El día que el Malecón se fue

Una novela de Andrés Pi Andreu

Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar las ruinas.
Blas de Otero

Capítulo 1

—El día que el Malecón se fue me había levantado temprano para ir a la escuela. Me asomé a la ventana y no estaba allí. Solo quedaba el mar, rompiendo contra la calzada y las puertas de los edificios.

—¡Mamá, se robaron el Malecón! — grité y mi madre me contestó riéndose que no, que nadie se podía robar el Malecón, que seguro se había ido.

—¿Y por qué se ha ido? —pregunté.

—A lo mejor se cansó de nosotros, se cansó de cuidar a tanta gente. Es una responsabilidad inmensa contener el océano.

—¿Tú crees que se haya cansado de veras? —no me lo creía.

—Puede ser… a lo mejor tiene dolor en sus grietas, o se cansó de que la gente se tirara al mar desde su muro y no regresara nunca más…
Mi mamá es muy dramática y filósofa, o sea, que le saca filo hasta a un sofá si la dejan. ¡Que tiene una lenguaaaa!

—Ven a ponerte el salvavidas para que no te hundas. Tu padre te va a pasar a buscar con la balsa de su trabajo dentro de un rato para llevarte a la escuela. —¡Alabao!, que ni con el océano Atlántico en la puerta mi madre me deja quedarme en casa.

Me asomé a la ventana otra vez y pude ver a algunos de mis amigos del barrio remando en palanganas, o surfeando en soportes de poliespuma por la cuadra. La vieja Josefa se había puesto un bañador del año de las quimbambas y unos salvavidas de esos que se ponen los niños en los brazos y chapoteaba como una ballena con la bolsa de los mandados en alto para que no se les mojara el pan del día.

También estaban los dos policías de siempre, en la esquina, mirando con cara de pocos amigos hacia todas partes, con el agua al pecho, sin salvavidas, con las pistolas en el aire para que o se les mojaran las balas. Estaban tiritando de frío o de miedo, no se cuál de las dos, porque una aleta que sobresalía del agua les daba vueltas.

—¿Oye, no bajas a jugar a los ahogados? —me gritó Cachita la del solar de la calle San Lázaro.

—¿Y cómo se juega eso? –y Cachita puso los ojos en blanco y jorobó la boca, abollándose.

—Nada, que todos nos ponemos en esta esquina y el que le toca se hace el ahogado a mitad de cuadra. El que llegue de último a rescatarlo es el ahogado.

—Pero eso está al revés, Cachita, —le dije.

—¿Por qué al revés? —Me contestó.

—Porque el que se queda de ahogado es el que menos se cansa, chica. Cachita reflexionó un momento y se enojó.

—Oye, mijita, mira que eres vaga. Dale, acaba de bajar, que cuando menos te lo pienses los azulejos —dijo señalando a los policías atiburonados— obligan al Malecón a volver y se nos acaba la fiesta.

—¡Uyuyuiiii, para allá voy! —Bajé las escaleras corriendo, pero cuando iba a abrir la puerta, mi madre me atajó.

—¿Pa’ dónde tu vas? —me agarraba por el brazo.

—Mamá suéltame chica, que quiero ser la ahogada.

—¿Cómo? —me puso cara de avestruz.

—Sí, es un juego que inventó Cachita, que hay que rescatar al ahogado y eso.

—Oye, que estos niños no hay quien los pare, las inventan en el aire, o en el agua. —rezongó mi madre y me dio un beso. —Pero ponte el salvavidas que te hice, y acuérdate de cerrar la boca al nadar para que no tragues agua…acuérdate que el agua salada te pone mala de la barriga.

—¿El salvavidas que me qué…? Esto me paralizó. Mi madre tenía un artefacto rarísimo en la mano. A primera vista vi que había forrado algo rectangular con mi antigua blusa de la escuela primaria; le había cosido las asas de la maleta de viajes vieja conque mi padre había ido al viaje a Rusia del que ya no hablaba como antes y hasta le había pegado un recorte de un mantel de flores de nylon en la espalda como adorno.

—¿Y esa cosa horrible qué es? —pregunté y mi madre se hizo la ofendida.

—Esto, mi amor, tu mamá te lo hizo con mucho amor. —dijo.

—¿Y mi salvavidas de tienda dónde está? Le pregunté. —Es un salvavidas nuevo, me lo compraste el año antes pasado. ¿Dónde está mi salvavidas rojo de tienda? Le dije.

—Pero si este flota mejor…

—¡Parece un inodoro roto! —Le contesté enojada.

—Mira, mijita, el salvavidas se lo dimos a tu abuela Pura para que le hiciera una capa a tu primo Davicito. Así que tendrás que ponerte este si quieres ser la ahogada estrella.

Me puse a pensar en la vez que la abuela Pura le quitó las llantas a un carro grandísimo, que le habían traído a Davicito de Miami, para hacerme un par de sandalias y pensé que estábamos parejos. Así que me puse el artefacto flotante y salí a la calle.

