El día que el Malecón se fue: capítulo 5

Era solo eso, el sonido de un teléfono, riiiiinnnnggg, riiiiiinnnnnggg, pero no había ningún aparato a la vista. Entonces me acordé del celular de juguete que me había regalado el hombre orquesta, abrí el bolsillo del salvavidas y contesté la llamada.

—¿Oigo? —dije.

—¡Está viva! —me gritó la voz de Cachita desde el otro lado y casi me deja sorda de por vida.

—¡Sí chica, claro que estoy viva! —le iba a contestar, pero Cachita no me dejaba hablar.

—Oye mijita, por dónde tú andas, hace como media hora que te estamos buscando, tu papá hasta llamó a los bomberos, pero dicen que están todos en la plaza de la Revolución tratando de que la gente del barrio de La Timba no se robe el monumento a José Martí. Pero el descarado de Virtudes está anunciando que es otra bola, que a quién se le puede ocurrir que la gente vaya a descuajeringar al apóstol para reparar las paredes de sus casas con mármol gris de la Isla de la Juventud… se ve que él tiene techo donde vivir.

—¡Alabao! —y le iba a decir que aquello era demasiado cuando se me ocurrió una idea que me asustó. Oye, Cachita, espérate un momento, que te confirmo lo del monumento —le dije.

Tomé los prismáticos y enfoqué hacia donde debía estar la Plaza de la revolución. Al principio me costó trabajo encontrarla, algo había cambiado en ella: había una muchedumbre, muchos quioscos y tarimas repartidas por toda la explanada y muchísimo movimiento. Puse tres prismáticos planos delante de los que tenía frente a mis ojos y logré acercar la imagen muchísimo más:

Aquello era la cagástrofe.

La escena que vi me dejó helada: fue un primer plano de un gordo calvo, con un pulóver del increíble Hulk, mordiendo el dedo gordo de la estatua a nuestro héroe nacional, José Martí. La estatua soltaba un humo extraño, un humo frío.

El gordo masticó con premura el dedo y mordió otra vez. De las comisuras de los labios le bajaba un hilillo de saliva mezclada con helado de lo más asquerosito que he visto en mi vida.  Retiré uno de los prismáticos-lupa para ver más de lejos y descubrí con horror que había unas cuarenta o cincuenta personas haciendo lo mismo. Atacaban al apóstol desde todas partes con sus bocas, manos, cucharas, cucharitas, cucharones, vasos, latas de cerveza vacías, jícaras y cubos de limpiar: lo atacaban por lo pies, los brazos, el torso… hasta había tres lumpen que se le habían subido a la cabeza y le lamían la calva de helado de vainilla. Miré sorprendida la cara del apóstol, cuyos pliegues parecían sonreír. Y se me antojó por un instante que él lo había planeado todo, desde un más allá lejano.

Los agentes del orden no podían poner orden, la turba hambrienta le había emprendido con todo: en la torre, usando todo tipo de utensilios: machetes, guatacas, picos y palas, le sacaban lascas al monumento, que después metían en sacos. Los come-mausoleos habían formado una cadeneta y se pasaban los sacos, que desaparecían hacía un punto difícil de determinar de Nuevo Vedado. A los policías se les había unido el ejército, pero estaban como desconcertados, patidifusos, descocotados, miraban hacia todos lados y no sabían qué hacer… algunos, hasta recogían pedacitos del suelo y se los llevaban a la boca para comprobar que la Plaza de la revolución se habían convertido en una inmensa copa Lolita: la torre era una raspadura acaramelada, el apóstol un helado de vainilla y el mausoleo un enorme y tembloroso flan.

—¡Oye, lo de la plaza es positivo! Es una copa Lolita.

—¿Y que hace Lolita cantando en la Plaza a esta hora? —preguntó Meloncete

—Que no, que la raspadura es una raspadura y Martí es un helado gigante y…

—¡Cuba está loca! —oí la voz de Muslito, todo acongojado.

—Que no, que no estoy loca, si ahora mismo estoy viendo a la gente llevándose pedazos del mausoleo en carretillas…tremendo atracón se van a dar, ese flan se ve rico…

—¿Pero, todo eso está pasando en la Plaza ahora mismo? —soltó Cachita y me hizo volver a la ¿realidad?

