El día que el Malecón se fue: capítulo 6

—¡El agua de la bahía de la Habana era de choco-menta! Los Chevrolet del 52 volaban y la Plaza de la Revolución era una feria.

—¡Una Copa Lolita, Bonifacio, el Mausoleo es un flan!

—¡Alabao, mija, tú eres la más hambrienta de todos!

—¿De quiénes todos?

—Pues de los que hemos ido a la Cuba de nuestros sueños.

—Pero, ¿y Josefa? —seguía yo preocupada por la vieja explotada.

—¿Pero es que no te has dado cuenta todavía? Esa no es Josefa, mijita, esa es la que la sustituyó.

—¿La Uerrequé? — Bonifacio me había dejado botada una vez más.

—Si chica, la Unidad Robótica de Reemplazo Secreta. El tareco que se quedó aquí cuando Josefa se fue.

—¿Josefa se fue para Miami? — y ya no entendía nada, porque la Josefa que yo conocía era más comunista que Carlos Marx, Federico Engels y Lenin juntos.

—¡Óyeme pero que clase de tronco de yuca me has salido, mija! Qué Miami ni que Miami, Josefa se fue para la otra Habana.

—¿Y por qué, cómo… —se me empezó a poner la cara de mongo-fiera municipal.

—Pues porque no aguantaba más esta. Yo estuve cinco años por allá, entre el 90 y el 95 y la verdad que al principio me gustó: mucha comida, buenas casas, transporte, nadie metiéndote mentiras, la gente alegre. ¡Qué te voy a decir, Cuba, era como estar en la Cuba que me prometieron cuando era joven y que nunca llegó… como la Cuba del noticiero, donde todo funciona y la gente es feliz, o cree que puede ser feliz.

—Benjamín, y cómo llegaste… —pero el viejo estaba inspirado.

—Pero lo que más me gustó, lo que de verdad me llegó al corazón fue ver cómo la gente volvía a tener esperanzas. Tú sabes, a veces uno se siente satisfecho solo con tener la esperanza de poder.

—Pues mire, que yo no. Yo prefiero tener un dólar que tener la esperanza de tenerlo. —solté y Benjamín se sonrió y me miró, por primera vez, con ternura.

—¡Esta generación está perdida! —dijo soltando una carcajada y me la contagió. —¿Me imagino que quieres que te cuento todo no? —dijo, y se sentó mientras metía en una bolsa los restos de la URRS, que todavía vibraban, soltaban chispas y emitían un ruido bajo que pude distinguir como una versión rap del himno del 26 de julio.

—Estas unidades de reemplazo están programadas para pasar desapercibidas, para no tener problemas, para seguir la corriente, vaya, y que las autoridades no tengan nunca una razón para examinarlas de cerca.  Repiten lo que oyen, siguen órdenes sin discutir, algunos de nosotros les decimos “Carneros” porque no saben de derechos ni de deberes. Les encanta gritar a coro, pero no te engañes, están programadas para atacar también a los que amenazan la estabilidad de que se rodean, para atacar en masa son perfectas, como no tienen sentimientos…

—No les importa herir a otras persona… —terminé la oración y nos quedamos mirándonos, yo, medio triste porque, de pronto, me asaltaba la duda de si mi padre era un Carnero de esos y Benjamín… el viejo Benjamín tenía una mirada de una tristeza muchos más profunda, más vieja quizás, una tristeza hoooonda que se perdía en el color pardo amable de sus ojos bondadosos.

Me tomó por el brazo y subimos la escalera de entrada de su casa, hasta salir del agua. Nos sentamos en el portal.

—Ahora te contaré todo lo que necesitas saber sobre la otra Habana. —dijo y mientras lo hacía, colocó amorosamente el todavía trepidante pedazote de bandera cubana en una bandeja, encima de una mesita de hierro. Sacó un pomito del bolsillo de su camisa y le echó un chorrito de un líquido viscoso.

­—Llanto de niño chiquito, no hay nada más sincero que esto. —dijo y devolvió con sumo cuidado el pomito a su lugar.

El pedazo de bandera se encogió, se estiró y finalmente se convirtió en un pedazo de papel estirado, donde unas letras empezaron a aparecer, unas letras conocidas, de una caligrafía guanajonamente emperifollada, que fueron formando poco a poco el logotipo del periódico de la nación, Granma.

