Ejército enemigo: Alberto Olmos

Editorial: Literatura Mondadori.

279 páginas

No se puede reseñar un libro de Alberto Olmos sin hablar primero sobre Alberto Olmos. Convertirte en una personalidad (o personaje, según quién se refiera a él) de tanto calibre tiene sus ventajas y sus desventajas. Una de las desventajas es que suelen surgir dificultades para separar al autor de su obra, o incluso para distinguirlo de los protagonistas de sus obras. A mí me gusta Alberto Olmos. Creo que esta estima tiene que ver con su feroz empeño por caerle mal a todo el mundo. Los bordes nos caen simpáticos porque nos gusta la exclusividad: resulta muy esnob decir que aprecias a alguien que procura ser insoportable. Al margen de esto, Alberto Olmos, a través de los blogs que administra, Hikkikomori y Lector Mal–Herido, ha sabido ser azote de… En fin, no estoy muy seguro. Azotar, azota.

El caso es que, a pesar de su pomposo empeño por sentar las bases teóricas de la novela perdurable del siglo XXI,  a pesar de que incurre en alguna que otra contradicción, a pesar de que lo hace en un tono tan seguro de sí mismo que no imagino de otro modo el sonido de las trompetas del Apocalipsis, me sigue gustando Alberto Olmos. Porque no hay nadie como él para remover las ideas que uno ya tenía asentadas en su credo literario. Porque se disfruta estando en desacuerdo con él, para acabar dándole la razón y luego quitársela y finalmente volviéndosela a dar.  Porque todos terminamos hablando de lo que él decide que hay que hablar. Porque en el fondo creo que resulta un tipo entrañable (solo hay que leer el post que le dedicó al día de la presentación de Granta en español, con sus miedos y sus sonrojos). Y porque ha creado estilo hasta tal punto que, si incluyo una palabra concreta en esta reseña, todo el mundo me acusará de estar imitando al Lector Mal–Herido.

Puta. Esa es la palabra.

Para quien no lo conozca, información rápida. Alberto Olmos, Segovia, escritor y bloguero. A los veintitrés años, finalista del Herralde con Restos del naufragio. Siete novelas en su haber, casi todas en la editorial Lengua de Trapo. Con Ejército Enemigo se estrena en Mondadori. Después de habernos convertido en fieles acólitos de su prédica online, había que leerla. Obligatorio.

Ejército enemigo plantea una trama de género negro. Un tipo aburrido del mundo, de su trabajo y de sí mismo encuentra unas pistas que le pueden llevar a resolver el asesinato de un amigo. Para desentrañar el misterio se introduce en el mundo de la acción solidaria, lleno de jóvenes niñatos incapaces de identificar la hipocresía de sus actos ni aunque se la revelase el mismísimo Che redivivo.

‘No es hipocresía: hasta en su intimidad los sujetos puestos como ejemplo piensan así.

Es esquizofrenia. Desdoblamiento. Un pie en el barro y el otro en el cuento de hadas. El ciudadano se ignora a sí mismo’.

Luego está Internet: herramienta para llevar a cabo la investigación, pero también herramienta para poner a disposición de todo mundo la intimidad de todo el mundo. La intimidad se vuelve mass media. Marlowe, olvídate de oscuros callejones, deja la Thompson en el armario: si todos estamos en Internet, el asesino se atrapa por Internet.

Ejército enemigo me ha parecido una muy buena novela. No por su trama ni por su resolución argumental, que encuentro pillada por los pelos en algunos puntos. Me ha gustado por su clarividente exposición de un mundo tan triste como real. De todas las relaciones humanas posibles, el autor se concentra en un  triángulo  formado por tres conceptos: intimidad–solidaridad–publicidad. La tercera pata del triángulo convierte todo lo demás en mentira. Cuando te das cuenta de esto, cuando cargas contra todo lo que tiene buena fama porque has descubierto que se encuentra al servicio de un slogan, de un Gross Rating Point, de un funnel, de un marketing mix, y de otras muchas palabras irritantes en inglés, te conviertes en un aguafiestas.

‘–Daniel, habéis creado un mundo sin culpables.’

‘La solidaridad ha fracasado.’

Y como eres un aguafiestas, nadie te invita a fiestas, no sea que las agües. Y te vuelves un solitario que solo puede saciar sus necesidades a través de páginas pornográficas. Un solitario amargado y resentido: un ejército enemigo.

‘Me dijo que si quería unirme a ellos. Me reí. Me reí y le dije que yo sí que era el ejército enemigo, ejército de uno y enemigo de todos, de ellos como niñatos concienciados de mierda y de los otros como explotadores y padres de niñatos concienciados de mierda’.

 La otra opción es que no te des cuenta. Y entonces eres tonto. Pero es que la hipocresía crónica, esa esquizofrenia que antes citábamos, sólo se puede combatir con ideas que duelen.

En la mayoría de las entrevistas que sufrió Olmos durante la presentación del libro, los periodistas explotaban su faceta políticamente incorrecta. De forma oportunista, querían que se cebara con la Spanish Revolution y el aclamado renacer de la indignación. De la novela se extraen bastantes ideas y opiniones acerca de esto. Pero a mí me ha parecido más interesante la parte del texto que corresponde a la destrucción de la intimidad.

Lo triste es que esa destrucción se debe solo a motivos comerciales. A motivos publicitarios, que son más  sangrantes aún, porque lo publicitario es previo a lo comercial, es lo invasivo de lo comercial. Gracias a las nuevas tecnologías, nuestras vidas se han convertido en mass media; pero no hay mass media sin publicidad. Nuestra vida, nuestra íntima vida que hasta hace poco protegíamos con mil cerrojos, se convierte en soporte publicitario.

La prosa, por otro lado, resulta muy eficaz, con ese tono de película de acción de los ochenta con el que mi generación se identifica tanto. Que a nadie le asuste esto: hay cosas que hay que decirlas así, a lo bruto, como una línea de diálogo de Snake Plissken. Si no, mejor callarse.

Por citar, cito un par de cosas que no me han gustado de Ejército enemigo. Primero, hay un exceso de frases sentenciosas que a veces me empalagan (Ej: ‘Porque a veces la pared se cae’, pág. 205). Segundo, como antes ya mencioné, la debilidad de algunos puntos argumentales que me ha costado creerme; no es una novela que funcione como ‘novela de género’, aunque dudo que esto sea algo que al autor le importe.

En conclusión, una obra recomendable. Un lenguaje atractivo. Un ritmo que crea su adicción. Un tema actual y relevante, sobre el que se dicen verdades inteligentes. Un territorio que muchos autores tienen que seguir explorando, si queremos desentrañar qué será de nuestro estilo de vida de hoy en adelante.

 Y además  gana el Atleti.

@pacobescos

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Paco Bescós

Paco Bescós

El huso horario Greenwich Mean Time (GMT) fija que, aquí en Europa, las cosas pasan unas cinco horas antes que en América. Así que vi la luz cinco horas antes que un americano nacido el 21 de enero de 1979. Me licencié cinco horas antes en la Universidad de Navarra y tengo cinco horas más de experiencia en mi profesión, la publicidad, que mis colegas americanos. También soy cinco horas más viejo, cinco horas más listo y moriré con cinco horas de antelación. Como nada de esto es cierto ni inteligente, nada de lo que escriba sobre Europa en esta sección será inteligente ni cierto. Pero lo haré cinco horas antes que mis compañeros.