Del Panem a un juego cinematográfico que promete, pero resulta insípido

 El filme Los juegos del hambre -basado en la reconocida novela The hunger games (2008), de la   escritora Suzzane Collins- postula una serie de circunstancias ancladas en la ficción y sustentadas en los mitos, la historia griega y algunos atisbos que remiten al circo del imperio romano, mezcladas en un futuro en el cual el Panem, antigua EUA y posible apócope de panamérica, es dominado por un régimen oligárquico de nombre Capitolio.
En medio de un pasado catastrófico, la joven Katniss Everdeen emerge en la historia como la heroína de los doce distritos que quedaron luego de las guerras. Ante la evidente represión del gobierno autoritario, el contraste del pueblo empobrecido y la injusticia, la protagonista se ofrece como voluntaria al ver que su hermana menor fue seleccionada para competir en los juegos que se “celebrarán”; en ellos veinticuatro jóvenes -algunos niños- fueron seleccionados, dos por cada distrito, a internarse en una especie de reality show vivido al extremo pues el premio es la supervivencia y, por tanto, tienen que asesinar o buscar la muerte de los otros para salvarse.
En la secuencia de la trama se observa que hay reminiscencias directas a la historia de Teseo y al laberinto del minotauro, al circo romano, proclive a ver combates sangrientos que ocasionan la muerte y, al mismo tiempo, la salvación del ganador con el premio de la libertad; a  la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451; a Rebelión en la granja, de George Orwell; y al imperio estadounidense visto desde una crítica de Occidente que rechaza la estructura piramidal de la sociedad.
A través de una tiempo distópico, la sociedad cada vez más se harta del régimen tiránico de Capitolio -un mundo feliz, superfluo, estéticamente ideal y despojado de valores éticos, y en donde la moral es más moralista, pero tendiente a un maniqueísmo falso. Un ejemplo claro lo podemos ver en la secuencia escénica cuando se hace la presentación de los jóvenes “en evidente alusión al circo romano” y a la parafernalia que estimula la identificación con el público al momento de mostrar su “lado humano”, pues mientras por un lado los juegos condicionan a la lucha por la libertad, por el otro la acción reemplaza todo tipo de coherencia con la realidad con el manejo ideológico de las masas a través de manipulación de roles sociales. Esto se acentúa aún más cuando Katniss se entrega en la salvación personal a través de una fe cimentada en el arraigo a su familia, el incipiente amor a Peeta, su compañero de equipo, al rechazo que tiene a la humillación ante el poderoso y a la misma supervivencia instintiva, la cual se refuerza con algunas habilidades adquiridas durante su vida, como el uso del arco, la facilidad para trepar árboles y el campo traviesa; sin embargo, la película se pierde durante instantes fundamentales y recae en un sentimentalismo ad hoc a la adolescencia, la tradición del amor cortés y a una sublevación que no trasciende pues, a final de cuentas, el régimen tiránico prevalece sobre el ideal de libertad.
Son ellos finalmente, el sistema dominante, quienes dictan las reglas del juego y aunque en el colofón de la historia los protagonistas desafían las reglas del juego al tratar de comer unas frutillas venenosas, el moderador del juego para la situación como un doble juego de espadas, pues el sistema sigue siendo el opresor de los desprotegidos.
Esta es una película que intenta escaparse de las reglas tradicionales acerca de cómo contar una historia y tratar de hacerla diferente, mas sólo llega al punto de la reflexión acerca de quiénes somos, quién nos gobierna y porqué… aunque con un sabor insípido, valga la paradoja.

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