CAMINO A CASA

María José Navia

Escarbas en tu cabeza hasta sangrar. Remueves pedacitos de tu cuero cabelludo con las uñas, hasta que duele. Es un dolor raro. Ni realmente placentero, ni realmente doloroso. Un dolor que te hace sentir viva, pequeños pinchacitos. Son las cosas que, supones, te hacen rara. Las cosas que no te gusta contarle a nadie pero que algunos novios han acabado por descubrir e irremediablemente detestan. Tú, quedas con algo de sangre entre las uñas durante todo el día como recordatorio. Si te duele la cabeza, te lavas los dientes hasta hacerte doler las encías. Para secar tu cabello mojado, sacudes tu melena de adelante hacia atrás el número de veces de la edad de tu pareja. O tuya, si estás sola. Tu pequeño ritual de concierto de rock. Y ya tienes treinta años. Treinta sacudidas.

(Y tantos moretones).

Las rarezas aumentan con el nerviosismo. Miras tus dedos llenos de sangre, te arde la cabeza en pequeños punzazos de dolor, así que el veredicto es simple: los nervios son muchos. Esperas fuera de la consulta del médico. No tienes ganas de llamar a nadie, ni de leer las revistas (todas arrugadas). Nadie sabe que estás aquí. La secretaria levanta a ratos la vista para mirarte. O sonreír. Tú haces listas; las cosas que debes hacer durante el día, los regalos de navidad que debes comprar este año, los libros que quieres leer en las vacaciones, cosas que quieres tener, canciones de las cuales te gustaría saber la letra; películas a las que quieres darles una segunda oportunidad, conciertos a los que quisieras ir, platos que te gustaría aprender a cocinar.

Las manos te tiemblan.

Te zumban los oídos.

La cabeza duele tanto.

Una vez adentro, te lo dice: Cáncer.

Igual que mi signo, le contestas.

El doctor te observa perplejo. Intuyes que desearía abofetearte.

¿Qué?-continúa. Es su forma nada de invisible de darte una segunda oportunidad. Lo dice lento, como saboreando la palabra y mirándote siempre bien fijo.

Cáncer- repites tú también lentamente, con cara de “entiendo”

Igual que mi signo, agregas.

Nací en Julio.

Mamas es una fea palabra. Pechos tampoco te gusta. Senos. Pechugas. No puedes nombrar tu enfermedad. Se te resbala de la lengua, te preguntas si será un problema. Si esto te vuelve más o menos enferma. En libros y películas, la enfermedad parece volver más sabias a las personas. Tú esperas tu flechazo de lucidez con algo de impaciencia. No llega todavía. Esperas el ascensor también por largo rato hasta que reparas en que no has presionado el botoncito. Por ahora te sientes un cliché: Cáncer de Mama. Sólo puedes pensar en comprar productos color rosado. Post-its. Camisetas. Lápices. Pulseras. Muchas. Llenar tus dos brazos de ellas.

Cuando niña (hasta hace no mucho) rezabas dejándole post-its a la virgen. Escribías tu petición en un cuadradito y lo pegabas a los pies de la pequeña figurita sobre tu velador. Una buena nota en la prueba. Conseguir el trabajo soñado. Amanecer bonita. (Juras que no era irrespetuoso). (Prometes que no era irrespetuoso). ¿Qué post-it escribirías ahora? ¿Que no duela? ¿Que te sea leve? Un profesor español en la universidad solía usar esa expresión. Una vez, para tus exámenes, te lo dijo como al pasar: Que te sea leve. Te costó concentrarte en el examen, que te sea leve, que te sea leve, imaginabas la estatua de Atlas soportando el mundo en sus espaldas, Sísifo con su piedra enorme, que te sea leve. Tú no sientes un peso, no lo sentías con los exámenes y no lo sientes ahora. No sientes nada. Y, ahora que lo piensas, en estos exámenes reprobaste miserablemente, ¿no?

