Coca-Cola Refresca Mejor…!

 By Gino Winter

Cocacola2Otro día de mierda. Manejaba early in the morning camino a la Collins Avenue, haciendo zapping neurótico entre las emisoras que capta la radio de mi viejo Volvo, todas llenas de comerciales abominables y conversaciones estúpidas en inglés, castellano y spanglish; muy poca música y de la mala. Acá en Miami las cuñas comerciales gringas son tan detestables o más que las latinas, pues son igual de bochincheras pero más ridículas, sobre todo las de los insufribles lawyers (abogados) bilingües, que son como las bananas porque nunca encuentras uno derecho… Tomé un sorbo de Coca-Cola Zero –por eso de que “Todo va mejor con Coca-Cola…”– y me dispuse a ingresar al parking lot del Trump International Hotel, de Miami Beach,  donde me esperaba uno de esos trabajos de supervivencia que ya me tienen los huevos tan hinchados como los del pájaro Uyuyuy, ese que cuando está aterrizando dice  ¡uyuyuuuuy…! porque sabe que de todos modos se va a golpear sus tremendos testículos…

Subí hasta el famoso restaurante Neomi’s, donde me dispuse a ayudar al encargado de la logística del buffet, un trabajo para mongólicos, pero se come muy bien… Terminadas mis burdas tareas y ya listo para partir, se me presentó de improviso Olenka, una ucraniana maravillosa, rubia como el maíz, con ojazos color Aqua Velva y cuerpo de ballerina del Bolshoi. Olenka fungía de manager del restaurante y como tal, vestía un impecable sastre –saco y falda- gris oscuro que le daba un aire de ejecutiva hollywoodense.    Sólo el azul de sus ojos hacía que valga la pena realizar ese trabajo de mierda… Se paró a mi lado a lo Coco Chanel y, con el mismo glamur de la diva, me preguntó si podía reemplazar por unas horas a su asistente ausente, a lo cual accedí antes de que termine la pregunta –hubiera reemplazado con gusto a su marido, a su amante y hasta a su perro- y luego me pidió que no me separe de su lado (¿por toooda la eternidad?, pensé para mis adentros).

Olenka me trataba con una amabilidad inmerecida y unos modales exquisitos. Alababa mi British English –del Cultural Peruano-Británico- y me contaba cosas sobre Londres y alrededores, donde ella había estudiado hotelería. Me comentó que al principio todos creían que yo era soviético –como la mayoría de los trabajadores del hotel que no eran negros- y me ofreció contratarme para que empiece una “excelente carrera” como mozo del restaurante… sólo a ella podía permitirle esa proposición sin sentir lastimado mi orgullo gerencial…

Terminado el encargo, me ofreció ganarme unos dólares extras ayudando a un simpático waiter que le decían Pumpernickel, porque era gordo, chato, negro y con pecas, como el tradicional pan de centeno de Westfalia, así que –por ella y por los dólares- acepté que me pongan una camisa negra de chef y un mandil largo, del mismo color, que me dieron una apariencia de sacerdote ortodoxo de algún pueblucho europeo… Seguí a Pumpernickel hasta una mesa larguísima en donde se festejaban los ochenta años de una distinguida matrona, quien estaba rodeada de hijos y nietos, gordos todos y grandotes. La anciana era menudita y pidió que suban la temperatura porque sentía frio y una de las waitress le acomodó un chal sobre los hombros. Yo nunca había llevado una bandeja en la mano y menos llena de vasos, y menos aún con esos vasos de a litro, de base angosta –como keros- llenos de ice tea, lemonade or Coke, que se balanceaban como si no quisieran estar en el tray. Parece que al diseñador de los vasos le faltaron conocimientos de física y le sobró mariconada: la comodidad de los mozos le llegó al nabo… Confié en mi pulso y avancé detrás del negro “Pumper” quien llevaba los tragos de licor y, a indicación del maître,  empecé a servirle su vaso de limonada a la cumpleañera, para lo cual me concentré como si estuviera estreñido, y feliz recibí un cariñoso “thank you baby!” de parte de la tía, que estaba más contenta que maricón en cinta… Justo cuando pasaba por detrás de la veterana hacia el siguiente comensal, un vasote de Coca-Cola con hielo -de mi bandeja- cobró vida y se lanzó sobre su formólica nuca, haciendo que la vieja emita un alarido fantasmagórico, que empezó como un orgasmo y terminó como el Grito de Dolores, con campana incluida… Miré hacia el piso, pero la Tierra no tuvo la gentileza de abrirse y tragarme entero. Tres mozos y dos mozas, con sendas servilletas, corrieron a secar a la tibia, quien chorreaba la “chispa de la vida” hasta por el culo, mientras los trogloditas de su familia se amotinaban y el maître  –con cara de alcaide- me sacaba a empellones hacia la cocina, donde me quedé castigado por unos largos minutos, mientras Olenka dirigía el arreglo del estropicio y un chef peruano –solidariamente- me pasaba por lo bajo un riquísimo plato galo de puré con trufas y su respectivo filet mignon, que costaba más de lo que habíamos ganado ese día, el chef y yo juntos… Al rato, Olenkita me pidió que la siguiera y mientras caminábamos por los pasillos me contaba, con un tono agridulce, que el hotel cubriría los gastos del agasajo y que gracias a eso, la dama festejada había dicho con gracia que “no pensaba ser bautizada otra vez al cumplir los ochenta” y los semovientes de su familia se habían tranquilizado. Me señaló la puerta trasera de salida y me informó casi telegráficamente que me enviarían mi cheque a mi domicilio y que no tenía que regresar al hotel, por ninguna circunstancia, finalizando con un ucraniano “spasybi i do pobachennya” llevándose el azul de sus ojos, el power de sus piernas  y el movimiento armónico de sus senos, para siempre… Hubiera preferido una patada en el culo. Salí a la calle, miré hacia el mar y le grité con una fuerza que pretendía llegar a lontananza: “¡OTRO DÍA DE MIEEEERRRRDA EN MIAMI!”…

Ginonzski.

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Ginonzski

Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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