Cuento ganador CuentoManía 2016: Carta de Susanita a su marido perfecto

¡Hijitos! Eso es todo lo que le pedí a la vida. Porque todo lo demás: el departamento en Olivos, el lavarropas, el auto y las vacaciones en la playa me los diste vos, el amor de mi vida, mi media naranja, el padre de mis hijos.

Me casé con el doctor más importante del barrio. Alto, apuesto, con el delantal bien blanco y tan bien planchado. Si supieras lo que me cuesta dejarlo así. No es fácil sacarle ese olor, ¿sabés? No me quejo, es verdad que tenés muchas pacientes mujeres, pero quizás deberías pedirles que vengan sin perfume a la consulta.

Cuando termines de trabajar, apagarás la luz, cerrarás la puerta y subirás al auto cero kilómetros que compramos hace unos meses. Estoy contenta con ese auto, te hace llegar rápido y es más moderno que el del vecino. El día habrá sido largo, pero sabrás que te estoy esperando en casa. Te preguntarás qué habré cocinado esa noche. Pensarás en cómo les fue a los chicos en la escuela. Es verdad que tenemos dos niños tan lindos. José es el mejor de su clase y hoy se sacó un nueve en matemáticas. Será médico como vos. Isabel tuvo clase de dibujo y dibujó un ramo de rosas más reales que las del jardín de mamá. Cociné pollo al horno, hoy no tuve mucho tiempo. Lavé la ropa, hice las compras, ordené la casa. Apenas pude ver la telenovela.

La vecina volvió a molestar esta tarde. Otra vez. No tiene vergüenza, se pasea en babydoll negro con encaje a las tres de la tarde, con la ventana abierta. Imposible no verla, sus ventanas dan justo a la cocina y el lavadero. Menos mal que los chicos estaban en el living. Las tetas al aire no son cosas para ellos. Hoy volvió a visitarla el morocho. Es un cualquiera, siempre con esos jeans gastados y zapatillas a las que no les adivino la marca. Viaja en colectivo, le vi dejar el boleto en la mesa del comedor. En realidad lo arrojó así nomás, antes que la arrastrada se le tirara encima. Justo tuve que sacar la leche del fuego, y no pude ver qué pasó después, pero escuché gritos. No, no eran gritos de miedo, eran como aullidos de gato. No entiendo por qué grita tanto. Y cuando viene el morocho es peor. Una vez pensé en tocar la puerta y preguntarle si iba bien, pero me dije que ella se lo buscó. Nada bueno puede salir de alguien que se pasea en babydoll a las tres de la tarde. Tendría que quejarme ante el consorcio.

Ya es de noche y todavía no llegaste. Se nota que hoy también trabajaste hasta tarde. El pollo al horno se estaba secando y los chicos se quejaban del hambre. Los mandé a bañarse, cuestión de hacer tiempo. Yo, mientras tanto, me puse el vestido lindo, me peiné y preparé la mesa. Escuchando el ronroneo del lavarropas pensé en lo feliz que soy. Es un semiautomático, último modelo, me lo regalaste para Navidad. Jamás voy a olvidar las caras de mis cuñadas cuando se lo mostré. Tampoco olvidaré el comentario de Gerardo: ahora te será más fácil sacar el olor a perfume y cigarrillo de los delantales de Jorge. Vos no lo escuchaste, yo sí. Lo ignoré, ya conocés mi opinión sobre tu hermano. Y, ¡ja! se equivocó. Dejarte el delantal impecable sigue siendo difícil, pero eso lo guardo para mí.

