El día que el Malecón se fue: Capítulo 7

—No chica, Cuba no se ahogó, no seas boba, seguro anda por ahí buceando en el batiscafo chino ese.

—Pudiéramos organizar una partida de búsqueda —propuso el General y Meloncete se activó.

—Yo seré el jefe. —gritó meneando su enorme chola.

—¿Y eso por qué, Melonsón, porque eres el que mejor flota con la boya de señal de puerto esa que tienes por cabeza? —dijo Cachita y todos rieron. Menos Meloncete, claro.

—Bueno, si tanto les molesta podemos pitear. —dijo Meloncete y todos asintieron.

—¿Pitear? ¿y qué tiene que ver silbar con nada? —dijo el General.

—Pitear es cubano, Comandante, es lo que haces cuando juegas a los escondidos para elegir quién se queda:

Terrome, terrome,

Tessí, tessá,

Terrome, terrome

Tepú.

piteó Muslito, señalando a cada integrante del grupo cada vez que terminaba una palabra.

Piti, piti, peo;

pan con peo.

Me tiro un peo,

de plata, de oro,

de cucurucú,
el ojo me ha dicho

que salgas tú.

piteó Cachita, que no confiaba en el piteo ajeno.

            Pito pito, colorito

dónde vas, tan bonito.

A la acera verdadera

pin, pon, bote y fuera.

—pitió Meloncete.

Y las tres veces salió Cachita.

Toda orgullosa, se paró sobre el antepecho de la ventana más próxima e iba a orientarles qué hacer a la plebe acuática, cuando quedó muda. Como se queda uno cuando tiene un pedo trabado o cuando sabe que hay algo que falta, algo que sabe pero que no atina a precisar qué es, un cabo suelto, y no precisamente de tabaco, vaya.

Se quedó así y contagió a los otros la cara de guacarnaca que puso.

El General iba a decir algo, pero por el gesto que le hizo Meloncete, se dio cuenta que si lo hacía podrían ser sus últimas palabras.

Cuando Cachita piensa, el mundo se detiene, le decía Muslito con la mirada. Y el General optó por esperar, como buen militar, como siempre hacía en los actos políticos de su Venezuela natal, a ver qué salía de todo aquello, solo esperanzado de que no fuera la misma vaina de siempre.

—¡Tenemos que usar el teléfono! —dijo Cachita y nadie entendió. Sacó del bolsillo de su pantalón el aparato de plástico que le había regalado tan sorbeteramente el cantante carrasposo y constató sorprendida que ya no era un juguete, sino un artefacto verdadero, con su panel de botones cuadrados y una pantalla fosforescente donde reverberaba un GIF de fondo de pantalla de una ciudad diminuta y viva.

A todas estas, los policías gesticulaban nuevamente en la esquina, les habían perdido el miedo a las aletas, por la costumbre, y por fin habían descubierto que eran solo eso, simples aletas sin cuerpo, utilería de metemiedos, seguro programadas e inventadas por los enemigos del país para detener a los agentes del orden. Y digo que se agitaban, porque no sabían nadar y era evidente que estaban en la parte elevada de la calle, en la punta de una loma, y que si avanzaban tres pasos, ya no darían pie. Por eso escupían órdenes a todos los ciudadanos que pasaban, pidiendo a gritos una balsa… o una palangana grande, o un teléfono para llamar a la unidad de la Policía Nacional Revolucionaria para que mandaran un helicóptero o una tabla de planchar de rescate.

La gente no les hacía caso.

 —Esto es fana, son unos fanosos. —le decía el más grande al más pequeño. —Estos habaneros se creen que son mejores que nadie.

—Por lo menos saben nadar ¿eh? No jodas compay, que estamos prestao’ aquí y usted lo sabe. —le respondió el chiquito. —¿Tú darías tanto golpe en tu pueblo? ¿O pa’ qué tu crees que nos trajeron aquí pues? Pa’ dar leña sin remordimiento. Pero lo que el Capitán no sabe es que ya casi la mitad de mi familia ha venío pacá.

—La mía también, el otro día tuve que esconderme en Coppelia pa’ que mi sobrino no me viera sopapiando a unos pajaritos ahí… que él también es somosexual.

—A la gente aquí les gusta que le den, son unos mazorquistas… —el más chiquito vio venir una aleta y se le erizó el pelo de la nuca —Hay viene la aleta poseída esa, Genaro, compay, qué terror…

—¡Yo me piro de aquí después de esto, compadre! Prefiero arar el conuco que jalar con toa’ esta cosa del Malecón, la gente de esta ciudad que parecen roboses y las inundaciones… el mar me da miedo, ta’ muy grande y se va así… como que del país, que le dan ganas a uno de meterlo preso. — Y Genaro puso cara de desquicie.

