El día que el Malecón se fue: Gran final

—Hermenegildo, Ramoncito, Cuba es de verdad. —dijo el papá de Cuba e hizo una mueca con la cara que enseguida fue entendida por su amigos. Todos pusieron caras de agentes de la seguridad del estado y formaron un círculo alrededor de los niños.

—Llevamos dos años en esto, fingiendo estar de acuerdo, diciendo que sí a todo. Estábamos en una reunión del partido en Manzanillo y fuimos a visitar un central. Encontramos todo hecho un desastre. Y cuando le dijimos al director que todo aquello estaba mal, que lo que habían hecho era malgastar los recursos y empeorar la vida de todo el pueblo, el tipo se nos empezó a inflar y a gritar consignas patrioteras y a cantar la canción esa metatrancosa de las Marchas del Pueblo Combatiente, hasta que nos explotó en la cara, y lo único que quedó de él fueron hilachas de… —Del Periódico Granma, —lo interrumpió Cuba, pero el padre le dijo que no, que el jefe del central estaba hecho de la revista militar, Verde Olivo.

—Alabao, ¿y cuánta gente es gente y cuánta son tarecos? —dijo Cachita, que no atinaba.

—Se llaman URRS, Unidades Robóticas de Reemplazo Secretas. —respondió Cuba y acto seguido, les contó con lujo de detalles sobre sus encuentros con Josefa y Bonifacio y sobre la otra Habana a la que todos parecía que se estaban yendo poco a poco.

—Lo que no entiendo es por qué nos quieren dejar aquí a nosotros. —dijo Muslito con cara apesadumbrada y todos asintieron.

—¿Quiénes se van para dónde, Muslito? —la enorme y espasmódica chola de Meloncete pareció, como siempre, de sopetón, nublándolo todo.

—¡Apareció el cabeza! —dijo Cuba y se le tiró arriba. Meloncete, de los más emocionado, la abrazó, la tomó por los hombros, la miró con cariño y le dio un besito en la boca. Entonces Muslito le dio un piñazo en el hombro y Meloncete se fue quejó.

—Oye, Muslito, compadre no me pegues. —dijo y a Muslito le dio lástima.

—Cuba es mi novia, para que lo sepas. Así que echa tu bemba cabezónica esa para allá. —Muslito se interpuso delante de Cuba, que estaba maravillada de que pudiera ocasionar peleas.

—Niña, ¿qué brujería les echaste a estos guanajos? —dijo Cachita, que seguía sin atinarle. —¿Qué te pasó en el televisor? ¿Tú nos serás un URRS de esas, verdad? Porque hasta el otro día me decías que estos dos eran una mamertos. —dijo, señalando a sus dos amigos.

—¡Yo no soy un mamerto! —dijo Meloncete y todos rieron, porque al decirlo ponía una cara de mamerto de campeonato.

— Esperen, esperen, tengo una gran duda. —dijo, Cachita, de pronto. —¿El presidente será una vieja… máquina de esas? ¿Y “Manolito”?

Todos se quedaron boquiabiertos.

—Esa es la pregunta de los 64 mil pesos. —dijo uno de los compañeros del MINAZ.

—Oye, y por qué ustedes, los viejos, siempre están con eso de la pregunta de los 64 mil pesos? ¿Por qué no de 55 mil o de 34 mil, a ver? Yo no sé de dónde los tembas sacan esos dichos. Cada que le pregunto a mi mamá algo complicado y no me quiere contestar en ese momento me suelta “Esa es la pregunta de los 64 mil pesos”. Como si uno supiera qué es eso. —dijo Muslito, que se veía mojado y friolento.

—Hay Muslito no seas ignorante mijito —dijo Cuba, que esa sí se la sabía. — Eso viene de un programa de televisión que se llamaba “El Gran Premio de los 64 mil”. —dijo y su papá se animó, puso cara de recordar tiempos mejores.

—Me acuerdo que el conductor del programa se llamaba Pedro Ferriz Santacruz, ese era un programa de participación que se transmitió en la década de los 50. Los concursantes debía seleccionar una categoría de las que le harían 11 preguntas. La primera pregunta valía 64 pesos, cuando la contestaban Ferriz decía “Cooooooorrrrecto”, igualito que Yiqui Quintana en 9550 y pasaba a la segunda pregunta que valía el doble. La mecánica seguía igual hasta los $512, pero a partir de esa suma subía a $1,000, $2,000, $4,000, $8,000, $16,000, $32,000 y por último los $64,000. Después de contestar cada pregunta correctamente el concursante tenía la opción de seguir o retirarse, si se equivocaba perdía todo el dinero que tenía acumulado. Al principio todos seguían, porque menos de 1,000 pesos no era tanto dinero, lo complicado era cuando llegaban a $32,000, que era bastante. La última pregunta era la más difícil y muchos de los concursantes se retiraban antes de escucharla. Cuando sí se animaban, Pedro Ferriz aprovechaba los nervios para ponerlos nerviosos y gritaba: “Y la pregunta de los 64 mil pesos es…”.

