El poder de la música

A menudo se escucha en conciertos y hasta en algunas conferencias que la música es el lenguaje predilecto del alma humana, que ella es capaz de vencer fronteras, y por ende, de unir culturas y personas de distinta procedencia o pareceres diversos. No faltan los ejemplos. Muchos recordarán el famoso caso del Schlager alemán Lili Marleen, de Hans Leip y Norbert Schultze que, durante la segunda guerra mundial, cautivó tanto a los seguidores de Hitler como a los aliados. Según reza la leyenda, a las 21 horas de cada día, cesaban los combates en el frente para que ambas tropas sintonizaran Radio Belgrado y escucharan la melancólica melodía en la voz de la cantante alemana Lale Andersen. Durante los tres minutos que duraba la canción, cuentan los testigos, regresaban los combatientes, al menos mentalmente, al calor del hogar o a los brazos de la amada dejada en el terruño, olvidando efímeramente los horrores de la guerra. Efectivamente —piénsese en Where have all the Flowers gone de Pete Seeger, en The Ballads of Sacco & Vanzetti de Woody Guthrie, en Imagine de John Lennon o en War (What Is It Good For), popularizada por Edwin Starr—, numerosas canciones han unificado corazones pacifistas en todo el mundo superando cualquier barrera lingüística, generacional o cultural. Según sugieren estos ejemplos, la música sería un idioma universal que hermana a los seres humanos con más eficacia que las palabras rimbombantes de los tratados de paz o las parcas declaraciones de buena hermandad en los documentos de las convenciones internacionales. ¿Es la música realmente el lenguaje de la armonía?

Etnomusicólogos, como yo, suelen reaccionar ante afirmaciones como esas con una sonrisa irónica, cuando no con cierta condescendencia frente a la ingenuidad y el optimismo propios del neófito. Y es que la música no solo es propicia para expandir el amor entre los prójimos, sino un medio muy claro para posicionarse en el mundo, es decir, para acercarse a unos y alejarse, conscientemente, de otros. Tal vez nada nos satisfaga más que sabernos parte de una comunidad musical elegida, que saber que compartimos el gozo estético con miles de personas igual de sensatas y ostentadoras de buen gusto como nosotros; pero igualmente es muy posible que nada nos ofenda más que saber que aquella música que tanto significado tiene para nosotros, sea motivo de burla o desprecio por parte de otros. La maldad humana, que es tan variopinta como la diversidad musical en el planeta, no tardó mucho en descubrir que, si la música trasmite de manera eficaz valores grupales o culturales, despotricar contra un tipo de música, ridiculizarla o desautorizarla estéticamente, es una forma bastante productiva de menospreciar a quienes la producen y a quienes la escuchan. La música por ende no sólo hermana, sino también, muchas veces, y muy eficazmente, divide; no solo acompaña los momentos de bullida emoción sentimental o de profunda congoja en nuestras vidas, también sirve —a menudo contra la intención de sus creadores— de banda sonora de torturas y otros actos indignos.

La música puede ser tanto motivo de algarabía en la fiesta pública, cuanto refugio interior. Así Herder consideraba la música como la expresión más fidedigna del espíritu de un pueblo, mientras que para Hegel el canto representaba la voz más íntima del alma de cada individuo. Es esa capacidad de crear significados sociales e individuales lo que hace de la música un arma puntiaguda para ofender y descalificar —ya sea personal o socialmente— al otro. Mas cabe preguntarse ¿por qué se desprecia un tipo determinado de música? Los desencuentros musicales nacen frecuentemente de nuestra indisponibilidad para aceptar la alteridad. El soldado español Miguel de Estete, por ejemplo, tuvo hace casi quinientos años el privilegio de presenciar el primer contacto europeo con la música indígena de los Andes. Si hoy en día más de un colega mío envidiaría su suerte, De Estete, por el contrario, hubiese renunciado gustoso a ella. Apabullado por los códigos, para él incomprensibles, que la regían, la música andina hubo de resultarle tan bárbara y horripilante como sus productores. Hacia fines del siglo XIX el explorador alemán Georg Schweinfurth repetiría la experiencia entre los Azande del antiguo reino del Congo en el África central. Influenciado por el evolucionismo unilineal en boga entonces, que pretendía reconstruir la historia de la música estudiando las formas “primitivas” de los “ancestros contemporáneos”, Schweinfurth no dudara en comparar la música de los Azande con los gruñidos de los monos, con el estrepitoso crujido de las ramas de los árboles y con otros ruidos molestos de la selva africana, es decir, con lo más primitivo que podía imaginarse la mente musical europea. La moraleja es clara: Si la música es la expresión de un pueblo, la música de un pueblo despreciable solo puede ser motivo de desprecio.

