El día que el Malecón se fue: capítulo 2

—¡GERAROOO!— las paredes de los edificios circundantes vibraron, en el agua, una honda expansiva dejó su huella, saltó una mojarra al aire, se hundió un boya y un silencio altísimo se posicionó del aire.

—¡Oye, mijito, si nada más haces el intento de montar a la niña en ese cacharro te juro por la mismísima Virgen que no vas a comer caliente en una semana! —mi mamá, siempre al rescate, se destapó a degüello desde la ventana.

—Esto no es ningún cacharro, esto es una balsa innovadora del Sindicato del Ministerio del Azúcar, pa’que sepas —mi padre se defendía, a penas.

—¡Cómo si es de la NASA! Si tú subes a la niña en ese pedazo de mier… ¿Y qué es eso que le pusiste en la parte de atrás? ¿Ese es el Huracán? ¡Ay, cielo bendito, protégelo de su ignorancia, si ese es el Huracán!

Mi padre se interpuso entre la ventana y el ventilador convertido en motor fuera de borda, pero como es muy flaco, no podía taparlo bien de la mirada de mi madre.

—Genaro, me cogiste el ventilador pa’ tus cosas. Tráemelo ahora mismo.

—Pero es que el sacrificio de unos ayuda a….

—No me vengas con boberías de esas que ni tú mismo te crees. Si tú quieres que te coman los mosquitos y el calor, vete a vivir para la ciénaga de Zapata. Tráeme el Huracán, AHORA mismo.

Los sindicalosos y mi padre ya se miraban con pánico cuando un bote de pescadores dobló por la esquina de la calle Galeano. Iban dos tipos rarísimos, uno remaba mientras el otro tocaba la Guantanamera en un aparato rarísimo.

Los policías de la esquina les gritaron que se detuvieran, que los llevaran a la estación, pero los remeros ni les hicieron caso. Los polizontes estaban azules del miedo… en vez de una, ya les daban vueltas tres aletas sospechosas.

La voz del cantante era horrible, parecía un pitido de locomotora de esos fuuuiiiiiii, pero de alguna forma se oía bien cuando se le sumaba la melodía de fondo que venía de un tocadiscos viejo y de una especie de tumbadora descocada. Con un pie le daba a unos platillos, con el otro movía, a la vez, tres campanillas, un palo que rayaba un guayo y un tubo flaco, que al ir de un lado al otro. golpeaba dos latas de mermelada de guayaba vacías. Con el otro pie le daba a un fuelle que soplaba aire a una especie de armónica gigante, con la mano izquierda sonaba cuatro maracas y con la derecha, le daba a uno de los palos de una clave que tenía aprisionada entre el pecho y la barbilla. Y desde ahí cantaba: Guaaaaaannnntanamera, gu- a —ji- ra- guaaaanntanamera.

—¡GENAROOOOOO! —Volvió mi madre a la carga y del grito los dos amigos de mi padre se cayeron de la balsa.

—Sí, sí, ya te llevo el ventilador, oye, que no entiendes las necesidades del pueblo… —murmuró mi padre, se bajó de la balsa del Ministerio y empezó a desarmar el armatoste.

—¿Y ahora qué hacemos?, dijo el compañero gordo. Estamos todo mojados, no hay transporte…

—Pues el tipo del noticiero dice que el transporte está buenísimo, así que dígale que le mande una guagua vacía de esas de las que habla en las noticias, a ver si pasa.

Cachita se reía, flotando boca arriba, con la cabeza apoyada en un flotador de poliespuma anaranjada.

El hombre se quedó callado y miró con interés a los músicos raros… y a su bote.

—Compañeros, compañeros músicos, ¿me dan una botella hasta la Universidad? —les rogó, pero los músicos ni le contestaron. Ahora cantaba la canción tema de un dibujo animado japonés de moda… en japonés. Y al percusionista parecía que le estaba dando una apoplejía de lo rápido que movía sus brazos y piernas. El remero había parado de remar a mitad de la cuadra y nos miraba.

—¿Están jugando a los ahogados? —preguntó y me sorprendió.

—¿Y cómo tú sabes? —le dijo Meloncete, una vez más, agitando su chola de melonsón.

—Sí, cómo es que lo sabes si ese jugo lo acaba de inventar Cachita —le dije.

—¿Cachita la del solar? —dijo el individuo.

—Sí, yo lo inventé. Saltó Cachita intrigada también.

—¿De qué ahogado hablan, ciudadanos? —gritó uno de policías, desde la otra esquina, que no se sabe cómo, entre el ruido del mar, lo lejos que estaba y los berridos japoneses del cantante parece que había oído algo.

