El día que el malecón se fue: capítulo 4

Me tapé la cara del susto y aguanté la respiración. Pero, al ver que no me mojaba, abrí los ojos y miré hacia fuera, todo se veía perfectamente bajo el agua. El cristal de la pantalla actuaba como la escotilla de un submarino y podía ver todo como con una careta de buzo. Y lo que apareció ante mi vista me dejó completamente turulata.

En vez de estar sobre la tierra, sobre la calle o sobre la acera, la ciudad descansaba sobre una superficie transparente, un gran suelo de cristal. Y abajo, como si estuviera viendo una vista aérea de otra ciudad, se veía otra Habana, una limpia, nuevecita y reluciente Habana, con edificios multicolores, calles bien trazadas; y si, allí estaba mi Malecón, el fugado, el apátrida, luciendo sus marcas, sus Pepito y Yuminiscreisy encerrados en un corazón de tiza. Mi maleconcito descuajeringado y lento, protegiendo a la otra Habana del mar.

—¡Ñó! —fue lo único que pude a decir.

El televisor se había asentado en el fondo y miré con detenimiento la ciudad. Tomé unos prismáticos planos de la tienda de suvenires del aeropuerto y funcionaban como una lupa. Los puse de lado, miré a través de ellos y traté de encontrar mi casa desde las alturas.

Allí estaba, bien pintada, como nunca, y creo que distinguí la sombra de un aparato de aire acondicionado saliendo de la pared del cuarto de mis padres. La azotea no estaba repleta de gallineros hediondos ni de cerdos prisioneros en bañaderas. Tampoco se veía rastro de la telaraña de antenas y otros objetos raros con el mismo propósito. ¡Las azoteas de la Habana no tenían antenas, no se veían tanques de agua ni tendederas en los balcones! Las calles estaban limpias, no llenas de basura de la semana anterior, sin aguas albañales ensuciándolo todo… también se veían guaguas, montones de ellas, navegando como hormigas locas por Centro Habana, la Habana Vieja y el Vedado… las paradas estaban casi vacías, como debía ser en una ciudad que funcionase. ¡Aquello, definitivamente, NO se parecía a la Habana, salvo por una extraña e idéntica disposición de calles y edificios!

—¡Una Habana nueva con el malecón de siempre… qué lindo! —me dije y se me aguaron los ojos.

Y de pronto me asaltaron las preguntas…

¿Sería solo la Habana lo que había detrás del suelo de cristal? ¿Cómo era que cuando cavaron el hoyo para hacer el policlínico de la esquina, y mira que fue un agujero hondísimo, no se toparon con la superficie transparente?

Quizás era verdad lo que había dicho Meloncete de que todo era un experimento del enemigo…pero qué enemigo era ese, yo nunca lo había visto. Quizás el adversario era esta Habana perfecta, allá abajo, la melliza con aire acondicionado y guaguas felices que se había robado el malecón descaradamente.

Entonces vi algo que me erizó los pelos y me dejó confusa unos segundos. No supe en un principio cuál era su significado, pero era definitivamente una pista para desentrañar el misterio de la desaparición del Malecón.

Cuando yo era chiquita, mi padre me llevaba al Jalisco Park una vez al mes. Siempre me pareció injusto lo pequeño que era el parque de diversiones, el más chiquito del mundo, como decía el operario del carrusel. Y yo me ponía a protestar porque me daba muchísima risa oírle decir a mi padre que no jorobáramos más, que si no nos gustaba el parque, que cogiéramos una balsa y nos fuéramos remando hasta Connie Island. Cuando aquello, yo no sabía que el operario del carrusel se refería a una isla convertida en península, al sur del Brooklyn, en la ciudad de Nueva York. Yo creía que hablaba de otro parque de diversiones de la Habana, que queda en el municipio Playa y la verdad, me hacía gracia pensar en remar por las calles en un bote, todo ese tramo.

Me encantaban los algodones de azúcar, la guachipupa de fresa que sabía a jarabe para la tos Broncosedín y la lomita rusa, como le decía mi papá a la montaña rusa que había allí, por lo chiquita que era. Justo antes de irnos, mi padre y yo nos sentábamos en un banco que había al fondo del parque y mirábamos hacia el cementerio de Colón. Mi viejo siempre aprovechaba esos minutos para hacerme historias de mi abuelita Blanca, que estaba enterrada allí. Y yo siempre me imaginaba qué fantástico sería si el Jalisco Park fuera del tamaño del cementerio y el cementerio del tamaño del Jalisco Park.

Pegué mi cara a la pantalla del televisor chino para ver mejor y sí, allí estaba el Jalisco Park, pero un Jalisco Park enorme: conté cincuenta y siete montañas rusas y veintidós carruseles, además de cientos de tiovivos, canales y una base de parqueo de carritos locos. El parque era cien veces más grande y sí, estaba en el mismo lugar que en mi Habana ocupaba el Cementerio de Colón, Patrimonio de la humanidad.

