El primer mes de Donald

En su primer mes en la presidencia, Donald Trump ha generado un vendaval.

Ha nombrado para su gabinete ministerial a multimillonarios no ajenos a conflictos de interés, como Rex Tillerson, el nuevo secretario de Estado, que fue presidente de la petrolera ExxonMobil hasta fines de 2016 y ha causado una controversia por sus vínculos con el presidente ruso, Vladimir Putin; y Betsy DeVos, la nueva secretaria de Educación, empresaria de Michigan que es una decidida partidaria de la enseñanza privada y de las escuelas charter, el lucrativo negocio privado de educación costeado por fondos públicos.

Trump tiene además como nuevo secretario de Justicia a Jeff Sessions, viejo político de Selma, Alabama, con un pésimo historial en materia de derechos civiles, acusado de racista, enemigo del matrimonio gay, partidario de torturar a los prisioneros de guerra, opuesto a la Ley de Protección de Pacientes y Cuidado de la Salud Asequible del presidente Barack Obama, más conocida como Obamacare, y escéptico del cambio climático.

El nominado de Trump para dirigir el Departamento del Trabajo, Andrew Puzder, presidente de CKE Restaurants, ha recibido críticas por negar derechos y mejoras salariales a los trabajadores de su cadena de restaurantes, y su empresa ha sido acusada de violar regulaciones laborales. También ha habido quejas de acoso sexual contra sus empleadas. Finalmente, Puzder decidió renunciar al nombramiento, ahorrándose una difícil batalla por la confirmación en el Senado.

Y el juez Neil Gorsuch, el candidato de Trump para la vacante en el Tribunal Supremo que dejó el fallecimiento del conservador Antonin Scalia, es tan derechista o más derechista que el difunto magistrado. El giro ideológico a estribor que daría el alto tribunal con la entrada de Gorsuch, un juez relativamente joven, podría durar décadas.

Pero además se ha desatado una tormenta con la revelación de los vínculos entre miembros del equipo de Trump y el gobierno ruso. Michael Flynn, su asesor de seguridad nacional, renunció al cargo al descubrirse que había hablado con el embajador ruso en Washington sobre las sanciones impuestas por el presidente Obama a Rusia por la interferencia de Moscú en las elecciones norteamericanas. Estas indiscreciones de Flynn tuvieron lugar antes de que ocupara su cargo, durante la campaña electoral, lo cual está prohibido por la ley. Y encima, Flynn, ya con el nuevo gobierno instalado, le mintió al vicepresidente Mike Pence sobre sus conversaciones con el funcionario ruso. Su posición era insostenible, y renunció. Sin embargo, el escándalo continúa, ya que los servicios de inteligencia siguen investigando posibles lazos con Moscú de funcionarios del gabinete presidencial, e incluso del propio Trump. La posibilidad de una destitución del presidente no es irreal.

En su campaña, Trump prometió limpiar “el pantano de Washington”, pero su gabinete es un muestrario de conflictos de interés y de posturas ideológicas anacrónicas, con una marcada ausencia de preocupación social. Es una ciénaga de la que emanan el individualismo y la ambición.

En la escena internacional, Trump ha arrojado la manzana de la discordia. Se ha enemistado con México, fustiga a China, desdeña a Latinoamérica, cuestiona el papel de alianzas como la OTAN, tiene a la Unión Europea en vilo, ha tenido diferencias con el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y el de Australia, Malcolm Turnbull. Rompe o amenaza con romper tratados comerciales que apoyan millones de empleos.

Trump alienta los instintos xenófobos de sus seguidores con medidas como el cierre de las puertas a los refugiados y el veto a la entrada de personas de siete países musulmanes: Irán, Irak, Siria, Somalia, Sudán, Yemen y Libia. Esta prohibición va en contra de la Constitución y de los valores nacionales, y fue detenida valientemente por el juez James Robart, de Seattle. Resulta curioso que el veto de Trump no abarque a Arabia Saudita, un país gobernado por una teocracia despótica, de donde provinieron los terroristas del 9/11, pero sí a Irak, un país ocupado, arrasado y sometido por las tropas norteamericanas.

“De un plumazo nos hemos aislado a nosotros mismos”, dijo el reverendo Jesse Jackson en una entrevista reciente con la periodista Amy Goodman, del programa de noticias Democracy Now. “Cuando te enfrentas a los mexicanos y a Latinoamérica, [que forman las] dos terceras partes de nuestro hemisferio; cuando te enfrentas a China con el tema de la política de ese país, que es una cuarta parte de la etnia asiática en el mundo de hoy; cuando te enfrentas a Europa y desestabilizas a la OTAN frente a Putin; y cuando te enfrentas a los refugiados, con un plumazo pones a Estados Unidos moral y políticamente en una posición aislacionista. Con esa prohibición seremos un país más inseguro, no más seguro”, afirmó Jackson.

Entre la avalancha de órdenes firmadas por Trump desde su toma de posesión, el 20 de enero, están las de reanudar la construcción de los oleoductos Keystone XL y Dakota Access, que destruirán el medio ambiente de las regiones por donde pasen. Ese desastre, desde luego, no inquieta al presidente y a su gabinete de multimillonarios, que siempre tendrán un lugar seguro a donde huir cuando el resto de nosotros estemos lidiando con los efectos del cambio climático, con el agua al cuello.

Eso sí: hay que reconocer que Trump se ha esforzado por cumplir sus promesas de la campaña electoral. Los que pensaban que se moderaría una vez instalado en la Casa Blanca se han llevado un chasco: Trump se ha superado a sí mismo. Está trabajando infatigablemente por incrementar el bienestar del uno por ciento más privilegiado de la población nacional, un minúsculo pero poderoso e infinitamente acaudalado segmento en el cual él se instala cómodamente. Ha nombrado un gabinete que intentará devolver a América la grandeza que ansían los supremacistas blancos: la América del racismo, de la prepotencia de los ricos, de la insolidaridad social, del machismo institucionalizado.

Los obreros norteamericanos blancos que se sintieron olvidados por la globalización y votaron por Trump, se dieron un tiro en el pie mientras demostraban que no tienen la menor conciencia de clase. Trump los utilizó para ganar un número decisivo de votos en la campaña presidencial, pero el magnate los va a desilusionar. Cuando termine su mandato, ni los empleos que la avaricia de las corporaciones se llevó a ultramar habrán regresado, ni la clase media habrá prosperado, ni habrá un plan de salud que cubra a toda la población, ni las escuelas serán mejores, ni la seguridad nacional será una coraza invulnerable. Las acciones y los nombramientos de Trump indican que, como un huracán, solo dejarán una secuela de desastres.

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Andrés Hernández Alende

Andrés Hernández Alende

Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso (2013) yEl paraíso tenía un precio (2011). El ocaso quedó entre las cinco finalistas del Premio de Novela de Concurso Latino de 2013, y se presentó en la Feria Internacional del Libro de Miami de ese mismo año. Escribe una columna de temas sociales y políticos en El Nuevo Herald (Miami) y tiene un blog, llamado El Blog de Alende.