Estás en una zona rara. No eres de esos niños calvos que se están muriendo de leucemia y que uno piensa, con horror, con el corazón apretado: pero si han vivido tan poco. No eres una abuelita con cáncer y sus pechos cercenados y brillantes pañoletas de colores en la cabeza. Tienes 30; y confiesas que algo has vivido. No mucho. No demasiado. Tuviste infancia y juguetes. Sexo. Te tocaron y tocaste. Creíste que el cuerpo entero se volvería una bola de fuego, incandescente. Tuviste amores terribles, fulminantes, aburridos. Leíste libros. Viste películas.

Pero hace un año que estás sola.

Tu último novio hace tiempo que dejó de doler.

Es como si el cáncer viniera a traerte la cuota de dolor que la vida se había olvidado de cobrar.

En la noche quedaste de cenar con tus padres. Quedan aún algunas horas para que tu enfermedad los inunde, los invada. Horas de ficción. Horas en las que tu enfermedad no es real. No aún. No todavía. Estás en el hospital de la Universidad Católica, en el centro; la casa de tus padres queda en Las Condes. De La Alameda a Las Condes hay una larga línea recta de varios kilómetros. Tú, quieres caminar y caminar. Puedes sentir los exámenes en tu cartera, brillando o emitiendo una especie de radioactividad. O un rumor, un murmullo. Algo que solo tú puedes escuchar. Tu cabeza sigue insistiendo en pensamientos frívolos, ir a comprarte ropa interior, un corpiño casi de cabaret para el tiempo que te quede, un vestido bien escotado; ir al restaurante de sushi carísimo que siempre has querido probar, saltar en bungee, viajar a Japón. Sigues con las listas. Cinco países que mueres por conocer: Japón, Escocia, Irlanda, Tailandia, Marruecos. Cinco libros que aún no lees y tienes tan pendientes: los cuentos completos de Flannery O’Connor; Tom Jones, Rojo y Negro, todo de Enrique Lihn, Finnegan’s Wake.

Para el resto del mundo el día continúa igual. O tal vez no. Cuántas personas estarán teniendo una pelea terrible en estos momentos, cuántas relaciones acabadas, cuántos malos diagnósticos, de esos con plazos fatales, contados en años (pocos) o meses (siempre imprecisos). Caminas por Providencia; el nombre es lindo, la avenida, no tanto. Hay tantos recuerdos guardados en esta calle. El café donde tuviste tu primera cita y a donde luego llevaste a otros chicos, ya nunca más con el mismo cosquilleo; el hotel donde te acostaste con un escritor algo conocido que pasaba por la ciudad, una habitación que tenía como una salita, un recibidor, nunca llegaron a la cama; a veces pasas por ciertos lugares y crees que vas a verte, en una versión más joven, con Gustavo, Andrés, Francisco y tú con tanta ilusión, tanto amor o tanta pena. Sería lindo que todas las vidas, todas las opciones, pudieran coexistir, en paralelo. Que en otros universos, siguieras yendo al cine con Andrés, besándose hasta que ardían los labios, aún caminaras por el Parque Forestal con Gustavo, tomaras una copa con Francisco en los bares de la Plaza Ñuñoa.

Y en todas esas vidas fueras feliz.

Cuando niña, tus libros favoritos eran los de Escoge tu propia Aventura; poder elegir el destino del protagonista al final de cada página, al comienzo de cada elección, te daba un vértigo delicioso. Luego, si el final no te gustaba, siempre era posible volver atrás y tomar otra decisión. Es una mala enseñanza o escuela para la vida real, la verdad. En ella nunca podemos volver atrás. Probablemente tampoco queremos. No realmente. Sí quisiéramos y siempre, de eso estás segura, todas las opciones a la vez. No sólo poder elegir el camino sino que probarlos todos, simultáneamente. Así, en otro universo, sales de la consulta del doctor con tus exámenes luminosos. Ha sido una falsa alarma. Perdóneme si la hice ponerse nerviosa, hay que ser precavidos siempre. Y tú dirías, no se preocupe, doctor. No es su culpa, muchas gracias.

