El playboy caritativo de Hollywood

Como de costumbre, el problema era el dinero. Supe por un conocido que estaban haciendo un casting para el film Colour Me Kubrick. Con la dirección quemándome la mano, fui con mi amigo Ermenegildo– pulcro homeless uruguayo y lector de P.G. Wodehouse. Alguna vez, metidos en los mismos problemas, habíamos ido a uno de esos programas tipo Señorita Laura. Recuerdo que antes de salir frente a cámara, nos metieron en un cuartito y a cada uno nos explicaron la historia que debíamos interpretar. Así Ermenegildo encarnó a un falso empresario dominicano venido a menos y yo a otro falso hijo de falso empresario dominicano viviendo una falsa vida principesca. Nos divertimos, la paga no fue mala, tomamos unos tragos en el Abbey y pasamos unos días dedicados a nuestro hobby favorito: no trabajar.

En los pasillos de la productora se escuchaba todo tipo de acentos y los intercambios de business cards eran un código. Así que  “hicimos sillón” junto a un grupito de personas. El señor que estaba al lado mío –le calculé unos largos 60 años–, me preguntó si ya conocía esta agencia. Le contesté que no, que era mi primera vez. El hombre –luego sabría su nombre: Hairaz o algo parecido– quiso saber si era israelita. Más de una vez en Estados Unidos me habían confundido con alguien de algún lugar de Medio Oriente. Le dije que no, aunque podría serlo: como buen argentino tenía una abuela sefaradí. El tipo, al saber mi origen, sonrió. Y dijo: “La tierra de Alejandro Rey”.

Durante los años ´70 y primeros ´80 muy pocas series americanas llegaban a Pakistán, pero de las que podía ver, comentó Hairaz, su favorita era The Flying Nun. Con algo de esfuerzo había cultivado en su juventud un perfil parecido al del actor argentino. Las palabras de ese extraño que nombraba a alguien que provenía del mismo lugar que yo, se habían vuelto si no cálidas al menos muy próximas, me hicieron regresar a Buenos Aires y a la primera vez que supe de Alejandro Rey. Por cierto, no había sido de la mejor manera.

Una noche en la Biblioteca del Congreso en que buscaba algún dato sobre el dibujante Oscar Conti, me topé con un viejo número de la revista Gente que me llamó la atención. Para ser más exacto, el título del artículo era lo que me había llamado la atención: decía algo así como “Los argentinos me dan vergüenza”. Y una foto con una hermosa mujer rubia y un niño, ambos de aspecto anglosajón, junto un hombre de rasgos mediterráneos. Leí que era un actor argentino que hacía muchos años vivía en Los Ángeles. En la nota se quejaba de que muchos compatriotas llegaban a su casa para pedirle algún nombre o número telefónico que los ayudara a encontrar trabajo en Hollywood. Y la mayoría de las veces todo terminaba en esa suerte de malentendido que se convierte en un verdadero dolor de cabeza para quien fue invocado y tiene que salir a pedir disculpas en nombre de otro. (Hoy que hace más de 20 años vivo fuera de Argentina, la situación a la que Rey aludía, allá por la década del ´70, parece insólita…).

No sé si la carrera de Alejandro Rey necesitó de teléfonos, pero seguro no debió de ser fácil. En el tiempo que emigró a los Estados Unidos –1960– los contadísimos papeles a que los hispanos aspiraban, con suerte, se dividían en el acostumbrado latin lover o el canalla. En medio de esos roles, el vacío. Aún así, para aquel entonces, el país terminaba de construir una maquinaria del entretenimiento tan sólida como creativa que inevitablemente seducía a artistas de todas partes del mundo: cualquier estudio cinematográfico fuera de Estados Unidos quedaba como el más rudimentario de los intentos.

Alejandro Rey accedería a este tipo de papeles, además de ser un buen actor: su rostro tenía una interesante habilidad expresiva, y con el tiempo trabajó un acento agradable al oído del espectador norteamericano. Rey llegó con 30 años a los Estados Unidos, una edad para un actor en que no hay margen para los errores.