—Y ahí el concursante se cagaba. —dijo Cachita, que tenía cara de aburrimiento.

—Pero, ¿ustedes creen que “Manolito” sea una URRS? Porque si es una URRS eso no se hace la verdad. —dijo Melonceta, medio tristolino.

—Yo creo que ni Manolito ni el presidente son URRS. No tiene sentido que lo sean. Si quieren controlar a todos no tiene sentido que se hayan ido a un lugar donde todo está bien. A ellos les gusta el caos, la única forma de controlar a la gente es haciéndola pasar necesidades. —dijo el padre de Cuba, que había cogido una cara de contrarrevolucionario impresionante.

—¿Y cómo las controlan? —dijeron a coro los dos azucareros.

—Debe tener un centro de control. —dijo Muslito y Cuba le frotó el muslito revejido.

—¡Yo creo que sé dónde está! —dijo Cuba, que ahora lo veía claro.

—¿Dónde? —preguntaron todos, a coro.

—¡Yo creo que lo controlan todo desde la otra Habana! —dijo Cuba.

—¿Y cómo llegamos a la otra habana, mijita? —dijo Cachita.

—No sé. Lo único que sé es que podemos recuperar esta Habana. ¿No se han fijado que si uno se rebela y no se deja meter el pie por estas URRS, se hinchan y explotan? Eso es lo que tenemos que hacer, no dejar que abusen de nosotros. La solución es resistir y luchar.

—Pero eso es peligros, Cuba, te pueden lastimar. Ellos usan mucha violencia. —dijo el papá de Cuba, pero algo en aire le advirtió que todos los presentes estaban de acuerdo, por primera vez, en una estrategia contra la desmaleconización loca de la Habana.

—Vamos a volverlas pastica de muñequito… —empezó a arengar Muslito cuando, para su supremos terror, una aleta de tiburón le dio dos vueltas y del agua salió disparado Ramiro, dio dos vueltas en el aire y cayó dando un barrigazo alegre en el agua.

—¿Que bolero Miquimbín? —dijo Ramiro en un sospechoso acento habanero que sorprendió a todos. Pero eso no era lo único que los sorprendió, no. Ramiro ya no iba vestido de policía. Tenía puesto un pulóver apretado de Supermán, unos shorts con una cantidad ridícula de zíperes y unas patas de rana rosaditas a las que les había pegado dos calcomanías gigantes de Willy Chirino. Además de eso, se le podía notar un tatuaje nuevo en el hombro, y sí, era la virgen de la Caridad del Cobre y un “Madre hay solo una” en letras góticas, escrito debajo.

—¡Ño! —dijo Muslito.

—¡Ño! —dijo Cachita.

—¡Ño! —dijo Cuba.

—¡Ño! —dijo Meloncete.

—¡Ño! —dijeron a coro el papá de Cuba y sus compañeros del MINAZ.

—¡VERGACIÓN! —dijo el venezolano del Bolívar al revés, que había aparecido otra vez y de forma totalmente sorbetera en esta historia.

—Arriba, que vengo a recoger gente pa’ los Miamis. El que se quiera ir, que se agarre de mí. —dijo Ramiro y miró a Muslito, invitándolo. —No tengas miedo, que la aleta es de delfín, no de tiburón, además que voy a una velocidad que ni las lanchas torpederas ni los guardacostas norteamericanos compiten conmigo, pa’ que sepas. Traje este polvito azul que es para mantener alejados a los tiburones y estas barritas energéticas para que no pasen canina. También traje estos seis galones de agua para el viaje y tres sispac de redbull. —decía Ramiro y, metiendo pa’ Harry Potter, sacaba todo del bolsillo de sus shorts.

—¡Oye fiana, brother, ese bolsillo es una casa, man! —dijo Muslito, asombrado.

—Aquí adentro hay espacio para dos personas. —dijo Ramiro señalando el bolsillo— Así que ya saben, ¿vamos o no vamos? Por cierto, Muslito, dijo Ramiro como el que no quería la cosa, vi a tu papá por allá, no se ahogó ni ná’, vive en Hialeah y tiene dos hijos más.

A todas estas, el venezolano había dicho adiós con la mano y sin decir esta boca es mía se había metido en el bolsillo de Ramiro.

Muslito estaba blanco.

