(ella)

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ellaMe han trasladado a un espacio blanco con una caja metálica en el medio. Sobre una mesa descansa tu cuerpo ya preparado para entrar a ese compartimiento que terminará con este proceso tan largo. El empleado de la funeraria me pregunta si reconozco ese cuerpo como el tuyo. Sé que lo es, pero no se lo digo de inmediato, sino que me acerco y comienzo a mirarte con detenimiento. Tu rostro ha ido perdiendo la expresión de serenidad y ahora te veo aterrada. Debe ser distinto estar encerrada en una casa a estar encerrada en esa caja metálica que no solo va a recibirte, sino que destruirá a la persona que fuiste: tu piel, tus huesos, tu cerebro, tus intestinos. El cuerpo desintegrado destruye también las ideas, las convicciones, las paranoias que contenía. Por eso tienes miedo, ¿verdad? Sabes que no estarás más, que ni siquiera quedará una lápida con tu nombre que me recuerde que exististe. A mí, en cambio, el horno crematorio no me da miedo. Yo he estado encerrada en mi cuarto casi sin oxígeno durante demasiados años. Yo ya he perdido todo lo que tenía, si es que acaso tuve algo. El día que yo pase por lo que ahora tú estás pasando, el horno no tendrá nada que destruir.

El empleado comienza a inquietarse. Él sabe que es tu cuerpo, no entiende por qué demoro tanto en reconocerte. No entiende por qué necesito hablarte, por qué necesito que sepas todo el daño que me has hecho. No sabe que debo estar segura de que eres tú quien entra al horno crematorio porque, si no lo eres, te quedarás para siempre vagando por la casa y no me dejarás comenzar una nueva vida. Volverás a cerrar las puertas y las ventanas, volverás a esconder mis llaves, volverás a enumerar los sacrificios que has hecho por mí. Sacarás las cuentas para saber cuánto te debo y repetirás que nunca terminaré de pagarte. Seguirás escribiendo las notas que pasarás por debajo de mi puerta para que yo las siga acumulando. Regresarás a casa como si estos últimos días no hubieran existido.

Por eso me tengo que asegurar. Reviso tus manos, observo tu pelo. Quiero tocarte para ver si de verdad estás ahí. Pero la repulsión que te he tenido siempre me lo impide.

Debo hacerlo, debo asegurarme.

Entonces te toco levemente. Ahora sé que estás ahí, pero no reconozco tu piel porque hace años que ni siquiera te rozo. Te toco otra vez. Cabeza, tronco, brazos, piernas. Siento un mareo. Solo estamos tú y yo, y la sensación de que me quieres poseer me aterra. No puedo moverme y tu rostro me devuelve una sonrisa que solo puede significar que lo has logrado, que ya estás dentro de mí. Entonces caigo al suelo y comienzo a llorar.

 El empleado de la funeraria se me acerca y me ayuda a sentarme en una silla. Cree que me he impresionado por tener que reconocer tu cadáver y me acerca un vaso de agua para tratar de tranquilizarme. Pobre, es vieja y está sola. Pobre, es demasiado sensible. Pobre, nadie quien la acompañe.

El empleado le hace una seña a un operario y lentamente me ayuda salir. Pero me detengo: necesito asegurarme de que tu cuerpo es introducido en el horno crematorio. Necesito desaparecer esta sensación de que me posees que ahora me angustia tanto. Le digo que quiero ver el cuerpo ingresando al horno crematorio y él me lo permite. El operario toma la mesa de metal y lo introduce. Luego cierra la puerta y te deja encerrada ahí. Ahí, de donde nunca más saldrás.

26

Tengo que esperar afuera las dos horas que tardarán en devolverte convertida en cenizas. Me distraigo pensando en la limpieza de la casa, en todo lo que tendré que remover para hacerte desaparecer y no tener que toparme contigo al abrir un cajón o al percibir algún hedor que emane de las paredes. Quisiera usar lejía para desinfectar los pisos, pero ese olor me recuerda a ti. Cuando era chica el aroma de la lejía me causaba náuseas en lugar de crearme una sensación de limpieza. Tu manía por conservar la casa extremadamente limpia te llevaba a impregnar todos los ambientes con ese olor que te representaba, que nos hacía sentir tu presencia por toda la casa. Yo bendecía mis alergias, porque gracias a ellas no tenía olfato buena parte de la mañana y podía librarme de ti por unas horas. Sin embargo, cuando lo recuperaba, ahí estabas tú, mucho más intensa, mucho más clara, mucho más presente. Con los años mi cuarto fue el único espacio libre de las emanaciones de la lejía. Al prohibirte la entrada a él, impedí también el ingreso de la lejía y de tu presencia asfixiante.

Al recordar ese olor y esas escenas de mi vida, tomo conciencia realmente de lo terrible que ha sido haber nacido de ti. Es entendible que no sienta nada ante tu muerte porque los sentimientos de indiferencia, odio y repulsión son tan grandes que se han manifestado incluso en mi fealdad y mi vejez. Y ahora que termines de extinguirte en esa caja metálica, esos sentimientos, que son los únicos que he conocido, comenzarán también a borrarse.

No me quedará nada.

Dejaré de ser una proyección invadida por ti, seré un individuo vacío. No puedo convertirme en otra cosa porque mi verdadero yo nunca ha existido. Mi cuerpo se compone de tus palabras y tus insultos. Mi única versión es la que tú tenías sobre mí. Y si esa versión se extingue al desaparecer tu cuerpo, no existiré más.

Siento que me falta el aire. Quiero levantarme de la silla, pero el empleado de la funeraria me lo impide. Me alcanza otro vaso de agua y me consuela. Pobre vieja. Pobre, tan sola. Pero sus palabras no se escuchan, solo tu voz se escapa de la caja metálica. Tu risa como los ladridos de un perro. Ahora siento presión en el pecho. Tengo ganas de gritar. Mi vida también ha acabado, no tengo ningún futuro. Ahora sí soy consciente de lo que está pasando. No he contado los días, los meses ni los años para que seas tú la que desaparezca, sino que lo hecho para encontrar mi propio final. Quizá por eso tú sigues riéndote. Por favor, cállate ya. Tu risa suena satisfecha, suena igual que cuando te tiraste de la estación del metro y al encontrarte te vi sonriendo. Tus ladridos se incrementan y mis lágrimas también. Me tapo los oídos, pero el ruido no disminuye porque está dentro de mí. Siento miedo, pero es un miedo diferente. Es un miedo incrementado que parece succionarme hacia el vacío. Un miedo que supera mi dolor de espalda, mi dolor de cuerpo, que me traspasa una y otra vez hasta dejarme agotada. Un miedo que me tumba al suelo y que no me permite levantarme más. Y tus ladridos que no paran.

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Jennifer Thorndike

Jennifer Thorndike

Jennifer Thorndike (Perú, 1983) es escritora y académica. Ha publicado los libros de ficción Cromosoma Z (cuentos, 2007), (ella) (novela, 2012 reedición, 2014) y Antifaces (cuentos, 2015). También ha participado en diversas antologías nacionales e internacionales, entre las que destacan Disidentes 1, muestra de nueva narrativa peruana (2011), Voces-30, Nueva narrativa latinoamericana (2014) y Casa de locos, narradores latinoamericanos en Estados Unidos (2015). Ha sido traducida al portugués y francés. Actualmente sigue un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pennsylvania.