­­­­­—¿Tú ves a aquella chiquita, la del padre balsero? Esa es buena perla también, si no fuera tan flaquita hace rato la hubiera hecho pasar un susto.

—¿Y qué tiene que ver que sea flaquita, Genaro? —le dijo Ramiro.

—Es que así mismo revíjiíta es mi niña, come como un general, pero tiene cuerpo de soldao. —y Genaro no quitaba la cara de desquicie, echando la mandíbula pa’lante y abriendo los ojos demasiado. Entonces vieron cómo Cachita nadaba en dirección a ellos.

VII

—Fianas, me acaban de llamar para decirme que se están robando la raspadura pedazo a pedazo y que del mausoleo de la Plaza de la Revolución solo quedan dos tablas, ustedes no van a hacer nada?

—¿Y quién le dijo eso, personal? Seguro que son gusanerías, nadie se atrevería a tanto. —dijo el policía desquiciado.

—¿A qué no se atreve la gente de la Timba? — Cachita hizo una pregunta retórica y los policías abrieron los ojos como diciendo: la gente de la Timba es capaz de TODO.

—¿Y qué le informaron, cuadro? —dijo el policía chiquitico.

—Más cuadro serás tú, so feo. Yo me llamo Cachita—dijo, bueno, claro, Cachita, y se dispuso a irse por donde había venido. Le caía súper mal que le hablaran como si ella fuera un ladrillo.

—No se ponga así, ciudadana. —dijo el desquiciado, pero Cachita lo interrumpió.

—¿Por qué me dices nombres raros como si no te supieras mi nombre? Yo te veo todos los días aquí, sé que vives en un contenedor por la calle Soledad, conozco a tu hija, que me cae bien, ¿y tú me dices ciudadana, cuadro, personal? ¿Tienes algún problema mental o tienes, como dice mi mamá que tienen ustedes los policías, miedo a darse cuenta que son los malos? Porque ustedes son los malos, yo soy una niña y me doy cuenta. Todo el mundo los odia y los desprecia, porque casi nunca están ahí para protegernos, sino para jodernos, para quitarle los cucuruchos de maní al viejo Joseíto, para quitarle el carrito de viandas a los primos de Meloncete, para dar golpes cuando la gente sale a la calle a protestar porque tiene hambre, para eso es lo único que ustedes sirven, para hacer maldades. Nunca en mi vida he visto a la policía ponerse de parte de la gente. Ustedes no son personas, son policías y los policías no son seres humanos, para que lo sepan.

Los dos hombres se quedaron con la boca abierta. Y cuando el policía desquiciado comenzó a hincharse y a flotar y a lanzar chispas al compás de una canción súper guatacona de Sara González, el más chiquito se cagó. No solo del miedo. Se cagó tanto, tanto que no podía moverse y miraba a Cachita como suplicando. Pero la niña también se había quedado muda, patidifusa, horripilada. Aquello era una conjura, una invasión extraterrestre, qué se yo. Pensaba y su conversación con Cuba ahora le pareció menos extraña.

El policía desquiciado estaba tomando dimensiones zepelínicas y su boca se abría y se cerraba como la de un goldfish fuera del agua. Su cuerpo era ahora un muñecón, sin rumbo, sin propósito, sin autodeterminación, una racha de viento fuerte y súbita se lo llevó hacia el mar.

—¡Se va pal Norte! ¡Nooooo! ¿Tú también, Genaro? ¡No, no te vas a ir del país así como así! —dijo el policía chiquito con lágrimas en los ojos y sacó la pistola, apuntó hacia el globo que se alejaba hacia el norte y disparó nueve veces seguidas hasta que se le encasquilló el arma. No le dio ni una y el policía pequeño tiró el arma lo más lejos que pudo, sacó una aleta merodeadora del agua y la miró detenidamente. Era solo eso, una aleta de tiburón sin tiburón, sin aparatito que la moviera, solo el vacío. La volvió a colocar en el agua e inmediatamente la aleta empezó a dar vueltas a su alrededor, amenazante. El polienano buscó la pistola que se la había caído al agua a la URRS de Genaro cuando comenzó a hincharse. Cuando la encontró, trató de apuntarle otra vez a su compañero, pero se dio cuenta que estaba demasiado lejos como para acertarle y que iba a malgastar las balas. Miró la aleta de tiburón, miró a Genaro, flotando hacia tierras imperialistas y volvió a sacar la aleta del agua. Después, con un movimiento rápido que Cachita nunca se hubiera imaginado, el polienano se puso la aleta de escualo en el lomo, justo detrás de la nuca y se zambulló. Cachita la vio alejarse, en dirección al norte, a cada rato, veía a Ramiro sacar la cabeza para cerciorarse de que seguía a la URRS de Genaro, después veía la aleta, así, hasta que se perdieron en el horizonte.

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.
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