Ariana Harwicz, madre de sí misma

Donde el lenguaje se confunde con el aullido

Con tan solo tres novelas, Ariana Harwicz (Argentina, 1977) se ha consolidado como uno de los nuevos referentes en el panorama de las letras latinoamericanas. Lo que en su caso es doblemente meritorio en la medida en que, por un lado, vive en Francia desde hace más de una década, tiempo suficiente para instalarse en el exilio, que es distancia y muchas veces soledad; mientras que, por otro lado, su literatura, a diferencia de mucha de la que circula en nuestros días, plantea, a múltiples niveles, un exigente ejercicio de lectura. La débil mental (Mardulce, 2014) es la primera de sus ficciones que cayó en mis manos. La sensación que me dejó tras terminar la lectura de sus escasas cien páginas, tiene mucho de vértigo frente a una propuesta literaria que, además de ser muy original —pese a tener sus referentes—, procura en el lector el, ya casi olvidado, sentimiento de extrañamiento y fascinación.

Dividida en tres secciones, La débil mental no plantea tanto una historia en el sentido convencional, como diversas facetas o ángulos de la relación entre una hija y su madre. Digo facetas pues la novela está compuesta de pequeñas viñetas que se suceden bajo la excusa de desarrollar el vínculo entre una y otra, tan intenso como carnavalesco y abyecto. El resultado tiene más de mosaico, en el que las partes son independientes y adquieren unidad en función de quién las mira, antes que de fresco. Esa es la primera gran virtud de la novela; en otras palabras, la manera en que se genera cohesión, densidad a lo narrado mediante una composición más bien fragmentaria. Esto se efectúa, como es evidente, por la aparición sistemática de ambos personajes, pero sobre todo por cuánto de parecido hay entre las sucesivas viñetas. Al final, el lector identifica una atmósfera y una relación con sus características propias, su funcionamiento único. Si bien muchos pueden considerar que se enfatiza demasiado en una sola forma de entender el vínculo entre madre e hija, podemos también señalar que Ariana Harwicz arriesga por presentar una relación enfermiza en su hermetismo, en su reiteración. Lograda o no, es cuestión de perspectivas. En cualquier caso, la autora se vale de esa capacidad única que tiene la literatura para entregar su verdad (y su moral) a los espacios y los personajes. El comienzo de la novela no puede ser más explícito en ese sentido: “No vengo de ningún lado. El mundo es una cueva, un corazón de piedra que aplasta, un vértigo plano” (p.7).

Madre e hija merecen un párrafo aparte. Se trata de una relación en la orilla opuesta de las convenciones, lo socialmente establecido, lo que cabe esperar. Su vínculo tiene de grotesco, en el sentido que Bajtín nos recuerda del término, pues hay mucho de inversión carnavalesca de lugares y roles. La hija —la débil mental— pasa muchas veces a ocupar el rol de madre; desde luego, siempre en un registro que hace de ella una caricatura grosera de lo que, por costumbre, cabría entender como maternidad. Por lo demás, hay una perturbadora inquietud acerca de los orígenes —la fecundación, el embarazo y el parto—; en resumidas cuentas, todo lo relacionado a la creación transita la novela como una corriente negra. A este aspecto están dedicadas, a mi parecer, las partes más logradas. Es necesario añadir, en este sentido, que la madre no parece ser una presencia frente a la que se actúa (por acción o reacción) sino, más bien, una sombra, un fantasma, una excusa de la voz narrativa para dar libre curso a su hemorragia verbal plagada de imágenes, muchas de ellas visuales, cinematográficas. Consideremos, por ejemplo, el siguiente fragmento:

ArianaINterior

ANTES HICIMOS EL AMOR Y NADA. A veces, un cuerpo no es más que un coito, un hijo del coito. Un último beso y le agarro lo que queda de la cara y se lo estampo. Al final suena su teléfono y taladra mi cabeza. Como en los accidentes de tren, la gente de los suburbios baja como monos hacia las vías a vaciar los bolsillos de los moribundos. Ella rompió bolsa, ella pierde, ella espera con las patas abiertas a que él corra, espera sus manos para el acto glutinoso. Ella grita mi amor, mi vida. Pero esos gritos no son nada, yo lo merecía más que ella. Era mío, no de la que lo cazó con su órgano reproductor. Nos miramos con mamá que me da el visto bueno y hago pedazos su teléfono. Ojalá se le enrede el cordón. Las gallinas rondan adivinando que habrá un comilón. Los zorros y los ciervos bajarán más tarde por el sendero a tomar su parte. Hay para todos, aspiren los restos. Soben, bestias. Somos inocentes. Somos las víctimas, señor juez (p.94-95).

El hecho de contar en primera persona nos permite acceder a los pensamientos de la narradora-hija. Son pensamientos que no se plantean como la elaboración de un pasado, menos aún la formulación de una trayectoria o de una idea, a la manera en que estamos acostumbrados. Los pensamientos de la narradora se plantean desarticulados, pareciera que la única manera de elaborar recuerdo es la que plantea un lenguaje dislocado, en el que se conjuga el retrato de lo observado con una serie de imágenes, mediante las que se le entrega una cualidad alternativa a la experiencia, sin contar con el hecho de que se densifica los gestos, el espacio, incluso el silencio. Durante la lectura, muchas veces recordé a un autor que he leído con lápiz y papel: el alemán Arno Schmidt (1914-1979), injustamente poco conocido en lengua española. Con Schmidt, sobre todo el de El corazón de piedra, Harwicz comparte ese cuidado por un lenguaje a medio camino entre lo hermético y lo accesible, la escritura que cuenta más por lo que evoca (o deforma en mueca) que por lo que afirma, el estilo entrecortado, carente de conectores, donde se yuxtaponen las oraciones.

