CRÓNICAS ILEGALES: Esos labios morenos…

Doctora1
Gino Winter

“No te pido que seas James Bond, solo que tomes unas fotitos, simples, ni tan a lo Mario Testino…”.

Las palabras de Erick, antiguo compañero de mis épocas juveniles en la milicia, inquietaban mis oídos, acompañadas estratégicamente de una oferta de quinientos dólares por unas pocas horas de trabajo.

Erick, ex oficial de inteligencia, había sido dado de baja de una unidad antiterrorista por noquear, casi para siempre, a un oficial médico que pretendía coserle un dedo sin anestesia, y luego de un juicio sumario, fue acusado de neurosis conversiva e ingresado a un pabellón psiquiátrico, de donde salió para graduarse de abogado en Lima y asesorar a un estudio de detectives privados en Miami, aprovechando su situación de asilado.

Le dije que yo no era operativo, que fui escogido como analista, que nunca había practicado reglajes y que además habían pasado ya más de dos décadas de esas aventuras de servicio militar obligatorio, pero insistió: “A nosotros nos conocen en esa clínica, y tú puedes entrar fácil, sabes hablar como doctor y tienes cara de médico gringo, ya está todo listo. Sabemos que su amante trabaja allí con ella, solo necesitamos comprobar cuál de todos es…”.

No sé si acepté para acabar con sus neuróticos ruegos o si lo hice porque la oferta subió hasta los mil dólares del alma, que me caían como al pasto el rocío, ya que mi situación estaba como para quitarse el sombrero y ponérselo en el pecho…

Acepté seguir a la doctora infiel y descubrir con cuál de los prominentes médicos atrasaba a su distinguido esposo, el famoso doctor Powell, tomando las fotos reglamentarias para morbum probatorium del juez, fiscales y curiosos, en el respectivo juicio de divorcio.

Al día siguiente, casi sin saber lo que hacía, aparqué mi viejo Volvo a dos cuadras de la Balmoral Aesthetic Surgery, caminé hasta la clínica, pedí un capuchino en la cafetería y me senté junto a la ventana más cercana al estacionamiento reservado de la galena —cuya foto tenía en mi billetera— con más ganas de regresarme que de realizar el encargo, pero los sucios dólares ya estaban en mi cuenta, cubriendo el ominoso sobregiro…

Saqué una revista Pilates del estante y al voltear me choqué con un tremendo african-american (no vale decir negrazo) cuarentón, vestido de enfermero, quien de inmediato se disculpó en inglés, con un alegre acento haitiano. El african tenía los labios como Angelina Jolie —un poco más oscuritos—, lo cual me hizo recordar a un amigo en Lima que un día me preguntó por qué le decían “el avión”… No, no te dicen “el avión”, te dicen “el labión”, fue mi esclarecedora respuesta… El negro, quien tenía bordado “Timothée” en su camisa celeste laboratorio, era tan impresionante que hasta evalué la posibilidad de que fuera el amante sadomasoquista de la doctora…

En menos de media hora, sobre el parking designado, se abrió la puerta de un Jaguar XF, color status gray, para dejar salir a una de esas rubias perfectas que solo se ven los comerciales de L’Oreal. La doctora Melissa Powell entró estirando sus piernas con una elegancia digna de la alfombra roja; ordenó dos cafés para llevar, retirando por un minuto su teléfono móvil para reponerlo en su oído con un gesto por demás coqueto: su perfecta dentadura norteamericana reflejaba una felicidad casi sensual. La seguí por las escaleras hasta la segunda mezzanine, para percatarme de que en vez de entrar a su despacho, entraba a uno de los ambientes de operaciones odontológicas, seguida por una pelirroja estrogénica  y casi tan bella como Melissa. Sospechando lo increíble, esperé unos minutos y abrí la puerta de golpe, pero silenciosamente, haciéndome el despistado para sorprenderlas, pero solo encontré los cafés humeantes, medio consumidos, e inmediatamente colegí que se habían metido al baño. Aún sin la seguridad de que la curvilínea dentista fuera la tercera en discordia, crucé la zona restringida del pasillo central, premunido de una camisa verde, de las que se usan en los quirófanos, un gorro y un tapaboca,  elegantemente sustraídos de detrás de una puerta. Salí por la ruta de escape, que me colocó en un pasadizo estrecho, en donde un grupo de electricistas revisaba las instalaciones, y seguí avanzando entre tableros abiertos, contando los pasos con ubicación cartesiana, hasta que me pude situar justo bajo la ventana estilo claraboya del baño de las meninas. Me quité el disfraz de galeno, lo metí en un tacho y me subí a una silla plegable, poniéndome el casco amarillo de operario que estaba sobre el asiento —era más creíble ver a un operario encaramado a una ventana que a un médico—. Me trepé a la claraboya en el momento justo para ver un espectáculo digno de la vitrina más caliente del Red Light District de Amsterdam: las doctoras, con las manos entre las faldas y los pechos al aire, se retorcían abrazadas en un frenesí feromónico más apropiado para las horas nocturnas. No sé qué hubiese dado por remplazar a cualquiera de estas dos bellezas, por unos minutos, en aquella escena…

