El México universal de Gabriel Wolfson

En Profesores y Be y pies, ambos editados en México en 2015, Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) abre un bucle que parece no tener fin. No sólo porque ese bucle simula estar atravesado por todo (la vida cotidiana, la literatura, México, la gente que pasa cerca…), sino, porque estos relatos escapan al arquetipo que algunos tenemos de México fuera de él, esa foto fija que, desde los tiempos del Crack, ya casi ha perdido hasta los rostros.

En tus dos libros más recientes la escritura tiene una gran importancia. Pensando que existe la escritura-historia, la escritura-poética, la escritura-light, la escritura-académica, la escritura-Yo (o casi-Yo), la escritura neobarroca… ¿Cómo definirías tú el “room” donde se mueven tus dos libros más recientes?

Escritura-historia no, escritura-light no, escritura-académica no, escritura-yo quizá un poco, escritura-neobarroca sólo que fuera un neobarroco del altiplano y crepuscular. Me gustaría que fuera escritura-poética, pero ese término está tan cargado de cosas horrorosas que mejor no, definitivamente no: de libros tan horribles se dice que muestran una “escritura poética” (sin el guión) que mejor no, jamás. ¿Escritura-qué, entonces? No sé. Escritura-manía, sí. No “maniática”, porque no soy un maniático de escribir, escribo muy poco y si no escribo no pasa nada. Escritura-manía como cuando un estudiante se pone a dibujar loops infinitos en la libreta a media clase, o como cuando uno se juega un pellejito del dedo pulgar durante horas. Escritura-manía que aspira a que su autocrítica tendiente a la inmovilidad acabe generando lo contrario de la corrección: la ligereza de lo caprichoso, las bodas de lo insensato y lo discreto.

Un escritor, más que el producto de una tradición o lengua (que también lo es), es el fruto de un archivo privado. Un archivo donde reúne todas las neurosis, los escritores y los estilos que les interesa rearmar en sus propios textos. ¿Cuál sería el archivo privado de Gabriel Wolfson?

Es una bonita pregunta, porque es como la pregunta de siempre (“¿y tú qué lees?”) y al mismo tiempo no. De la respuesta anterior sería imposible zafarme, así que: Bernhard, de quien en una época me alucinó su disposición a la terquedad, su cerrazón de señor iracundo que podía terminar siendo una especie de escritura conceptual (de idea conceptual de la escritura). Así que –también–: Piglia el viejo, el de Respiración artificial, de donde aprendí a repetir palabras, frases, acotaciones. Luego me gustaron mucho las disyunciones de Bolaño, hasta que empecé a notar su proliferación en todas partes y casi me las prohibí (así como alguien me enseñó a prohibirme rotundamente dos sintagmas: “casi imperceptible” y “una suerte de”: no los soporto). Luego me gustó mucho Saer también, y sus comas (Nadie nada nunca, sobre todo). Pero antes, novelas como Auto de fe, El maestro y Margarita, Tournier, Walser, Las puertas del paraíso, Gombrowicz, Sebald, Zama, Beckett, o escriturita mexicana –Torri, Díaz Dufoo Jr., Tario, Carrión o el genial Samuel Walter Medina–. Pero aquí entran dos cosas importantes: por un lado, leo todo eso pero no puedo dejar de pensar que escribo dentro de la “literatura mexicana”, para zafarme de ella, para platicar un poco con algunos, como sea. Esa es la literatura que más o menos conozco y sobre la que puedo pensar algo así en conjunto, y dentro de ella, leí a autores que no tendrían mucho que ver con los que mencioné antes, como Guzmán, López Velarde, García Ponce, Arredondo. Eso por una parte. Por otra, de pronto resulta que intervienen muy fuerte en ese “archivo” mío textos que muy difícilmente lo harían si no fuera porque doy clases, y por las clases en específico que doy. ¿Como qué? Como Torres Villarroel, como un sainete maravilloso de Ramón de la Cruz, como Blanco White, o los Viajes o los Recuerdos de provincia de Sarmiento. Y otras cosas, claro, ¿no?, el periódico, las incontables tareas de mis alumnos, o ese libro que agradezco a mi amigo Rodrigo Márquez Tizano haberme hecho leer, Entre las cuerdas, de Loïc Wacquant, cosas así.

