Entrevista con el escritor chileno José Ignacio Valenzuela

María Espinoza

Ignacio ValenzuelaLa prolífica obra de José Ignacio Valenzuela en conjunto es una muestra original de que cine, literatura, teatro y televisión son campos que se interrelacionan. La propuesta del escritor es encontrar las herramientas de discurso necesarias para articular un lenguaje capaz de integrar la percepción visual, auditiva y escrita, para lo cual gesta un estilo creativo en el que las diferencias se pierden y los géneros alcanzan puntos de cruce permanentes, logrando que el arte de contar se enriquezca. Así, y vistos de manera multidireccional, las novelas, cuentos y melodramas de Valenzuela esgrimen un estilo capaz de acercar al lector y al telespectador a la contemporaneidad, creando referentes de identificación social y cultural.

Este acento puesto sobre el multiperspectivismo como mecanismo expresivo hace que el lector, oyente o telespectador se interne, del todo y sin intermediarios, en el imaginario de las obras del escritor y guionista. A diferencia de los discursos tradicionales, la creación de Valenzuela constituye, pues, una especie de ventana abierta por la cual puede asomarse el lector o espectador, y desde la cual se indaga en la sociedad y sus personajes, involucrados estos últimos en conflictos existenciales y sociales. Desde esta mirada, su producción artística está marcada por el compromiso social adoptado ante los temas humanos más universales y los problemas del hombre y mujer contemporáneos tratados desde su individualidad.

Biografía

José Ignacio Valenzuela ha desarrollado una vasta carrera como escritor y guionista de cine y televisión. Entre sus libros destacan Qué pasó con Sofía Alcántara (Chile, 1996), El caso de la actriz a la que nadie quería (Puerto Rico, 2007), El filo de tu piel (México, 2009), La mujer infinita (México, 2010), El caso del crucero llamado Neptuno (México, 2011), Hacia el fin del mundo (México, 2011) y la colección de cuentos Con la noche encima (Chile, 1999). Este año publicó el libro de relatos Salida de emergencia y la trilogía del Malamor II, titulada La raíz del mal. Asimismo, el libro Taller de escritura de telenovelas. Para la televisión ha escrito más de trece telenovelas y cinco series. Ha recibido innumerables reconocimientos y premios. En 2005 fue nominado a un Emmy (Suncoast Chapter) por su serie Amores (Puerto Rico, 2004), y en 1999 ganó en Francia el premio Prix du Gran Jury como guionista. Es autor de las películas Corazón de melón (México, 2003), Manuela y Manuel (Puerto Rico, 2007), La sangre iluminada (México, 2008), Las estrellas del estuario (Puerto Rico, 2008), y Miente (Puerto Rico, 2009), seleccionada como representante de Puerto Rico a los premios Oscar 2011. En la actualidad divide su tiempo entre sus labores de escritor, la docencia y las numerosas conferencias y seminarios que imparte en diferentes países de Latinoamérica.

En esta entrevista, José Ignacio Valenzuela habla de su obra artística, de su oficio como escritor, guionista y profesor, de la responsabilidad social del escritor, de aprender a escribir ficción por la pura diversión de hacerlo, entre otros temas.

Antes de hablar de tu obra, José Ignacio, me gustaría que nos contaras de tus inicios. ¿Cuándo decides ser escritor?

Siempre he pensado que yo no tuve más remedio que ser escritor por el simple hecho de que no sé hacer nada más que escribir. Recuerdo haber tenido tres años y haber escuchado, en unos discos que me regalaron, los cuentos de Walt Disney, e incluso antes de que los cuentos terminaran yo mismo inventaba los finales, porque muchas veces los finales originales me parecían aburridos, o predecibles, o incluso obvios, y yo quería darles como vueltas de tuercas: inventar finales muchos más dramáticos, intensos, melodramáticos, como quieras decirle. Estoy seguro de que muchas veces empecé a escribir en mi mente incluso antes de saber escribir física y realmente.