Rey supo aprovechar el tiempo: a los 3 años de estar aquí, coprotagonizó junto a Elvis Presley Fun in Acapulco.  En la piel del mexicano Pedro se disputaba con “el Rey” –en este caso el americano– el amor de una jovencita rubia que empezaba a ser conocida en la industria, Ursula Andress. Participó en The Alfred Hitchcock Hour, The Fugitive y otras series en prime time. Sin embargo sería por The Flying Nun, aquella que tanto disfrutaba Hairaz en la remota Pakistán, que Alejandro Rey alcanzó su mayor popularidad. Protagonizada por Sally Field, en la tira el actor interpretaba al boricua Carlos Ramírez, latin lover y dueño de un casino – “a charitable playboy” como señaló The New York Times en el obituario dedicado al artista– ya que siempre terminaba colaborando con dinero en el convento donde vivía Field.

Antes de finalizar la década del ´60, Rey se hizo ciudadano americano. Siguió trabajando en cine y televisión. Y dirigió algunas tiras como The Facts of Life y Forever Fernwood. Llegó a protagonizar un telefilm, hoy de los extrañamente denominados “de culto”, The Stepmother. También participó de series íconos de la cultura pop de los ’70 y ’80: Fantasy Island, Love Boat, Kung Fu y Dallas. Moscow on the Hudson es su último papel en cine. Compartió cartel con Robin Williams. Alejandro Rey murió de cáncer de pulmón en 1987, a los 57 años.

En Argentina su nombre es casi desconocido. A diferencia del actor argentino Fernando Lamas, pienso que Rey cometió la traición de construir una carrera en Estados Unidos. En su país había hecho algunos papeles –llegó a filmar junto a Lolita Torres, una popular actriz adolescente de la época, La maestra enamorada; y con Leopoldo Torre Nilsson, La casa del ángel– pero nada de la resonancia de su etapa estadounidense. Para la historia del espectáculo argentino, la imagen de Rey se desdibuja en tierra extranjera.

Con los días, yo también olvidé el incidente con Hairaz y lo que ello motivó. No fue hasta este mes en que esperaba en la cola del supermercado que de uno de los shelves que suelen mostrar todo tipo de revistas, otra vez, un título en tapa llamó mi atención. Compré The National Enquire en que había un reportaje a Jason Stuart. Allí el actor comentaba que en su juventud, mientras manejaba por Sunset Boulevard, se había topado con Alejandro Rey. Stuart, admirador de The Flying Nun, lo había reconocido enseguida. Fueron amigos íntimos durante un año.

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Vera

Vera

Hernán Vera Alvarez, a veces simplemente Vera, nació en Buenos Aires en 1977. Es escritor y dibujante. Ha publicado el libro de cuentos Grand Nocturno, Una extraña felicidad (llamada América) y el de comics ¡La gente no puede vivir sin problemas!. Es editor de la antología Viaje One Way, narradores de Miami. Muchos de sus trabajos han aparecido en revistas y diarios de Estados Unidos y América Latina, entre ellos, El Nuevo Herald, Meansheets, Loft Magazine, El Sentinel, Nagari, Sea Latino, TintaFrescaUS, La Nación y Clarín. Ha entrevistado a Adolfo Bioy Casares, Carlos Santana, Ingrid Betancourt, María Antonieta Collins, Gyula Kosice, Sergio Ramirez, Maná, Gustavo Santaolalla, Gustavo Cerati, entre otros. Vivió ocho años como un ilegal en los Estados Unidos donde trabajó en un astillero, en la cocina de un cabaret, en algunas discotecas, en la construcción. Desde el 2012 también es ciudadano americano. A fin de año publicará su libro de ensayos Lit Argentina. Blog: www.Matematicasencopacabana.blogspot.com
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