El remero frunció el ceño y le hizo un gesto con la mano al policía para que se callara.

—¿Ustedes piensan que esta es la primera vez que el Malecón se ha ido? —dijo, mientras nos regalaba dos teléfonos celulares de juguete a Cachita y a mí, que no sé por qué razón misteriosa guardamos automáticamente en un bolsillo.

Todo el mundo paró lo que estaba haciendo y miró al remero: mi padre, que iba ya alcanzando la entrada del edificio con el huracán al retortero, se paró y se viró. Mi madre, que le iba a gritar alguna salvajada desde la ventana, se quedó con la boca abierta y prestó atención; la hermana de la vieja Josefa, que iba a buscar el pan remolcada por su perro pastor alemán, le ordenó que no nadara y también atendió. Cachita y yo lo mirábamos intrigadas… los dos policías habían ladeado sus cabezas para poner las orejas en línea con la conversación y no perderse nada… hasta las aletas de los tiburones se habían parado y parecían atender. Solo Meloncete seguía enfrascado en sacarse un moco… pero de esta actividad no lo podía distraer ni un cañonazo.

El único que parecía inmutable era el percusionista, que ahora tocaba una conga, bien bajito.

—En un lugar de la Habana, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un Malecón de los de muro de concreto, bien largo y firme, mar rompiente y pueblo que proteger.  Una olla de algo más col que lechuga, chícharos las más noches, huevos quebrados los sábados, arroz con yuca los viernes, algún pedazo de cerdo de añadidura los domingos…

—¿Oye, y qué ha tocado ese? —preguntó Cachita, mientras le daba vueltas a su índice derecho alrededor de la sien.

—Mira pa’ eso, quien iba a decir que un loco supiera hablar inglés, —dijo Meloncete mientras seguía escarbándose el cerebro con el dedo.

—Este tipo está tostado de la matraca, Cachita —dije yo y me zambullí a buscar un papelito brillante que me había pasado por el lado, no fuera a ser un chocolate.

Cuando salí a la superficie todo seguía su curso. Los sindicaleros amigos de mi padre habían vadeado hasta la puerta de entrada del Hotel Deauville y trataban de convencer al portero de que los dejara entrar o usar una balsa de verdad, con motor de verdad marca Taíno, fuera de borda. Pero el conserje no quería mojados en el vestíbulo y, además, les señalaba a cinco palidísimos turistas yugoslavos que esperaban para montarse en el vehículo, así que iba a ser difícil que se salieran con la suya. Yo sabía que eran yugoslavos porque ayer, junto con Cachita y su primo Pupi, casi los habíamos convencido de comprarnos cinco tabletas de chocolate en la tienda en moneda convertible de la esquina. Pero, por culpa de Pupi, que es un avaricioso de lo peor que hay, no quisieron. Vaya, que si les hubiera pedido una barrita de Nestlé no se hubieran negado los yugoslavos, que tenían tremendas caras de ser miembro de algún Comité o de la Asociación de Amistad cubano-yugoslava,  si es que existe.

El remero había dejado su jerigonza al ver que nadie estaba interesado y se alejaba lentamente. Nos miraba con una cara rara en la que se dibujó por unos segundos una sonrisita siniestra bastante heriza-pelos. El tipo del armatoste musical ahora cantaba a voz en cuello un bolero sonso y yo me detuve un momento a mirar un resplandor raro que venía del mar.

El Malecón se había ido, vaya usted a saber por qué razones; la gente, incluida yo misma, seguíamos como si tal cosa, en la televisión decían que el Malecón sí estaba y que todo era una bola. Mi padre y mi madre discutían como dos locos por culpa del Huracán. Los policías estaban rodeados por aletas de tiburones… y es que era evidente que solo eran aletas, porque no se veían rastros del resto de los cuerpos que las acompañasen.

—¿Oye, será que nosotros vivimos en una mentira, Meloncete? —le dije y parece que mi cara de terror lo asustó un poco.

—¿Tú dices que Cachita, tú, yo y la pandilla no somos de verdad? —dijo y se miró las manos, dudando.

—No solo eso, a lo mejor la verdad es la que dice el mentirosón de Virtudes en el noticiero y nosotros somos una mentira.

—¡Cómo un experimento del enemigo! —gritó Meloncete, sin sacarse el dedo del cerebro.

—Ajá — y ya iba a decirle que lo veía un poco transparente cuando sonó la sirena.

 

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Andrés Pi Andreu

Andrés Pi Andreu

La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos.

Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004).

Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.