Una de las cosas que también influyó mucho en mi educación y en mi condición de escritor fue el hecho de venir de una familia de lectores. Todo el mundo en mi familia: mi papá, mis tíos, mis primos, siempre están con un libro en la mano. Yo siempre veía en las mesitas de noche de mis papás libros y quería saber qué era eso, me preguntaba por qué ellos pasaban tantas horas y se entretenían tanto dando vueltas a esas páginas, y de copión, terminé por imitar el hábito de la lectura. Una lectura intensa, una lectura apasionada en mi caso, desembocó en una escritura. Se inició hace muchos años, y espero que no se detenga.

¿Hubo alguien en particular que te indujo a la escritura?

Absolutamente. Por un lado mi mamá: es una persona que escribe muy bien, a pesar de que no se dedica profesionalmente a la escritura, pero escribe espléndidamente. Ella fue la primera que empezó a apoyarme en esto de la escritura. Me regaló, recuerdo, una máquina de escribir en su momento, y habló con su hermana, Ana María Guiraldes —que es una escritora muy famosa en Sudamérica— para que me incorporara dentro de sus talleres literarios. Ana María ha tenido, y tiene hasta hoy, un taller literario que ha sido muy importante para muchos escritores en Chile. A los doce años yo formé parte de ese taller, con colegas y compañeros que ya eran adultos. Y esa obligación de tener que escribir un cuento a la semana, de tener que leer todas las semanas un texto frente a otras personas, de ser evaluado, de ser criticado, me ayudó muchísimo y me convirtió en el escritor que soy hoy en día.

Tienes en tu haber más de trece telenovelas y cinco series. En junio pasado se publicó tu libro Taller de escritura de telenovelas (2012). Este libro es el primer manual para escribir este género que se ha publicado hasta ahora en Latinoamérica. La gente tiene mucha curiosidad de saber: cuando escribes una historia para una telenovela, ¿tienes absoluta libertad creativa, diseñas todo el argumento desde el comienzo, incluido el final, o a medida que avanzan los capítulos se va alineando la trama (según los imprevistos, como que algún artista se retire de la filmación, que los televidentes manifiesten predilección por una trama en particular, que una actriz quede embarazada, etc.)?

Yo me considero muy afortunado como escritor de telenovelas, porque he tenido la oportunidad de trabajar para las mejores casas productoras de televisión, como Televisa, Televisora Azteca, y ahora Telemundo, aquí en Estados Unidos, y dentro de mis labores como guionista he gozado de la más absoluta libertad creativa. De hecho, la manera en la que he llevado mi carrera como escritor de telenovelas es la originalidad: soy autor de mis propias historias. Soy yo quien presenta los temas, los mundos, las historias a las televisoras, y ellas confían en mí, por un lado, y me permiten desarrollar estas historias que, por alguna razón particular, en ese momento están convirtiéndose en mis obsesiones. Cuando desarrollo una telenovela, hago en términos globales una suerte de ruta de camino: tengo claro dónde comienza, más o menos por dónde va a seguir, e intuyo cómo debiera ser el final. Eso es lo que presento a la televisora, lo que se me aprueba y lo que comienzo a escribir. Ahora, es muy cierto esto que dices: si de pronto un actor se enferma o renuncia, si hay algún cambio importante en la locación que se está ocupando, tengo que estar abierto y dispuesto a modificar mi historia sobre la marcha, a cambiar sin que se note al aire. Mi meta es que el público en su casa jamás se dé cuenta de que hay una historia que está siendo alterada por distintas razones, y yo como autor tengo la obligación de darle coherencia, ritmo y dar esa costura sin que se note. Eso es lo más difícil.

Hace solo unas décadas era impensable tratar en la televisión algunos temas como el suicidio, las adicciones, la violencia doméstica, etc. El público hoy exige más del escritor, de los actores, de la producción. ¿Cómo ha cambiado el contenido de las telenovelas a través de los años?  ¿Qué podemos esperar de ellas en el futuro?

