Entrevista a William Navarrete.

 

William Navarrete nació en Cuba en 1968 y vive en París desde hace más de dos décadas. Es historiador de arte, colaborador de El Nuevo Herald, traductor, ensayista, poeta, pero sobre todo, escritor. Entre sus obras de ficción están  La canopea del Louvre (edición bilingüe francés- español de cuentos, Ed. Aduana Vieja, Valencia, 2007), la novela La gema de Cubagua (Ed. Legua, Madrid, 2011), traducida  al francés como La danse des millions (Ed. Stock, col. La Cosmopolite, París, 2012) y Fugas, su segunda novela, publicada este año por Tusquets en México. Aquí conversamos, con un capuccino virtual en la mano, sobre ésta y su proceso de escritura.

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TD: ¿Cuál fue el chispazo que inspiró tu novela Fugas? Siempre hay un chispazo, creo, algo que hace saltar a la Musa.

WN: El chispazo, como dices, fue el deseo de contar el momento de mi salida de Cuba. La novela no es autobiográfica. Yo no salí de Cuba en las circunstancias en ella contadas, sin embargo la escena con el oficial de emigración y el “show” de la tarjeta amarilla con los turistas jamaiquinos que viajan en el mismo vuelo que los protagonistas me sucedió exactamente como aparece contado. La idea de escribir ese episodio significaba revelar las arbitrariedades a las que podemos vernos expuestos en la vida cuando tenemos que lidiar con funcionarios que se arrogan poderes que en realidad no tienen, simplemente porque están amparados por una estructura de poder que les permite actuar de ese modo.

En segundo lugar, deseaba ofrecer mi modesta idea de Cuba y mis puntos de vista sobre lo que llamo “la falsa masculinidad del poder”, una especie de enfermedad casi crónica padecida por los cubanos desde los caudillos de las luchas independentistas hasta el lamentable episodio de este medio siglo de gobierno monolítico. Mi familia paterna es originaria de Banes, el pueblo que fue la sede del floreciente emporio de la United Fruit Company en la región holguinera. En esa zona nacieron quienes han acaparado (y acaparan) el poder político de Cuba y del exilio desde que en 1933 Fulgencio Batista se convirtiera en el “Hombre fuerte de Cuba” a la cabeza del Ejército. ¿Por qué salieron todos de esa zona definida por un triángulo que podemos trazar entre las localidades de Banes, Holguín y Cueto? Eso también es parte de mis ideas personales sobre el tema que quería abordar.

 TD: Siempre me fascina saber cómo nace la idea de una novela. Y en cuanto a la magia (¿negra?) de esa zona oriental, creo que merece ser analizada con cuidado, como seguramente has hecho tú. ¿Cuánto tiempo te tomó escribir la novela?

 Las novelas se escriben mentalmente, creo yo. Incluso habiendo escrito ésta en su totalidad en menos de 6 meses permaneció dormida mucho tiempo hasta que renació para ser transformada y convertida en otra novela según lo mucho o poco que decidí cambiar o que cambié personalmente. Me resulta imposible precisar el tiempo de escritura. No el tiempo en que de un tirón uno pudiera escribir una novela, sino todo el que hemos estado pensando en ella, el que la hemos dejado « reposar » y, por último, el de los cambios y ajustes finales. A Fugas, por ejemplo, apenas tres semanas antes del cierre definitivo le agregué dos capítulos para compensar el equilibrio de la narración entre la infancia y la adolescencia del personaje principal. Un detalle sobre el que llevaba tiempo buscando la solución.

 TD: ¡Seis meses es súper rápido! Mi teoría es que mientras más tiempo de incubación tienen las novelas, más pronto se escriben, es toda esa energía acumulada que se descarga en la página… ¿Algún personaje favorito, por buenas o malas razones?

WN: ¿En Fugas? Me encanta el personaje de la madre. Muchos pensarán que es la mía pero en realidad tiene las características de muchísimas otras madres cubanas que he conocido. En realidad Erlinda (su nombre) es Cuba, o al menos, una Cuba determinada: la Cuba traicionada, herida, dolida, la inconsciente y consciente, con esa mezcla de ligereza y a la vez de profundidad que tanto daño ha hecho pero que es inevitable porque se trata de cuestiones culturales arraigadas profundamente en la psiquis de la gente. La de personas capaces de entender y explicar los orígenes del descalabro pero capaces también de limarse las uñas delante de un paredón en el que van a fusilar a alguien en breve tiempo o de salir a bailar una conga en el momento en que estaban nacionalizando los últimos reductos de propiedad privada en 1968, año en que nací. En esas posiciones contrastantes, y extremas, ha ido cobrando forma la conciencia colectiva o la ausencia de escrúpulos según el caso. El personaje de la madre, sin que sea ni remotamente la mía, pretende ejemplificar este tipo de actitud.

Fugas de William Navarrete_200

TD: Esa “profundeza” es muy nuestra, por desgracia. Has retratado a un buen segmento de la población cubana y la imagen de limarse las uñas delante del paredón no tiene precio.  Volviendo a Fugas, ¿supiste el final desde que comenzabas a escribirla o te apareció luego?

WN: El final apareció… al final. Justamente lo estaba escribiendo sin saber que era el final y cuando lo escribí me dije: “Aquí se acaba esto”. Luego, uno (yo al menos) lo moldea. Digamos que lo vistes de lujo para que sea un final y tenga el tono de lo que esperamos de él.