En el particular recuerdo de la narradora, la sexualidad adquiere un lugar preponderante. Hay quienes confunden escatología y procacidad con buena literatura. Como si para escribir literatura bastara con una escena de masturbación, cualquier episodio de calculada y teatral crudeza sexual. Para llevar a sus últimas consecuencias esta manera de entender y abordar la sexualidad en literatura, es lo mismo que considerar a la pornografía como liberadora y rebelde. Esos escritores no saben que de esa manera revelan no tanto qué transgresores son como los conservadores y burgueses recalcitrantes que habitan en ellos. El caso de La débil mental va por otros rumbos: no estamos frente a la exhibición de una sexualidad que busca impactar, tampoco frente al erotismo que busca cierta trascendencia. Estamos, más bien, frente a la sexualidad que muestra desnuda lo arbitrario, lo vacío de las relaciones humanas. Se trata de subrayar lo físico en la medida en que esto es carnal y, por eso mismo, imposible de alcanzar la palabra de otra manera que no sea la imagen. De ahí que en la literatura de Ariana Harwicz la sexualidad está integrada a la descripción física. Muchas veces esta descripción se apoya en comparaciones, más o menos explícitas con insectos o animales: “Y el duelo con sus etapas, no hay etapas sino detonación en campo abierto. Cerdo. Infecta. Degenerados. Cómo pudo penetrarla, eyacular” (p.74). En La débil mental, como ya lo dije, no existe erotismo, o bien la necesidad de entregarle un afán trasgresor a la literatura y lo que en ella se cuenta. Antes bien lo que se muestra —exhibe acaso se una palabra más adecuada— es una realidad que se desnuda de éste para mostrarse procaz, instintiva, irracional.

La única vez que me crucé con Ariana Harwicz, fue poco después de haber recibido La débil mental. Tras una rápida hojeada, me hizo recordar la literatura de Clarice Lispector, en particular la de los cuentos y La hora de la estrella, por ese gusto por la imagen inesperada —sobre todo comparaciones con animales—, ese fraseo que alterna entre lo escueto y lo barroco, esa acumulación incesante de metáforas que parecen acosar un sentido antes que delinearlo. No obstante, hay una diferencia radical entre ambas, diferencia que resulta no tanto de la apuesta estilística como de la postura vital. Me explico de mejor modo: si en Lispector encontramos una literatura donde la interrogante por el Ser es una constante, en Harwicz la ficción está marcada por un recalcitrante nihilismo. Las relaciones familiares, los vínculos amorosos, la amistad y todo lo que se puede tener de humanidad, no son más que el reverso de un vacío frente al cual la literatura no toma partido si no que, más bien, se limita a retratar. Podemos resaltar la entereza de Ariana Harwicz, quien se enfrente al vacío provista solo con sus palabras, pero esto en última instancia es anecdótico. Lo que en verdad importa, pues en ello radica la naturaleza misma de la literatura, es que en La débil mental no hay concesiones con nada ni con nadie. De ahí que el resultado sea una tenebrosa exploración en lo abyecto y sórdido, por humano.

Es posible afirmar, sin temor a caer en la exageración, que la literatura argentina está conformada en gran parte por ficciones donde la inquietud familiar, las relaciones entre progenitores e hijos son una constante. Y son una constante porque la institución familiar representa una excelente oportunidad para emblematizar lo nacional y social, por un lado, así como la fractura o las diferentes crisis, tanto en la historia del país como en la de los individuos. Pienso en la literatura de autores como Ernesto Sábato, Manuel Puig, Julio Cortázar, Juan José Saer y tantos otros que dieron forma a ficciones en las que los personajes planteaban una relación áspera con su entorno familiar, cuando no llena de violencia psicológica, física, sexual. La débil mental de Ariana Harwicz se añade a esta larga lista de ficciones pero no como un sucedáneo sino como una respuesta, rabiosa e inesperada, de nuestro tiempo. Un tiempo en el que la literatura parece haber perdido capacidad para interpelar la sociedad, para convertir a los lectores en insatisfechos y desadaptados; en lugar de ello los asimila al consumidor que decide maniqueamente entre lo divertido y lo aburrido. También un tiempo en que la literatura se convierte en algo parecido a un ejercicio retórico en el que todos escriben igual pues inquietudes como la forma y el estilo son indecorosas. Mediante la historia de los lazos entre una madre y su hija, lazos inexistentes bajo una forma que no sea lo amoral, en el sentido primero de esta palabra, Ariana Harwicz entrega un renovado aliento a sueños (pesadillas) argentinos, latinoamericanos. Sin olvidar, desde luego, que la literatura es esa peligrosa incursión a lo más oscuro del ser humano.

Allí donde el lenguaje se confunde con el aullido.

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Félix Terrones

Félix Terrones

Félix Terrones (Lima, 1980), es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014). En el género de la novela, ha publicado El silencio de la memoria (2008) y Ríos de ceniza (2015). Diversos relatos suyos han aparecido en antologías y publicaciones peruanas e internacionales. Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés y al francés. Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos. Ha traducido la novela Conquistadors del escritor francés Eric Vuillard, de próxima publicación. Vive y trabaja en la ciudad de Tours (Francia).