Filosofía escatológica: Nicolás Méndez y los maestros de la sospecha

Como si fuese una alianza de superhéroes, el filósofo francés Paul Ricoeur reúne a Marx, Freud y Nietzsche bajo el título de “maestros de la sospecha.” A diferencia de los superhéroes regulares que identifican a sus archienemigos como entes maliciosos que la humanidad rechaza, los maestros de la sospecha luchan por desenmascarar la falsedad de la conciencia sobre la cual la sociedad opera. Ricoeur observa que a diferencia de Descartes, que duda de las certezas pero no de la conciencia, los maestros de la sospecha cuestionan la construcción misma de la conciencia y los medios con los que esta condiciona la percepción. La principal consideración de esta teoría es que la sociedad opera a partir de conciencias condicionadas por los valores de la ideología burguesa, para Marx, por sus represiones sexuales, para Freud, y por los artificios moralistas, para Nietzsche.

Cuando los maestros de la sospecha desestabilizan los órdenes establecidos, producen una explosión de reacciones incómodas, irreverentes, iconoclastas, empáticas, contradictorias, repulsivas, inteligentes y fascinantes. El conjunto de estas reacciones serviría también como un intento por definir Cómete a ti mismo (2014) del argentino Nicolás Méndez (1972), galardonada con el Premio Equis de Novela Contemporánea. El concurso fue convocado por Editorial El Cuervo de Bolivia junto a Suburbano Ediciones y revista Specimens de Estados Unidos. Como los maestros de la sospecha hubiesen querido, Cómete a ti mismo es una novela que arroja al lector fuera de lo socialmente permisible, lo ensucia de un escepticismo cuasi subversivo y lo incita a que reajuste su lente acrítico, una especie de autofocus condicionado, por el cual percibe el mundo. Piénsese en la liberación del lente acrítico o autofocus como el arma secreta de los maestros de la sospecha, arma que también utiliza el protagonista de Cómete a ti mismo para desconstruir los artificios con los que dialogan su identidad y los valores burgueses y moralistas que intentan condicionarlo.

El protagonista de la novela destroza esa especie de autofocus, lo libera de la rigidez impuesta por los aparatos reguladores que, al servicio de la racionalidad social y en nombre de una armonía ilusoria, se esmera en que el racismo, la discriminación, la ambición y la desigualdad pasen desapercibidos. El protagonista cuestiona las certezas hegemónicas y las verdades absolutas mediante un discurso narrativo construido a contrapunteo entre lo “impuro” y lo filosófico que rompe el autofocus y estimulan una transgresión de lo normativo:

“El asiento plástico del inodoro me resulta sumamente cómodo. Ahí sentado leo más que en cualquier otra parte. Casi siempre libros sobre anarquismo que me dejan en llamas. Por ejemplo, uno en el que hay una cita de Augustin Hamon que dice así: «el anarquista es un individuo que rechaza en bloque la sociedad, un vagabundo de la inteligencia que, en lugar de confiar en las verdades intocables que consuelan y calman a millones de personas, salta por encima de las barreras de la tradición y se abandona sin freno a las fantasías de su crítica impúdica». Y otro con textos de Max Stirner como éste: «la conquista de la libertad comienza con un inmenso trabajo de deseducación, es preciso desmitificar todos los prejuicios morales inculcados por nuestros padres y por las escuelas, que tanto torturaron nuestra mente y nuestro corazón». No entiendo cómo puede haber gente que se lava el culo con el bidet después de cagar. Imaginarme a mí mismo haciéndome ese enema frustrado me resulta imposible. . . A veces mientras muevo el vientre me pregunto si no tendré adentro del intestino un rollo infinito de mierda. Porque la verdad es que, por más que en un momento nos ponemos de pie y apretamos el botón, nunca terminamos de cagar” (145).

La simultaneidad de temas en este párrafo no se limita a un intento realista de ilustrar la manera en que lo trascendente y lo intrascendente coexisten en lo cotidiano. Tampoco creo que se limite a mostrar que el ser humano, quizás por estar lleno de “un rollo infinito de mierda” y “nunca termina[r] de cagar,” sea incapaz de deseducarse y ser libre. Además de esas posibilidades, el protagonista consigue vincular epistémicamente el anarquismo, cuya esencia podría reducirse a un intento por cuestionar y escapar de todo sistema de poder, con la ilustración de un acto “impuro” o abyecto que nos expulsa de lo socialmente aceptable.