Sí, fue una linda fiesta, gracias a vos, mi amor. Por eso me casé con un doctor. Para que me quisiera y me comprara un lavarropas. Y tengamos hijitos. Es una lástima que tengas que trabajar tanto. La mayoría de las veces llegás tan tarde que ya estoy en la cama. Si estuvieras en casa más seguido, podría contarte mis sospechas sobre tu hermano. Algo se trae entre manos. Es artista, lleva el pelo largo y barba, nada decente puede salir de ahí. Pero es familia, así que tengo que invitarlo a comer. Cuando vino el domingo, no dejaba de mirarme. Miradas furtivas, soslayadas. Mientras charlábamos en el living, mientras tocaba la guitarra con los chicos, cuando me saludó para irse. En un momento se ofreció ayudarme a levantar la mesa. Qué suerte que no lo viste en la cocina. Se acercó tanto a mí que su barba me hizo cosquillas en el cuello. Lo ignoré, tomé el postre y salí a servirlo. Después de todo, soy una señora.

Miré la hora otra vez, y era realmente tarde. Serví la cena a los chicos, y los mandé a acostarse sin postre. Tengo que correr porque suena el teléfono, es Gerardo. Preguntó por vos y le dije que todavía no llegaste. No pareció asombrarse. Me preguntó si podía pasar. Le dije que sí, que no había problema, al fin y al cabo es mi cuñado. No hay nada indecoroso con recibirlo a estas horas y con los chicos en casa.

Llegó unos minutos más tarde, vistiendo una remera de los Rolling Stones y un jean agujereado en las rodillas. Nos sentamos en la cocina y nos comimos el resto del pollo. Se comió tu pata, mi amor, lo siento tanto. Sé que está mal, pero teníamos hambre. Charlamos de todo y de nada, de la telenovela. Vos siempre decís que te aburre, él la encontró apasionante. Le conté sobre nuestra vecina en babydoll y del morocho que la visitó esta tarde. Riéndose, me preguntó si yo también tenía una prenda sexy. Me ofendí y no le contesté. Ya más serio, volvió a preguntarme. Insistió tanto que le dije que no, solamente para callarlo. “¿Nunca?” me dijo. Ya estaba más que molesta, así que le puse los puntos sobre las íes. Yo soy una señora y no ando en babydoll gritando sin razón, le contesté.

Me cuesta explicar lo que pasó después. Gerardo dijo, muy por lo bajo, “mi hermano es un boludo”. Sabés que no me gustan las malas palabras. Se lo iba a decir, así como preguntarle qué quería decir con eso que cree que sos, pero no pude. Me tomó las manos y sentí chispas al contacto con sus dedos. Me acercó hacia él lentamente y un vértigo me atrapó por los pies y luego las piernas, sentí un vacío en el estómago y luego, sus labios. Me agradó el gusto de su beso, sentí el café que acababa de servirle. Y empecé a sentir los cosquilleos. Al principio creí que era su barba, pero en realidad eran sus manos que subían por mis brazos, llegaban a mis hombros y me acercaban aún más a él. Cuando sentí sus dedos bajando por la espalda quise aullar como un gato y pensé en los chicos. ¡Los chicos! ¡Si vieran a su madre así! Me separé de él de un empujón y me encerré en el baño. Desde allí le dije que se fuera, mientras sentía caer lágrimas.

Salí mucho después. El llanto terminó apenas escuché la puerta. Pero el corazón empezó a palpitar fuerte y sentí nuevamente esa electricidad subiendo y bajando por la columna. Sola en la cocina, miro la hora. Quiero saltar, cantar, reír, llorar. Vos, siendo doctor, podrías saber qué me pasa. Pero no puedo contarte esto, mi amor. Cuando me preguntes, solo podré decirte que fue un día interesante. Trataré de no ponerme colorada, cuando te vea la próxima vez, Gerardo. Porque volverás el domingo. Quisiera no poder invitarte, pero el solo pensarte en la cocina me hace temblar. Y es tarde, y así no puedo recibir a mi marido. Mejor me voy a dormir. Quiero soñar que visto un babydoll negro, la caricia de la seda confundida con tus manos y el reloj marcando las tres de la tarde.

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Andrea C. Martin

Andrea C. Martin

Andrea Martin nació en Buenos Aires, Argentina. Es la ganadora del certamen CuentoManía 2016 con su cuento Carta de Susanita a su marido perfecto y su autor favorito es Gabriel García Márquez.
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