Creo que la telenovela (o el melodrama, que es el género literario que conforma una telenovela) es el género que más modificaciones ha tenido a lo largo del pasado siglo y los primeros años de este, cosa que a mí me llena de satisfacción y orgullo, porque el melodrama es el único género que hemos inventado los latinoamericanos. Creo que el gran cambio en la telenovela vino de la mano de algo que parece muy insignificante pero no lo es: cuando los villanos de una historia de telenovela, que son los responsables de mantener separados a los personajes centrales, fueron reemplazados por una circunstancia. Ya no es esclusivamente alguien el que mantiene separada a la pareja principal, ya no es una villana obsesionada con el galán la que hace todo tipo de triquiñuelas para que ellos dos no queden juntos. Ya no es solamente eso: es una circunstancia, y eso quiere decir entonces que la telenovela dejó de ser simplemente una historia de amor para ser una historia que reflexione en torno a algún tema.

Cuando vemos telenovelas en las que el principal obstáculo de la pareja es que ella es mayor que él, o que él tiene adicciones que ella no puede tolerar, o que ella es fea —como en el caso de Betty la fea—, o que ella está saliendo de una relación abusiva con otra persona, ya no vemos simplemente una historia de amor rosa: ya es una reflexión más profunda que se hace sobre la sociedad que está produciendo esa telenovela. Y eso es muy importante, porque la telenovela debiera ser siempre el espejo en el cual la sociedad necesita mirarse. Nosotros debiéramos ser capaces de conocer a un país o una sociedad entera gracias a las telenovelas que esa sociedad está produciendo, y para mí eso es fundamental, porque de alguna manera ayuda, educa, y al mismo tiempo se convierte en la mejor carta de presentación de ese país en el mundo.

La casa de al lado fue un reflejo de teleserie contemporánea que batió récords de telespectadores en muchos países, incluidos los Estados Unidos, y se convirtió en un fenómeno de las redes sociales. ¿Qué obras literarias, cinematográficas, experiencias personales, etc., inspiraron esta historia?

Qué buena pregunta porque, en general, mis telenovelas —y a lo mejor por eso son tan raras— tienen como referente siempre películas o libros más que otros productos televisivos. Me gusta, por ejemplo, que los libros que publico tengan referentes cinematográficos; me gusta que las telenovelas que escribo tengan referentes literarios, y así, me gusta hacer ese cruce de géneros. En el caso particular de La casa de al lado, tenía dos influencias muy claras según yo: la primera era Agatha Christie, la escritora inglesa, y en particular su libro Y no quedó ninguno, una de las mejores novelas policiales que se hayan escrito alguna vez. De hecho era tanta mi obsesión con ese libro de Agatha Christie que lo incluí dentro de la trama de La casa del al lado.Por otro lado, también tenía influencia de Hitchcock, y en particular de dos películas de él muy importantes: La ventana indiscreta (Rear window) y Rebecca. Haciendo ese cruce entre Agatha Christie y Hitchcock fue como nació La casa de al lado.

Después de más de diecisiete experiencias en producción de telenovelas, te preparas para un nuevo lanzamiento en este formato, esta vez realizado en Chile. Háblanos de la trama de Dama y obrero. ¿Cuál es el aporte de esta telenovela al colectivo?

Dama y obrero es un proyecto muy importante para mí en Chile, porque desde el primer minuto que salió al aire se convirtió —para mi sorpresa, además— en un fenómeno de audiencia. Dama y obrero lleva ya varios meses al aire, y después de varios capítulos exhibidos sigue incrementando su rating, lo que demuestra que la historia que Dama y obrero presenta es muy pertinente para Chile. La historia central de esa telenovela es la relación amorosa entre una mujer que es dueña de una empresa de construcción y uno de sus obreros. ¿Por qué para mí es importante esta telenovela en Chile? Porque en el país se está empezando a discutir todo el tema del matrimonio igualitario, de tratar de hacer en Chile una sociedad más justa, menos desigual, más equitativa, porque aún la sociedad chilena es muy discriminatoria, una sociedad donde las leyes favorecen a las minorías y que está llena e impulsada por muchos prejuicios. Para mí era muy importante poner en la palestra este tema, y hacerlo de la manera que sé hacer: escribiendo historias. Así que quise hacer una historia donde hay discriminados y discriminadores, donde los discriminados se ven muy mal en pantalla y donde espero que los discriminados puedan demostrar lo absurdo de la discriminación. Por tanto, me resulta fascinante que una telenovela que toca esos temas, que ponen el dedo en la llaga en una sociedad como la chilena, esté teniendo el rating que está teniendo Dama y obrero.

