El día que el malecón se fue: Capítulo 3

—¡Le ronca el mango, caballero! La puñetera sirena esa se la pasa sonando cuando le da la gana. A ver, ¿quién se va a creer que ahora puede haber un incendio? —gritó mi madre desde la ventana. Tenía cara de triunfo, y yo podía ver la figura del Huracán reflejada en la parte de arriba del espejo de la cómoda.

Por fin se habían reunido suficientes integrantes de la pandilla, estaban Muslito, Cachita, Meloncete y, de no se sabe dónde, había aparecido un venezolano con un pulóver de Simón Bolívar desteñido puesto al revés, no el pulóver, era la cabeza del prócer la que estaba de cabezas… ya me iba a poner a darle cuero cuando Muslito me advirtió que era un estudiante de intercambio.

—¿Cómo es eso? —soltó Cachita, a la que el nombrecito le pareció espectacular para meter uno de sus comentarios candentes. ¿Quieres decir que si no nos conviene lo podemos cambiar por otro? Yo voto por uno con el pulóver a derecho —dijo y se apartó de un brinco de donde estaba parada. El televisor, empujado por las misteriosas corrientes submarinas, había aparecido de la nada y estaba dando las noticias internacionales.

El mentirosón de Virtudes tenía voz de pazguato y decía:

—La bola llegó hoy a un punto ridículo cuando el enemigo aseguró que el Malecón había sido visto tomando el sol en las playas de Miami.

—Ahora sí se puso malo esto caballero, hasta el Malecón se piró —gritó Meloncete.

—Da igual, con Malecón o sin Malecón, de todas formas, está el mar —dijo Muslito y miró con nostalgia hacia el horizonte. Ojalá tuviéramos frontera con algún otro país, caballero, que es de madre estar rodeado de agua por todas partes, ¿no?

—Por eso esto es una isla, mijito. Deja la bobería y agarra ese televisor, que le va a dar un golpe a alguien si sigue por ahí hablando basura al retortero —le dije a Muslito, que siempre me había caído bien, porque su papá había desaparecido en el estrecho de la Florida, tratando de llegar a Miami en una balsa inventada.

Muslito me miró y me sonrió por dentro, o al menos eso me gusta pensar, porque siempre mira con una cara de tristeza del carajo.

Agarramos al televisor entre los dos y lo metimos en un latón de basura, con la aprobación de la pandilla, que le gritaba indecencias al mentirosón de Virtudes como si este los pudiera oír.

—Debe ser un televisor de baterías, ¿eh? —me dijo Muslito un poco azorado, porque evidentemente no era de baterías, y si no era de baterías, qué lo mantenía encendido.

—Yo creo que es un televisor de mentiras —le dije.

—¿Cómo de mentiras? ¿Tú crees que no existe? Pero…

—No… —le dije y mire hacia arriba.

—Ahh, entonces tú crees que nosotros somos los que no…

—No chico, ¿tú eres guacarnaco? —le dije y le solté un pellizco que por poco vomita.

—Vengan para acá, caballero, vamos a ver cómo funciona este televisor —dije y la pandilla hizo un círculo alrededor del artefacto.

—Es el mismo televisor que tiene todo el mundo en la Habana —dijo Meloncete enseguida.

—¿Y qué más pueden ver? —seguí mi inspección.

—Es chino, de la misma marca que mi bicicleta —dijo Cachita.

—Y de mi refrigerador —dijo alguien

—Y de mi prótesis dental —chilló la vieja Josefa y todos pegamos un brinco porque su enorme barrigona había aparecido, por segunda vez, de la nada y observaba el tareco chino achicando los ojos.

—¿Usted conoce este televisor? —le pregunté.

—Puede ser —contestó y se acercó más al aparato.

—Cuándo y dónde fue la última vez que lo vio. —volví a la carga.

—Me parece conocido, pero… —dijo otra vez Josefa y acercó su cara miope aún más a la pantalla.

—¿De dónde salió esa cosa? —gritamos todos a la vez.

—Sí, sí, lo sabía, ese es Fidel Pérez Michel, el que hacía el papel de “El Jaguar” en las aventuras. Hacía tiempo que no lo veía.

—¡Alabao, Josefa! —le dijo Cachita frustrada. Oiga, lo que queremos saber es si reconoce de quién es este televisor.

—Sí, ese televisor es de la presidenta el Comité de Defensa de la Revolución. ¿No se dan cuenta de que funciona sin corriente?

—¿Y qué tiene que ver la mostaza con la magnesia? —preguntó Muslito medio aterrorizado.

Y entonces la vieja Josefa sonrió una cara enigmática de esas de las películas francesas y dijo algo que nos dejó botados a todos.

—Si repites una mentira una vez, eres un mentiroso. Si repites una mentira cien veces, eres un estafador, pero si logras repetir una mentira mil veces, se convierte en leyenda.

Y Josefa se alejó nadando al estilo perrito.

—Oye, la gorda Josefa está tostá —Cachita miraba al televisor de reojo mientras trataba de subirse al rellano de una ventana.

