Entrevista a Guillermo Roz, ganador del premio Nuevo Talento FNAC 2012

roz(Poco antes de publicar esta entrevista, conocemos la noticia de que Guillermo Roz ha ganado la I Edición del Premio Francisco Ayala de Narrativa, convocado por la Obra Social Caja Granada y la fundación Francisco Ayala. La obra ganadora se titula Les ruego que me odien y se publicará próximamente en formato digital).

Paco Bescós

“Yo tiendo al camino natural del tango: el del hombre que goza con su martirio”.

Guillermo Roz (Buenos Aires, 1973) echó raíces hace años en Madrid, donde compagina la escritura con trabajos publicitarios. Ha publicado La vida me engañó (Mirada Malva, 2007), Avestruces por la noche. Dos nouvelles (Mirada Malva, 2009), varios relatos en diferentes antologías y su novela más reciente Tendríamos que haber venido solos (Alianza, 2012) que le ha valido el premio Nuevo Talento FNAC. Me encuentro con él para hablar de este thriller lleno de humor negro despiadado.

En los primeros minutos de charla, se obstina en destruir el estereotipo que los españoles mantenemos sobre los argentinos: critica sus primeras obras, confiesa que se le da mal venderse a sí mismo, que no sabe beber, y me cuenta que el premio Nuevo Talento FNAC le ha cogido por sorpresa, que aún le maravilla que le busquen para entrevistarle en festivales o que algunos autores que admira conozcan su nombre.

Habla despacio, abre grandes pausas para meditar la palabra que va a pronunciar, pero, de alguna forma misteriosa, uno encuentra cierta correlación entre esa melancolía expresiva y el ritmo vitriólico que vierte en sus páginas.

Cuando nos encontramos, me dice que ha tenido un mal día. Pero en cuanto empezamos a hablar de literatura parece olvidarlo. Descubro a un autor sincero, poco amigo de bohemias o de chácharas, que se siente cómodo en una disciplina tan antisocial como la escritura. En seguida demuestra que, tal y como dice, “La literatura es un tipo asombrado con su propio coco” y que “Nada como el rato que se pasa en calzoncillos escribiendo en la cama”.

P: En Tendríamos que haber venido solos llama la atención, ya desde el título, el protagonismo de la soledad. Los actos de los personajes principales parecen sin duda motivados por ella.

R: El otro día, en el Festival Eñe, escuché a Luis Goytisolo decir que había dos tipos de autores: los que tratan un tema distinto en cada libro y los que escriben solo un libro, sobre solo un tema. Yo me considero de los segundos. En el mismo festival presenté una lectura que se llamaba Filiaciones. Yo hablaba sobre la familia y declaré que mi tema era la familia. Cuando bajé, una lectora me dijo: Quiero disentir contigo; tu tema no es la familia, es la soledad. Me parece que me puso en mi lugar.

P: ¿Y por qué ese tema?

R: Hay demasiada soledad en mi autobiografía como para ignorarla cuando escribo. La soledad está íntimamente relacionada con mi miedo a la soledad. Y ese miedo a la soledad produce una contrafobia. Creo que yo soy ese tipo contrafóbico que está en el balcón y que, por vértigo, se tira. Yo vivo en la soledad por ese miedo atávico que tengo a quedarme solo. Amo a mi monstruo. Porque amar al monstruo es la manera más fácil de definirse.

P: Sigues, entonces, la premisa según la cual, si uno quiere ser escritor, no debe luchar contra sus neurosis, sino sacarles partido.

R: Exactamente. A mí lo mejor que me pudo pasar literariamente es que la mujer con la que viví muchos años me abandonase. Escribí una novela que se llamaba La vida me engañó. Yo tiendo al camino natural del tango: el del hombre que goza con su martirio. Y tú fíjate que todos los personajes de Tendríamos que haber venido solos gozan de su martirio. Por otro lado, ese camino al martirio lleva a dos estallidos que a mí me interesan mucho: la exageración y la risa.