Julia Kristeva en Los poderes de la perversión desarrolla el efecto de la abyección en los procesos de subjetivación. Kristeva sostiene que “el excremento y sus equivalentes (putrefacción, infección, enfermedad, cadáver, etc.) representan el peligro proveniente del exterior de la identidad: el yo amenazado por el no-yo, la sociedad amenazada por su afuera, la vida por la muerte” (96). La abyección que produce el excremento nos expulsa de la construcción simbólica de la identidad y nos conduce a conocernos más allá de preconcepciones y expectativas. Kristeva sostiene que lo abyecto nos expulsa de lo simbólico hacia lo real, lo cual consiste en esa dimensión que se le escapa al lenguaje, que los signos reducen y acomodan a la especificidad de la racionalidad, de los dogmas, ideologías y valores sociales. Al dislocar al lector desde lo simbólico hacia una dimensión “impura” que escapa las etiquetas y que desconfigura el autofocus, la noción de anarquía incrementa sus posibilidades de afectar el juicio crítico del lector. Si bien el protagonista nos enfrenta con formas abyectas de evidente rechazo como la defecación, fricción y masturbación, también nos expone a abyecciones menos perceptibles que tienen que ver con la discriminación y la desigualdad.

El contexto del protagonista refiere a un período temporal que inicia con su nacimiento en 1972 hasta 1995, año que alude, con cierta arbitrariedad, a una edad que socialmente correspondería a su ingreso a la adultez. Al mirar al mundo a través de la experiencia que le permite su cuerpo, Cómete a ti mismo hace una interpretación personal del fin de siglo, estructurada a partir de una serie de relatos cronológicos, que en conjunto, constituyen una suerte de diario personal narrado en primera persona. Con ciertos rasgos que hacen eco del género picaresco, el protagonista, como una especie de antihéroe o sujeto “impuro,” anda por la vida cuestionando la reconfiguración simbólica de las clases sociales en el marco de la globalización. Sin embargo, la novela se acerca más al bildungsroman contemporáneo por describir un proceso de aprendizaje que se produce por la relación dialéctica que mantiene entre su experiencia sensorial y las circunstancias de su entorno.

A diferencia del bildungsroman tradicional que supone que el protagonista se incorpore al proyecto nacional, se adapte a las “buenas costumbres” de la sociedad moderna y se adhiera a la noción de progreso universal, el protagonista de Cómete a ti mismo muestra que adaptarse no es sinónimo de crecer y afirma que el aprendizaje se relaciona más al desarrollo del escepticismo que a la acumulación de certezas ajenas. Ocurre que mientras el protagonista comienza a explorar el mundo a través de su cuerpo, Argentina entra y sale de una dictadura militar. Los poderes económicos internacionales que apoyaron la opresión, encontraron una fórmula más efectiva de ingresar a los mercados nacionales sin tener que recurrir a la represión de sus cuerpos. La fórmula se podría reducir a la suma de dos circunstancias, ambas comunes a más de un país latinoamericano de esa época: la esperanza que ofreció el proceso de democratización postdictatorial y la promesa desarrollista con la que la globalización sedujo a las diferentes naciones.

En las primeras entradas, el protagonista insinúa la transición mencionada al describir dos expresiones culturales aparentemente opuestas que conviven en el consumo cultural de los hermanos. Mientras su hermana “tiene un poster de Juan Pablo II, y. . . escucha . . . Sui Generis, Banana, Serrat, Mercedes Sosa,” el cuarto de los hermanos “es un mundo aparte. . . rock pesado sonando día y noche, pornografía empapelando el interior de los placares y la parte de atrás de la puerta” (8-9). El contraste entre religión y pornografía parecería aludir a un proceso de liberación que después de romper con lo dogmático se subordina a los poderes del mercado. El compromiso social de los setenta construyó su protesta para enfrentar victimarios identificables en función de recuperar la democracia.

