El mar en el cielo. (minicuento)

Todas las tardes iba a sentarme al mismo sitio. Mas bien a recostarme pero sentarse o recostarse viene a ser lo mismo cuando no se hace nada debajo de un árbol. Después de mis quehaceres, cuando la tarde se volvía apacible y olvidaba el calor, me acomodaba debajo del nogal en el último islote de zacate y árbol que lindaba con el inmenso desierto, a unos pasos del patio de mi casa. Se podían ver los aviones pasando de uno a otro lado del cielo, unos en diagonal, otros en una pequeña curva desviándose para desaparecer de mis ojos.

De vez en cuando me llevaba algún libro del pequeño librero de mi padre, un librero viejo y empolvado que nadie atendía; entonces, después de leer, imaginaba en las nubes los personajes o los objetos recién leídos. Me emocioné mucho cuando vi el Nautilus en una nube enorme, oscura, desde lejos ya se veía impresionante. Pasaba lenta, casi inmóvil, su velocidad era perfecta para pensarla. Le vi sus hélices, sus artefactos encima, venía directo a nuestra casa, o a nuestra casa si ésta también estuviera en el cielo, o en el mar. Seguro trae lluvia, me dije, cosa que me alegró porque aquí, por ser el último espacio de verde antes del desierto, casi nunca llueve. El viento lo imaginaba salado, como en algún libro leí que era el viento del mar; la nube se hacía más enorme, más cerca. Justo como me lo imaginé, decía, así oscuro como nube, serio; amenazante como tormenta y útil para la siembra de mi padre.

Pero así como la marea lo traía, el viento salado se fue desvaneciendo, el gran Nautilus, húmedo y recién emergido de las profundidades, se fue como jalado por no sé qué, hacia casi la misma dirección donde se pierden los aviones, esas gaviotas ínfimas que van rumbo a otra ciudad. Me quedé viendo al Nautilus encallar en unas montañas, o en unos picos de unas montañas, desvaneciéndose, secándose; poco a poco, hasta volverse una diminuta barquita, muy parecida a la del viejo Santiago, casi invisible, inútil, escurriendo en las puntas del horizonte lo poco que quedaba de su pez espada.

David…

 

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Elías David

Elías David

Sostuvo en esta revista, hace tiempo, la columna de poemas Saudade que ahora retoma, ya sin saudade. Ha impartido en su ciudad natal talleres de creación literaria donde ha aprendido mucho. Textos suyos han aparecido en antologías regionales de su país y de Miami. Fue profesor de secundaria. Ahora sólo lee y escribe, o sea, no hace nada.