En tu opinión, ¿cuáles son los principales problemas o limitaciones para convertir una obra literaria en guión de cine o televisión? ¿Qué gran historia de la literatura te gustaría adaptar a formato cinematográfico o televisivo?

Mira, yo creo que no todo lo que se escribe en un formato merece ser traspasado al otro. De hecho, en mi caso particular ha sido muy poquito el cruce que yo he hecho de mis propias obras de un formato a otro porque, en lo particular, me interesa explorar temas más que formatos, y hay ciertos temas que se exploran mejor en el ámbito audiovisual, mientras que otros se exploran mejor en el ámbito literario. Todo lo que tenga que ver con la reflexión, con pulsear al interior de los personajes, es candidato para que yo lo escriba en forma literaria; todo aquello en lo que tenga que privilegiarse la acción, donde sea más importante la imagen que la palabra, lo trato en forma audiovisual. Hay, por ejemplo, proyectos como la trilogía del Malamor,que es una trilogía de historias fantásticas que estoy escribiendo en este momento y cuyos dos primeros tomos ya han sido publicados por Alfaguara. Me encantaría llevarlos a la pantalla grande. Incluso podría hacer el intento de escribir una novela literaria simultáneamente con mi próximo proyecto para Telemundo para hacer el ejercicio, y para ver si funciona. Si funciona, estaría más capacitado para responder tu pregunta.

Hace unos meses se publicó Salida de emergencia (Terranova Editores 2012), una colección de 33 cuentos que, de alguna manera —y según tú mismo afirmas—, resume la manera como miras el mundo. Háblanos de este obra, las temáticas que trata y por qué tardaste diez años en hallar la Salida de emergencia.

Ja, ja, ja, qué buena pregunta. Creo que tardé diez años porque uno nunca termina de salir por la Salida de emergencia: siempre hay una nueva salida de emergencia del alma que a uno lo devuelve al punto de partida. Salida de emergencia, el libro de cuentos, se convirtió en una especie de diario de vida que fui escribiendo sin ninguna prisa, sin ningún contrato de por medio, sin ninguna urgencia por mucho tiempo. A diferencia de mis otros libros publicados, incluso de mis películas y telenovelas, en Salida de emergencia el dueño del tiempo era yo. Cuando uno escribe una telenovela, película, e incluso cuando uno tiene contrato con alguna casa editorial, siempre hay una meta que cumplir, una entrega urgente que es preciso hacer y que te condiciona. En el caso de Salida de emergencia nadie sabía que yo estaba trabajando en eso. Era un secreto que teníamos mi alma y yo, en donde yo, a lo largo de una década, fui plasmando en cuentos —algunos brevísimos, otros mucho más extensos— los estados de ánimo que iba atravesando. Cuando ya tenía alrededor de sesenta cuentos, empecé a hacer un trabajo de edición, de pulido, y seleccioné 33 cuentos que fueron los que conformaron Salida de emergencia y que eran además los que dejaban mucho más claro el hilo conductor del libro. Era en el fondo un personaje que iba atravesando una Salida de emergencia, ya fuera física o metafórica. Y una vez que tuve esos 33 cuentos y que ya había conformado un libro, que ya le había dado un orden, un inicio, un medio y un fin, me acerqué a una editorial, en este caso Terranova, una editorial puertorriqueña muy bonita y que yo quiero muchísimo, para ver si estaban interesados en publicarlo. Fue como un proceso inverso. Aquí fue mi conciencia más pura y primitiva escribiendo cuentos, escribiendo estados de ánimo, para luego, una vez que tenía todo el material, empezar el proceso editorial. Le tengo muchísimo cariño por eso.

