Capítulo 1 de la novela PERDIDO EN TU PIEL

 Rosana Ubanell

perdido en tu pielA todos los hombres y mujeres valientes que se arriesgan para realizar sus sueños.

“I’ve learned that people will forget what you said,

 people will forget what you did,

but people will never forget how you made them feel.”

Maya Angelou

Quizás,

…solo quizás,

lo que eche de menos de ti,

es lo que fui yo a tu lado.

Quizás,

… solo quizás,

me eche de menos a mi,

estando a tu lado.

Antonio Gómez, autor de la trilogía “El vuelo de los pájaros”

 

 

Recuerdos con sabores y olores

Tampico, México, 1980

 

Sólo me quedaron recuerdos tuyos. Recuerdos que tienen sabores y olores. Recuerdos que saben a caña dulce, que huelen a gardenia y naranjo en flor. Que saben a destellos de locura de adolescentes, debutantes en los nuevos escenarios de la vida. Saben a la niña más bella al norte del río Tamesí que luego fue la mujer más atractiva al sur del río Potomac. Y me saben a una mitad Arlequín y mitad Pierrot revoloteando y saltando alrededor de una melena al viento con olor a libertad. Recuerdos difusos tratando de atrapar estrellas en la palma de la mano y ver como se deslizaban entre los dedos.

 

Hoy era su día. El primero en el que subiría al podio de la asamblea general, siguiendo los pasos de su padre, uno de los líderes sindicalistas más reputados del puerto de Tampico.

—¡Compañeros, no nos dejemos engañar. Debemos luchar por nuestros derechos! —increpaba a una audiencia transfigurada ante un joven con presencia de dios, que arengaba con voz de barítono, ojos de fuego y una pasión que ni el mismísimo maestro Demetrio Vallejo.

Tanta carga y descarga en el malecón, tanto sudor obrero derramado sobre los fletes, había surtido efecto. Impresionaba con un cuerpo perfectamente entrenado, atlético, flexible, musculoso, que, combinado con sus 20 años, un perfil de atleta griego y el pelo negro azabache, que dejaba crecer a la altura de los hombros, le conferían un aspecto un tanto salvaje.

Lo que más encandilaba a las hembras eran esos ojos encendidos, con una mirada espesa, candente, penetrante, que, sin rozarlas, acariciaba más suave y ardiente que las manos.

—¡La unión nos hace fuertes! ¡Todos como un solo hombre!

Una cascada de aplausos interrumpió su  discurso. Muchos de los asistentes se habían alzado, emocionados. Tipos recios, descargadores del puerto, al borde de las lágrimas ante un verdadero líder en ciernes.

Llevaba dos años curtiéndose en pequeños mítines sindicales locales, células de base. Desde el desgraciado accidente portuario que dejó su hermano  primogénito atado a una silla de ruedas, él, que deseaba estudiar, tuvo que tomar el relevo del padre.

Era leído aunque aún no hubiese estudiado en la universidad. Tenía facilidad de palabra. Citaba a los revolucionarios de corrido y contestaba cualquier pregunta con gran aplomo. Todo ello unido a su imponente físico y a su sonrisa de conquistador, lo convertían en el rey de los mítines.

Las hembras se morían por sus huesos y lo escuchaban embelesadas. Los camaradas le envidiaban y querían emularlo en sus conquistas, no tanto marxistas, sino de cama. El sindicato lo sabía y entre sus tareas asignadas estaba conseguir nuevos afiliados y el reforzamiento de las células ya existentes.

Enterrados sus sueños de convertirse en abogado sindicalista, ahora su meta era acabar con las diferencias de clases sociales. Luchaba por un mundo mejor, por un salario digno para todos, por la educación universal.

De repente, se abrieron las puertas con gran estruendo y comenzó la balacera. Instintivamente se tiró al piso. Levantó levemente la cabeza y vio caer al compañero Domingo. No pudo hacer nada por ayudarle. Intentó localizar sin éxito a su padre en aquel barullo, donde las arengas solidarias se habían transformado en lamentos de agonía. Las balas silbaban a su alrededor como abejorros encabritados. Reptando entre compañeros tendidos, algunos ya inmóviles, apartando bancos tumbados y resbalándose entre panfletos regados consiguió llegar a los baños. Una vez allí, rompió el cristal de la ventana con el codo y saltó al callejón.

Corrió sin rumbo por las calles de la ciudad, huérfanas a esa hora de cualquier rastro humano. Solo escuchaba esporádicamente a algún borracho perdido balbuciendo incongruencias, rotas por los aullidos de perros solitarios ladrando a la luna.

Los pulmones aún le respondían, pero estaban al límite. Trataba de controlar los palpitantes latidos del corazón que resonaban por todo su cuerpo con lo que parecía el volumen de las sirenas de los cargueros anunciando su llegada a puerto.

