En Tijuana no hay arañas

Crónica de un chileno en la frontera


No vi una sola araña en mis días en Tijuana. Pienso en esa ausencia y me convenzo de su certeza. Aunque al rato pienso que deben estar escondidas por allí, al acecho, entre las paredes graffiteadas y los arbustos que me hacen pensar que podría estar en mi tierra, pero no, estoy en Tijuana.

No hubo un solo mexicano que no me advirtiera de los peligros de Tijuana. Tanto así que en algún momento las amenazas de lo que podría pasar consiguieron mi aburrimiento. Tijuana es como la chica de la que todos hablan en la clase, que se las trae, que hay que estar atento, que tiene sus cosas, que en cualquier momento se te pone de frente. Tanta verborrea anula la capacidad de prejuiciar y de pensar. La ansiedad da paso al interés y a conocer a pesar del vértigo del tiempo. Fueron días calurosos de mayo. El cielo celeste como pocas veces lo vi. Nubes en barrido. Hombres y mujeres hablando como en esas teleseries mexicanas que los sudamericanos vimos de niños, aunque con alguna pequeña alteración de su acento. Con palabras del idioma funcional.

Eso que está penado en Chile, en Tijuana es parte de la cultura. Y es que allá son vecinos directos de los gringos. Están por todas partes.

Me preguntan apenas pongo una pata en el aeropuerto. ¿Ves eso que está allá? Sí, respondo. Son los Estados Unidos, me dicen; a ver si vamos durante esta semana. No sé qué decir. No venía preparado para ir a los Estados Unidos, sino a Tijuana. No se trata de ceguera frente al mapa. Se trata de actitud. Actitud de viajante improvisado, que hace su primer amigo tijuanense en el avión. Son amables los ciudadanos de esta tierra; miran a los ojos al sudamericano que no se esfuerza en hablar el español estándar. Tengo que repetir muchas veces frases y palabras. Así nomás es la cosa.

En Tijuana no hay arañas. Y cuánto miedo le tengo a las arañas. Allá en mi pueblo son bravas. Rápidas y traicioneras. Acá al menos están escondidas. Con este sol que cae por todas partes no he visto a ninguna. Y se supone que las arañas se atreven con el sol. Se ponen odiosas con el sol. Aquí no.

En la Avenida Revolución las nubes se ven como en la intro de un capítulo de Los Simpsons. Aunque los mexicanos del centro me hicieron pensar que no me iba a sentir como en México, me aparecen Frida y Cantinflas en los muros de esta parte de la ciudad.

Caigo en la tentación: foto de turista maldito. ¿De dónde es?, me pregunta un señor. De Chile. Sonrisa silenciosa recibo de respuesta. Quizás no somos populares por acá. Hace calor como para explicar que Chile y México tienen una relación melodramática especial. Si resulta que nos criamos con teleseries y música mexicana. Y nos gusta el acentito pues.

Andar de copiloto en un auto por las calles de Tijuana es una experiencia placentera. Los «pendejo» de ida y vuelta me hacen reír con ganas. Si ellos supieran que decir pendejo en Chile no es nada del otro mundo… ¿Para qué? ¿Para qué voy a ser tan pendejo de matarles su palabra favorita?

En Tijuana no hay arañas. Sí las hay señor chileno, solo que usted no las ha visto. Claro. Y si no las he visto, es porque no hay. Uno ve lo que ve y cree lo que cree, porque si no, ni modo, uno podría no creer en cualquier cosa que no mira y no ve. Perdón. ¿Estoy hablando como Cantinflas? Parece que sí. La influencia del cantinflear en Chile es directa. Casi todos los días. No por nada todavía dan sus películas en la televisión abierta.

¿Habrá estado Cantinflas alguna vez aquí? Seguro que sí. Uno pasa 48 horas en Tijuana y sabe de inmediato que todos alguna vez estuvieron en Tijuana. Quizás sea esta la ciudad de los mitos urbanos. Es lo que pienso estando aquí y escuchando que recuerdan presencias de Tom Waits, de Juan Gabriel, de Manu Chao, de Cerati. O eso de que es la ciudad donde se hizo la primera ensalada César. No lo dudes, me dicen. Todo es verdad en Tijuana.

¿Entonces por qué no es verdad que en Tijuana no hay arañas? No hay respuesta.

La verdad de lo que no importa da paso al drama de lo que sí importa. En Tijuana no hay arañas, pero hay tragedia bajo el calor de la mañana. Ahí está el faro. Ahí está la frontera. El lugar donde empieza México y América Latina. El dolor en Tijuana está en la frontera, y todo lo que de ella se desprende. Leo textos desgarrados en inglés y en español, entre fierros y muros que separan a México de Estados Unidos. Familias completas esperando a los del otro lado. Niños, mujeres y hombres a la espera de un encuentro que será vertiginoso. Todo es rápido en esta zona. Me advierten que no hay mucho tiempo para estos encuentros. Como en las películas. No. Peor que en las películas. Es duro ver en vivo y en directo lo que uno siempre escucha en las noticias a la distancia.