—Bueno, no es nuestra Plaza específicamente, pero… por lo que estoy empezando a sospechar, algo similar puede estar pasando en nuestra plaza también.

—Lo dije yo, caballero, Cuba está completamente perdida. —Muslito seguía todo pesimista.

Ya le iba a decir que más perdida estaba su abuela cuando se cayó la comunicación. Y la verdad, fue lo mejor que pudo pasar, porque no sé cómo hubiera podido explicarles lo que estaba viendo sin sonar como una loca de remate. Así que allí me quedé no sé por cuanto tiempo, mirando como mis compatriotas habaneros, como pequeñas hormigas glotonas y laboriosas, se zampaban parte del patrimonio cultural e histórico de la nación.

También me di cuenta, con un terror bastante terrorífico, que la ida del Malecón, el Jalisco Park y lo de la Plaza, eran solo el principio de algo peor.

Para comprobar mi teoría, iba a buscar con mis lupas el edificio Focsa, cuando el televisor se puso otra vez en movimiento. Esta vez salió directamente hacia arriba, como si nos hubieran pescado.

—¡Un tesoro! ¡Saqué un tesoro! Gritaba un viejo medio ciego que se le tiró al televisor pensando que la pantalla brillante eran monedas de oro, o qué se yo.

—Bonifacio, chico, ¿tú no ves que eso es un televisor chino, chico? ¿Qué hiciste con el dinero que te di para que te hicieras los espejuelos nuevos, mijito? —Le dijo… y si, era Josefa otra vez y sus doscientas cincuenta libras de chismorrería; y este seguro su era marido, al que nadie había visto nunca fuera de la casa desde hacía una pila de años… menos mal que no se lo había comido durante el Período Especial, como decían las malas lenguas.

—¿Qué dinero? Me dijeron que los veinte pesos que me diste no alcanzan ni para hacer la armadura, chica. ¿Tú no sabes que ahora se cuadruplicaron los precios porque el gobierno sacó un Decreto Ley que obliga a la gente a comprar armaduras a prueba de agua salada?

—¿Pero, ¿cuándo salió ese decreto, Bonifacio, si el Malecón se fue hoy…?

—Oye Josefa, no te hagas, parece que no vivieras en Cuba, chica, ¿tú no sabes que aquí es más fácil dictar una ley que tirarse un pedo?

—Gusano, sí, después de viejo te has vuelto gusano, Bonifacio… criticando al gobierno, buscando tesoros… ten cuidado, que te estás convirtiendo en un idealista. Le soltó Josefa y solo entonces me vio en la pantalla del televisor.

—Cuba, por tu madre, mijita, que la gente de la cuadra pensábamos que estabas ahogada… qué bueno que estás bien… ven, anda ven , sal de ese aparato y ven a tomarte una tisana de romerillo.

Le iba a preguntar cómo le iba a hacer para salir cuando me di cuenta que, con el embullo, el viejo Bonifacio había astillado la pantalla del televisor de tal forma que algunos pedazos se habían caído, así que le di una patadita y el cristal cayó hacia afuera, desecho en menudos pedazos.

Me lancé al agua de cabezas.

 —No te quedes parado ahí como un mojón de lindero, Bonifacio, que la niña está temblando de frío. —dijo Josefa, pero El viejo Bonifacio ya se iba vadeando a su aire, limpiando los espejuelos viejos con un trapo sucio.

—No se preocupe, Josefa, que con el sol que está bajando hoy me seco rápido. —le dije y empecé a nadar hacia la esquina rápidamente, no fuera a ser que me empujara el cocimiento de romerillo… tan amargo.

Me zambullí y ya iba dejar a Josefa protestando de lo desagradecida que era la juventud de hoy, cuando recordé algo que me hizo retroceder. Era algo que había visto con el rabillo del ojo y que sobresalía un poco de la bolsa de los mandados de Bonifacio: unos prismáticos planos, igualitos a los que había dejado dentro del televisor.

—Pensándolo mejor, compañera Josefa, le acepto el mejunje. —dije y volví sobre mis brazadas.

