El día que el Malecón se fue: capítulo 8

—Ño, hasta los policías se están yendo del país. —dijo Muslito y Cachita, que todavía tenía la boca abierta, lo pinchó con su dedo índice con fuerza. —Oye Cachita, ¿chica tú tienes complejo de taladro? Me vas a abrir un hueco, ¡ñooo! —Muslito saltó hacia atrás.

Cachita se había quedado botada. —Tú viste eso? —dijo, y al ver la calma con que Muslito le decía que sí, trató de pincharlo otra vez, pero Muslito, que no había perdido de vista el dedo puntiagudo de Cachita, se puso a resguardo antes de que lo pinchara.

—Guarda el sable, Cachita, oye que te pones perretúa, ¡ño!. —dijo Muslito.

—¿Tú no eres una cosa de esa, verdad? —Cachita lo miraba, medio turulata.

—¿Un robot globero de esos? ¡Claro que no! —dijo Muslito, que examinaba con curiosidad la pistola encasquillada que Ramiro había dejado atrás.

—¿Y cómo es que no te asombras? ¿A ver? ¿Cómo es posible que te quedes como si hubieras visto, no sé, un perro, en vez de esa cosa horrible en que se convirtió el polizonte pesado ese? —Cachita no comprendía.

— El malecón se fue de un día para otro, la gente actúa como si nada hubiera pasado, en el noticiero dicen que todo es una mentira, que hay comida, Cuba se perdió en un televisor chino, tratamos de salvarla cambiándola de canal, ¿y me vas a decir que te asombra que Genaro se hinchara y saliera volando para el Yuma? Deja eso… —Muslito trató de destrabar la pistola y golpeó el cabo contra otro televisor chino que pasaba flotando, con tal mala suerte, que la pistola se disparó y por poco se caga del miedo.

—Bueno, la verdad, ahora que pienso en todo lo que dices, es verdad, este país es una locura, es más, estoy pensando que a lo mejor este país no es un país, que ni tú, ni yo, ni nada de esto es real, a lo mejor somos la pesadilla del país real. —dijo Cachita que se viró hacia el horizonte, donde se divisó un explosión multicolor, allá a lo lejos, con muchas chispas y humo.

—¡Mira para eso, le di al globo de chiripa! La verdad que conmigo nadie tiene suerte de llegar a Miami.—dijo Muslito y puso cara de tristeza.

—A lo mejor fue Ramiro, Muslito, él lo estaba persiguiendo. —dijo Cachita.

—¿Ramiro? Ese siguió de largo y ni se acordó más de Genaro cuando le cogió el gustito a la libertad. Seguro que ahorita llega a las playas de Miami o a Naples y se mete a guardia de seguridad en algún mol de por allá. —Cachita se acercó a Muslito y lo abrazó. Ambos volvieron a mirar hacia el horizonte. El humo había formado la imagen de una flecha que apuntaba hacia abajo. No supieron su hacia abajo del agua o simplemente hacia adelante, hacia el norte. Entonces Cuba les salió de debajo del agua a lo nado sincronizado y Muslito soltó un pedo que reverberó en el a agua por cinco segundos.

—¡AHHHHHHH! ¡Ay, María Santísima, me cago en diez! —soltó Cachita.

—¡Cuba! —dijo Muslito, que esta vez sí se asustó un poquito.

Cuba, que los había divisado desde la esquina, se apresuró a tratar de contarles TODO, en un segundo, como siempre trataba de hacer.

—El malecón se fue para otra Habana que está allá abajo, lejísimos, como en el centro de la Tierra. Si nos metemos en un televisor chino, podemos ir hasta el fondo y verán que es de cristal, y que allá abajo, detrás del cristal, hay un espacio tan grande que parece que nosotros estamos en el cielo de la otra Habana, aunque creo que es la Habana de los sueños de todos y sospecho que cada uno la verá de forma distinta. Pero lo más loco es que las cosas que pasan en esa Habana, las cosas que pasan allá y que cambian la ciudad, también pasan aquí, no igual, de otra forma. La cuestión es que esa ciudad allá abajo contradice la teoría Tectónica de placas y las leyes de la física y la geografía, por lo que he sacado la conclusión de que no estamos en el planeta Tierra, al menos no en el que nos enseñaron en la primaria. Por lo tanto, o somos unos extraterrestres o no somos reales. Además, están las Unidad de Robótica de Reemplazo Secreta, también llamadas por sus siglas, URRS, que reemplazaron a las personas que se fueron para la otra Habana, para que parezcan que están y que se hinchan y explotan como un triquitraque cuando están bajo estrés. No sé por qué la gente de la otra Habana no quieren que los de esta Habana vayan para la otra Habana, la verdad, porque es una lástima que…. — y ya roja de haber ametrallado a palabras a su dos amigos, sin aliento, Cuba trató de tomar aire, y ya se disponía a rematarlos con otro párrafo aún mayor sobre su teoría de por qué los televisores chinos eran en realidad portales hacia otra dimensión, cuando Muslito se le acercó, le dio un besito en los labios y la abrazó con amor, con el amor de la primera vez.

Cachita, Cuba y Muslito se quedaron muy quietos.

Muslito se quedó esperando un sopapo por el tronco de la oreja.

Cachita se quedó esperando que Cuba le metiera un sopapo por el tronco de la oreja a Muslito.