En 2005 fuiste nominado a un Emmy (Suncoast Chapter) por tu autoría de la serie Amores (Puerto Rico, 2004); en 1999 ganaste en Francia el premio Prix du Gran Jury, como guionista; en el 2011, el guión de la película Miente (Puerto Rico, 2009) fue seleccionada como la representante de Puerto Rico en los premios Oscar de 2011, entre otros. ¿Qué han significado para tu vida y tu carrera como escritor los reconocimientos otorgados por estas prestigiosas entidades artísticas?

La verdad es que no tengo ningún tipo de expectativa, ni siquiera cariño por los premios que recibo. No permito que los premios o la ausencia de ellos me afecte: ni mi estado de ánimo, ni mi forma de escribir, nada. De hecho siempre he creído que cuando me gano un premio es por razones que no tienen nada que ver con la calidad. Siempre pienso que me lo dieron porque no tenían a quien más dárselo o porque necesitan cumplir una cuota dentro de su organización. De hecho hay una cantidad de premios que me han dado y que ni siquiera he ido a buscar. No representan nada para mí, absolutamente nada.

Después de una larga carrera en la escritura, literatura, cine, televisión, etc., ¿qué le falta hacer a José Ignacio Valenzuela? ¿Cuáles son tus aspiraciones y metas para el futuro?

Uy, me queda mucho por hacer, todavía siento que no he empezado. Tengo siempre esa sensación de que todavía no he hecho algo que valga la pena, o no he empezado a contar las cosas que me interesan realmente. Siempre me siento como un novato frente a lo que estoy haciendo, y cada vez que empiezo un proyecto nuevo, no duermo los primeros días pensando si voy a ser capaz de hacer lo que debo, o lo que firmé en el contrato, o la expectativa de lo que yo mismo tengo, o lo que me gustaría hacer.

Tengo muchos planes para el futuro: el primero de todos es seguir explorando, de una manera muy intensa, este cruce de géneros del que te estaba hablando: mezclar literatura con televisión, con cine, a ver qué funciona. Me encantaría empezar a explorar nuevos temas en otros idiomas: si bien puedo escribir, por ejemplo, en inglés y en francés, porque manejo esos dos idiomas, me gustaría ser traducido a otros idiomas no por mí, sino por otros traductores que aporten nuevas miradas sobre los textos que ya tengo. Me encantaría seguir dando clases en países remotos. Son muchos los planes que tengo en mi mente y que me encantaría empezar a concretar lo antes posible.

De tu larga experiencia como escritor y guionista, ¿cómo ves la representación que de los inmigrantes se hace en la televisión y el cine estadounidense?

La migración por un lado, y la homosexualidad por otro, son dos temas en los que he puesto particular atención. He observado su evolución en la pantalla televisiva y cinematográfica, y me parece que, en ambos casos, se ha empezando a dejar de lado el cliché —que es lo más fácil, lo más obvio, es lo más simple de escribir— para empezar a darle la profundidad, y el tratamiento que temas tan sensibles como estos dos merecen. Recién ahora la televisión y el cine están haciéndose cargo de un tema tan doloroso y vital.

Algo similar ocurre con la migración. En las últimas elecciones —incluso aquí, en los Estados Unidos—, se vio que el tema fue un caballo de batalla de los candidatos, lo que demuestra el peso que eso está teniendo en la sociedad norteamericana. Me parece que todavía el cine y la televisión están al debe con ese tema, a pesar de que ha habido tan grandes películas y telenovelas que están tomándolo como eje central, lo que no significa que el tema esté agotado y acotado. Es un inicio que todavía tiene mucho camino por recorrer, que todavía hay mucho por hacer para dignificar al migrante en ambas pantallas: la cinematográfica y la televisiva.

