Contra las juntas

Las juntas de trabajo son uno de los engendros más perversos de la democracia. Salomón, pródigamente sabio, como sabemos, prefería partir a un niño a la mitad antes que soportar una discusión que le restara tiempo a su valiosa jornada. También es de todos conocido que el no menos ilustre Alfonso X tuvo éxito en sus monumentales empresas gracias a que nunca jamás reunió a la Escuela de Traductores de Toledo para pedir opiniones, hacer “dinámicas” o revisar organigramas. Y por Jean-Louis Durant tenemos noticia de que antes de que estallara la Revolución Francesa un grupo de disidentes en la corte de Luis XVI buscaron imponer, sin éxito, un sistema de juntas semanales con el rey con la excusa de mejorar la administración real, pero con la secreta intención de hacer mella sistemáticamente en el ánimo del monarca y sus allegados para derrumbar al régimen desde adentro. En la película La caída (2004), de Oliver Hirschbiegel, se encuentra una estampa perfecta de las juntas en tiempos modernos. Se trata de una escena en particular que muestra al Fürher en los últimos días de la guerra, resguardado en su bunker junto a los altos mandos del ejército nazi para planear la defensa de Berlín. La ciudad se encuentra rodeada por los rusos y Hitler cuenta con un ataque del general Felix Steiner como última opción para replegar al Ejército Rojo. Con voz temblorosa, uno de los generales le informa que Steiner no ha podido reunir suficientes hombres para realizar la ofensiva. Hitler estalla en cólera, acusa a los militares de traidores, de cobardes, de ineptos, hasta que finalmente, después de un largo suspiro, reconoce que, con la ciudad, la guerra se ha perdido. La secuencia ha sido parodiada incontables veces traduciendo la frustración del Káiser a temas de actualidad que van desde las derrotas de la selección mexicana hasta el escándalo político en turno. Creo que la popularidad de la escena radica en que muestra a un Hitler absolutamente frustrado, detrás de un escritorio cubierto de papeles, encerrado en una habitación tristemente verde con un grupo de hombres que no pueden hacer nada para cambiar la realidad; se trata de la inutilidad de la planeación, la esterilidad del diálogo y el vacío de las jerarquías, ideas sobrevaloradas en este mundo de instructivos de armado, cursos de capacitación y exámenes de competencias.

Pienso que cualquier ser humano con un mínimo de amor por sí mismo siente algo similar cuando se encuentra en una junta. Yo, por lo menos, caigo en depresión desde el instante mismo en que soy convocado y no logro recuperarme hasta un par de días después de que la reunión ha terminado. No es que defienda el autoritarismo, simplemente estoy en contra de la hipocresía democrática de las juntas. Estimo que he estado en por lo menos medio centenar de ellas, de todo tipo, y puedo decir, en descarga de cualquier responsabilidad sobre el estado actual de las cosas en el mundo, que nunca, bajo ningún concepto, mi opinión ha sido tomada en cuenta. A las juntas no se va a discutir, debatir o definir nada, sino a suscribir, después de grandes esfuerzos psicológicos, las decisiones tomadas de forma previa y sin consulta por alguien más. Este ente —omnipotente a mis ojos— no corresponde necesariamente con la persona de mayor jerarquía; puede tratarse sencillamente de alguien que ha sabido sembrar una idea, por lo general inútil o perversa, y la ha puesto a germinar en el tedio de un grupo de hombres reunidos en torno a una mesa. Yo tengo muy claro que todo se trata de un cruel simulacro donde uno puede perder “n” cantidad de horas de su vida en medio de palabras vacías, café ranció, refrescos tibios y galletas sabor cartoné. Sin embargo, todavía existen personas de buena voluntad en el mundo que creen en las juntas y participan con entusiasmo en ellas haciéndolas más largas y extenuantes para la inmensa mayoría de acarreados que asistimos a ellas como a un funeral.

Del lado de lo que greimasianamente llamo juntantes tenemos a una clase de personas entusiastas que se identifica con un tipo que se considera a sí mismo la imagen del éxito (por bizarra que ésta pueda resultarle a los demás); es seguidor del América, y si vive en provincia de las Chivas, pero cultiva una afición por el futbol americano (la cual evidencia sólo durante el Super Bowl) que lo distingue de las masas; todo en él es deportivo, desde el auto hasta los lentes oscuros, de los cuales se desprende sólo en ocasiones muy especiales; gusta de combinar camisa polo, pantalón de gabardina y tenis, pero en las reuniones de importancia disfruta vestirse a matar con trajes brillosos una talla por debajo de la suya; este personaje típico de las juntas corresponde generalmente al personal de recursos humanos o, en últimas fechas, al gestor calidad, una persona cuya labor es dificultar el trabajo de los demás diciéndoles cómo hacer de mejor manera algo que él mismo no sabe ni remotamente hacer. En las juntas la función primordial de estos individuos es consumir la mayor parte del tiempo con actividades tan inútiles como vergonzosas. Dicen, por ejemplo:

—Vamos a aprender a trabajar en equipo. Formen un círculo, tómense de las manos y díganle en voz alta a la persona de la izquierda lo que consideren sus tres defectos principales, uno que tenga que ver con su carácter, otro con su cuerpo y otro con su nariz.