Y Cuba se quedó azorada, con la cabeza vacía por la sorpresa, pero con el corazón lleno de un calorcito bonito que nunca antes había sentido. Miró, por primera vez, a Muslito con otros ojos. La verdad era que le había caído una viruta de serrín en el ojo derecho y lo miró medio que bizca, pero ustedes saben a lo que me refiero con “otros ojos”. De pronto Cuba se dio cuenta que alguien la quería de una forma diferente y esto la entusiasmó un poco, le dio un poco de algo que nunca había tenido, Cuba se sintió por primera vez tímida. En fin, una retahíla de emociones que, en una muchacha joven, solo tienen una manera de expresarse. Así que Cuba, por fin, le sonó un sonoro y ejemplarizante sopapo por el tronco de la oreja a Muslito, para que se dejara de hacerla sentir tan bien. Y pasada la parte del castigo obligatoria, le fue para arriba al muchacho y le plantó un beso apasionado que sorprendió, en este orden: a Muslito, a Cachita y a Cuba misma.

—¡Caballero! ¡Pero qué calladito se lo tenían! —dijo Cachita medio celosa, pero la mirada que le echó Cuba la calló.

—Muslito, de ahora en adelante y hasta que yo te diga, eres mi novio oficial, así que me tienes que cargar y llevar en los hombros, porque el agua esta me tiene toda mojada y friolenta.

—Pero Cubaaaa, si hasta ahora mismo estabas como si nada —rezongó Muslito, pero Cuba le guiñó un ojo de forma tan zalamera que de un tirón se la echó a la espalda y empezó a caminar en puntas de pies, cada ves que Cuba se quejaba de que se le mojaban la punta de los pies.

—Oye, pero qué difícil es tener novia, tú. —murmuraba Muslito y Cachita, que lo conocía requetebién, se partía de la risa de verlo refunfuñar con la otra boba al lomo.

—Ahora sí te chivaste, Muslito, tienes a Cuba a cuestas. —dijo Cachita, a la que se le salía el contrarrevolucionario a la menor oportunidad.

—Voy a enfilar pa’l Norte, Cuba, para que sepas. —dijo Muslito, bromeando.

—Muslito, no seas bobo, si te vas para el Norte vas a dejar a Cuba atrás para siempre. Ella no puede ir contigo, sonsonete, ¿tú no ves que tiene a todos aquí? —dijo Cachita, que tuvo un poquito de miedo de quedarse sola, en Cuba y sin Cuba.

 

VIII

—Mira, por ahí viene mi papá con los dos compañeros esos, le podemos pedir una botella en… oye, ¿qué cosa es eso en lo que vienen? ¡No lo puedo creer! ¡Esas facciones, esa calva en la proa yo la conozco! —Cuba no daba crédito a sus ojos. Su padre y los compañeros del MINAZ, venían remando muy entusiasmados, montados en la estatua de madera de Lenin que adornaba el patio del ministerio. Le habían tallado un hueco en el medio, le habían pulido la calva marxista hasta formar un quilla. Y sí, venían remando con los brazos del líder soviético, que habían cortado a machetazos, cantando los tres, a voz en cuello, la Internacional.

—¿Se van pal Yuma? ¡Llévennos! —gritó Muslito, esperanzado. Pero el pellizco que le dio Cuba lo hizo zambullirse para no gritar.

—Mira para eso, caballero. ¿Quién iba a pensar que ese tipo iba a servir para algo en su vida, eh? —dijo Cachita, señalando al líder bolchevique y el papá y los compañeros del papá de Cuba pusieron unas caras de indignación que pasaron rapidísimo a caras de preocupación cuando la calva empiriocriticista de la improvisada embarcación chocó con uno de los televisores chinos que andaban al garete por doquier y por pocos los vuelca.

—Nosotros somos innovadores y quién mejor que nuestro apóstol… —iba a decir el papá de Cuba, pero se dio cuenta que se había equivocado de calvo y sobre todo, de hombre.

—Nada de apóstol, ese calvo comunista es el culpable de que todos estemos así. —dijo Muslito.

—¡Y bien que sí, a me dijeron que él fue el que inventó la libreta de abastecimiento! Y la escuela al campo y las oficodas, ¡es un genio del mal!  —dijo Cachita.

—No, todo eso lo inventó nuestro Coma, —aquí uno de los compañeros paró la hablar, reflexionó un poco, como si se hubiera dado cuenta en ese instante de que todo lo malo lo había inventado el…— andante. —finalizó.

—¡El Coma Andante! jajajajajajajajajajajajajajaja . —Cachita se cagaba de la risa.

—Yo no dije eso, compañerita. —dijo el compañero, pero ya era tarde.

—Sí, l dijiste y bien, le dijiste Coma Andante al Comandante. —dijo Muslito y Cuba, que a todas estas se había caído de los hombro de Muslito después del pellizco, y que había estado tranquilita en una esquina, fue vadeando inadvertidamente hasta su padre, que no la vio venir. Y, con un gesto súbito, lo empujó fuera de la balsa y empezó a decirle “¡Abajo la revolución! ¡Abajo el hambre! ¡Queremos libertad! ¡Abajo Fidel y Raúl y Pocholo y toda su familia! ¡Abajo el malecón! ¡Abajo la violencia! ¡Abajo los chivatos!

Los compañeros, Muslito y Cachita, pero sobre todo el padre de Cuba, la miraban aterrados, pensando, TODOS, que se había vuelto loca. Cuba le decía todas esas cosas a su papá y este retrocedía poco a poco, como si una serpiente venenosa lo estuviera acechando, arrinconando. Se arrastró sin quitarle la vista a Cachita, la miraba, primero, aterrado y luego con una gran preocupación. De pronto, su mirada se iluminó y Cuba, que no se esperaba nada de eso, vio como su papá se levantaba del agua y le daba un gran abrazo y un beso.

—Por un momento pensé, hijita —le susurró el papá a Cuba— que eras uno de esos…

—¿Mequetrefes explosivos? —terminó Cuba la frase y su padre asintió y los dos se abrazaron y nadie de los presentes entendió ni pescado frito porque no habían oído el silencioso diálogo entre los dos.

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.
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