo soy feliz con mi suerte, de hecho soy más feliz que nunca, ojalá hubiera nacido así, el día del accidente fue el más feliz de mi vida, aquel día compadecí a todos los andantes, porque yo sí que sé lo que es vivir, yo sí que soy afortunada.

Mi madre sale de la habitación, y antes de que vuelva yo invoco a mi amante galo, mi único salvador, pienso en él, y en su máquina, que es nuestra otra mitad, y le imploro: “Fredo, levántate y anda, conmigo”.

Este cuento pertenece al ebook TRÍPTICO DEL TIEMPO

© 2014, Marina Perezagua. All rights reserved.

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Marina Perezagua

Marina Perezagua

Marina Perezagua (España, 1978) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Durante cinco años impartió clases de lengua, literatura, historia y cine hispanoamericanos en la Universidad Estatal de Nueva York. Tras vivir una larga temporada en Francia y trabajar en el Instituto Cervantes de Lyon, vuelve a  los Estados Unidos, donde actualmente se dedica a la escritura. Es autora de los libros de cuentos Criaturas abisales (2011) y Leche (2013), publicados ambos en Barcelona por Editorial Los Libros del Lince.