—Pues sí, lo vi por allá y no me reconoció. Le dije, le expliqué, pero nada, como si mirara una foto en blanco, no me reconoció. Y yo que lo metí preso como cinco veces por salida ilegal del país.

—¿Verdad? —dijo Muslito, esperanzado.

—Verdad, pero no te creas que fue que tuvo un accidente y le dio magnesia, eso que pierde la memoria, no. La culpa es de esto. —y diciéndolo, Ramiro sacó una botella de Coca Cola de las viejas de las que tienen hoyitos en la parte cuerva que desemboca en el cuello, la elevó con las dos manos por escima de su cabeza, como el madril del Rey León y cantó en el mismo tono de la canción de la película: La Coooc-ca coooo-laaaa, del oldivo mamáaaaaaa!

—¿De qué tu hablas, fianoso?—dijo, Muslito, blanco otra vez.

—Que se tomó la =Coca Cola del olvido, Muslito. ¿Tú te crees que eso es una frase popular namá? No, existe de verdad y el que se la toma, se olvida de todo el mundo en Cuba, es más, creo que se olvida de que hasta Cuba existe y del tiempo en que vivieron en ella.

—¿Y quién fue el hijo de mala madre que le dio esa bebida a mi papá? —Muslito lloriqueó un poquito.

—Nadie, Muslito, la Coca Cola del olvido nada más funciona si tú te la tomas adrede. —dijo Ramiro, y bajó la vista, apenando por el chamaco.

—¡Ah! —dijo Muslito y se puso más blanco.

Cuba los abrazó y Muslito siguió lívido, mirando hacia el norte.

Cachita le pasó las mano por delante de los ojos y Muslito no la vio… después comenzó a hincharse, y a levitar y a… bueno, ustedes saben, todas esas cosas que hacen las URRs antes de explotar como un triquitraque y dejar chispas y pedazos de periódicos lame-botas y musiquita demagógica por todas partes.

Al ver la explosión muslística, y ante el horror de Cuba y de Ramiro, Cachita se puso colorada, sus ojos crepitaron un fueguito verdes, comenzó a hincharse, a levitar… vaya, la cagástrofe, que no sé por qué la he explotado a la pobre Cachita, pero me parece lo más natural en esta historia.

Después de Cachita le tocó al venezolano del Bolívar y a los compañeros del MINAZ, que dejaron la balsa a la deriva. Del balcón salió un humito verde y unas fanfarrias populacheras y Cuba vio las aspas del huracán girando al compás de la explosión de la URRS de su madre.

Cuba no decía nada, miraba lentamente cómo todo su mundo explotaba, lenta e inexorablemente frente a sus ojos, tan quieta como un poste telefónico abandonado, no salió de su ensimismamiento hasta que un bombazo mayor, el más grande ruido que había escuchado, soló a sus espaldas, tirándola, de paso, al agua.

La cabeza de Meloncete había explotado, y con su onda expansiva, había roto los cristales de todos los edificios circundantes. El cuerpo de Meloncete trató de inclinarse haciendo un gesto para abrazar a Cuba, que retrocedió rápidamente, horrorizada, porque el que no se cagara viendo todo aquello no tenía gandinga, caballero.

Y Cuba se quedó solita en medio de aquella calle, oyendo las explosiones que se sucedieron en toda la ciudad, como una reacción en cadena que se extendió hacia la Habana Vieja, el Vedado y los demás municipios capitalinos, lenta, pero aplastante, hasta decretar la ausencia de todos los habitantes de la Habana real.

Solo entonces, cuando Cuba tuvo la sensación en su pecho de que estaba completamente sola en la capital, en la isla, el agua comenzó a bajar. Y destartalado, comido por las olas y repleto de nombres encerrados en corazones y disimuladas consignas contrarevolucionarias, pudo distinguir al malecón, su malecón, el de verad, el viejo, el destimbalado muro, que había regresado a su lugar de siempre.

Entonces cerró los ojos y trato de explotar ella también, pero no pudo.

—Ni te esfuelces, tú ere’ de veldá, chama, yo siempre lo supe. —dijo Ramiro, se quitó la aleta de la espalda, sacó los restos de periódicos y otros desechos del venezolano que le quedaban en el bolsillo y se sentó exactamente en el contén de la esquina de Galiano y Lagunas.

Cuba, sacó la cabeza de la página y me miró a los ojos —me cagué cuando lo hizo, por cierto— y me dijo bajito, con ese enojo erizapellejos de los fantasmas encabronados de los animados japoneses, que entendía por qué le había dejado a su padre, que en ese momento la abrazaba tiernamente, pero que por qué carajos había escogido a Ramiro para que los acompañara en su soledad.

 

¿FIN?

 

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.
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