P: Me había apuntado un extracto de la novela que dice: “Están solos porque se sienten solos, había dicho la negra Clay. No es una realidad objetiva, es una pura y simple interpretación de lo que se vive.(…) Se reúnen al final de la jornada con sus fantasmas (…) Les reprochan el puro tránsito de la existencia”. Queda la sensación de que estos personajes quieren castigar a alguien, quizá a sí mismos, mediante la soledad.

R: Yo distingo dos maneras de afrontar la vida: como víctima o como responsable. Quienes se hacen responsables de su vida dan muy poco juego literario, son los que llevan adelante el mundo. Sin embargo, cuando un hombre es víctima, el mundo está en contra de él. Y no hay nada más literario que un tipo contra el resto del mundo. Ese es el personaje que yo quiero. Construir la realidad a través de la mentira de quien se cree víctima, o a través del relato literario que hace una víctima, es como duplicar la literatura. Se trata de historias de historiadores o literatura de literatos, literatos sin saberlo, historiadores sin saberlo. Me parece fantástico cómo construimos nuestra realidad y cómo nos convencemos de ella, y cómo nos queremos convencer de que no nos convencimos. Son más vueltas y más vueltas. Y, a mí, lo que me produce esto es risa.

P: Todos los mecanismos de defensa que uno necesita para soportar la realidad.

R: Hay un tango que se llama Desencuentro. Dice:

¡Qué desencuentro!
¡Si hasta Dios está lejano!
Llorás por dentro,
todo es cuento, todo es vil.
En el corso a contramano
un grupí trampeó a Jesús…
No te fíes ni de tu hermano,
se te cuelgan de la cruz…

Tú fíjate: ¡uno nunca puede estar tan mal como para compararse con Cristo y que otros se cuelguen de su cruz! Nos matamos de risa, pero hay miles de personas así. Y claro, por mi cultura argentina, me es muy natural hablar de esto.

P: Seguro que ya te lo han preguntado, pero ya que estamos hablando de la Argentina y de la soledad, hay un personaje que no es personaje pero que funciona casi como personaje. Me refiero al paisaje de la Pampa que aumenta esa sensación de aislamiento. El campo inmenso, las tormentas que hacen más pequeños a los personajes…

R: A mí me parece que el éxito de esta historia, aquello que la lleva a tocar la fibra universal, tiene que ver con el drama humano. Y el paisaje realza, adorna y suma conmoción. Pero yo no lo situé allí por ese motivo. Lo hice simplemente porque la novela está inspirada en un contexto real: todo sucede en el lugar donde yo viví mis primeros años. Se trata de una cuestión de comodidad al escribir.

P: De todas formas, la tradición argentina siempre aprovecha fructíferamente su geografía.

R: Realmente en la Pampa, en esta llanura infinita, yo me atrevería a decir que es donde existe el verdadero  día y la verdadera noche. Ahí se ven las estrellas de verdad y ahí se ve el sol de verdad. Y ahí, durante el día, encuentras el indiscutible paisaje bucólico. Y, durante la noche, vives el miedo más auténtico. Porque no hay donde esconderse: si viene el monstruo te come, si viene el puma te come, si hay barro te hundes y no te rescata nadie. Lo único que te acompaña es la Luna, Dios y el cielo. Me parece que esos miedos yo me los guardé en algún lugar de la memoria sentimental y afloran ahora.

P: Durante la lectura me acordé mucho del cuento El Sur, de Borges, porque trata de un hombre que en cuanto se ve expuesto a la enormidad del paisaje de Patagonia comienza a actuar de una manera distinta, de una manera más salvaje pero más libre.

