Comentarios a Posesas de la Habana, de Teresa Dovalpage

Montse de Paz

Es la mejor novela que he leído, en lo que va de año, de una autora contemporánea. Para mí, una obra maestra que recomiendo a cualquiera.

Posesas de la Habana es una historia de Cuba, durante el último siglo, contada a través de la vida de cuatro mujeres. Pero es al mismo tiempo una historia humana, sobrecogedoramente humana, narrada por cuatro voces que te arrastran y te hechizan, como los relatos contados por los abuelos, y no te sueltan hasta que terminas la lectura.

Teresa Dovalpage tiene la pericia de introducirnos en el alma de estas cuatro mujeres adoptando sus diferentes registros, su mentalidad, su visión de las cosas. Con lenguaje coloquial y exuberante, desabrido a veces, nostálgico otras, sabe reproducir perfectamente el habla de una joven, el discurso sentencioso de una abuela, el diálogo pasional y fluctuante de una mujer madura, el vehemente aluvión de recuerdos, emociones y fantasía de una niña que ha madurado demasiado aprisa. En este discurrir narrativo se toma licencias muy osadas, en cuanto a gramática y puntuación. Licencias que el lector asume perfectamente, porque nunca han estado más justificadas.

Posesas de la Habana puede definirse como un retrato peculiar de la sociedad cubana desde los años 50 hasta los 90 del siglo XX. En las mujeres protagonistas, como en el país, vemos surgir un ideal utópico, un afán de vida digna, de alegría, de justicia. Un sueño que está a años luz de la realidad cotidiana. Podría trazarse un paralelismo entre la trayectoria de Cuba y las vidas de estas heroínas, que sueñan y construyen una ficción sobre sus vidas para soportar el contraste brutal entre su ideal y su auténtico día a día. Son luchadoras vencidas; soñaban algo bello y se ven aplastadas y arrinconadas por la miseria, el hambre, el régimen político; también por los padres, maridos y amantes que han marcado sus vidas.

¿Es una crítica social y política? Quien así quiera verlo, encontrará esa crítica, sin paliativos y hasta con humor; no en forma de discurso ideológico, sino en forma de vivencias, decepciones, maldiciones a Dios, hipocresía y hambre. La historia que relata esta novela no es la historia de los grandes personajes, las fechas y batallas, aunque sí, los nombres, la doctrina y la revolución aparecen, como una sombra acechante en sus páginas. Pero Posesas de la Habana relata la intrahistoria, como diría Marx, la pequeña historia de una sociedad, escrita no desde las proezas que muestran los libros, sino desde las páginas que escriben los seres humanos a ras de tierra, desde su sudor, su sangre y sus lágrimas, sus luchas y sus fracasos, su afán de supervivencia a toda prueba.

Pero, más allá de la crítica social, Posesas de la Habana es un drama humano. O mejor dicho, una tragicomedia, porque su narradora te puede hacer reír y, dos páginas más tarde, arrancarte las lágrimas. Es humanidad pura la que destilan sus páginas, eso sí, sin pizca de melodramatismo. Ni gota de azúcar. El discurso de las protagonistas es café solo, crudo y despiadadamente sincero.

Uno de los logros de esta tragedia en cuatro actos es, además de su poder atrapante, el manejo del punto de vista, que intriga e inquieta al lector. A medida que uno va leyendo, no puede menos que simpatizar con el personaje que narra. Sintonizamos en seguida con la joven Elsa y con su Abuelonga curtida por los azares de la vida, y vamos sintiendo cada vez más tirria hacia la amargada mima Barbarita, hasta que ella toma la palabra. ¡Entonces cambia la historia! Los engaños van cayendo como velos, cada personaje nos descubre una mentira, un secreto a voces, una vergüenza o un odio que otro quiso tapar. Seguimos viendo a Elsa como una ingenua «con su cara de guanaja en Cuaresma», pero la entrañable abuela se convierte en «la perversa Bárbara Bridas». ¿Y la niña? Cuando ya el lector se ha forjado en la mente el retrato de una niña díscola, cruel y precoz, «la Beiya bastardilla» toma el relevo y cuenta su historia. También Beiya ha construido su ficción, y descubrimos que la niña indomable y descarada en casa es muy diferente en la calle y en el colegio. Descubrimos… pero no lo voy a explicar.

El final es sobrecogedor. Y uno se pregunta si no será así cómo la autora, cubana exiliada, ve a su propio país, a su gente. Con triste nostalgia, con un deseo que no acaba de ser promesa: «vuela fosca a su rincón / el alma trémula y sola / trémula y sola se va…». Aunque los versos siempre dejan una puerta, una ventana o un balcón abierto. La autora deja la pluma en el aire. Y en el aire, suspenso, se queda el lector. Está en sus manos imaginar qué vendrá después.