Ya más calmado, inmóvil en una oscura esquina, trató de orientarse. Tenía los labios resecos por la tensión. Sus ojos de color miel, casi transparente, duros e inquisitivos, que tantos corazones habían derretido, se concentraban ahora en indagar su próximo paso.

Se encontraba en la Colonia Altavista, el barrio de los capitalistas. Ni sabía cómo llegó hasta allí. Era la primera vez que ponía un pie en aquellas elegantes avenidas de impecables paseos y árboles podados a la perfección, cuyas copas ofrecían apaciguada sombra durante las horas de sol ardiente. Desde la Colonia Petrolera, la suya, no se visitaba esta colonia ni con invitación.

Oyó unos pasos apresurados acercándose en dirección a donde se encontraba. Logró vislumbrar una silueta al galope que entró y salió del círculo del poste de luz como una sombra de fantasma. El farol alumbró, segundos después, a dos polizontes que le pisaban los talones. Enfilaban en estrecha carrera hacia donde se encontraba.

Dio media vuelta y echó a correr. Dobló la esquina y, sin pensarlo dos veces, trepó el muro de una residencia y saltó al jardín. Justo a tiempo. Los tamarindos habían ido ganando terreno y alcanzaron al desgraciado. Tras escuchar un golpe seco, le oyó gemir quedamente. Después de cada sordo bastonazo en sus costillas, soltaba un lamento de animal herido. Y llegó el silencio tras esta melodía sangrienta y acompasada que nunca debería haberse compuesto.

Unos reflejos azulados le indicaron que se acercaba el auto de la policía para llevarse al infeliz cuyo destino ya estaba sellado: si no había muerto o se desangraba por el camino, lo rematarían en comisaría.

 —¡Atila! —escuchó aullar a una voz grave y autoritaria.

—Sí, mi capitán —le respondió otra voz sumisa.

—Usted y Orestes se quedan a dar una ronda. Que no escape algún otro hijo de la chingada.

—A la orden, mi capitán.

Desaparecieron las luces policiales y se alejaron las voces. Sin apenas respirar, se mantuvo inmóvil como una estatua hasta que el silencio de la noche le envolvió completamente. El peligro le impulsaba a pensar rápido. Una incipiente erección abultaba en la bragueta; el miedo y el placer son compañeros de cama en el cerebro.

La primera vez que se vino debía de tener 13 o 14 años. Fue durante un examen de matemáticas con aquél re cabrón de Don Francisco. Faltaban quince minutos y le quedaban no sé cuantos putos problemas por resolver. La sombra del pupitre le disimulaba una enorme erección.

El terror le atenazaba la mente, y su mano escribía números sin sentido en el papel de borrador. Estaba tenso como un alambre y cuando sonó la campana se vino. Así sin más. No sintió placer, pero sí una gran liberación. “¡A la chingada!”, pensó, levantándose el primero para salir corriendo al baño a limpiarse. Nunca se lo contó a nadie. Cómo se explica que su primera venida le sucediese en estas circunstancias. ¡Menuda chirigota! Hubiese sido un hazmerreír.

Escuchó ruidos de nuevo e, instintivamente reculó del muro, topándose con un árbol gigantesco. Se escuchaba movimiento en la residencia y advirtió que se encendía una luz. El entreabrir de una puerta le hizo encogerse aún más. Posiblemente la actividad policial les había alarmado. Estaba en medio del jardín. No tenía escapatoria. Si le alumbraban con una lámpara estaba perdido. Si regresaba a la calle, posiblemente se toparía con Atila y su compinche que no debían andar muy lejos. Acudirían a la carrera alarmados por el revuelo. Un sudor frío le recorría la espalda y empapaba la camisa. Intentó moverse hacia la izquierda, por lo menos para quedar semi oculto por el tronco del gran orejón centenario.

“¡El árbol!”, pensó al sentir su rugosa corteza raspándole la espalda.

Decidió trepar. Allá arriba, entre el tupido follaje, podría disimularse.

Distinguió una silueta con linterna que se acercaba hacia donde se encontraba.

—¿Quién anda ahí? —gritó el hombre, dirigiéndose a la oscuridad.

Atila y su compinche se asomaban ahora a la verja de la residencia.

—Señor McDermond, ¿sucede algo?

—He escuchado ruidos. ¿Qué pasó? —contestó dirigiéndose hacia la cancela.

—Unos sindicalistas comunistas huidos. Hemos atrapado a uno.

—¡Dios mío! ¿Hay más por la zona?

—No lo creemos. De todas maneras, seguiremos la vigilancia. Entre en su casa y atranque puertas y ventanas.

—Sí, sí, por supuesto.

