El control de las drogas y sus contraindicaciones

Por José Benegas

La marihuana tuvo su día internacional el 20 de Abril. En distintas ciudades del mundo se realizaron como todos los años manifestaciones a favor de su despenalización.

Hay toda una disputa acerca de qué tan peligroso o tóxico es ese producto o si significa una entrada hacia el consumo de otras drogas prohibidas. De ese debate se supone que debe salir la decisión de permitirla o no. Están por ejemplo las posturas de tolerancia, basadas en que la marihuana haría menos daño que el cigarrillo que no está prohibido, aunque parece encaminarse en esa dirección.

Ahora bien ¿De qué hablamos? ¿De medicina? Los que se manifiestan no son en general médicos, los que están en contra de los que se manifiestan tampoco lo son, pero no parece ser muy relevante, dado que lo que se discute cuando se habla de si el estado va a impedir por la fuerza algo es si tiene el derecho a hacerlo. Y si lo tuviera nos quedaría por ver si es conveniente. Y si fuera conveniente habría que tener en cuenta en función de qué objetivo.

Lo que está en debate por lo tanto al hablar el estado controlando la marihuana es filosofía política.

Es obvio que la apendicitis es un problema para la salud ¿pero hay alguna legislación que obligue a operarse? La obesidad es causa de graves problemas físicos, incluso llega al punto de matar ¿Hay alguna obligación de hacer ejercicio y limitar el consumo de grasas? Si hubiera esas limitaciones, la discusión médica quedaría para los médicos. El resto estaríamos preguntándonos qué queda de nuestra libertad si el poder político nos cuida contra nuestros deseos. Incluso nos castiga de manera muy severa.

La única libertad que conocemos es la de hacer lo que nosotros creemos que es mejor para nosotros sin considerar la opinión de los demás. Y el concepto de “mejor” en el ámbito de lo humano no es apenas la consideración de las consecuencias fisiológicas de determinada elección. Podrían demostrarnos el desastre de fumar con toda facilidad, es algo que está fuera de discusión. Pero digamos que si estamos condenados a muerte, no sería una mala decisión fumarse un cigarrillo como último deseo. Eso sin dejar de reconocer ni por un instante el daño que provoca para la salud. A las carreras de automóviles dudo que les encuentren beneficios para la prolongación de la vida. Tampoco a cualquier otro deporte de riesgo. Ni hablar de hacerse soldado. La medicina sin embargo sabemos que tendría poco aporte que hacer al respecto.

Podrá parecer una circunstancia extrema tal vez la de la condena a muerte para justificar un cigarrillo, pero en realidad lo que simboliza es que la mirada ajena carecería de la información, los incentivos y el interés suficiente para expedirse sobre un asunto que no le compete. Si fulano se tiene que casar con mengana no es algo que un tercero pueda determinar, aún teniendo más y mejores razones que los interesados. Si el señor tal debiera o no someterse a un tratamiento invasivo por una enfermedad terminal con pocas posibilidades de éxito o abandonar esa oportunidad y disfrutar sus últimos momentos, sólo merecería el juicio del propio interesado.

Más allá incluso de eso Friedrich A. Hayek en un ensayo titulado “El Uso del Conocimiento en la Sociedad” argumenta contra toda forma de planificación centralizada que son las circunstancias particulares dominadas por las personas las que explican las decisiones económicas y que esa información dispersa es imposible de concentrar en un organismo. Por lo tanto la autoridad central siempre decidirá mal. Esa es sólo una de las razones por la que no debemos meternos en la vida de los otros cuando no afectan nuestros derechos.

Es entonces cuando esto de que algo “hace mal” tenemos que tomarlo con pinzas, pero no porque médicamente no pueda demostrarse o refutarse, sino porque el “bien o mal” están cargados de una cuota enorme de subjetividad y de razones que no conocemos relacionadas en profundidad con la consciencia individual. La ciencia nada tiene que decir sobre el problema de los valores que es ético. A lo sumo informa.

Cuando dejamos de lado la medicina nos encontramos con que el problema es justificar el control de cualquier tipo de consumo de drogas permitidas, prohibidas, controladas y obligatorias. Porque hay de todas estas categorías. Algunas drogas no se permiten, otras deben tener autorización de un especialista, otras se puede llegar al punto de tener que tomarlas aunque no se quiera o suministrárselas a los niños porque el estado vigilará que se lo haga.

No vamos a encontrar en el terreno de la filosofía política, es decir del pensamiento de para qué está el poder y cuándo lo deberíamos tolerar, ninguna teoría acerca del cuidado que debemos recibir contra nuestros propios deseos. La fuente de las prohibiciones es el miedo provocado por cuestiones médicas o morales.

Otra cosa que la medicina se vería impotente para explicar serían las “contraindicaciones” de utilizar la fuerza pública para controlar el consumo de drogas. Y se supone que en esa ciencia la cuestión de las contraindicaciones tiene que ser tenida en cuenta. Todos los países cuentan con su organismo “técnico” que se expide en términos médicos acerca de la conveniencia de determinadas sustancias que se encarga de permitirlas, controlarlas o prohibirlas. Pero pareciera que el uso de la fuerza pública estaría tan a mano y carecería de toda consecuencia como si fuera una aspirina. Ese remedio no tiene ninguna etiqueta que lo acompañe acerca del porcentaje de medicina, miedo irracional, ego, demagogia, ignorancia o autoritarismo que lleva implícito. Con el mal que todos esos elementos le han hecho a la humanidad. Y a la salud por cierto.

La adolescencia es ese período en el cual empezamos a esconderle a nuestros padres cierta información. Experimentamos con nuestra libertad, cometemos nuestros errores, pero el fin es el salto evolutivo de convertirnos en individuos responsables, huérfanos en algún sentido. Corremos el riesgo inmediato en búsqueda de fortalecer el sentido que nos permita sobrevivir en el largo plazo. Una persona que no hace eso no crece, permanece en un aparente resguardo pero es privado de sus armas de supervivencia más importantes.

Pero atención que el gobierno nunca es el papá. Es una organización en la que siempre vemos las peores actitudes, justo porque es la tierra de lo que es de todos pero no es de nadie, con poco lugar para la responsabilidad personal. A lo sumo puede usarse en casos extremos para detener la violencia, pero no es una panacea. La medicina no nos lo va a explicar pero llamar al guardián para todo, hasta para ver si hacemos bien en brindar o para que se meta con nuestro vecino cuya vida de excesos no aprobamos, puede traer serias consecuencias. Y si no sugiero que  lean el prospecto, se llama por lo general Constitución.

© 2013 – 2014, José Benegas. All rights reserved.

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