Nada de cáncer. Nada de quimioterapia. Nada de lo antes posible.

Nada de igual que mi signo.

Solo has tenido tres experiencias con la muerte. Tu abuela, tu abuelo y una profesora muy querida. Todos murieron ya en sus setentas u ochentas. Todos llevaban largo rato enfermos. Nunca se te murió una mascota (tus padres nunca te dejaron tener una). Nunca te accidentaste, nunca te quebraste un brazo ni un dedo, nada. Nunca te tocó correr de urgencia al hospital.

Suena tu celular. No conozces el número. Contestas.

¿Hola? ¿Mónica?

No, señora. Número equivocado.

¿No es el celular de Mónica?

No.

La mujer corta. Tú, quedas con ganas de pedirle disculpas. Sigues caminando. Pasas por la Iglesia de la Divina Providencia, ya sin cúpula, la botó el terremoto del 2010, tan lejos se siente ya. La madrugada del terremoto, dormías en la cama de Matías. El mundo comenzó a moverse y el corrió a ponerse bajo el marco de la puerta, desesperado. Tú solamente te incorporaste, sentándote en la cama. En el departamento se sentían ruidos de vasos al quebrarse, de sillas que se caían, libros desparramados por todas partes. Matías te gritaba: ¿no te vas a levantar?, ¿no te vas a levantar?. No alcanzaste a responder y cesaron los movimientos. Tú, volviste a dormir, mientras Matías – te contaría luego- intentaba conseguir información, ayudar a los vecinos, conversaba con el conserje.

Duraron poco más. Unas semanas y ya estaba cada uno de regreso en su historia. Dos años más tarde, viajaría a verte a Nueva York, ciudad donde estabas haciendo una pasantía en las Naciones Unidas. Fue una de las semanas más lindas de tu vida. Fuiste a dejarlo al aeropuerto, ambos con la confianza de que, una vez terminada tu estadía allí, volverías a Chile y a una vida juntos. Los dos lo creían. Y los dos, asumes, dejaron de creerlo. Tú antes que él.

Lo llamaste y le dijiste No. No más. No puedo.

Hablaron por horas. Lloraste. Lloraron. Le rompiste el corazón en medio millón de pedazos.

No volvieron a verse.

Nunca te atreviste a pedirle perdón.

Evitaste sus calles, sus lugares, por años. Pasas por fuera de la iglesia y su falta de cúpula; ahora tiene un techito provisorio, triste. Matías en el aeropuerto te abrazó con tanta fuerza, hasta doler. Ya nos vemos pronto, ¿cierto? Repetía y repetía. Y tú dijiste sí, creíste que sí, querías que resultara y lo viste irse caminando con su maleta. Radiante. Pronto empezaron las dudas, pronto fue claro que no. Matías iba volando en su avión rumbo a Santiago, lleno de expectativas, feliz, y tú volvías a casa en metro, sabiendo que no, que claro que no. Te falta el aire de solo pensarlo. Perdón, perdón, perdón.

Perdón, perdón.

Qué ganas de haberle pedido perdón, de pedirle perdón hoy, todos los días de la vida, todos los días que te quedan. Hace tiempo que no regresabas a ese recuerdo. Por años lo habías cercado por un foso de cocodrilos, alambre de púas, rejas de alto voltaje.

Cierras los ojos y aún puedes oír su voz quebrarse del otro lado de la línea mientras tú le cuentas la verdad, tarde tan tarde. Tarde tan tarde tan tarde tan tarde. Dentro de tu lista de asuntos pendientes e imposibles está pedirle perdón a Matías, escribirle una carta eterna y hacerla viajar en el tiempo, cruzar los dedos para que se desenamore de ti antes que tú de él. Y así poder ser tú la de la voz quebrada, la del corazón roto, la que nunca más volvió a escribir ni publicar. Cada vez que encuentras su primera y única novela en alguna librería, te quedas hojeándola por largo rato. A veces la compras. A veces no. Temes que, si las compras todas, acabes por borrar a Matías por completo.