Mientras Atila y el otro perro se alejaban el señor McDermond se apresuró hacía la casa. Cerró la puerta con un golpe seco, mientras musitaba ansioso:

—Comunistas, comunistas, qué plaga…

Otra vez el silencio. Sus ojos, ya acostumbrados a la oscuridad, se fijaron en que el orejón estaba casi pegado a una ventana entreabierta. Súbitamente, se encendió la luz en la habitación. El señor McDermond entró como una exhalación pegando gritos:

—¡Eva! ¡Niña! —chillaba mientras se acercaba a la ventana para cerrarla.

Se quedó de piedra. El señor McDermond estaba a medio metro de donde se encontraba. En sus prisas por asegurar la casa cerró la ventana sin mirar fuera. Cuando el dueño de casa se apartó del vidrio pudo contemplar lo más bello que había visto en su vida, una visión del más allá. Una niña somnolienta de belleza asombrosa, flotaba envuelta en una camisa de noche azulada, cubierta en espuma del mar. Su melena negra como la noche, surcada por una franja dorada en el costado izquierdo, reflejaba con su brillo los destellos de la luz de la lámpara, produciendo estrellas doradas que lo llenaban todo a su alrededor, o eso recordó más tarde. Algunos de sus rizos rebeldes escapaban ensortijados de entre otros mechones más lisos, enmarcando su cara de Madonna estilizada.

El señor McDermond habló algo con ella, la recondujo a la cama, le dio un beso en la frente y salió del cuarto, apagando la luz.

¿Cuánto tiempo estuvo allí paralizado? ¿Minutos, horas? No lo recordaba ni le importaba, porque el verdadero recuerdo, el que no se degrada ni se enreda con el paso del tiempo, no se compone de imágenes, sino de sensaciones. Y aquella era nueva, potente, plena, avasalladora, dolorosa y placentera a la vez. Le rasgaba las entrañas a la vez que le colmaba las venas de adrenalina. Le vaciaba el estómago a la par que le inundaba las neuronas.

“Eva, dijo su papá. Eva, Eva”, como la canción “Eva” que ahora  tarareaba en su mente. La sabía de memoria. Entre otras cualidades conquistadoras, tocaba canciones románticas a la guitarra. Sus baladas derretían a las más duras. “Eva” era una de las favoritas de las compañeras, porque las revolucionarias también tienen su punto flojo. Cantaba la canción a la presa elegida mirándola directamente a los ojos, y la notaba venirse en los calzones antes de terminar.

Sintió una punzada de angustia en la boca del estómago. Cerró los ojos un momentito y sintió a Eva abrazándole, enlazándole por los hombros, como para bailar. La tomó por la cintura, apretándola contra su pecho con fuerza, sin que opusiera ninguna resistencia.

En el mismo momento que ella apoyó la cabeza sobre su pecho y comenzaron a girar, un aroma embriagó todas sus neuronas, algo desconocido hasta entonces; el olor a champú de su melena combinado con la fragancia de su piel.

Notó que le venía una erección como un caballo y trató de contenerse. No quería asustarla en este primer encuentro, y dado lo pegados que estaban bailando, era imposible que no lo notase.

Poco pudo hacer porque su verga actuaba por su cuenta. Eva no se inmutó. Levantó ligeramente la cabeza, le empapó con su mirada multicolor, preguntó cómo se llamaba, sonrió y volvió a pegarse a él. Poco a poco se relajó y se deslizó en ese olor a pradera de su cabello, dejándose llevar por la suave música. Su erección fue bajando paulatinamente mientras en su mente se repetía un nombre: “Eva, Eva”.

Cuando abrió los ojos estaba amaneciendo. Aún protegido por la semioscuridad se deslizó cuidadosamente del árbol, aceleró agachado hacía la tapia, brincó y no dejó de correr hasta llegar a su casa. Se metió a la cama y durmió 24 horas seguidas. Al despertar recordó retazos de un sueño teñido de cambiantes azules, violetas y verdes, los colores de los ojos de Eva. Su mirada  mudaba según la posición del sol, su estado de ánimo y el reflejo del vestido que llevase. Pero eso lo descubriría un poco más tarde. En ese momento todavía no lo sabía, sólo lo intuía.

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Rosana Ubanell

Rosana Ubanell es la autora del best seller internacional Volver a morir, primera novela de una trilogía de intriga y suspenso de la que se ya se prepara una serie de televisión basada en su protagonista, Nelson Montero, el primer detective hispano de la literatura. En el 2012 publica Perdido en tu piel, novela romántico-erótica y de suspense sobre dos amantes que se reencuentran después de treinta años.

Ha trabajado durante muchos años en Bruselas y Washington DC como corresponsal de varios medios en español. En la actualidad reside en Miami, donde es subdirectora de Nexos, la revista de vuelo de la compañía American Airlines.

Rosana Ubanell (Pamplona, España) es licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra (España) y posee un MBA en Transacciones Internacionales por la Universidad George Mason de Virginia (EE.UU.)

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