No pensé tener tanta suerte: podría resolver el caso en menos de una hora.

Saqué mi sofisticada cámara portátil y empecé la sesión fotográfica tratando de controlar el temblor de mis manos, no sé si temerosas o demasiado excitadas. La tercera foto no salió, la batería de la cámara se había consumido, sin dejarme confirmar si tenía aseguradas las pruebas solicitadas. “¡Maldita cámara coreana, la cargué toda la noche!, con razón me la regalaron!”. Guardé mi cámara en el bolsillo y saqué mi celular chino, no era gran cosa, pero tenía la resolución necesaria para que sus fotos sirvieran de prueba. Saqué unas cuantas fotos más y filmé más de un minuto, hasta que la batería se declaró agotada. Dejé la silla y el casco en su sitio y avancé por el pasadizo de los tableros eléctricos hasta la puerta de escape, de puntitas y medio agachado para pasar desapercibido, y justo cuando estaba a punto de agarrar el manubrio, la puerta se abrió de golpe, brutalmente, dándome en plena frente y volándome, con celular y todo, contra uno de los tableros abiertos. Solo recuerdo el golpe y luego la oscuridad, no sentí los cientos de voltios por mi columna ni el maldito amperaje que me lanzó de nuevo contra la puerta (felizmente, pues pude quedarme pegado).

Luego de algunos minutos desperté, con los dedos ampollados, sobre una camilla. La doctora Powell me estaba revisando los signos vitales con un lapicero-linterna, mientras me mesaba el cabello y me decía que estaría bien, que me dejaría en observación unas horas y cualquier complicación que hubiera me derivaría a un hospital y que no me preocupara por los gastos. La amante-dentista se acercó y me entregó mi teléfono —si supiera—, diciéndome que como no llevaba identificación, trataba de buscar mi nombre en él, pero estaba descargado. “Agustín —le dije mintiendo— me llamo Agustín”. “And your last name?”. “Creo que Lara, no recuerdo”.

Sin sospechar de mí, las doctoras me trataron con un cariño más allá de su deber de galenas, mostrando los más finos modales y un interés digno de mejor paciente. Les di las gracias por salvarme la vida. Me dijeron que no, que le agradeciera a Timothée, quien fue el primero en  atenderme y darme los primeros auxilios, incluyendo la resucitación cardio-pulmonar antes de que trajeran el oxígeno. El negro estaba con una sonrisa de satisfacción que espero que haya sido por el deber cumplido. Se acercó y le agradecí mientras miraba sus poderosos labios color Toblerone y me preguntaba mentalmente si la respiración boca a boca me la habría dado con el tubito plástico que usan los salvavidas para evitar contagios o piel a piel, a la antigua.

No se lo pregunté; preferí quedarme con la duda por temor a que me dijera que no había tubito y me dejara con el complejo por el resto de mi vida.

Mientras me iban llevando hacia la unidad de observación de la clínica, iba marcando mentalmente las pautas para asegurar mi ruta de escape, para salir disparado de la clínica antes de que las cosas se complicaran aun más.

Me sentía sucio, incómodo, derrotado y nervioso, sin saber si era por el shock eléctrico, o porque en el fondo de mi alma sabía que no debía entregar esas fotos, o quizás… por esos labios morenos.

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Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.