—Ese es el material de fabricación de las unidades, no te dejes engañar, no es solo un periódico, es una lámina de circuitos integrados que imita cualquier objeto, o textura… vaya, que aguanta lo que le pongan. —dijo Benjamín y me hizo una simpatiquísima mueca contrarrevolucionaria.

—Empecemos por el principio, lo primero es el descubrimiento, no todos tienen el don de descubrir la otra Habana —comenzó.

Cachita había llorado un poco cuando desaparecí “tragada por las infaustas y pútridas aguas del nefasto mar”, como el siniestro de Meloncete había gritado con tremendo tragiquismo.  Pero había llorado en secreto, escondiendo su carita bonita detrás los restos que todavía flotaban de la balsa des huracanada de mi padre, haciéndose la chiva loca, la que recogía las cosas.

­—Oye mijita y ¿ese Domingo Rojo tuyo a esta hora? —Muslito, que no entendía, empezó a vadear en su auxilio, pero Cachita se zambulló, “tragada por las infaustas y pútridas aguas del nefasto mar”.

—Deja eso Pana, ¿no ves que estaba llorando, pues? — le dijo el venezolano de intercambio y Muslito lo miró de arriba abajo.

—Oye, mostro, ¿qué volá con tu volá?

—¿Qué quiere decir eso exactamente? —el bolivariano seguía perplejo.

—La volá es un concepto abstracto, elecobio. —dijo Muslito y se puso a flotar agarrado de un tanque de basura que sobresalía del agua. —La volá es X.

—¿Equis? —el venezolano seguía frito.

—Si, a ver, cómo explicarte: por ejemplo, dime un número cualquiera.

­–­—Veintiséis. —dijo el chamo.

—No, ese no es un número cualquiera, ese es el veintiséis.

—El nueve, pues.

—Y dale, compadre usted es más bruto que un cederista destacado. X, un número cualquiera es X, … de ahí la frase, un número X de personas, etcétera.

—¡Ah!…  ¿y eso qué tiene que ver con una bola?

—No es bola, consorte, es volá, y sí tiene todo que ver, porque la volá puede ser cualquier cosa, adjetivo, sustantivo, acción, incluso una historia.

—¿Es una historia también? — y aquí el estudiante de repuesto sí que se hizo un lío.

—Si, elecobio, la volá la inventó un consorte argentino, ciego el tipo, que se llamaba Borges. Mi papá me lo explicó. La diferencia es que en Argentina le dicen el alef, y aquí la volá.

—¿Y qué es exactamente? —dijo el venezolano.

—Es cualquier cosa. Pero también es todo lo que tú sabes que está, pero que no entiendes. Vaya, como las cosas que sabes que son verdad pero que no sabes explicar por qué, ¿me copias?

—¡Ah, si, la vaina!

—La volá.

—La volá es una vaina, man.

—¡Exactamente! —y por primera vez el chamo y Muslito hablaban el mismo idioma.

—¿Cómo te llamas, mijito?

—Simón, me llamo Simón, pero mis amigo me dicen El General. —dijo el chamo y se cuadró en un saludo militar que era para cagarse.

—Orlando Zeta, para servirte, pero me dicen Muslito, por la piernita flaca que tengo.

—No me había dado cuenta, chamo.

—Por eso me pongo pantalones, me dio la polio cuando era chamaquito. Tremenda mala suerte, porque aquí la gente le da de todo menos poliomielitis.

—Pero yo te veo de lo mejor. —y El General miraba a Muslito mientras este continuaba flotando abrazado al latón, el pantalón empapado y pegado a la piel, tratando de verle la piernita.

—Es que en el agua no rengueo, Comandante, es más fácil. Si a alguien le conviene que el malecón se haya pirado es a mi. Nado por aquí, salto por allá y como si nada. En este país te enseñan a sacarle jugo hasta a las calamidades, que te voy a contar.

—No es comandante, es general —iba a decir el chamo, pero no pudo terminar la frase.

—¿Y qué jugo le vamos a sacar a que Cuba se nos ahogó, eh? —Cachita había surgido del “nefasto mar” como una bailarina de nado sincronizado, tenía un palito de tendedera puesto en la nariz, para que no le entrara el agua a los pulmones.

—¡Alabao, Cachita, por tu madre mija, avisa! Que has salido así de sopetón del agua, como el Tiburón Sangriento. Mira al General, se cuadró en atención y todo. —dijo Muslito, tratando de evitar responder la pregunta de Cachita.

—Perdimos a Cuba. —repitió Cachita, acongojada.

 

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos.

Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004).

Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.