R: Claro. Lo que yo me planteo es esto: si tú vienes mal, un día de mierda, y además sale una noche de mierda, y además estás en medio del campo y además te está rompiendo las bolas tu suegra… es fácil que cometas un homicidio. De lo que habla esta novela es que hay un día en la vida de un hombre en el que se alinean todas las maldades. Que se conjuntan los colores más oscuros. Y que de una puta vez dices: Pues sí, voy a apretar el gatillo y que sea lo que Dios quiera. Más aún, no lo dices, lo hace tu mismo dedo antes de que tú lo digas; en tu dedo están todas las respuestas. Y a mí me alucina ese momento.

P: De hecho una de las citas que eliges es de François Mauriac: “El doctor había observado con frecuencia que la vida ignora los preparativos.” ¿No estamos capacitados para meditar planes vitales, no?

R: En absoluto. Creo que somos criaturas que sujetas al libre albedrío de la casualidad. El ser humano es un ratón caminando en un campo minado. Van cinco ratones y uno de ellos, pum, salta. Ese que salta puede ser un hombre preso, que aprieta un gatillo, que mata a sus hijos, un violador, alguien que se cae, un suicida… Los otros cuatro ratones seguimos. En el trayecto, otro saltará. Tendríamos que haber venido solos es una novela sobre ratones.

P: Otra de las citas que tengo apuntadas de tu obra: Los caminos del hombre son desafiados por las bestias que llevamos dentro.

R: Qué curioso, no me acuerdo para nada de esa cita. Te iba a decir que está bastante bien.

P: Déjame que te pregunte por la exageración y el humor que tanto mencionas. Estas dos cosas caen sobre tus personajes como cubos de ácido. No tienes piedad con ellos

R: Todo escritor necesita descuartizar al ser humano. Todos los escritores son como esos niños que desarman las muñecas. La cuestión se encuentra en cómo las rearmas. Isabel Allende hace Barbies. Yo hago Frankensteins. Y no me salen de otra manera. Cuando yo escribo algunos personajes con ciertos rasgos exagerados, caricaturescos, me doy cuenta de esto mucho después. Soy un escritor que pinta tu cara y luego me doy cuenta de que no estabas sacando la lengua. En ese descuartizar y reconstruir monigotes trabaja mucho el inconsciente.

P: A la hora de leer, ¿qué crees que aporta el humor a un mensaje tan sombrío?

R: La forma más inteligente de la comunicación humana es el humor. Inteligente porque demuestra la fragilidad del ser humano, por un lado. Y por otro lado porque traza un camino directo a la felicidad expresada en la risa. La risa es el gol del alma, lo más humano que puede existir, junto con el lenguaje. Y despertar una sonrisa en medio de cualquier situación trágica resulta una bendición. Por eso me parece la forma más cercana a la felicidad. La forma más coloquial de la felicidad. Y no entiendo ninguna situación sin una risa por medio. Había una frase de Julio Cortázar que hablaba de los velorios y decía: Qué risa, todos lloraban. Yo cuento unas historias en las que, cuando un personaje se empieza a desangrar, le crece una nariz de payaso. Pero le crece: lo escribo porque la veo. Necesito denigrar la tristeza. Y la mejor manera de denigrar una tristeza es componer una tragicomedia. Para mí no hay forma artística más completa, en este momento de mi vida, para expresar lo que siento, que la conjunción del humor entendido en su grado más negro, más crítico.

P: ¿Cuánto penetra la nostalgia en la obra de un autor que lleva tantos años fuera de su casa?

R: La nostalgia no es un concepto que me identifique más que para denostarme. Hablemos de la nostalgia tanguera: la nostalgia de la patria perdida a mí se me termina cada vez que prendo Skype. Yo tengo una ligazón natural con la cultura en la que nací y me encanta escuchar a Fito Páez, pero la vuelta a recontar historias que transcurren en mi país tiene más que ver con la pereza literaria. Yo escribo lo primero que me viene a la cabeza y no lo escribo por nostalgia, sino por quién sabe qué pasa ahí adentro, debajo del pelo.

 

 

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El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.