Pasas frente a la puerta de la iglesia. Hay dos ángeles. Cada uno a un costado. Son bellos. La palabra lindos no alcanza para describirlos. Son bellos, siempre te han fascinado. A cada uno le pides perdón. Perdón, Matías, perdón. Que tengas la más feliz de las vidas.

Vuelve a sonar el teléfono.

¿Mónica?

No, señora, este no es su teléfono.

¿No es el 2022889684?

Podrías decirle que ése sí es tu número. Y no el de Mónica. Podrías decirle, nuevamente, que se ha equivocado. Podrías simplemente cortarle. Pero lo que dices es: me acaban de diagnosticar cáncer de mamas. La última palabra sigue incomodándote, suena infantil casi, como un animalito de peluche, como la primera palabra que pronuncia un niño. Del otro lado, silencio.

La señora murmura: lo siento tanto.

Corta.

Tú te quedas con el teléfono en la mano por un par de segundos.

Las cinco cosas que quieres aprender a cocinar: ají de gallina, beef bourgignon, mousse de chocolate, pie de manzana, lasagna.

Cinco películas que quieres volver a ver: Lost in Translation, El Mago de Oz, El Padrino (¿vale por una o por tres?), Barry Lindon, Con Ánimo de Amar.

Sigues caminando.

Te detienes en el Drugstore a comprar un par de libros. No los que tienes pendientes, no los que deberías. Compras los diarios de Sylvia Plath, los cuentos de Steven Millhauser, una novela de Sylvia Molloy, la última novela de Fresán. En Mantra, tu libro favorito de Fresán, uno de los personajes le pide a su médico, que acaba de diagnosticarle un tumor gigante, que se lo comunique como en un musical. Síndrome Combray se llama su enfermedad. Cada vez su vida se va transformando más en un solo recuerdo del pasado, repetido sin parar en la cabeza. A ti te cuesta separar uno por completo, los recuerdos se entrelazan, saltan de tu primer beso (dentro de un auto, torpe, breve) a tu primera desilusión, tu primera mentira, tu último orgasmo (más lejano de lo que te gustaría). Todo se vuelve un torbellino. Las palabras del médico explicándote los pasos a seguir se desdibujan como bajo algodones.  Y no escuchas nada. No entiendes nada.

Te compras un vestido rojo, siempre has querido tener un vestido rojo. Tiene unas mangas algo aglobadas, y cae un poco más arriba de las rodillas. El escote es generoso sin llegar a ser de mal gusto. Qué bien te queda, comenta la vendedora al verte salir del probador. No sabes cuántas veces vas a poder usarlo antes de que el escote quede tan flojo, tan triste, tan vacío. Lo compras sin pensar demasiado en el precio (bastante caro) y sales otra vez a la calle. Aún quedan un par de horas. Revisas el teléfono: cinco emails, un par de comentarios en Twitter. Correos de tu trabajo (dos de estudiantes, uno de la secretaria del Departamento de Literatura Comparada), uno de tu hermana (para contarte de sus andanzas en San Francisco, aburrida, acompañando a su marido mientras hace su doctorado), otro de Roberto (una línea: ¿estás bien?). Hace tiempo que no le escribes, hace aún más que no se ven, no salen. Y él no se rinde, sigue insistiendo. Invitándote a fiestas a las que nunca llegas, a ver películas que luego ves sola por el cable.

Le contestas. Una sola línea también. No, R, no estoy bien.

Todavía no puedes decir más. Las palabras no logran llegar hasta la punta de tus dedos. Dejas el suspenso más por imposibilidad que por hacerte la interesante. Otra línea es la que se escribe en tu cabeza: tengo Cáncer, R. Sácame de aquí.

¿De dónde, la verdad? ¿Dónde está el botón de pánico, la salida de emergencia, de este día? Quisieras llorar y no puedes; quisieras gritar pero no es el momento ni el lugar.

Sigues caminando.

