El lenguaje del juego: Daniel Sada

Editorial Anagrama. 2012.

198 páginas.

Y la noticia de que Anagrama publicaría una novela póstuma de Daniel Sada (Mexicali, 1953 – México DF, 2011) quiso aliviar la tristeza que nos causó su muerte, hace aún menos de un año. Era, la literatura de Daniel Sada, una exótica joya; sus libros, de los que uno conserva en lugares privilegiados de la estantería para encontrar accidentalmente el lomo con los ojos y obligarse a recodarlos. Revivir aquellos fragmentos tan rebosantes de acción como carentes de verbos. O las frases que no acaban, o acaban con la invitación de que uno las complete. O los personajes, condenados a hacernos sonreír con la corrupción de sus almas sencillas. O los escenarios: la vastedad de los desiertos, el resquebrajamiento de los pueblos y la seca infinitud de las distancias.

“Si hubiera mucha risa en este mundo…

Si las caricaturas fueran reales…

Si el sexo fuera un juego de verdad inocente…

si la muerte tan sólo un simulacro…”

Se despide de nosotros, Daniel Sada, con El lenguaje del juego. Un último empeño de dislocar el lenguaje. Una última novela para reír y para llorar. Se trata de la historia de la familia Montaño, natural de San Gregorio, pueblo que se degrada hasta asemejarse al mismísimo infierno una vez que los cárteles del narco asedian el México fronterizo. La familia se ve sometida a esta involución perpetrada a sangre y cocaína, queda atrapada y dividida en el fuego y trata de salir adelante en estas nuevas circunstancias. Todo ello, sí, con mucho humor negro, pero que evita disimular la infamia.

“Los primeros asomos luego de la batalla. La jamás vista alteración sangrienta. En San Gregorio nunca ese caldeo de hombrías. Las vistas por doquier de los que antes estaban embutidos. Había un silencio casi como en pliegues. Desdoblamientos vagos de chasquidos que a veces distraían. Los asomos anónimos que pronto se volvieron mirujeos detenidos: estatuas asombradas a distancia.”

El lenguaje del juego se escribe como hiperventilando y retorciendo el habla de la frontera; algo propio de Sada y que nadie podrá repetir sin evidenciar que está imitando a Sada.  De hecho, todo el humor surge del uso del lenguaje, pues no hay nada cómico en la historia. La pluma de Sada, y no lo hechos narrados, convierten a sabiendas lo trágico en tragicómico.

Confirma lo que Bolaño, gran admirador, decía de él: “Daniel Sada, sin duda, está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español, parangonable únicamente con la obra de Lezama, aunque el barroco de Lezama, como sabemos, tiene la escenografía del trópico, que se presta bastante bien a un ejercicio barroco, y el barroco de Sada sucede en el desierto”.

Es loable que Sada no se haya querido ir de este mundo sin dejar patente su repulsa a la narcocratización de ese Norte tan suyo, aquel que heredó de Rulfo y que le ha inspirado para llenar páginas cargadas de carácter.

“Mágico dejó de ser una antigualla romántica. Ahora hasta en el punto geográfico más lejano hay, por lo menos, un capo y algunas armas.”

El horror que desde los últimos años se ha instalado en esa tierra parece dar la razón al conjunto de su obra, casi siempre motivada por las pulsiones más malvadas de las personas, sean o no culpables de aquellas. En El lenguaje del juego no hay ningún personaje lo suficientemente inocente. Y esto podría ser un diagnóstico personal sobre la violencia, similar al que Bolaño pergeñó en La parte de los crímenes de su 2666: todo es producto de banalizar el hecho de morir, el hecho de matar.

“Cierto que las interrogantes tenían su independencia, incidían en la palidez inevitable del que caminaba tratando de reelaborar una historia casual, algo que empezara con un desperfil: Mi muerte construyéndose. ¿Por qué no concebirla como un desliz agradable? Una inclinación que más allá se habría de desfigurar, acaso transformando detalles impensados. La muerte que sonríe, que se aligera. La muerte: aviso suave.”

Quizá lo más preciso que he escuchado sobre Sada es que “no es tanto un narrador como una prosa” (Rafael Lemus, Letras Libres). En un universo de narrativa tan homogéneo y previsible como el actual, Sada era un destello luminoso, un alfilerazo insólito, un pellízqueme para comprobar que no sueño. Hay que atesorar sus libros como se hace con los tréboles de cuatro hojas o las estrellas fugaces. Y lamentar su muerte, sí. Lamentar mucho su muerte.

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Paco Bescós

Paco Bescós

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.