—Josefa es licenciada en historia, me lo dijo mi papá —dije. Y de pronto todo el mundo estaba subido en el rellano.

—Oye, que son más pencos… si nos fuéramos a electrocutar ya nos hubiéramos pegado todos, so seborucos —Miren, miren que raro está esto —dije, pero cuando me apoyé en el televisor para ver algo que me había llamado la atención cómo se movía detrás del hombre que daba el parte meteorológico, me fui por la pantalla del televisor hacia adentro.

Y no, no llegué ni a una oscuridad que metiera miedo, ni al pasillo con luz blanca al final, ese de las películas de gente que guinda el piojo. Estaba parada en la pecera del aeropuerto de Rancho Boyeros, el José Martí. Lo sabía porque allí había despedido para siempre a cuatro de mis mejores amigas. Lo raro era que podía ver todo al otro lado, a Cachita gritando histérica que Rubiera, el meteorólogo de la emisión de la tarde, me había raptado, el agua por todas partes, los polizontes atiburonados…todo. Pero cuando me viraba hacia el interior del televisor aquel, lo que veía era una foto gigante del pasillo por donde se va hacia las salidas de los aviones. Allá está la salida de la isla, pensé.

Estaba entre dos pantallas.

—Muslitooooo —grité y todo el grupo se apilonó para mirarme, estaban que no cabían en la pantalla y se empujaban y chocaban las cabezas. Por fin, Meloncete reclamó su derecho gravitatorio y solo se veía su chola.

—Oye, so cabezón, yo llamé a Muslito —le dije. La verdad, no sé por qué llevo siempre tan recio al cabeza, pero es que es un atravesado desde que estábamos en parvulito.

—Dime, la ecobia, ¿qué vuelta con tu decibel? —a veces Muslito usa un lenguaje difícil de seguir.

—¿Mi qué?

—Tu decibel, mijita, tu gritería. ¿Cómo te va en el paraíso? —preguntó.

—Muslito, de qué paraíso tú hablas, chico. Siempre hablando en clave. Tú y Cachita son los de las ideas, así que miren a ver cómo me sacan de aquí.

Muslito y Cachita acercaron sus caras a la pantalla y miraron la TV, requetefijamente.

Trataron de meter la mano y sacarme, pero no pasaron de la superficie del televisor. Muslito tomó impulso y se dio tremendo trastazo en el hombro, había tratado de imitar mis movimientos en el momento en que me tragó el aparato. El venezolano propuso romper la pantalla de una pedrada, pero a todos nos dio miedo que, de paso, me rompiera yo también… por fin, todos me miraron con caras derrotadas.

—Oye, me da pena decirlo, pero no se nos ocurre nada… — murmuró Cachita.

—Vas a quedarte de presentadora de TV para toda la vida, a ver si espabilas —rezongó Muslito.

—¿Y por qué no prueban a cambiar el canal? —se oyó la voz de Meloncete.

—Meloncete, ¡qué buena idea mijito! ¿Viste? Tú siempre hablando mal del cabeza y mira la buena idea que tuvo —dijo Cachita y estiró la mano para cambiar el canal.

—¡¡¡¡¡Nooooooo!!!!! —gritó Meloncete y les juro por lo más grande que al venezolano se le fue un pedo del susto.

—¡Meloncete, mostro, que me vas a matar de un infarto! Regula tu decibel, mostro, regula —dijo Muslito.

—Tenemos que tener cuidado caballero, ¿y si cuando cambiamos de canal se nos pierde Cuba?

—Si, la verdad, no es que Cuba ya no esté perdida, pero sería de madre tener que buscarla por toda la programación. —dijo Cachita

—Oye, más respeto, que yo no soy ninguna perdida. —Pero la pandilla había entrado en un estado de especulación frenético.

El primero en saltar fue el venezolano del Bolívar al revés.

—¿Y si cuando cambiamos de canal la ponemos en un programa sobre las pirañas del Amazonas? —dijo y todos hicieron ¡Agh!

—¿Y si cae en un programa sobre el lavado de estómago? —dijo Meloncete, que era el del padre médico.

—Lo peor sería que Cuba se nos atorara para siempre en una mesa redonda, de esas de política internacional —dijo, claro está, Cachita. —Se nos muere, del aburrimiento.

—Bueno, a lo mejor cae en un programa de viajes de esos que pasan por el canal educativo y se salva —dijo la vieja Josefa, que había aparecido por tercera vez, de no se sabe dónde. —¡Imagínense qué romántico sería que aterrizara en un canal sobre la ciudad de París!

—Sí, yo creo que a Cuba le gustaría vivir en Paris —dijo Muslito y se frotó las manos, tenía los dedos arrugados por la humedad.

—Oye, Cuba está bien donde está —dije —. Déjense de hablar de mí como si no estuviera aquí. A ver, cambien el canal a ver qué pasa.

Pero cuando Muslito fue a cambiar canal, el dichoso televisor dio tres giros cómicos y salió navegando hacia los policías atiburonados a tremenda velocidad, dio un saltito justo antes de chocar con sus caras aterradas y se hundió, arrastrado por otra corriente submarina.

 

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.