Conversando con una mujer sin sombrero

Prefiere que estas líneas mantengan su nombre en reserva. Suficiente, dice, con mencionar que tiene cincuenta y ocho años y que llegó a Miami, desde un país latinoamericano, hace diez. En la mesa hay dos copas con Malbec Navarro Correas y un cenicero donde se consumen los Marlboro Rojo. De fondo, Silvio Rodríguez canta Óleo de una mujer con sombrero. Le pregunto si cuando escriba puedo referirme a ella como la mujer sin sombrero. Sonríe. Afirma con la cabeza.

La mujer sin sombrero llegó al Miami International Airport el tres de marzo del año dos mil, a la casa de la prima de una amiga de su hermana cuyo nombre tenía anotado en un papel en la cartera. Su capital cabía en un solo bolsillo. En su país, sus hijos estaban próximos a graduarse: el mayor de abogado y el menor de ingeniero. No había, sin embargo, dinero para pagar más mensualidades de la universidad. Los trabajos que podía conseguir un estudiante universitario en un país subdesarrollado como el suyo no alcanzaban ni para movilizarse en transporte público.

El primer día en Miami salió a caminar por la Kendall Drive en busca de algún trabajo. Entró a restaurantes de comida china, peruana y colombiana, y también a los Dunkin Donuts, los Mc Donalds, los Payless Shoes y los Dollar Stores. La lluvia bañaba las pistas, las veredas, los árboles. La mujer sin sombrero —que no tenía paraguas pues nunca había necesitado uno—, para no mojarse entraba a chismosear en las tiendas y se sentaba bajo los toldos de las paradas de autobús.

Curiosamente esa tarde consiguió su primer trabajo. La mujer sin sombrero entró en el Chinese Grill y le pidió a una señorita de ojos rasgados, vestida con un kimono rojo, que le prestase el baño —era un pretexto, solo quería evitar la lluvia—. Como ella no hablaba inglés y la señorita del kimono rojo no entendía español, se comunicaron con señas y gestos. Sus dedos parecían enredarse en el aire, apuntaban para un lado, para el otro, para arriba y para abajo, hasta que en un instante, las dos señalaron hacia el fondo, en dirección a los baños. Entonces la mujer sin sombrero, con esfuerzo, dijo unos yes, yes que parecieron los ladridos de un shitzu. La señorita del kimono rojo le puso una mano en el hombro y la acompañó. Cuando casi llegaban a la puerta donde colgaba el cartel de Women, la señorita del kimono rojo giró hacia la derecha en dirección a otra puerta que abrió con el pie. Entraron así a una cocina iluminada por tubos fluorescentes colgados del techo, cuya luz blanca flotaba entre chinos que tenían las cabezas cubiertas con sombreros de chef, chinos de barbas ralas en los cachetes, chinos con cuchillos descuartizando pollos, chinos picando verduras sobre tablas de madera. La señorita del kimono rojo la llevó frente a unas torres de platos sucios y le dijo wash, wash, wash, fai dolar, fai dolar, y la zarandeó del hombro. Minutos después, la mujer sin sombrero, sumergía platos y ollas sucias en detergente con aroma a limón.

Seis años lavó platos en el Chineese Grill. Jornadas de no menos de cincuenta horas a la semana a cambio de un salario más bajo que el mínimo. Después, por una de esas situaciones que se suelen atribuir a la buena suerte o al destino, consiguió trabajo en una estación de gasolina —entre Kendall Drive y la 137 Avenida— donde ganaba tres dólares más de lo que ganaba parada frente a las torres de platos sucios. Un domingo por la noche entró a una Mobil a comprar una tarjeta de teléfono para llamar a su país. La atendió un colombiano que al entregarle la tarjeta se volvió un mar de lágrimas. Entonces dijo que Margarita, su esposa, acababa de dar a luz a un bebé al que llamaron Juan David. La mujer sin sombrero, al escucharlo, sonrió y lo felicitó. El colombiano le explicó entonces a la mujer sin sombrero que él no pudo estar al lado de su esposa porque su condición de asilado político no le permitía salir aún del país. Ella sonrió más y se encogió de hombros y él sacó de un cajón una botella de aguardiente Antioqueño casi llena y sirvió dos vasitos para tomar coladas, pero con aguardiente.

¡Es la segunda botella del día! ¡Por mi Juan David!

Tomaron varios shots hasta que el colombiano infló los cachetes, abrió la boca como un lobo feroz y liberó sobre el mostrador un líquido amarillento y viscoso que ella limpió con una toalla que encontró en el baño para clientes. Luego, después de varias botellas de agua y de hundir la cabeza en un balde con agua helada, el colombiano le pidió disculpas y le contó, entre otras cosas, que era el manager de la estación y que estaba buscando un cashier para que trabajara en el turno de la noche.

—¿Ves? Fue lo más de raro, como todo lo de acá –me dijo la mujer sin sombrero al terminar de contarme la historia de colombiano.

Luego seguimos conversando un rato más. Me comentó que aún no podía salir de Estados Unidos. Que acababa de recibir la visita de su hijo ya abogado, que además se había casado y tenía dos hijos. Vino con la familia. Se quedaron dos semanas; era la primera vez que veía a sus nietos, aunque el abogado ya la había visitado otras veces. Que el ingeniero también la visitó hace un par de meses: él suele visitarla con frecuencia, pero va solo: no tiene esposa ni hijos.

Por unos minutos permanecemos en silencio, observando la mesa, las copas, el cenicero, las paredes, todo, como si nuestras miradas se confundieran en el horizonte, y de pronto me dice que la disculpe, pero que ya se tiene que alistar para ir a trabajar a la estación de gasolina.

© 2012, Pedro Medina León. All rights reserved.

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Pedro Medina León

Pedro Medina León

Nació en Lima, Perú, en 1977. Es autor de los libros Streets de Miami, Mañana no te veré en Miami, Lado B y Varsovia. Es editor de las antologías Viaje One Way y Miami (Un)plugged. En el año 2017 se produjo el cortometraje The Spirit Was Gone, inspirado en los personajes de su novela Lado B. Además es creador y editor del portal cultural y sello editorial Suburbano Ediciones. Como gestor cultural ha sido co-creador de los programas #CuentoManía, Miami Film Machine, Pido la palabra y Escribe Aquí –galardonado con una beca Knight Arts Challenge por la Knight Foundation Center-. También es columnista colaborador en El Nuevo Herald y ha impartido cursos de técnica narrativa en el Koubek Center de Miami Dade College. Estudió Literatura (Florida International University) con una especialización en Sociología y en su país Derecho y Ciencias Políticas (Universidad de Lima).