Para mi sorpresa todo estaba tranquilo, la gente no se quejaba por el agua, ni por los muebles flotando por todas partes, ni por los autos hundidos. Mis amigos me chiflaron desde la entrada del solar de enfrente y nadé hacia ellos. El artefacto que mi madre me había inventado flotaba bien, quién lo iba a decir.

—Oye, ¿a quién se le perdió un inodoro? —dijo Meloncete, señalando mi salvavidas casero, mientras meneaba de un lado al otro su cabezota gigante.

—¿Te refieres al que tienes por cabeza? , —le respondí y se enfurruñó.

—Vamos, chica, que es en broma. Vas a jugar a los ahogados con nosotros o no? —dijo
Cachita y rescató una fotografía de su padre que flotaba a la deriva.

—Pues sí, pero me tienes que explicar bien cómo se juega. Por lo que me contaste la última vez no sé muy bien qué hacer… ¿alguien se hace el ahogado? — y al terminar la pregunta casi choco con un televisor a la deriva. Nos quedamos mirándolo con asombro. En el noticiero, enseñaban unas imágenes en vivo del malecón intacto, mientras el locutor decía que lo de que el malecón se había ido era una bola, una mentira creada por el enemigo…

—¡Ese locutor es un descarado! —dijo Cachita. Yo lo vi salir hoy remando de su casa en una palangana gigante de plástico. ¡Vive a tres cuadras de aquí, por la calle Virtudes!

El televisor se hundió en un remolino gracioso y vimos la imagen del descarado perderse calle abajo, seguro arrastrada por alguna corriente submarina. Nos pusimos a decidir quién iba a ser el ahogado cuando sentí el ruido conocido del ventilador del cuarto de mis padres. Es un ruido único en el mundo: mi padre lo hizo con el motor de una máquina de fumigar china. Es un motor de gasolina, pero lo adaptó para que funcionara con una mezcla de keroseno y alcohol boricado. Mi papá es un “Innovador y racionalizador” que es la forma picuda de decir inventor. El caso es que después que puso a funcionar el aparato, no se si es porque hecha más aire que un huracán, o porque el sonido les recuerda a sus compañeros muertos, pero los mosquitos no han puesto alas en mi casa nunca más.

Pues me di vuelta sorprendida de sentir el conocido ruido tan cerca y me encontré con una sorpresa. Mi padre venía flotando en una balsa improvisada, con el ventilador haciendo de motor fuera de borda, con dos compañeros de su sindicato. La balsa era de playa, un descaro de balsa, y le habían puesto una calcomanía del Ministerio del Azúcar, que es donde trabaja mi papá, en la parte delantera.

—¡Mi chiquitica linda! —gritaba mi padre como un energúmeno, mientras sacudía un periódico enrollado como un… eso, como un energúmeno.

—Papi, chico, deja de gritarme chiquitica, que ya estoy bastante grande para eso.

—Pero mi amorcito, eso es imposible. Tu eres mi batidito de mamey —seguía avergonzándome.

—Papi, parece que te está dando una cirimba, chico, deja de agitarte así que vas a virar el tareco ese.

—¡Tareco, tareco! ¿Cómo que tareco, mijita? Esto es lo que llamamos, adaptación en tiempos de guerra.

—¿Qué guerra? —intervino Cachita con cara aterrorizada, mientras miraba para el cielo y trataba de meterse lo más posible bajo el agua.

—No le hagas caso, chica, que mi papá es un exagerado —dije. Pero mi viejo saltó.

—¿Qué no hay guerra, qué no? Y quien tu crees que se llevó el Malecón —dijo.

—Bueno, según el noticiero de la mañana, nadie, dicen que es una bola, que el Malecón está ahí mismito —dijo Meloncete y su cabezota me meneó apesadumbrada.

Mi padre miró hacia el lugar donde se suponía debía estar el Malecón, después miró la balsa aventiladorada y el agua llena de sargazos, como si estuviera tratando de confirmar que el Malecón realmente no estaba.

—Bueno, quizás esta es la única parte del Malecón que no está, —dijo y las orejas se le pusieron rojas.

—¿Papi, mira para el Vedado, no ves que el mar llega hasta las casas hasta allá lejos, en La Punta?

—Ese tipo del noticiero es un mentirosón —dijo Cachita—. Es el mismo que dice que hay carne y yo no veo un bistec hace como tres semanas.

—Jovencita, nuestro país está bloqueado, —respondió uno de los amigos de mi papá desde la balsa, que ya se iba escorando bajo su peso.

—Pues yo no veo el bloqueo, —respondió Cachita y señaló hacia el mar—. El Malecón no está. Mentirosón y bien.

—Qué barbaridad, —dijo el amigo de mi padre y se empezó a recoger los pantalones. La balsa había empezado a hacer aguas.

—¡Con la carne no se juega, compañero! —dijo Cachita y se zambulló.

—¡Esa Cachita es una perla! —rezongó mi viejo—. Dale mijita, monta pa’ llevarte pa’la escuela, me dijo, bajito.

—¡Ahí yo no me monto ni loca, papi! ¿No ves que se está hundiendo?

—¡Tú también? Móntante, mijita, móntate…

Y entonces, para mi buena suerte, se armó la gorda.

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La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.