El grupo con más proyección internacional en los últimos años de la literatura mexicana ha sido La Generación del Crack, la cual fue muy operativa hace 10 o 15 años atrás. ¿Cómo se “lee” esta Generación ahora mismo en el país? ¿Hay seguidores del Crack entre los más jóvenes?

Yo creo que no, o no los conozco. En realidad casi no conozco a esos más jóvenes, pero la impresión que me dejan sus rastros en reseñas o páginas web es que nada de nada. Hace poco lo platicaba con un amigo (él sí más joven): hace 10 o 15 años, cuando yo era uno de los jóvenes, fue más o menos inevitable leer al Crack, era lo que había en ese momento, de lo que se hablaba, con envidia, con desprecio o con displicencia, así que la mayoría pasábamos por los libros más famosos de ellos, los que ganaron premios. Luego te podían gustar o no, decir algo o no, pero hablo de esa cuestión coyuntural. Y justamente ahora ya no es así: mi amigo con quien platicaba tiene opiniones sobre el Crack, opiniones categóricas incluso, pero no los ha leído, no tuvo ya que leerlos ni creo que los lea nunca. Me parece que esos jovenazos de los que venimos hablando hipotéticamente leen ahora, con el sentido coyuntural o generacional, a gente como Julián Herbert, Luis Felipe Fabre, Vivian Abenshushan, Ángel Ortuño, Hugo García Manrique, incluso gente un poquito mayor, como Eduardo Antonio Parra. Creo que al Crack ya dejó de leérselo: sus libros siguen vendiéndose mucho, quizá más que antes incluso, pero ya no se los lee como grupo ni como problema. Se intentará reflotarlos desde la academia, pero creo que eso, en este caso –no en otros–, no tendrá mucho éxito. Veremos.

Hablando reciente con Luigi Amara, éste me decía: “la literatura mexicana contemporánea gasta un tupé de calvo acomplejado muy poco favorecedor”. ¿Qué piensas de esta definición sociológico-capilar? ¿Necesita la literatura mexicana un cambio de peluca?

Pienso que está muy bien la cuestión capilar, me gustaba la calvicie voluntaria de Torri, por ejemplo, en una época en que eso no se usaba. O el greñero final de Revueltas. Pero a ver: coincido en la definición sobre todo en lo que se refiere a la narrativa, o más aún: a la identificación generalizada de “literatura” con “narrativa”. De lo que conozco, diría que las pelucas de los poetas están mucho mejor, aunque quizá los poetas no coincidan, quizá yo digo esto porque no me muevo en ese mundo y los leo desde afuera, no a todos, sí a los que sé que me van a interesar, a los que me recomienda gente confiable, y ahí, como digo, veo buenas pelucas y buenos pelos naturales. En la narrativa no tanto: hay, para mi gusto, grandes promesas y discursos pero luego, por debajo, el calvo no asumido.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

¿En serio? Creo que terminar un montón de cosas que tengo de aquí a marzo, y luego ver si por fin me hago de tiempo (necesito mucho tiempo disponible para escribir, unas 10 horas libres para poder escribir una hora, digamos) para empezar un relato nuevo, cuyas dos primeras líneas ya tengo desde hace dos años.

© 2016, Carlos A. Aguilera. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorLa elegancia íntima del corazón feroz
Artículo siguienteGerardo Reyes: “Miami ha vivido de las conspiraciones políticas”
Carlos A. Aguilera

Carlos A. Aguilera

La Habana, 1970. Escritor. De 1997 a 2002 codirector de la revista de literatura y política Diáspora(s), una de las más importantes en los últimos cincuenta años en Cuba (existe edición facsimilar de la misma por la editorial Linkgua, Barcelona). Desde el año 2002 ha vivido en Bonn, Frankfurt, Graz, Dresde y Hannover. En 2008 ganó la beca de la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, Alemania. Su libro de relatos Teoría del alma china (México, 2006) ha sido traducido al alemán, al croata y al checo y su libro de poesía Retrato de A. Hooper y su esposa (Cuba, 1996, Premio David de poesía 1995) al francés por la casa editorial Farrago. Ha publicado además el poemario Das Kapital (Cuba, 1997) y Discurso de la madre muerta (Teatro, España, 2012), publicado en alemán por la editorial Erata bajo el título de Rede der Toten Mutter. Escribe regularmente sobre literatura para The Miami Herald, en Estados Unidos. Actualmente vive en Praga.