El Abismo, fundamento de la vida

Frente al fuego, me defino. Me vuelvo a hacer, me recreo, me reconozco. Hago de lo que fui aquello que no soy pero que veo. Y en lo que veo, la nada, el estertor de mi alma ya casi fiambre, escena típica del mundo. Porque siempre buscamos un debajo, un sustrato místico que diga por dónde, que diga soy tu Atlas, apoyo eterno sin reproches.

Debajo de nosotros solo queda el abismo, tal es la doctrina del Poema de Gilgamesh.

Quien vio el Abismo

                      fundamento de la tierra[1]

Inicia el relato de la bestia humana que se convirtió en Hombre. Periplo de hombres que son también dioses huidobrianos: olvidan el mundo que les rodea, hacen el propio. En la amistad vierten su vida y no temen a erigir su trascendencia con hazañas que los finen, desprecio de los placeres mundanos. Para erradicar el mal de la tierra Gilgamesh debe matar a Huwawa, feroz guardián del bosque. Enkidú teme e intenta disipar a su hermano. “Tu miedo me enfurece”, responde Gilgamesh, y continúa:

Pondré manos a la obra

para cortar los cedros

y lograr así un nombre eterno.

Presagio de lo que Gilgamesh no podrá entender sino hasta haber ido al Abismo que lo sostiene. Nombre eterno, capital en el aire, juegos del lenguaje que por más que se destrencen y se entretejan no desaparecerán. Inevitable es la búsqueda de trascendencia, pero inútil querer gozarla allende del reino de Cronos. La trascendencia está en el ser que está existiendo, en su proyección sobre la temporalidad que se da aquí, en el instante. El nombre que se escribe en el cielo es el nombre que se hace a cada momento, aquel que se construye en el tiempo vivido bergsoniano y que se hace polvo cuando ya no hay alguien que lo nombre. Construimos lo que somos, el nombre que habrá de ser pronunciado.

Sabios sumerios, que ya enseñaban que la vida no tiene por qué salir bien. Enkidú se muda al reino de Yama por designio divino, se sobreviene la desgracia de Gilgamesh. El ser es siempre posibilidad, nunca ya es, dice Heidegger, porque el ser está siendo; definirlo sería acribillarlo, acabar con su condición: la temporalidad. Y así como hay un ente entre los entes, único capaz de entrar en el horizonte de comprensión del ser, hay una posibilidad dentro de todas las posibilidades, una que está presente en todas las demás. La posibilidad de las posibilidades, la que es posible en cada instante y que acompaña siempre al hombre: la finitud. Imposibilidad de todas, la muerte se deja ver en el miedo que siente una persona cuando se detiene un segundo a pensar sobre su vida. ¿Qué seré? Y la Nada asfixia, entra en los pulmones del espíritu y tienta a quedarse en el mundo de lo Uno. Por eso el proyecto de construcción del ser-ahí solo se puede dar después de la aceptación de la condición finita, de la plena asimilación de la vida, concepción trágica que ve en el rededor un Abraxas, no una dualidad.

Sin embargo, el proceso no es tan sencillo. Gilgamesh se reconoce en la muerte de Enkidú y reconoce su humanidad, su inexorable muerte. En el inconsciente todos estamos convencidos de nuestra inmortalidad, dice Freud. Paradoja eterna: hablamos de la muerte como inevitable pero intentamos matarla con nuestros actos, la silenciamos. Frente al cadáver surgen las normas éticas, el mundo más allá de la vida y por ende las vidas pasadas. Frente al fiambre, la nimiedad de la vida propia se le estampa en la cara al rey antes tirano que ha caído del cielo, ahora se sabe mortal. Si Gilgamesh es un Dios ahora sabe que los dioses también mueren, también sufren, también se niegan y se tienen que re-crear.

En su negación Gilgamesh viaja a los confines del Abismo para buscar la inmortalidad, y la obtiene, pero el viaje ha surtido efecto. Cuando pierde la planta que lo haría joven de nuevo a manos de La serpiente, Gilgamesh regresa a Uruk, no resignado, sino consciente. Aceptación de quien sabe que solo se habita este momento, no asible, admirable. Gilgamesh ve los muros de Uruk, reminiscencia de él mismo y de Enkidú, de sus hazañas. Reconoce ahí al hombre que se trasciende en la creación. La vuelta a Uruk no es la del caballero derrotado, es la de un viaje al final para regresar el principio que ya es otro, un déspota que tuvo que sentir el Abismo para volverse humano, para saber de su finitud y empezar a construirse en la aceptación.

[1] Todas las citas del poema son de la traducción directa del acadio al español de Jorge Silva Castillo, que El Colegio de México reimprimió por novena vez en 2015.

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Carlos A. Noyola

Carlos A. Noyola

Carlos Noyola nació en la Ciudad de México. Sus poemas han aparecido en revistas como Crítica, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México), Matapalo, de Ecuador, Enclave, de la City University of New York, y Otro Páramo, de Colombia. A veces colabora con medios como El telégrafo y Mundiario. Escribió Costumbres correctas (Texere, 2014), y es consejero editorial de la revista Opción, del Instituto Tecnológico Autónomo de México.