Decido volver y revolver otros días a Playas de Tijuana. Y ahora mirar al otro lado, al de los tijuanenses que caminan por una pasarela de madera que me recuerda a las playas chilenas. Me siento a mirar y escuchar historias de mexicanos al borde de los Estados Unidos.

Con la frontera a mis espaldas, me concentro en una mujer y un niño. Un niño y una mujer que podrían ser de Tijuana, como bien podrían ser de otra parte. Merodean por el faro. Comen algo que no logro detectar, que de seguro tiene picante, como todo lo que se come aquí. El sol tijuanense se muestra luminoso, con 25 o 26 grados de temperatura. Viento suave que invita a disimular el calor. La mujer está dichosa. Sonríe mientras ve al niño concentrado en el sol. Hay un mapa de Estados Unidos y alguien lo mira serio. Una mujer vende souvenirs junto a una radio que transmite un partido de fútbol. Un hombre lee el diario en una banca. Una niña come una manzana sentada en la arena.

La mujer quiere una fotografía junto al niño y con el faro como fondo. Al niño no le gusta mucho la idea. A ella le gusta tomarse fotos con él. Se acerca al hombre que lee el diario y le pide que se la tome. El hombre accede, se posiciona, elige el cuadro, pide una sonrisa de ambos y presiona el botón. Repite la operación para una segunda toma. Ella agradece. Ella queda conforme. El hombre sonríe y vuelve a la banca.

En la foto, ella abraza al niño con ganas, poniendo su mano derecha sobre la cabeza de él. El niño la tiene tomada a ella de la cintura. Posan ante la cámara de forma distinta. Ella con una amplia sonrisa mostrando los dientes. Él con la boca cerrada estirando los labios.

La mujer y el niño esperan que vengan a buscarlos. Un Uber los llevará a algún lugar de Tijuana que no logro escuchar. Hay gente que se mueve con soltura por este lugar. Algunos van a fotografiarse a la frontera, otros se sientan en los alrededores a tomar sol. Hay periodistas extranjeros haciendo notas a lo que pasa aquí. El calor sube su temperatura. El viento disminuye. La espera comienza a hacerse larga y el niño es impaciente. La mujer también.

El niño saca de su mochila un tubo de madera con un elástico en la parte trasera. Lo compró en una feria artesanal en el centro de la ciudad. El tubo de madera puede funcionar como un arma. Eso le dijo quién se lo vendió, que de paso le recomendó a la mujer estar atenta.

El niño se aleja unos metros de la mujer. Toma unas piedras desde el suelo y se las echa al bolsillo. Avanza lentamente hacia el límite fronterizo y comienza a preparar el arma.

Mira al cielo con los ojos achinados. Se agacha en posición de francotirador y apunta al sol. Dispara la primera piedra. Dispara de nuevo. Segundos después la tercera. Las tres se pierden en la luz del sol. Y no hay sonidos que evidencien que volvieron al suelo. El niño piensa en voz alta. Cree que las piedras se quemaron e insiste con una cuarta, obteniendo el mismo resultado. La madre se percata de la escena y se acerca al niño. ¿Qué estás haciendo? ¿No te dijeron que eso era peligroso? Estoy disparándole al sol mamá, es que hace mucho calor y no me gusta. La mujer lo mira seria. El niño le dice que no se enoje, que solo quiere que el sol baje un poco los rayos porque se está quemando los brazos y el cuello. Ella propone que mejor se vayan a sentar a un lugar donde haya sombra. El niño acepta, pero antes pide un refresco. Ella lo mira meneando la cabeza y le toma la mano.

La mujer disfruta su refresco, mientras yo pienso que esta tarde en Playas de Tijuana, la recordará más por ver a su niño tirándole piedras al sol, que por tener una foto con su niño y el faro como fondo. No tengo certeza de esto, pero como acá o como en Chile, uno siempre recuerda más eso que no estaba en los planes.

Yo, por mi parte, recordaré a este niño y a esta madre cuando piense que en Tijuana no hay arañas —porque no las vi—, y que en la frontera sí que vi dolorosas imágenes de gente separada de su gente. Aquí. En en este lugar donde empieza el cliché de la unidad latinoamericana, que tan cliché como realidad es.

Este texto fue publicado bajo el título «En Tijuana no hay arañas», en el número 41 de la revista Arquetipos, de México, editada por Cetys Universidad, correspondiente al trimestre septiembre-diciembre de 2016. Todas las fotografías fueron tomadas por el autor.

 

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Víctor Hugo Ortega

Víctor Hugo Ortega

*Víctor Hugo Ortega es periodista y escritor chileno, autor de los libros «Al Pacino estuvo en Malloco» (2012), «Elogio del Maracanazo» (2013) «Relatos Huachos» (2015) y «Las canciones que mi madre me enseñó» (2016). Es profesor en la Plataforma de Formación General de la Universidad de Chile, en la Escuela de Cine de la Universidad Mayor y Director del proyecto de formación de audiencias Barravento.