—Qué bien que no toda la juventud está perdida, porque lo que son esos chiquillos del solar, empezando por la problemática esa de Chachita y el… —Josefa iba acoger impulso, pero viendo que yo ponía cara de no gustarme que hablaran mal de mis amigos, hizo un gesto de hastío con la cara y cambió de tema: —Pero bueno, menos mal, Cuba, que sacas la cara, así puedo ensayar contigo mi nuevo equipamiento de tisanas, mijita. —dijo frotándose las manos y por un minuto parecía una bruja de esas de los cuentos.

Josefa entró en su casa y al segundo salió con una enorme parábola de satélite cubanoide, hecha de aluminio y hubiera jurado por lo más grande que era la antena parabólica que le habían confiscado a la madre de Cachita para que no pudiera mirar canales de afuera. Solo que Josefa le había rascado la pintura de la parte interior y la había pulido de tal manera que casi parecía un espejo. También se veía que le había sonado un par de martillazos por algunos lados para aplanarla o curvarla un poco, según sus necesidades.

Acomodó la antena en el rellano de la ventana, mirando al sol, y acto seguido, colocó, en el medio de la parábola, un tarequito que parecía un cenicero de hierro con cuatro patitas de metal soldadas de tal manera que se elevaba unos diez centímetros desde la base. Sobre este tarequito puso un jarro de aluminio con agua, metió la mano en algún recóndito lugar del bolsillo de su falda, de donde sacó un manojo de romerillo en flor y se sentó a esperar mientras me decía:

—Esto es un horno solar, pa’ que sepas.

Yo ni podía decir nada, pues esta secuencia de eventos hubiera podido dejar mudo hasta al descarado de Virtudes.

—Solución de tiempos de guerra con materia prima del enemigo, Cubita. ¿O tú no sabes que el que inventó la parábola fue Más Canosa?

—¿Más qué? —dije yo, que nunca había oído nombrar a ningún científico famosos por ese nombre.

— No importa, no importa, lo que hace falta es que te quites la humedad del cuerpo y este cocimiento te ayudará a dejar esa bobería de la otra Habana.

— ¿De la otra… y cómo usted sabe? — pero Josefa se hizo la chiva con tonteras.

—¿Tú sabes que, en el año 61, cuando la campaña de alfabetización, yo tenía 14 años y me fui a las montañas de Matanzas a alfabetizar? Fue una epopeya gigante… —ya iba a decirle a Josefa que se dejara de muela de matutino conmigo cuando empezó a pasar algo raro. Josefa se empezó a inflar. Es más podía jurar que se había empezado a inflar en el mismo segundo que empezó a meterme el discurso epopeyoso, solo que ella parecía no darse cuenta.

—…nuestros máximos líderes encomendaron a la juventud triunfante… —y seguía inflándose.

—…que asumiera el reto de acabar con la ignorancia en que estaba sumida la tierra más fermosa que ojos humanos…—Josefa empezó a flotar sobre el agua como una gigantesca pelota de playa, y daba vueltas sobre su eje, impulsada por sus ademanes de oradora revolucionaria.

—…hayan visto. Nuestro designio fue inculcar el alfabeto y la ideología proletaria en la masa campesina, que no contaba con la guía de un verdadero… —aquí Josefa se elevó unos cinco centímetros sobre el agua, puso cara de infinita devoción y terminó:

—…LÍDER!

Entonces explotó como un triquitraque y lo único que quedó de su proletaria fisonomía fue un pedazo de la bandera cubana que usaba como pañuelo y que soltaba unas chispas rarísimas, enrollado en el Lunajot Tisanero, donde el agua había empezado a hervir.

—Yo sabía que  ese módulo estaba defectuoso, carajo. Mira que se lo dije a Josefa, que lo cambiara por otro que no fuera tan fervoroso, pero esa mujer tiene la cabeza más dura que un adoquín. —dijo bajito una voz cañenga, pegadita a mi oreja izquierda y por poco hay que llevarme para el Cuerpo de Guardia más cercano… la cara del viejo Bonifacio estaba justo a mi lado y sus ojos medio locos me miraban riéndose, medio bizcos, saltaban en sus órbitas como dos conejos desquiciados.

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.
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