CARA DE PÓKER

El presente texto surgió de una charla con el humorista gráfico Horacio Oriolo, cuyos dibujos los lectores de Suburbano conocen a través de las notas “2001: Odisea del Espacio o El Tratamiento de Ludovico” y “Lolita y el malhadado retruecanista”

Dibujo por Horacio Oriolo

 

Hay actores camaleónicos como el Zelig de Woody Allen, versátiles hasta el colmo de la mutación, capaces incluso de hacernos creer que son otra persona, y actores que poseen la cualidad histriónica de convertirse en otros sin dejar de ser, inconfundiblemente, ellos mismos. Entre estos últimos, podemos citar a Kirk Douglas y a Klaus Kinski (protagonistas del dibujo de Horacio Oriolo que ilustra esta nota, y que podría titularse “La cremallerotomía de Jano”).

La Academia de Hollywood nunca le concedió a Kirk Douglas un Oscar, no obstante su acopio de celebradas interpretaciones en títulos como La patrulla infernal, Espartaco, Sed de vivir, Cadenas de roca y un dilatado etcétera. Sí le concedió, en cambio, uno de esos Oscars que se dan como premio consuelo por toda una carrera, y que sirven para galardonar todas las actuaciones de un actor y ninguna a la vez.

Klaus Kinski, por su parte, ya se había destacado por su breve intervención en Dr. Zhivago interpretando a Klaus Kinski cuando saltó al estrellato internacional de la mano de Werner Herzog en Aguirre, la ira de Dios. La colaboración del tandem Herzog-Kinski se hizo extensiva a otras cuatro películas, y ya sea que encarne al delirante Don Lope de Aguirre, al atormentado Woyzeck, al sediento Nosferatu, al soñador Fitzcarraldo o al aventurero Cobra Verde, en cada una de esas actuaciones Kinski rinde tributo a Kinski (mal —¿o bien?— que les pese a Georg Büchner, Bram Stoker y Bruce Chatwin).

Veamos otra cara de póker: la de Humphrey Bogart. Cuando en La reina africana John Huston le puso a “Bogey” una dentadura postiza para que no pudiese ocultar, aunque quisiera, una amarillenta sonrisa tiznada de Lucky Strikes, y lo vistió con un traje a rayas —más parecido a unos pijamas que a un uniforme de convicto— en lugar de sus habituales impermeables o sus trajes de gángster con saco cruzado, le hizo ganar el Oscar al mejor actor… después de interpretar a Humphrey Bogart en más de 60 películas hasta ese momento. (Ese Oscar, dicho sea de paso, tendrían que habérselo llevado a sus casas quienes confeccionaron los pijamas de presidiario y la prótesis dental: hubiese sido un acto de justicia “protésica”.)

Pasemos lista:

¿Qué tienen en común el “retirador” de replicantes Rick Deckard, el presidente de los Estados Unidos e Indiana Jones? Sí: los tres se parecen muchísimo a Harrison Ford (Blade runner, Avión presidencial y Los cazadores del arca perdida, más su precuela y sus secuelas, respectivamente).

Veamos a Kevin Costner: Eliot Ness, el fiscal Garrison y ese señor que se llevaba bien con los pieles rojas en el Lejano Oeste (Los intocables, JFK y Danza con lobos).

Hace años, un crítico de cine argentino cuyo nombre escapa a mi memoria escribió una opinión lapidaria: al comparar la —desde su punto de vista— carencia de dotes histriónicas de Costner con la de Harrison Ford, afirmó que al menos en los ojos de este último había algo, mientras que en los de Costner no había nada. Vale decir: si, como afirmó Leonardo Da Vinci, los ojos son las ventanas del alma, Kevin Costner carece de alma, pobrecito (en otras palabras: está meado por los lobos con los que danza).

La lista de actores que son siempre ellos-mismos-hagan-el-papel-que-hagan parece inagotable:

Mel Gibson: el elegante jugador profesional Maverick, el prócer escocés William Wallace y el dubitativo príncipe de Dinamarca (Maverick, Corazón valiente y Hamlet).

Charlton Heston: Moisés, Judea Ben-Hur, Miguel Angel (Los 10 mandamientos, Ben-Hur y La agonía y el éxtasis) o el astronauta de El planeta de los simios con su taparrabos a la manera de Tarzán.

Clint Eastwood: Harry el sucio, el fotógrafo de Los puentes de Madison, el guardaespaldas del Presidente que se atraviesa En la línea de fuego o el entrenador de boxeo de Million Dollar Baby.

Gregory Peck: el sacerdote de Las llaves del reino, el abogado de Matar a un ruiseñor, el “pediatra” Josef Mengele en Los niños del Brasil o el Capitán Ahab persiguiendo a la ballena blanca con la misma esperanza de cazar a Moby Dick que a una actuación convincente.

Bruce Willis: el detective John McClane (que sigue armado y peligroso por lo duro de matar que es), el bebé de Mira quién habla (voz de póker, en este caso), el fraudulento boxeador de Tiempos violentos o el viajero en el tiempo de 12 monos.

Tom Cruise: el adolescente devenido proxeneta de Negocios riesgosos, el Ethan Hunt de Misión: Imposible, el médico de Ojos bien cerrados (¿los de Cruise, para evitar verse en pantalla?) o El último Samurai…

La nómina sigue y difícilmente se agote aunque su volumen sobrepase al de la Enciclopedia Británica.