Mentiste antes, te das cuenta. Hay otra experiencia con la muerte sobrevolando tus recuerdos. Cuando estabas en cuarto básico, en el colegio, una chica de quince contrajo leucemia. Todos los días, durante poco más de un año, las formaban en el patio del colegio, a todos los cursos, y las hacían rezar dos Padre Nuestro y tres Ave María por la salud de Catalina. En la capilla del establecimiento habían colocado una foto de la chica. Tenía cara de paz. A veces ibas a encerrarte allí en los recreos y le hablabas. Nunca pudiste conocerla en persona.

Un día volvieron a formarlas y, la directora, con cara de tristeza infinita, les habló de Catalina. De sus buenas notas, de su compañerismo, su naturaleza ejemplar y cómo ahora estaba mejor y no sufría. Te alegraste por los segundos que tardó en llegar la siguiente frase en la que las invitaban al funeral que se celebraría al día siguiente.

No quieres que tus amigos llamen para preguntar si necesitas algo o cómo te sientes. No quieres que acosen a tus padres con preguntas, ni que te miren con cara de pena. No quieres cadenas de oración. Quieres que el mundo siga tal cual. Con toda su fealdad, sus malos sentimientos y sus injusticias.

¿Y si no le cuentas a nadie?  ¿Y si te niegas a creer en esta historia? ¿Acaso un diagnóstico no es más que eso? ¿una historia, una posibilidad?

Cuéntenme otra, por favor. Esta no me gusta.

Tal vez Fresán tenía razón. Cántemelo como en un musical. O como una canción de cuna.

Sigues caminando con tu bolsa de libros, con tu vestido. No te duele nada. No sientes nada. Hay algo de irreal en estas horas, algo de insoportable. Tienes hambre. Te detienes en un pequeño restaurante. Pides el menú del día. Sopa de zapallo, quiche de verduras, crème brulee. Decides incluirla en tu lista. En vez de mousse de chocolate, quieres aprender a cocinar creeme brulee. O crema catalana. Nunca has sabido si son lo mismo o hay alguna diferencia entre ellas.

Saboreas todo.

Te demoras.

Te tomas tu tiempo.

Tu Tiempo. Qué ternura. Qué gran mentira también.

En el restaurant suena una canción pop de moda. Te gusta. La cantas, bien despacio. Pronto ya nadie se acordará de ella. Una canción destinada al olvido, a la obsolencia. Triste y valiente a la vez. Hacer una canción para que desaparezca tan pronto. Una belleza algo tímida, algo humilde. No es una gran obra de arte, no va a cambiar el mundo. Suena. Suena nada más.

Suena nada más.

Nada.

Más.

El mozo queda con el brazo extendido. Ves el recibo al final de su mano a través del agua y un súbito dolor de cabeza. Lágrimas caen por tus mejillas. Te duele la garganta. Tienes los dientes apretados. El mozo, es lindo, mira para otro lado. Decide dejar la boleta sobre la mesa y se va. La canción habla de querer a alguien por siempre. Más preciso: alguien que dice querer a su amado por mil años. Mil años, piensas, ¿quién nos enseñó a querer en números tan grandes? Quién nos enseño a mentir en números tan grandes?

Son otros los tiempos.

Son otras nuestras posibilidades.

Dejas una propina más generosa de lo habitual.

No sabes cómo, pero vuelves a la calle. Un pie frente a otro (tus zapatillas son moradas), sigues caminando. La canción aún no se evapora de ti. La arrastras por un par de cuadras; las lágrimas ya bajo control.

Piensas en tus padres cuando les cuentes la noticia. El silencio que seguro se va a armar. No quieres que lloren. No podrías soportarlo. ¿Y si no les cuentas?. ¿Y si te regalas una semana?. Una nada más. Lo prometes. ¿Es muy grave eso?. Les podrías escribir una carta. Contar por email. Evitar sus rostros y sus ganas de mentirte. Y aún no duele nada no duele nada no duele nada. ¿Cómo se cuenta algo así? ¿Dónde está el manual de instrucciones para las malas noticias?