La globalización, al desdibujar a esos victimarios, provocó que el compromiso social, que buscaba una salida hacia la democracia, se convierta en un discurso desestabilizador del estatus quo que hace de la democracia un eufemismo del consumo. El protagonista enfatiza su posición frente a la globalización cuando renuncia a su trabajo en un videoclub por considerar su proliferación “una plaga, un vastísimo ejército de colonización imperialista que no deja barrio sin ocupar” (119). Frente a la amenaza de una inminente aculturación que ha “encontrado una forma tan eficaz de meterse directamente en los hogares” (120) y aprovechar del autofocus al servicio del mercado, la decisión de no adaptarse y mantenerse escéptico frente a certezas socialmente aceptadas se presenta como la única forma de crecer. La novela incita a cuestionar los valores con los que juzgamos lo “negativo” de la sociedad, al mostrar que produce mayor incomodidad ver a alguien sacándose los mocos, que la discriminación hacia trabajadores migrantes, pobres, negros, presos y mujeres. El protagonista apela a la sensibilidad de sus lectores y contrapone lo escatológico y lo abyecto a situaciones que usualmente pasan desapercibidas debido al lente acrítico. En más de una ocasión el protagonista intenta desajustar ese autofocus, echar a su lector fuera de lo simbólico y de los límites de la conciencia acondicionada al mostrar cómo la sociedad se torna, como sugeriría Pink Floyd (banda a la que el protagonista alude en repetidas ocasiones), “comfortably numb.”

En la casa del protagonista trabajaba una empleada paraguaya que “duerme en una habitación de servicio que hay atrás de la cocina” (12). La naturalidad con la que la sociedad acepta esta jerarquía clasista le incomoda, por lo que trata “de no pedirle nunca nada, para no molestarla” (12). Es importante señalar la importancia del verbo “tratar” en tanto que deja abierta la posibilidad de que de vez en cuando sí acepta su contrato social con la clase media y acomodada argentina. Sin embargo, esa ambivalencia no invalida la conciencia social que hace que le resulte “muy incómodo que [la paraguaya] esté a nuestro servicio de lunes a sábado” (12). Lo subordinación social de la empleada, al igual que la de otros miembros desclasados de la sociedad, lo enfrentan a su propia construcción social, y a pesar de que intenta transgredirla, esta lo condiciona.

Aunque por momentos reajusta el lente acrítico, su posición de observador nunca se agota como lo demuestra en un momento en que insinúa una comparación entre él, como estudiante, y un trabajador pobre:

Miro por la ventana y me cuelgo siguiendo los movimientos de un humilde trabajador que corta el pasto bajo el sol. . . Me pregunto entonces qué pasaría si me pusiera de pie, señalara hacia afuera y preguntara en voz alta: “¿será posible que haya que aguantar el ruido que está haciendo ese negro de mierda?”. Semejante exabrupto seguramente indignaría a varios estudiantes de izquierda. Puedo imaginarme perfectamente la escena: varios flacuchos con el cutis aceitoso y el pelo desordenado emergiendo entre los pupitres repletos de inscripciones, ofendidos. En ese momento, yo caminaría hacia ellos para abrazarlos y felicitarlos por reaccionar oportuna y valientemente. Pero no hago nada. Solo escribo (203).

La impureza, simbolizada en la empleada y el trabajador, es naturalizada siempre y cuando se mantenga dentro de los límites que le impone el imaginario social. La empleada no puede dormir en otro lugar que no sea el cuarto de servicio y el trabajador estaría fuera de lugar si ocupara los pupitres de esos estudiantes de izquierda. Sin embargo, el protagonista no se subordina a lo que le dicta la mirada normativa y trata, constantemente, de romper los paradigmas del orden simbólico. Esta lucha constante se manifiesta en la construcción de un personaje que, a pesar de mostrarse como un sujeto contradictorio y en ocasiones hasta desleal a sus principios éticos, se resiste a ser moldeado a partir de los valores morales configurados por la sociedad como si fuesen los únicos y verdaderos.

En ocasiones, el escepticismo parecería ser una postura falsa frente a la necesidad de sobrevivir dentro de un sistema que promueve lo homogéneo. El resultado de la convivencia de actitudes se revela como una serie de contradicciones, quizás como las de muchos que pasamos nuestra juventud en aquella época. Me refiero a esos días en 1994 cuando al escuchar: “me gusta aventar piedras, me gusta recogerlas / me gusta pintar bardas y después ir a lavarlas” de “El borrego” de Café Tacuba pensábamos que hablaba de otros, y no de nosotros. Nosotros que nos incendiábamos por dentro escuchando a una banda local improvisando un cover de “Freedom” de Rage Against the Machine, aunque luego, con mínimos vestigios del incendio, regresáramos a cenar con toda tranquilidad a la casa.

