Una línea cargada de Sur y Norte

 

 

1.

Mi relación con la frontera no es la de separaciones internas, ni tampoco es lo de las fronteras del abismo. Mi aproximación con la frontera consiste en un espacio real, donde vive la familia. Donde existe esa (des)integración entre el norte y sur. En la raya. En la línea es a donde llega mi abuelita como punto medio, como punto de parada y de partida, siempre de paso. También es donde los datos erróneos de alguien más se adquieren como hechos propios, donde se van creando personajes inexistentes, donde la gente se hace pasar por quien no es solo para cruzar. Mucho se dice sobre la frontera y cómo cruzarla, atravesarla. Pues he aquí más decir.

En el norte, en la ciduad de Steinbeck, un día llegué a casa y las cosas y objetos materiales se habían guardado en cajas y bolsas porque ya nos íbamos a Tijuana. Pensé, por fin iría a México, aunque todos los que no son de la frontera, siempre aclaran que la frontera no es México y lo hacen como para disculparse, como para absolverse de ese espacio. Eso aún no lo sabía. Así, un día embarcamos en dicha aventura. Mi madre y dos hermanas se fueron en el coche. Yo insistí en irme en el camión alquilado aunque fuera acompañado de un extraño que conocía de vista quien había ido a la casa unas cuantas veces. Pude convencerle a mi madre que tenía edad suficiente y valentía para irme en el camión. Las primeras cinco horas fueron como todo viaje con curvas, bajadas, árboles, montañas, sierras y desiertos en constante movimiento. De repente el coche con la familia se perdió de vista, ellos continuaron hasta la línea, donde mi tía los esperaba. El hombre que manejaba y yo seguimos la ruta pero antes de llegar a una de esas ciudades que hacen referencia al virreinato por su nombre, Santa…. el camión dejó de funcionar, creo que no tenía gasolina, estábamos en plena época de beepers, no sabíamos qué hacer. Solamente esperamos, el hombre que manejaba no tenía dinero, él tampoco sabía qué hacer. Así pasamos un rato al lado del freeway, con cada coche que pasaba, el camión se movía y se sacudía. El suspenso, el no saber qué va a pasar me tenía atónito. Me imaginaba que reunirme con la familia sería una imposibilidad. Después, una patrulla se paró detrás del camión, preguntó qué había pasado, el hombre le dijo que faltaba gasolina. El policía nos llevó a la gasolinera y así pronto llegamos a la frontera, a la línea y la cruzamos. Llegamos a una oficina fría, desconocida e impersonal, era de noche, las camas eran sillas de plástico en una sala de espera; para este entonces mis tripas gruñían, no dejaban de manifestar su descontento.

Allí a los 10 años en la frontera conocí el hambre, la incertidumbre, el no saber qué va a pasar mañana. Al día siguiente mi madre y hermanas llegaron, no recuerdo bien cómo sucedió, solo recuerdo que al verlas después de tanto tiempo, aunque solo haya sido un día y medio, sentí que me reunía con ellas después de tantos años, me sentí como un hombrecito que había tenido una aventura verdadera, viajando. Así recuerdo los abrazos y besos, el cómo estás, qué te pasó, tienes hambre; a los cuales inmediatamente respondí bien, nada, sí. Recuerdo los puestos de tacos que por primera vez en mi vida había visto, los puestos de fruta, de churros, de tostilocos, y esquites. La vida callejera de esa ciudad fronteriza me deslumbraba. Por fin me tocaba acumular recuerdos y anécdotas como lo habían hecho mis primos, tías, tíos, abuela y mamá. This was my right of passage. I was finally back in Mexico since the age of one. Comí, no recuerdo qué pero sé que fue delicioso. Después, sí después, fuimos a la casa de mi tía, donde había primos que conocería por primera vez y a los que vería desde hace años. Así, después de un día de carencia, lo que abundó en esa reunión fueron los gestos y las historias de lo que cada uno estaba pensando y sintiendo en aquel momento de suspenso; y por supuesto, también se escuchó lo que los demás pensaron de lo que el otro pensaba y sentía. El sentir del sentir después del pensar, algo así. Después de todo esto nos instalamos a tres casas de la de mi tía. Empezamos a hacer vida en la línea.

Después de meses en Tijuana había que volver al norte porque mamá se había metido en no sé que problema. En la partida de la frontera abundó el miedo. La huida fue de noche. Mis primos, hermana y yo habíamos estado jugando con los vecinos y de repente mi madre nos llamó a casa y nos dijo “agarren sus cosas más valiosas y échenlas en una bolsa de plástico del supermercado porque ya nos vamos”. Llevar tus pertenencias más importantes a los diez años en una bolsa de plástico de mandado, es muy fácil. En la bolsa cupieron todos mis juguetes favoritos, mi madre al ver esto nos dio otra bolsa en la cual tuvimos que echar ropa. Después en voz baja, nos dijo “apúrense, su tía ya viene”, mi madre se decía a ella misma, “pobrecita a ver cómo le va”. En eso llegó mi tía quien vivía a tan solo unas casas de la nuestra. Los detalles se confundieron, no recuerdo si mi madre ya tenía el coche o si mi tía lo traía con ella. Creo que mi madre ya lo tenía pero mi tía traía los documentos del carro. Después, nos subimos rápido al carro como lo indicaban las órdenes de mamá. Yo me senté en el asiento de enfrente. Mi madre decía, “pues como él me desapareció mi carro yo me llevo éste”. Mi tía le advertía que ya se fuera a la línea con mucho cuidado.