Pasas por sectores feos de la ciudad. Calles sin personalidad, edificios mal diseñados, avenidas ruidosas. Sectores de oficina, grises. Fuentes de soda, kioskos de revistas, lustradores de zapatos. Nunca te han lustrado los zapatos; hoy llevas zapatillas así que no puedes intentarlo.

Sigues caminando.

Sigues caminando.

Sigues caminando.

Cinco grupos de música que quisieras conocer mejor: Nick Cave and the Black Seeds, The Lumineers, The Beach Boys, los Blop, Héroes del Silencio.

Cinco cantantes favoritas: Tori Amos, Alanis Morisette, Natalie Merchant, Ella Fitzgerald, Teresa Salgueiro.

Pasas a una botillería a comprar una botella de vino para la cena. Nunca te has emborrachado. Nunca nunca nunca. Treinta años de sobriedad. Compras tres botellas. Dos para llevar de vuelta contigo. Le escribes un mensaje a Roberto: ¿Tienes planes para hoy en la noche? ¿Tarde en la noche?

Lo envías.

Te arrepientes.

Qué importa.

Sigues caminando. A tu hermana tendrás que avisarle por correo electrónico.

Asunto: Cáncer.

Asunto: ¿estás sentada?

Asunto: Problema.

Asunto: Noticia.

A las amistades les dirás…¿por teléfono? ¿Por las redes sociales?

Estado Civil: Enferma.

Cáncer (de mamas) RT.

Tienes una relación distinta con tu cuerpo ahora. Ya no te cae tan bien. Imaginas a pequeños organismos creando ejércitos entre tus tejidos. Llenando de basura tus _______________ (¿pechos, mamas, senos?). Nunca diste de amamantar. Es un dolor que te pierdes, te perdiste, te vas a perder. La pérdida se conjuga ahora en todos los tiempos verbales. Siempre te gustó que te tocaran allí. Los besos, las caricias, suaves, sutiles o desesperadas, los mordiscos.  Te choca el contraste entre la sensualidad y lo enfermo. Piensas en la noche, en la visita de Roberto. No ha pasado nada y quieres que pase todo. Sentir el cuerpo otra vez. Sentir otro cuerpo reaccionar frente al tuyo. Descubrir otro tacto, otra saliva, otras intensidades. Otras urgencias. Ofrecer tu cuerpo enfermo. Un cuerpo que no contagia, que esconde su secreto, su murmullo, su rumor.

Y todavía nada duele. Cuesta creer esta ficción.

Usted tiene cáncer de mamas.

Ya algo avanzado.

Dos frases completas. Luego palabras sueltas: quimioterapia, operar, amputar, hospitalizar.  Regresas a la escena y es como si alguien estuviera jugando con el volumen; disminuyendo o aumentando la intensidad del sonido a su capricho. Hay palabras que resuenan en los oídos; otras que casi no logras escuchar del todo.

Quisieras buscar citas al azar en los libros que me compraste. Pero no lo haces. Sigues caminando. Las botellas de vino (tres) pesan en la bolsa. ¿Y si cancelas la cena? Puedes inventar jaquecas, reuniones hasta tarde en la universidad. No es el fin del mundo. ¿Y si te tomas tu tiempo? ¿Tienes tiempo?

Algo te hace seguir avanzando. Quisieras llegar antes. Ayudar a tu madre a preparar la cena. Ayudarla a lavar la lechuga, a cortar el queso en cubitos, a preparar la ensalada. No decirle nada hasta que llegue papá. Contarle cuando estén juntos. Cuando estén bebiendo el vino que compraste. Intentar que tu voz suene neutra, que no se transparente el nerviosismo ni el terror.

Decirles que no se preocupen.

Que todo va a salir bien.

Que tú no tienes miedo.

Tratar de no llorar, tratar de no llorar, tratar de no llorar, tratar de no llorar, tratar de no llorar, tratar tratar tratar.