Después de eso concluyen algo como:

—Hoy aprendimos que en los grupos de trabajo a veces puede haber personas muy sensibles a la crítica, así sea constructiva.

Finalmente, tras dos horas de humillaciones públicas y treinta y seis diapositivas de Power Point con diagramas incomprensibles, frases motivacionales con faltas de ortografía e imágenes prediseñadas de siluetas negras que dejaron de estar de moda en 1996, el juntante aprovecha los últimos tres minutos de la reunión —curiosamente cuando todos son ya una sombra de sujetos— para sacar un altero de engargolados o carpetas de colores chillantes y decir:

—Bueno, a partir de hoy tendrán que llenar estos formatos, darles seguimiento solo los días de la semana que terminen en “es”, hacer un respaldo en el servidor correspondiente, clasificarlos de acuerdo al nuevo manual de procedimientos, estar al pendiente de las actualizaciones semanales de los mismos e integrarlos en un expediente para las auditorias sorpresas que serán implementadas a partir de las 12 horas de este día. Que tengan buena tarde.

No son pocos los casos, claro está, en los que todo el personal de una institución abandona sus labores originales para dedicarse de tiempo completo a estos formatos, eso sí con los más altos estándares de calidad.

De lado de los juntados —quienes podrían parecer las víctimas pero son en realidad los más crueles victimarios— se encuentra aquel trabajador que se caracteriza por no hacer nada o desarrollar una función completamente inútil; son, por ejemplo, los encargados del telégrafo de la oficina o pertenecen a áreas como “Mantenimiento y actualización de periódico mural”. Este personaje que en lo cotidiano resulta un verdadero huevón, en las juntas se ve poseído por un furor organizacional que lo convierte en un adalid de la misión, la visión y los valores institucionales. En pleno trance, este tipo de personas se convierten en las más propositivas y lanzan discursos plenos de humanismo, en el momento justo en que el hambre o el aburrimiento son intolerables y el juntante pregunta, más por cortesía que por auténtica curiosidad:

—¿Alguien quiere agregar algo más?

En ese instante crítico, mientras todos se hacen los que tienen que salir a otra reunión urgente y recogen los papeles en los que han simulado tomar notas importantísimas, el convocado-poseso toma la palabra y dice con grandilocuencia (y quizás con la seguridad de que nada de esto le atañe a su ridículo trabajo):

—Yo sólo quiero insistir en que, como dice el licenciado Ordoñez, tenemos que ser más proactivos y fomentar el trabajo en equipo de manera transversal si es que queremos desarrollar eficientemente las actividades asociadas a los indicadores que nos llevarán a cumplir las metas correspondientes a nuestro objetivo estratégico establecido en el Plan de de Mejora Organizacional de este 2015 año de José María Morelos y Pavón.

El resto de los convocados se lanzan miradas donde se mezcla el odio, la estupefacción y la pena ajena; algunos aplauden para enfatizar el fin de la reunión, otros miran hacia la nada y se deslizan sigilosamente hacia la salida. Es entonces cuando el orador concluye:

—Por eso, para mejorar la calidad se me ocurren cinco propuestas a corto plazo: 1) racionar el papel sanitario, el cual podrá solicitarse mediante oficio correspondiente en la recepción, 2) integrar al reloj checador un alcoholímetro, 3) imponer el uso de uniformes, 3 bis) que el color de los uniformes sea amarillo, 4) impulsar el programa “Lava el auto de tu superior inmediato” y, por último pero no menos importante, 5) establecer un sistema de juntas cada tercer día antes de la hora de la comida.

A pesar de lo que pueda creerse, intervenciones como éstas suelen cambiar la vida de los empleados para bien. Algunos deciden jubilarse esa misma tarde y dedicarse por fin a su verdadera vocación, la mendicancia, el crimen o las humanidades, otros entregan su renuncia inmediata y con su finiquito ponen un puesto de pepinos, otros se resignan a vivir bajo el nuevo régimen pero descubren una nueva llama en su vida que arde con más fuerza que cualquier otra, la de la venganza, y pasan los días aguardando la próxima junta para ser ellos los últimos en intervenir y dar nuevas sugerencias de mejora.

 

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Anuar Jalife

Anuar Jalife

Anuar Jalife es narrador. Dirigió la revista literaria Los perros del alba. Colaboró en el libro Camera nocturna. Ensayos sobre Salvador Elizondo (2011).