Algunos párrafos memorables…

Aunque hay muchos, muchísimos más y mejores.

Lección de seducción de Elsa en la universidad:

«Hey, el profe se está tocando la pinga por arriba del pantalón. Es idea mía o aquí se trata de Febo en erección. Mira Elsa la plusvalía es lo que queda después de. Haciéndome la boba me subo más la saya para que me vea bien la punta de los muslos. Las piernas son lo máximo en tu cuerpecito, niña, me ha dicho Yarlene, que sí tiene los muslos gordos y las tetas enormes y bellísimas. Las mías son chiquitinas y lacias. Que el dueño le pague al trabajador, termina el profesor, comprendes. Comprendo que se le está parando la vara de Dionisios. Por el mismísimo Baco que yo no pensé que esto fuera tan fácil.»

Elsita y el hambre:

«El rencor me anega por dentro como ola de fango y me hace rechinar las muelas. Me sublevo sólo de pensar que esta cabrona tiene la barriga llena de papas fritas crujientes, aceitosas, saladas, doraditas mientras a mí me suenan las tripas en concierto de fa menor. La certeza de que seguirán sonándome hasta mañana me pone aún más frenética. Mis sentimientos maternales, si alguna vez los tuve, se han apagado como la luz del barrio. Están en cero, out.»

Recuerdos de la infancia de Bárbara Bridas:

«Por las tardes el olor de las flores de maravilla que crecían en el patio se mezclaba con el del café carretero que Mamaíta colaba para que mi padre lo tuviera listo al llegar. Y cuando él entraba y se sentaba a fumar en la sala, entonces era el perfume marrón de su tabaco bueno el que me hacía cosquillas, dándome pellizcos en la nariz. Los olores de mi casa eran los más ricos del mundo.»

Otro recuerdo no tan feliz:

«Vi las estrellas. Hay gente que se piensa que ver las estrellas es un decir guajiro, pero qué va. Es más cierto que la muerte. El primero al que se le ocurrió seguro que había cogido una tanda de fuetazos de todos los colores. A mí se me pusieron unas peloticas delante de los ojos y de verdad que brillaban como las estrellas que contaba el patio por la noche. Eso fue lo último que vi.»

La última ilusión de Barbarita:

«El televisor. Hasta la palabra me hace daño, me quema la garganta solo de pronunciarla. El televisor en colores. Ésa fue mi última ilusión. Pero le cayó un rayo y la carbonizó. Por eso lo digo yo, para qué ilusionarse con nada, si todo se lo lleva el diablo al final.»

Más sueños de Barbarita:

«Algo así soñé yo durante años. Cuando todavía pensaba que los sueños se podían convertir en realidad o la realidad moldearse en la pasta rosada de los sueños, como decían los locutores de la radio. Soñé con una casa sin vaca, claro, pero sí con bisté. O tan siquiera con una pechuga de pollo esperándome en el refrigerador, no las croquetas que les dicen de oca, vaya usted a saber de qué desperdicios están hechas. Nunca me atreví a querer un carro porque yo no soy tan ambiciosa ni tan gandía, líbreme Dios, pero aspiraba al menos a vivir cerca de una parada de guaguas. Guaguas de verdad, guaguas limpias y que recogieran a la gente a una hora fija, no esos camellos indecentes que pasan cuando las gallinas mean.»

Los hombres, según Beiya:

«pero vaya / si una se pone a ver las cosas como son está fu eso de que no haya picha a la vista aquí / porque la de mi tío erny está de adorno o hasta se la ha cortado ya / por eso que estamos todas tan fuera de caldero / los hombres son los que resuelven / los machos se meten en la piña y traen fulas y buena jama para sus casas / aunque no tanto como las jineteras / ésas sí son jerarcas en la lucha / jerarcas de verdad […] tener una mamá jinetera sería lo perfecto…»

En qué cree Beiya:

«aunque a mí lo que haya dicho el che me importa un tarro / como nunca lo he visto por qué voy a creer en él / va y es tan inventado como dios y los santos / a quienes creo es a yamilé y a su madre que van a la chopi y tienen televisor en colores y compran jamón tulip y coca cola para la merienda / ésa es la vida y todo lo demás es blablablá / que se vaya a la mierda el che y el que lo recomienda»

httpv://www.youtube.com/watch?v=c88MCg1p48Y&feature=share&list=PL9FF2A93A2A47749D

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Montse de Paz

Montse de Paz

Montse de Paz nació en Lérida en 1970. Es licenciada en filología inglesa y directora de la Fundación ARSIS, una entidad benéfica y social ubicada en Barcelona. Ha escrito varias obras de ficción y ensayo y ha publicado tres novelas:Estirpe Salvaje, El heredero del clan y Ciudad sin estrellas, esta última galardonada con el VIII Premio Minotauro de fantasía y ciencia ficción.
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