Contra el fanatismo musical

 Julio Mendívil

musicaloveEn una conferencia titulada Contra el fanatismo, el novelista israelí Amos Oz afirma, no sin tono polémico, que el fanatismo no es producto del odio, sino del amor. Según Oz el fanático no nos destruye movido por el ahínco corrosivo del que odia, sino por el amor desquiciado de quien pretende salvarnos, aun en contra de nuestra propia voluntad. Ciertamente es difícil aceptar, como afirma el escritor judío, que el 11 de septiembre del 2001 haya sido un acto de amor, aunque se trate de un amor enfermo. Pero lo que quisiera rescatar de este hermoso y polémico texto, es la idea de que el fanatismo está inmerso en un discurso de salvación y que como tal hay que combatirlo.

La música ha sido repetidas veces víctima del fanatismo. Permítaseme citar algunos ejemplos tristemente memorables: el celo enfermizo con que los misioneros cristianos intentaron erradicar las actividades musicales vinculadas al mundo espiritual de las culturas aborígenes americanas o africanas, por considerarlas prácticas herejes o demoníacas; la saña con que el fundamentalismo religioso incitó en Afganistán la quema masiva de soportes de audio y la prohibición del Raï en Argelia por considerar que pervertían las almas de los creyentes; la persecución de la música atonal por parte de los nacionalsocialistas, por juzgarla una degeneración inaceptable de la tradición musical alemana del siglo XIX; o en la feroz embestida con que la revolución cultural erradicó las influencias norteamericanas en la música popular anterior a la China de Mao. Pero, desgraciadamente, las relaciones entre fanatismo y música no se reducen a la persecución de prácticas musicales por parte de grupos políticos o religiosos extremistas. El fanatismo por un determinado tipo de música genera también actos discriminatorios contra comunidades musicales opuestas, las cuales son vistas, y lo que es aún peor, tratadas, como inferiores a la elegida como propia. No me refiero a la irreverencia con que antaño el punk despotricó del rock progresivo o a la usual rasgadura de vestiduras con que los tradicionalistas suelen denostar las injerencias extranjeras en las músicas folclóricas. No. Me refiero a la alarmante violencia verbal con que hoy en día enfurecidos grupos de fans de una música dada —metaleros, emos, góticos o punks— arremeten en las redes sociales en línea, y hasta en conciertos contra otras comunidades musicales —metaleros, emos, góticos o punks—, como si las divergencias musicales fueran un asunto de tanta envergadura que justificasen desatar una cruzada por el gusto adecuado.

Pero ¿qué busca el fanático musical? Retomando la reflexión de Oz quiero sugerir que lo que él pretende no es nuestra ruina, sino nuestra redención como oyentes. En ese sentido, el fanatismo musical es también una muestra de amor, aunque sea una muestra de amor patógeno que nos despoja de la capacidad para discernir por cuenta propia.

Al citar la conferencia de Oz, no he aludido en vano al conflicto entre judíos y palestinos. Efectivamente, a muchos les resultara extraño que justamente aquel pueblo castigado tan trágicamente por el Holocausto imponga a otro pueblo los mismos padecimientos a los que éste fue injustamente sometido. Y traigo esto a colación porque son justamente aquellas comunidades musicales que suelen ser blanco de prejuicios y discriminaciones —metaleros, emos, góticos o punks— las más propensas a las agresiones contra grupos divergentes. “Estas personas exigen respeto de parte de la gente prejuiciosa”, ha anotado Infidelamsterdam (Ed Veter), uno de los personajes centrales del heavy metal europeo, “pero se convierten en ese mismo tipo de gente al decirle a los otros qué música deben oír o cómo se deben vestir. No quieren ser juzgados, pero juzgan a otros.” La queja, aunque de forma latente, plantea una interrogante por demás perturbadora: ¿Cómo es posible que precisamente aquellas comunidades que reclaman para sí el derecho a ser diferentes pueden negárselo a otros?

Pero el metalero parte de la falsa premisa de que la experiencia traumática libera, cuando, en verdad, lo que consigue es lo contrario, pues quien no ha conocido como amor sino palo y puñete, no encontrará otra forma de amar que a palo y a puñete limpio. ¿Cómo romper entonces este círculo vicioso? Tal vez, así lo sugiere Oz en Contra el fanatismo, para ello requiramos revocar aquella concepción del amor que nos legaran los poetas del romanticismo y pasar a una visión más realista que lo entienda, no ya como la simbiosis total entre los amantes, sino como un acto de negociación y aceptación de la diferencia. Esta revocación del amor sublime —un imposible, según recuerda Roland Barthes en Fragmentos de un discurso amoroso— nos permitiría aceptar que el amor sobreprotector es malsano y pernicioso, igual que en aquella canción de Fredrik Vahle donde el pajarillo es arropado exageradamente por la madre impidiéndole así migrar como sus pares. Este viraje nos permitiría, además, no rechazar el amor de aquel que pretende salvar nuestro gusto musical, sino meramente su deseo utópico de fusionarse con nosotros hasta suprimir las diferencias.

El musicólogo y compositor William Brooks ha sugerido en un artículo memorable que el mayor reto de los investigadores quizás sea el renunciar al gusto musical. Si bien concuerdo con él en lo que se refiere a los estudios musicales, lo considero innecesario como paradigma para los consumidores, pues el no gustar de algo es un derecho tan noble e indispensable como el de decidirse por un gusto determinado. El gran reto frente al que nos coloca el fanatismo musical hoy en día es por eso el de aprender a aceptar, a respetar y a vivir la diferencia. Infidelamsterdam lo ha expresado de manera categórica al afirmar que quien demanda respeto por la elección propia, está obligado a respetar también la ajena, sin que ello signifique inclinarse hacia aquel gusto ajeno. Chicos y chicas del metal, del punk, del emo y del gótico, prestémosle oídos.

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Julio Mendivil

Julio Mendivil

Nací en Lima y vivo en Alemania. Escribo literatura, toco charango y, en mis ratos libres, dirijo el Center for World Music de la universidad de Hildesheim. He dirigido la cátedra de etnomusicología en el Instituto de Musicología de la Universidad de Colonia, Alemania y soy docente no numerado de la Universidad de Música, Teatro y Media de Hanóver. He ejercido la critica musical en diarios y revistas latinoamericanos y europeos. Actualmente soy vocero del grupo de etnomusicología de la Sociedad de Investigación Musical de Alemania y presidente de la IASPM-AL (International Association for the Studie of Popular Music-Rama Latinoamericana).

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2 Comentarios

  1. Buenosimo análisis y punto de reflexión para ese tema tan humano que es ; la dictadura cultural o la dictadura del Amor o culto por algo o alguien… Gracias por este arranque tan inspirado y contemporáneo de proposición analítica, un abrazo,
    Elisa meyer

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