3.

Sentado en el asiento de enfrente, no sabía qué sucedía, solo sabía que llevaba mis juguetes favoritos y que el espacio que había llamado casa no lo volvería a ver, al igual que mis amigos y mis primos.

En esta despedida faltaron los adioses y el pronto nos vemos. Así, agarramos camino. Mi madre nos preguntó si nos acordábamos de las actas de nuestros primos que teníamos que memorizar, la interrogante iba dirigida a mi hermana y a mí, los dos respondimos, sí ‘ma. Ella nos preguntó en voz como de otra persona,  “¿cómo se llama tu mamá?, ¿tu papá? ¿en qué año naciste? ¿en qué calle vives? ¿Qué es esta mujer de ti?” refiriéndose a ella misma. A lo que respondimos, “ella es mi tía”. Mi hermana por unas horas se convertiría en mi prima. Recuerdo el sudor, las tripas y las manos heladas. También recuerdo que mi madre acariciaba mi mano y cara, diciéndonos en su tono de siempre, “no se preocupen, no va a pasar nada, van a ver que todo va a salir bien”. Alivio. En mi mente seguía repasando los datos que no me pertenecían, quería cruzar la línea. Leía y releía el acta de algún primo lejano a quien conocía de vista. Después mi madre dijo: “si nos pregunta la migra por qué venimos a Tijuana les vamos a decir que venimos de vacaciones, que venimos a visitar familia. Ahorita cuando estemos más cerca de la línea escogen juguetes y recuerdos para que así crean que somos turistas”.

En eso, un hombre en compañía de otros hombres tocó la ventanilla en donde yo iba sentado. Mi madre me decía “no bajes la ventana, no la bajes, pero terminé por hacerlo”. El hombre era el esposo de mi tía quien le decía a mi madre “regrésate, regrésate, no te arriesgues así con tus hijos, el carro va cargado”. Mi madre le decía, “me vale madre, ustedes me robaron mi carro pues ahora yo les voy hacer lo mismo. Me vale madre, pinche culero, desaparecieron mi carro”. Él le decía “no vale la pena yo te conseguiré un carro mejor, este carro es robado tiene placas chuecas, y está cargado de arriba abajo, te van a tronar y con tus hijos” a lo que ella respondió, “pues me vale madre, deja de chingar, de aquí no me voy a quitar”. Mi madre continuó diciéndole mejor ya vete que los va a ver la migra, ya estoy más cerca, él le decía que no lo hiciera que le iba a ir mal pero mi madre se negaba, estaba decidida, sin saber si lo que él decía era cierto o no, ella se mantuvo firme en la línea. Ya al estar más cerca de ésta, él se fue. Mis hermanas y yo confundidos, sin saber qué era real o mentira, mi madre en su tono normal nos dijo, “no se preocupen no es cierto lo que dice su tío, todo va a salir bien”. Después un poco de silencio seguido por música, como para relajarnos, pero también como para relajarse. Mi madre nos dijo “duérmanse y así no les van a preguntar nada, todo va a salir bien, van a ver”.

4.

Yo no recuerdo si mis hermanas se quedaron dormidas, lo que sí recuerdo es que yo no pude dormir cuando llegamos a la línea, donde todo estaba iluminado. Mi madre con una calma tan natural le sonrío al migra y yo me hacía el dormido pero al no poder contenerme abrí el ojo izquierdo para ver lo que sucedía. El migra vio la mica de mi madre, contó las actas de nacimiento, tres niños, tres actas. Nosotros llenos de dulces, comida y objetos innecesarios como buenos turistas. El migra después de ver los documentos levantó la mano derecha, hizo una señal indicándole a mi madre pasen, pasen. En ese momento mi tía había logrado cruzarnos por la línea por segunda vez.

 

 

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Julio Enrique Ornelas

Julio Enrique Ornelas

Julio Enríquez-Ornelas es escritor y crítico literario. Nace en Zamora, Michoacán y crece en Salinas, California. Estudia literatura en inglés y español en Wabash College.  En la Universidad de California, Riverside obtiene un doctorado en Literatura Latinoamericana con un enfoque en novelas mexicanas de fin de siglo. Al graduarse es nombrado Postdoctoral Fellow de literatura y cultura latinoamericana en la Universidad de Tennessee, Knoxville. Actualmente radica en Decatur, Illinois donde ejerce su carrera como profesor universitario de Español en Millikin University. Recientemente fue nombrado Coleman Faculty Fellow. Su trabajo crítico y creativo ha aparecido en Journal of Midwest Modern Language Association, Alchemy: Journal of Translation, Hispania, El BeisMan, “La carta abierta” de Ediciones Patito y Paloma Revista.
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