TD: “¡Aquí se acaba esto!” Muy bien; todo escritor debe saber dónde pararse, que a veces es más difícil que empezar. ¿Escribes y revisas  lo que has hecho en el día o esperas a terminar un borrador para darle una repasada al texto completo?

WN: Reviso cuando empiezo a escribir de nuevo, pero no sirve de nada porque eso seguirá cambiando. Lo hago para retomar la idea y recuperar el tono.

TD: Vamos a darle un poco de taller a esto. Defíneme, por favor, “el tono.”

WN: La voz interior, la de cada personaje, la del narrador y la propia cuando se escribe. Es quizá los más difícil: conseguir tonos que no reflejen tanto nuestra voz sino, como en el teatro, desdoblamientos de la nuestra. Y sobre todo, de qué ardides valernos para que el lector coincida con nosotros en el momento de imprimirle a la lectura determinados tonos.

TD: ¿Cuál es tu tiempo favorito para escribir?

WN: No hay tiempo. Más bien cuando no suena el teléfono. O cuando no estoy de viaje. Creo que escribo más por las tardes. No soy para nada mañanero. Levantarse cada día cuando se piensa en el mundo en que se vive y en lo extraño que resulta en términos cósmicos que estemos en esta tierra sin, al parecer, mucho sentido, implica un esfuerzo extraordinario cuando se trata de incorporarse a la rutina de las absurdas tareas diurnas: desde hacer el café como sacar del lavaplatos la vasija del día anterior. Por eso, las mañanas son espacios nebulosos y no me gusta tener que escribir antes del mediodía.

TD: ¡Gracias a Dios y a los orishas, un alma gemela! Las horas antes del mediodía son grises, totalmente de acuerdo. ¡Ay, esa gente que se levanta a las cinco de la madrugada a escribir o a correr me hace sentirme tan culpable! Y dime, ¿qué autores te han marcado como narrador?

WN: Si te marcan es porque admiras su escritura e intentas alejarte de ella para que la influencia no sea visible. Hay muchos autores del siglo XX que leo y releo con infinito placer: el argentino Mujica Láinez, el mexicano Jorge Ibargüengoitia, el cubano de origen español Lino Novás Calvo, los franceses Marguerite Yourcenar, J. M. G. Le Clézio y Marcel Proust, el húngaro Sándor Márai, el siciliano Andrea Camilleri…, qué sé yo. Decenas. Hay otros que apenas empiezo a descubrir y me parecen extraordinarios como la francesa de origen judío asesinada en un campo de concentración nazi Irène Némirovsky.

TD: Me das tarea para leer. ¿Cómo ha influido en tu literatura el vivir en París?

WN: Me ha permitido pensar Cuba desde ángulos que si estuviera del otro lado del Atlántico, en medio del bosque, no vería de la misma manera. Esa distancia ha ejercido una sabia influencia en la persona que soy: las pasiones políticas y las ideas acerca del nacionalismo han sido felizmente vencidas por el escepticismo. El tiempo añadido a la distancia ha ido curando muchas cosas y me ha fortalecido bastante. Sigo diciendo lo que pienso, pero sólo cuando me lo preguntan. La matraca panfletaria la dejo para los que viven de eso: de la matraca panfletaria. Visto así, el accidente cubano, aunque excesivo y cruel, no deja de ser eso: un accidente histórico y político que no ha sido (ni es) exclusivo de Cuba. El hecho de que haya sucedido tan tarde y durado tanto tiempo con respecto a otros países hispanoamericanos es la mejor prueba de que Cuba es un país a destiempo. Aquellos caudillos de América surgidos tras las independencias del colonialismo español los hemos sufrimos nosotros un siglo después. Primero, porque la independencia llegó tarde. Luego, porque mentalmente, a nivel de individuos, no ha llegado todavía incluso para aquellos que cacarean a voz en cuello de que son libres. Algo que hacen porque justamente no lo son y porque tienen que repetirlo y repetírselo sin parar para ver si se lo creen.

TD: Si convencen a los demás, se sentirán más convencidos ellos mismos. ¡Hay tanta matraca panfletaria por ahí! Y de regreso a la escritura, que al fin es lo que importa,  ¿qué consejos les darías a los que comienzan en el largo y tortuoso (como dirían Los Beatles) camino a la publicación?

WN: Ninguno. Lo que funciona para unos no funciona para otros. Eso sí, más vale coger al toro por los cuernos y no quedarse en casa esperando a que un día alguien descubra la obra. Como se dice en francés: on n’est jamais mieux servi que par soi-même (nunca estarás mejor servido que por ti mismo).

TD: ¿Cuál sería el equivalente cubano? Pienso en “el buey solo…” pero me parece que no, que ha de haber otro mejor.

Creo que en España dicen “el buey solo bien se lame”. En Cuba lo más cerca es “mejor solo que mal acompañado”. ¿No?

TD: Así mismitico es. ¡Gracias, William, y mucha suerte con Fugas! La novela se encuentra disponible en este enlace

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Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage nació en La Habana en 1966 y ahora vive en Taos, Nuevo México. Tiene un doctorado en literatura y es profesora universitaria. Ha publicado cinco novelas entre las que se encuentran Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama, 2006; finalista del premio Herralde), A Girl like Che Guevara (Soho Press, 2004) y El difunto Fidel, premio Rincón de la Victoria (Renacimiento, 2011) así como varias colecciones de cuentos. The Astral Plane, Stories of Cuba, the Southwest and Beyond es su último libro, publicado por University of New Orleans Press en 2012.