Cómete a ti mismo, no critica la contradicción, de cierto modo la alienta, en tanto que sea el resultado de los reajustes que le hacemos a nuestro lente acrítico. La novela propone que crecer y aprender son procesos que no deben reducirse al ejercicio de complacer las exigencias de la sociedad. Conocerse a uno mismo no implica forzar en el espejo las expectativas sociales para luego aceptarlas como propias, sino situarse fuera de los valores prestablecidos y alimentarse de las experiencias personales, es decir, de comerse a uno mismo. El protagonista muestra que crecer es un proceso empírico que requiere de cierta irreverencia frente a los “buenos modales” de la sociedad. Lo socialmente aceptado niega parte de la naturaleza humana que aprendemos a asumir como impura o abyecta. De la misma manera en que la empleada paraguaya transgrede su espacio normativo si se sienta en la mesa a la que sirve, el protagonista de Cómete a ti mismo transgrede su (y nuestro) espacio normativo al explicarnos sus procesos de fricción, defecación y masturbación.

Ricoeur sostiene que además del efecto desestabilizador que proponían los maestros de la sospecha, estos también coincidían en la noción teleológica de la desestabilización en tanto que proponía un fin utópico de libertad. En el caso de Cómete a ti mismo, el fin es la continuidad de la sospecha como lo muestra el protagonista al explicar su intención al escribir un ensayo:

Más precisamente: una revisión intuitiva de la historia de la humanidad. Es de todos modos un plan que, si todo sigue como hasta ahora, no va a realizarse jamás. Porque no me gustaría terminarlo y después tener que tolerar que el tiempo vaya transformando las cosas sin tener en cuenta el esfuerzo que hice para explicarlo todo. Quiero decir: para que mi ensayo tenga sentido, el mundo debería dejar de existir apenas el libro esté terminado. Además, sé que escribir equivale a torturar y matar. Los pensamientos son pájaros y las palabras, jaulas. Demasiadas desgracias produjo ya la palabra hablada y escrita. Lo dice muy bien la Biblia, sorprendentemente: «en un principio era el Verbo, el Verbo era Dios y la palabra era Dios, todo fue hecho a través del Verbo». Clarísimo: la culpa de todo la tiene la palabra. Sin palabras, no tendríamos que tolerar lo religioso, tampoco lo estatal” (175).

La dimensión que describe en este párrafo, esa que intenta escapar de la jaula de las palabras, existe fuera de lo simbólico del lenguaje y de los signos que reducen y acomodan la existencia a la especificidad de la racionalidad, de los dogmas, ideologías y valores sociales. Lo importante es mantenerse en actitud de sospecha y con el autofocus deshabilitado. El problema, no obstante, es que la sospecha también ha sido invalidada por el peligro que representa.

El protagonista sostiene que “no solamente está prohibido cometer delitos: tampoco se puede tener actitudes sospechosas, como si lo sospechoso fuera reprobable” (158). Escapar de las definiciones y de no ser acusado de “impuro” o “sospechoso” se hace más complicado porque “inconscientemente, todos tenemos en cuenta esta advertencia policial cada vez que salimos a la calle. Por eso somos así de horribles. Tratamos de parecer normales, reprimimos todo las rarezas que nos hacen únicos” (158).

El protagonista lleva la sospecha hasta la concepción de sus propios recuerdos y sostiene que “antes creía que la memoria tenía su sede en el cerebro, pero ahora veo que me equivocaba. Los recuerdos —entrañables, a la vez tan filosos— los siento en la boca: los muerdo, los chupo, los empujo contra el interior de las mejillas, los aprieto contra el paladar, siento su acidez y la amargura que destilan, los dejo piel y hueso” (223).

Cómete a ti mismo invita a nunca permitir que observemos el mundo en autofocus, a formar parte de ese escepticismo, de no abandonar la actitud de sospecha (aunque en ocasiones nos tilden de incoherentes), a que acojamos nuestra heterogeneidad y aceptemos que reconocerse en discursos opuestos, canciones disimiles, culturas dispares no es contradictorio, es solamente parte del sempiterno proceso de seguir creciendo.

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Alfredo Palacio nació en Ecuador en 1975 y vive en Estados Unidos desde 1997. Cursó el programa de maestría en Literatura Latinoamericana en Florida Atlantic University. Su trabajo de investigación se enfocó en la relación entre el espacio urbano y los procesos de subjetivación en la literatura del siglo XX. Ahora se encuentra en el proceso de escribir su tesis doctoral para el programa de Romance Studies de la University of Miami. A partir del análisis de producciones culturales de finales del siglo XX y principios del XXI examina el espacio urbano como lugar de diálogo entre discursos de poder y procesos de subjetivación.