Diferentes hombres, la misma lucha callejera

Street Fighting Man, la canción más política de The Rolling Stones está llena de ambigüedad. No es claro si los Stones están llamando a la revolución o se están desdiciendo de cualquier posibilidad de cambiar el sistema; tampoco si cantan desde la vanguardia de una marcha de protesta o desde el balcón de quien ve una manifestación pasar. En la letra de Mick Jagger hay emoción frente a lo que estaba sucediendo en el mundo, no por casualidad la canción es de 1968, como también escepticismo sobre las posibilidades de que ese mundo llegaría realmente a cambiar. En descargo de Jagger, ese escepticismo era común en la Invasión Británica a juzgar por temas como Revolution de  The Beatles y We Won’t get Fooled Again de The Who. Después de todo, “qué puede hacer un chico pobre, salvo tocar en una banda de rock ‘n’ roll”.

Los Rage Against the Machine concibieron su música como vía para denunciar a la América corporativa y como resultado alimentaron a la industria discográfica de los años 90 con millones de álbumes vendidos–“it’s the nature of my game”, también dijo Jagger pero en Simpatía por el Diablo. Fue lógica natural de los hechos que cuando los Rage se dieron por vencidos, con la banda ya básicamente disuelta y en un disco de versiones, incluyeran en su repertorio Street Fighting Man, dándole tono de reconcomio a estrofas como “donde yo vivo se juega el juego de las salidas por compromiso”.

En la edición extendida del álbum Too Tough to Die, lanzada en 2002, se incluye una versión de Street Fighting Man. Los Ramones llevaron el tema a territorio punk con facilidad y naturalidad, pero no entró en la lista final de Too Tough to Die de 1984. Quizás nunca hubo la intención de incluirlo ya que se trataba solo de un divertimento en el estudio de grabación, o a lo mejor alguien les hizo notar que el conformismo de la letra no era para nada punk.

(Esta columna es una versión ampliada y modificada de dos entradas del blog Clones Project.)

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Luis A. Ordoñez

Luis A. Ordoñez

Luis Alejandro Ordóñez es venezolano y reside en Estados Unidos desde 2008. De profesión politólogo, en Estados Unidos se ha desempeñado como editor, redactor de medios, corrector de estilo, traductor y profesor de español, además de a su carrera literaria. En 2015 publicó el libro de relatos Play y en 2014 ganó el II premio literario en español de la Universidad NorthEastern por el cuento Doble negación. Con Bibliotecario ganó el Concurso de Microrrelatos Severo Ochoa de la biblioteca del Instituto Cervantes de Chicago, y fue finalista del I Concurso de Microrrelatos para Twitter @1cmct gracias al texto Turno. Su micronovela experimental Gatubellísima ha sido reseñada en diversas oportunidades como pionera de la narración vía Twitter y redes sociales.