Ya está disponible la segunda parte de la trilogía del Malamor II, titulada La raíz del mal (Alfaguara 2012). En una entrevista mencionaste que te identificas con Rayén, la bruja que hechizó a todo el pueblo de Almahue y lo condenó a nunca más sentir amor. ¿Has estado también tú condenado al hechizo del malamor, alguien ha traicionado su promesa de amarte hasta el fin de los tiempos? En todo caso, ¿a quién o quiénes dedicas este libro?

Yo creo que una de las condiciones compartidas por todos los seres humanos es la alegría y el dolor que provoca el corazón, que provoca el amor. En mi caso, por supuesto que me han roto el corazón: en más de una ocasión han traicionado promesas de amor eternas. Yo mismo he roto corazones y he traicionado muchas promesas de amor. Esa dualidad de víctima y victimario que todos los seres humanos compartimos es, de alguna manera, la materia prima que da origen a la trilogía del Malamor, y me pareció que la mejor manera de reflexionar en torno al amor era hacerlo en torno a la ausencia de amor, porque cuando uno cuenta lo que sucede cuando no hay amor, entiende lo mucho que extraña el amor y lo importante que es el amor en nuestras vidas.

Yo funciono desde el amor: me encanta amar, ser amado, me encanta amar con una pasión infinita mi profesión, mis letras, mis historias. Si alguien quisiera matarme, ni siquiera tendría que apretar un gatillo, simplemente tendría que quitarme la capacidad de amar. Yo me convertiría en un zombie en ese momento, en un muerto en vida, que creo que es la peor manera de morir. Por lo tanto, la reflexión que hago sobre el amor o el desamor en la trilogía es muy universal. Y la gracia es que es compartida por lectores de cualquier idioma y de cualquier rincón del mundo. Yo creo que ese es uno de los éxitos de la trilogía: que ha tocado un botón muy común y muy compartido por lectores de distintas edades y nacionalidades.

¿Qué mensaje les das a aquellos que quieren hacer de la escritura su oficio?

El mensaje que me gustaría darles es el que me doy a mí mismo cuando me siento frente a mi computadora para empezar a escribir. La escritura no es un hobbie: es una profesión, y una profesión se honra con el ejercicio diario, intenso, obsesivo y disciplinado del talento. Yo no creo en la improvisación: creo en el oficio, en el rigor, en la disciplina. Ni siquiera creo mucho en la inspiración. Yo creo en sentarme todos los días: aunque no tenga ganas, aunque no tenga nada que escribir, me siento disciplinadamente a cumplir un horario de escritor. Leo, reviso, corrijo, escribo, aunque no tenga ganas de hacerlo, porque me parece que cuando uno honra con su tiempo y con su amor lo que está haciendo, no puede equivocarse. Un escritor se construye en el talento pero también en la disciplina. Uno no puede dejarle todo al talento y a la inspiración, si es que llega. Uno tiene que salir a cazar y a buscar esos temas, y a obligarse a escribir todos los días. Ese sería el mensaje que me gustaría entregar a los futuros escritores a través de tu entrevista. Es el mismo mensaje que entrego también a mis alumnos: que uno tiene que ser el gestor de su propio talento, de sus propios intereses, fantasmas y obsesiones. Uno no puede esperar el mejor momento para sentarse a escribir, no puede esperar a tener ganas de escribir (uno no va a tener nunca ganas de escribir porque siempre va a haber cosas más entretenidas), ni esperar a tener el gran tema para sentarse a escribir. Uno tiene que explorarlo desde el inicio, desde la génesis, desde la semilla más primitiva. Solo así se van a poder conquistar entonces grandes espacios de escritura.

Muchas gracias José Ignacio Valenzuela por esta conversación, ha sido un gran placer conversar contigo. Que sigan los éxitos y hasta una nueva oportunidad.

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María Espinoza

María Espinoza

María Espinoza nació en Lima, Perú y actualmente reside en Miami, FL. Obtuvo un doctorado en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Internacional de la Florida. Es conferenciante y ha publicado artículos en periódicos y revistas de literatura y arte. Artista plástica ha participado en exhibiciones en Latinoamérica y Estados Unidos.
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