La gente se movía, el cementerio de diversiones estaba completamente iluminado con cadenetas de luces de colores que se extendía varios kilómetros en una maraña deslumbrante y había fuegos artificiales que explotaban en un orden calculado en diferentes partes del parque, de tal manera que, visto desde arriba, formaban una carita feliz. También se podía ver el trazado de una línea ferroviaria por la que transitaba un trencito con vagones de siete colores, halados por una locomotora roja con una estrella blanca en el techo, que lanzaba un humillo a listas blancas y azules, igualito a una bandera cubana en movimiento.

Y en el centro del cemenparque o parqueterio o lo que les dé la gana, en vez de la capilla principal, se podía ver una Giraldilla tan, pero tan zangandonga que claramente dejaba chiquitas a todas las ruedas de diversión a la redonda… y sí, podía jurar por lo más grande, que aquella Giraldilla, estatua que simboliza a la Ciudad de la Habana, era de chocolate negro, el pelo parecía de membrillo; en el brazo derecho, en vez de un tronco de palma, llevaba una melcocha medio derretida por el calor habanero  y en el izquierdo, aguantaba la Real Cruz de Calatrava, que se veía a la legua que era una chambelona.

 También noté un detalle importante: la Giraldilla giraba…

y giraba rapidísimo, con veinticinco sillas unidas por cadenas a su cintura. Desde lejos pude divisar que ya a algunas sillas le faltaban pedazos que la gente se había comido (parece que los cubanos de esta Habana perfecta tienen la misma costumbre que los de mi Habana, de comerse cualquier cosa que se les ponga por delante que sea digerible).

En fin, aquello era, definitivamente un relajo total.  Un relajo que no me gustaba mucho, porque mi madre me había contado la historia de la Giraldilla y no me parecía serio que hubieran cogido para esas cosas al símbolo del amor y de la esperanza de mi ciudad.

La estatua estaba inspirada en Doña Isabel de Bobadilla, que no tenía nada de boba, porque fue gobernadora interina (que quiere decir gobernadora de repuesto) de Cuba por un tiempo.

La historia está de los más tocá, así que la voy a contar aunque no quieran.  Resulta que en 1538 el rey de España, Carlos I, nombró Capitán General de Cuba y Adelantado (un Adelantado era un tipo que llegaba primero que todos los demás a cualquier lugar) de La Florida a don Hernando de Soto, a quien le dijo que tenía que irse pitando para La Habana y después para La Florida. El Rey le encomendó esta misión, porque Hernando De Soto se había graduado de tránsfuga vanguardia en el manigüiti del oro de Panamá y en la conquista de Nicaragua y el Perú. Así que Hernandito salió del puerto español de San Lúcar con diez barcos. Después de llegar de Cuba, y más rápido que un pedo según los libros de historia, dejó como gobernadora de repuesto a su joven esposa doña Isabel de Bobadilla y se fue a conquistar La Florida.

Parece que el Adelantado no era tan adelantado de inteligencia, porque se dejó meter la guayaba de que existía la Fuente de la Juventud, y que si tomaba de sus agua volvería a ser joven. Los aborígenes norteamericanos le dijeron que la fuente estaba cerca de las márgenes del río Misisipi, y para allá fue Hernandito de cabeza a tomar agua (que si se hubiera fijado un poquito más en el nombre del río no hubiera tomado ni una gota). Y como en aquella época la gente no hervía el agua antes de tomársela, pues Hernandito cogió tremenda gripe y el pobrecito, se murió.

Mientras todo esto pasaba en el Misisipi, doña Isabel de Bobadilla esperaba a su esposo cada día, durante largas horas, en la torre de vigía del Castillo de la Real Fuerza, que por aquel entonces era donde vivía la gobernadora de Cuba. La pobrecita, se la pasaba mirando el horizonte tratando de descubrir el barco en que su esposo regresaría.

Esta historia tiene un final súper triste, porque Isabel se murió de tristeza cuando se dio cuenta de que su esposo nunca iba a retornar. Y como los habaneros nunca olvidamos las historias de amor, y menos aún las historias trágicas, unos años más tarde Gerónimo Martín Pinzón, un artista habanero como yo, se inspiró en la historia de Isabel para hacer una escultura en su recuerdo. La estatua fue coloca como veleta en la torre del Castillo de la Real Fuerza y el gobernador de aquel entonces le puso el nombre de Giraldilla, en recuerdo de la Giralda de su ciudad natal, Sevilla. Cosa que siempre me pareció tremendo pie, porque qué tiene que ver Sevilla con el Misisipi, digo yo.

Entonces sonó el teléfono.

 

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.