¿Nos están estafando estos señores de limitado o nulo talento y jugosa cuenta bancaria? Como espectadores, ¿buscamos pasar un par de horas con ellos en la penumbra —léanse las connotaciones que se quiera— y no nos damos cuenta de que hemos sido llevados hasta allí mediante engaños, porque estos actores son sólo la imagen que los tipos listos del marketing nos vendieron de ellos y nada más? En otras palabras, ¿se valen de lo que llamamos carisma y del gigantesco aparato publicitario que los vende al mundo entero para hacernos creer que existen? Para decirlo en la jerga del póker, ¿serán un bluff?

¿Es así como estos vendedores de imagen funcionaban y funcionan? ¿Necesitan, para poder sostenerse, de la mirada inocente, carente de exigencias, del público que los sigue? Cada vez que el público parpadea, ¿se caerán a pedazos dentro del marco de esa ilusoria vida —realidad virtual, debería decir para estar más a tono con los tiempos que corren— que nos brinda el cine? Seguramente no, porque cuentan con la ventaja de que los espectadores parpadeamos a destiempo: permanentemente habrá una mirada que los sostenga. ¿Qué ocurriría si parpadeásemos sincronizadamente? A la cuenta de tres… ¡tres! (como diría el Mel Gibson de Arma mortal): todos los espectadores con los ojos bien cerrados. Sin embargo, seguimos oyendo la voz de ese señor al que, con el sudor de nuestra frente, nos empecinamos en mantener residiendo en una mansión de Beverly Hills, Bel Air o Malibu, cuesten lo que cuesten los impuestos municipales, hasta que… ¡crrrrrrrack…!, comienza a agrietarse y a mostrar su verdadero rostro, como el Dorian Gray del retrato… Pero no: la vida no es tan condescendiente con nosotros como para permitir remedos de la doctrina filosófica del idealismo como el recién esbozado. Mala suerte.

Pongo punto final a esta ya demasiado dilatada nota con dos citas y una confesión:

Cita 1: en la sátira de la revista MAD a Barry Lyndon, la película de Stanley Kubrick acerca de un trepador irlandés del siglo XVIII, Barry (interpretado por Ryan O’Neal), víctima de asaltantes del camino, llega a un pueblo en cuya plaza un heraldo del rey lee una proclama que exhorta a los hombres —léase carne de cañón— a conchabarse en la milicia, tentándolos con la paga en metálico que recibirán. Barry medita sobre su situación de despojo y piensa en voz alta: “Quizá esto sea lo que necesito”, a lo cual el heraldo del rey contesta: “No: en el ejército no damos clases de actuación.”

Cita 2: cuenta la leyenda que Victor Mature (un cara de póker emblemático que entre fines de la década de 1940 y mediados de la de 1950 protagonizó películas épicas como Sansón y Dalila, El manto sagrado, Sinhue el egipcio y Demetrio y los gladiadores), en cierta ocasión solicitó ser admitido como miembro del exclusivo Los Angeles Country Club, pero fue rechazado: por regla, no se aceptaban actores como miembros del club de golf. Mature respondió: “No soy actor, y he hecho 67 películas que lo demuestran.” A fuer de sincero, Mature obtuvo al fin su membresía.

La confesión: esta nota no incluye actrices debido a que su autor podría ser acusado de incurrir en violencia de género, o al menos de misoginia… aunque Kay Francis brinda una vívida actuación interpretando a Florence Nightingale en The White Angel, sólo superada por Graham Chapman (Monty Python’s Flying Circus) en el mismo rol.

 

 

 

 

 

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Esteban Lozano

Esteban Lozano

Con su primera obra teatral, “Los amantes de Shakespeare” (basada en una novela de su autoría), Esteban Lozano obtuvo en el 2012 el primer premio Monteluna de textos teatrales otorgado por el Área de Cultura de la Universidad de Huelva, España. Su primera obra, la novela “Procurar antes perecer” (biografía libre del corsario francés Hipólito Bouchard), obtuvo el Premio Novela Argentina otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación. El jurado, que la premió por unanimidad, estuvo conformado por María Esther De Miguel, Cristina Piña, Josefina Delgado, Orfilia Polemann y Oscar Hermes Villordo. Lozano es, además, autor de un volumen de cuentos, “HOLOween y otras historias del cercano mañana”, y de otras cuatro novelas: “Las crónicas madacasianas”; “El clan del Homo Lumpen”, “Las aventuras del Dr. Infante” y la citada “Los amantes de Shakespeare.” También es guionista cinematográfico. Ha escrito  “La garganta del Diablo”, “Cuando yo te vuelva a ver” (en colaboración con el periodista Gabriel Lerman), y “La casa del sol poniente” (en colaboración con el periodista y escritor Claudio Iván Remeseira), comedia dramática cuya filmación comenzará en el 2013 bajo la dirección de Guillermo Fernandino. Ha sido colaborador en los diarios “Ámbito Financiero” y “El Heraldo de Buenos Aires”, y en las revistas culturales “Temas” y “Lilith”, todas ellas publicaciones argentinas. En la actualidad se desempeña como Editor Asociado para “Luxury Road Magazine”, publicación bimestral panameña sobre lujo, arte y cultura. Previamente, Lozano fue Jefe de Redacción de “4W Magazine”, revista de características similares a la anterior.