El libro uruguayo de los muertos: Mario Bellatin

Ed. Sexto Piso. 2012.

276 páginas.

Ya está aquí el desbordante Mario Bellatin. Un hombre que intenta ser literatura en sí mismo, ‘escribir sin escribir’. Llámelo usted mercadotecnia o llámelo compromiso radical y definitivo con las letras, de manera que cada minuto se viva ejerciéndolas, tal y como Andy Kaufman practicaba la comedia. Eso lo dejo a su elección, lector.

El caso es que tenemos entre manos El libro uruguayo de los muertos. Una vuelta de tuerca más al universo de experimentación, búsqueda y renovación que propone la obra de Bellatin. Un texto sorprendente que, guste o no, logra plantear varios retos al lector necesitado de eso: retos.

Si quisiéramos definir esta novela al modo convencional, hablaríamos de un estilo epistolar en el que Bellatin le cuenta a un destinatario desconocido cómo se desarrollan sus días durante un período impreciso de tiempo. Una suerte de diario ficticio con receptor final. Durante la narración, la fantasía irrumpe a través de las eficientes incisiones que el escritor practica en el tejido de lo cotidiano. Prestamos oídos a lo onírico, a lo místico y a lo atávico, tanto como a temas tan mundanos (aunque no sé si a Bellatin le gustará que diga mundanos) como los perros o los congresos o las tareas del autor.

Para salirnos del modo convencional hay que aludir a la estructura del texto. Una apuesta arriesgada, pero interesante, que consigue dejar un sedimento grave en la mente del lector. Las 276 páginas de El libro uruguayo de los muertos se dividen en minúsculos fragmentos, una media de cinco líneas por pedazo, como fotogramas de una película o teselas de un mosaico que no toman un orden de película ni de mosaico, sino que el lector debe armarlos en su mente para otorgar la unidad. No importa el sentido cronológico ni la reiteración ni la disgregación: todo queda mezclado, sí, pero en mezcla heterogénea.

¿Cuáles son los efectos de esta estructura? Los hay positivos y negativos. El primero, inevitablemente, una inicial falta de fluidez que exige al lector más atención de la habitual. Pero no creo que escriba, Bellatin, para holgazanes, así que este escollo debe salvarse (si uno no quiere caer en la ignominia de ser acusado de ‘mal lector’). Superado el problema, asistimos a pasajes de fuerza rotunda, llenos de imágenes poderosas y sugestivas que nos recuerdan precedentes como Salón de belleza, donde encontramos al mejor Bellatin. Muñecos misteriosos, masajistas ciegos, ataques de epilepsia, ficticios retratos de familia que, por delirantes, parecen absolutamente reales… Un atractivo juego de engaños.

Pero también encontramos momentos menos inspirados donde el autor se empecina en asociar su rutina con una agotadora trascendencia. Hay que conocer a Bellatin, supongo, pero a mí, personalmente, me aburrieron las obsesivas menciones a sus perros, su simpatía por el curanderismo y el abuso de una mística orientalizante que me sabe a naftalina y a filosofía New Age de lo más rancio. Sin embargo, si a usted, lector, le interesan estos temas, este es su libro. Puede contrastar sus propias ideas al respecto con la mirada siempre asombrosa de Bellatin.

Tampoco me convenció el continuo recurso a sus ocurrencias artísticas (demasiado genialoidemente posmodernas para mí) que impiden enfocar el relato en otra cosa que no sea el mismo Bellatin, genio y figura, traspasando en algunas ocasiones la frontera del egocentrismo. En este sentido  me ha parecido apreciar que, por momentos, es el libro quien escribe a Bellatin, y no al contrario, como si el autor se hubiera servido de él (voluntaria o involuntariamente) como una máscara para vendernos una imagen singular de sí mismo. Sin duda, al Bellatin de este Libro uruguayo… le falta naturalidad y le sobra neurosis.

Sin embargo, el texto cruza fragmentos deleitosos cuando afronta los temas que hacen más Bellatin a Bellatin, aquellos acerca de la decadencia de la carne y la mortalidad, con sus intentos desesperados de establecer una estética y una liturgia para afrontar la enfermedad y la extinción.

“De pronto aparece ese otro yo. En medio de la espesura, desde la oscuridad más profunda comienza a mostrar su forma. Aparece y desaparece. Sólo se advierten fragmentos, El movimiento de una mano. De pronto la oscuridad, la más absoluta. El vacío y su silencio. Hasta que, de improviso, el otro termina siendo mi yo (…) No tiene interés lo que haga de manera consciente. Es el movimiento en el que incluso el otro puede ser bautizado como rezago, ceniza, desecho, composta. Se presenta, se impone y en lugar de fortalecer cualquier construcción –de servir como una suerte de campo de cultivo–, por el contrario, su naturaleza es la de corroer, de desintegrar, de crear un agujero, dejando la rasgadura, lo cortado por la mitad. Una sombra con nada tras de sí.”

No hay nadie como Bellatin en su faceta de constructor de mundos, es decir, cuando detalla comunidades o gremios o personas obligados por alguna fuerza mayor a practicar inexplicables costumbres.

“Le informo incluso que eso no es nada comparado a la angustia que deben sentir las personas que buscan la curación en un perro o que desean mantener un árbol genealógico –confeccionado de calaveras– palpable en el patio de su casa. La inquietud que tal vez experimenten los que son relegados por sus familias a ser una suerte de especie inferior.”

También gusta cuando profundiza en su propia literatura, cuando se refiere a ella con la sinceridad a la que obliga el miedo y la memoria, sin la interposición de artificios ni excentricidades.

“Ninguna actividad diferente, ningún elemento de orden personal, podían estar por encima de este ejercicio. Luego, con el paso del tiempo, la culpa adquirió diversos matices pero nunca dejó de estar presente. Sigo sintiéndome avergonzado por escribir y, curiosamente, aquel sentimiento es el que hace posible que mi escritura continúe.”

No se puede negar el genio ni el alcance de la sensibilidad de Bellatin. Y también hay que reconocerle la cualidad de inimitable.  La libertad con la que ejerce la literatura, su inabarcable personalidad y textos como este, El libro uruguayo de los muertos, que pueden provocar cualquier síntoma, excepto indiferencia, lo siguen situando como uno de los escritores con mayor fuerza de atracción de las letras en español.

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Paco Bescós

Paco Bescós

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.