Más no solo la distancia cultural nos lleva a vituperar formas musicales. Dentro de una misma sociedad diversos grupos sociales se enfrentan unos a otros no solamente mediante la moda en el vestir, el tipo de auto que se usa o los sociolectos, sino también —o sobre todo— mediante la música. Ser rockero, rapero, adicto a las baladas, al jazz o ser asiduo visitante de salas de concierto para la llamada música de arte nos coloca en una posición determinada dentro del campo de la producción cultural del que nos habla el sociólogo francés Pierre Bourdieu. El gusto musical en las sociedades modernas obedece pues a un dictamen bastante sencillo, aunque categórico: Dime qué escuchas y te diré quién eres. Como en el caso de los las fronteras culturales, también requerimos de muros y parapetos en nuestro propio territorio sonoro. Así el sociólogo escocés Simon Frith nos advierte sobre un hecho alarmante en nuestra sociedad moderna: que no nos basta con gustar de un tipo de música, que muchos sentimos la enorme necesidad de ensalzar nuestras elecciones estéticas menospreciando las preferencias musicales de otros. Es decir, no nos basta con gustar de un tipo de música, urgimos igualmente de no gustar de otras. Y por si ello no fuera suficiente, sentimos la necesidad de expresarlo, una debilidad de la que no estamos exentos ni siquiera los especialistas. ¿No es gran parte de la producción musicológica una mascarada seudocientífica para justificar el propio gusto musical como el más distinguido, como el más sublime y digno de exaltación?

La perseverancia del enemigo musical es digna de mención. Mientras estudiaba el Schlager alemán para una etnografía musical del mismo un detractor de Stefanie Hertel —una joven intérprete con un registro de voz nada espectacular pero con mucho éxito— ingresó a la página Web de la cantante para dejarle un mensaje lapidario: “Querida Stefi”, escribió éste, “espero que folles mejor de lo que cantas”. Los conservadores seguidores de Hertel, que en el colmo del atrevimiento la calificaban como “una dama muy decente”, pusieron el grito en el cielo, entrando en un cacareo de varios días con el intruso. Lo que me espantó del caso no fue ni el lenguaje soez del entrometido ni el que hiciera añicos el mundo idílico de los seguidores de Hertel con sus impertinencias, sino que alguien invierta tanto tiempo y esfuerzo en atacar el gusto musical ajeno. ¿Quién se da el trabajo de dedicarse tan decididamente a cosas que considera irrelevantes?

Pero todos estos actos perversos relacionados con la música no merman la fuerza que la hace indispensable en la vida humana, llegando a calar en lo más profundo de nuestro ser. Por eso pienso que tal vez el verdadero poder de la música radique en la forma en que ella estructura nuestras capacidades cognitivas. Hace unas semanas una colega me refirió una anécdota estremecedora al respecto. Pocos días antes de morir su madre, cuando el alzhéimer ya había destruido su memoria y su capacidad para hablar, mi colega, en un acto que intentaba ser de alguna forma una despedida, le susurró unas palabras tiernas al oído. La madre, absorta en la demencia, no reconoció la voz de la hija. “No le hable”, le dijo una enfermera a sus espaldas, “cántele algo”. Escéptica, mi colega entonó los versos de una vieja canción folclórica que ella había aprendido de su madre. Ante su asombro la anciana reaccionó casi inmediatamente, entonando las últimas sílabas de cada verso mientras esbozaba una sonrisa. En lo más recóndito de su cerebro su memoria musical había sobrevivido, aunque fragmentada, a los embates crueles de la enfermedad. Esa fue la última vez que mi colega logró comunicarse con su madre, y éste el último contacto de la anciana con el mundo exterior. De hecho es un gran alivio saber que ni las injurias de los detractores ni la descomposición progresiva de nuestras facultades logran erradicar de nuestro cerebro la música que amamos, descubrir que lo último que nos abandona en nuestro paso por el mundo es la música que motivó alguna vez en nosotros emociones placenteras.

 

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Julio Mendivil

Julio Mendivil

Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).