Suena tu teléfono. Un nuevo mensaje. De Roberto. Dice: ¿Pasa algo?

Contestas: tengo ganas de verte.

Quieres decir: estoy aterrada.

Todavía tienes algo de tiempo. Te quedas en una plaza cerca de la casa de tus padres. Te columpias. Dejas tus bolsas apoyadas en un banco, cerca. Vas cada vez más rápido. Sientes un cosquilleo en tu estómago. Náuseas. Y pena. Y rabia. Ganas de decir, de chillar, todos los garabatos que no has dicho en tu vida. Náuseas. Pena. Rabia. Rabia. Rabia. Rabia. Rabia.

CONCHA DE TU MADRE.

LA PUTA QUE TE PARIÓ.

(Por qué)

POR QUÉ MIERDA TENÍA QUE PASARME A MÍ.

Hay muchos niños alrededor. Los garabatos pasan como anuncios gigantes por tu cabeza. Estridentes. Mudos.

Tomas asiento. Sacas los exámenes de tu cartera. Lees. No entiendes nada pero te duele cada una de las palabras. Vuelves a guardarlos.

Cierras los ojos.

Respiras profundo.

Hay personas que mueren en accidentes, todos los días, sin aviso. Hay personas que mueren de hambre, de pobreza. Mujeres golpeadas. Niños abusados. Tú tuviste aviso, tienes tiempo. Tienes, incluso, algo de esperanza.

Tengo

Tengo cáncer

Tengo cáncer de ____________.

Un nuevo mensaje de Roberto: ¿a las once está bien? ¿En tu casa?

Contestas: perfecto.

Piensas: perfecto.

Comienza a oscurecer en la ciudad. Los niños vuelven a sus casas, sin mirarte. Tienes frío. Caminas las dos cuadras que te separan de la casa de tus padres. La misma donde viviste tu infancia. De la que te fuiste hace ya siete años. Te enfermaste poco en ese lugar. Un par de gripes, dolores de estómago. Nada grave. Un par de rasmillones en la rodilla; caídas de bicicleta en la calle.

Nada muy doloroso.

Estás a dos cuadras y sientes la cabeza fría. Puedes ya ver la luz de tu casa iluminada a la distancia. El auto de tu padre ya estacionado. Has llegado temprano. Se deshace tu plan. Vas juntando de a poquito las palabras.

Tengo. Que. Contarles. Algo.

(Tal vez es muy largo así).

Me pasó algo.

(Es más corto, más al grano).

(No te atreves).

Necesito hablar con ustedes.

(Y en los segundos que te demores en seguir la historia se imaginarán todo lo peor).

Estoy enferma.

Tengo __________ de ________________.

Se te escabullen las palabras.

________ _____________ ________ _________________.

Ya estás frente a la puerta. Las manos te duelen de tanto apretar las bolsas con las compras. Las botellas tintinean en una; los libros pesan en la otra.

Respiras profundo.

Llamas a la puerta.

Washington, Marzo, 2013.

 

 

© 2013 – 2014, María José Navia. All rights reserved.

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María José Navia

María José Navia

María José Navia nació el año 1982 en Santiago de Chile. Es Licenciada en Letras Hispánicas por la Pontificia Universidad Católica de Chile, Magíster en Humanidades de NYU y hoy se encuentra realizando un Doctorado en Literatura y Estudios Culturales en la Universidad de Georgetown. El 2010 publicó su primera novela SANT (Incubarte Editores) y sus cuentos han aparecido en variadas antologías (Lenguas, Junta de Vecinas, .CL, entre otras). El 2011 su cuento “Online” resultó ganador del Premio del Público del concurso Cosecha Eñe. El 2012 su cuento “#Mudanzas” resultó finalista del concurso de cuentos PAULA.

Actualmente colabora con páginas de literatura en internet como Revista Intemperie, Terminal, Ojo Seco; escribe recomendaciones de libros en su blog www.ticketdecambio.wordpress.com y termina su segunda novela Lost and Found/Objetos Perdidos.