Baje esos “kilitos” de más… Gratis!!!

…  por Gino Winter

botero2Una de las cosas que más me llamaron la atención en mi primera visita a USA fue la cantidad de obesos que circula por las calles. Después de muchos años sigo igual de sorprendido porque cada vez veo más gordos por donde vaya, a tal punto que ya me estoy sintiendo mejor con mi apariencia de ‘subidito’, casi un David de Michelangelo Buonarroti en comparación con estos monumentos a la hamburguesa. Diariamente observo el sufrimiento de estos homus-paquidermus al embutirse en sus automóviles, y veo que han desarrollado nuevas técnicas para conducir con el volante empotrado en la barriga. A veces los imagino sacándose el auto de encima para colgarlo en su clóset y ponérselo al día siguiente… Casi el 65% de los usanos tienen sobrepeso o están obesos. El Cirujano General (Ministro de Salud) sale en spots advirtiendo sobre los riesgos de la gula y ha decretado medidas de emergencia para parar esta ‘enfermedad’ como por ejemplo, sacar las máquinas vendedoras de sodas y golosinas de los colegios… Recuerdo que hace muchos años en Lima, Perú -cuando yo estaba recién casado- usaba camisas cuello 14 1/2 y pantalones talla 30… Veinte años después, por glotón, no me podía abrochar el cuello 16 1/2 y practicaba tiro al blanco con los botones de mis pantalones talla 36. Así que un día decidí empezar un plan para anular mi membrecía vitalicia en el club de los gorditos simpaticones… Después de escuchar a mis amistades contando sus penurias sobre los más increíbles métodos para adelgazar, como las mil y una dietas milagrosas con rebote asegurado, pastillas ‘naturales’ (como si hubiera árboles de pastillas!), masajes con tortura china, vendajes, yeso, acupuntura, hierbas amargas, inyecciones, cuchillo, etc. decidí hacerle caso a un viejo y sabio endocrinólogo que en una entrevista televisiva decía que la única dieta que surtía efecto era la TLM (Traga La Mitad) acompañada de un programa regular de ejercicios. Me matriculé en un gimnasio y prometí bajar mi ingesta de alimentos a la mitad.

Los primeros días fueron devastadores. Me levantaba con hambre de náufrago y sed de vikingo, más adolorido que rodilla de zapatero; veía doble y caminaba como si estuviera cargando la procesión del Señor de los Milagros. Me volví lacónico; (no me nacionalice Lacedemonio en Grecia, sino que ya ni hablaba pues me pesaba la lengua hasta para silbar); paraba a los taxis con el hombro pues no podía ni levantar el brazo y ni pensar en manejar por los calambres en las piernas; andaba mirando al piso como chinito carretillero pues tenía los abdominales pasmados de tanto ejercicio; me molestaba tremendamente que me llamaran, pues para ver quién era, tenía que voltear el cuello con hombros y todo, como Robocop, por la tortícolis y para evitar el dolor al regresar a la posición original, terminé inventando un nuevo pasito entre breack dance y perreo. Mi secretaria –en esos años yo era gerente de un banco en Lima- quien tenía una figura perfecta (tenía), me recomendó que tomara un té adelgazante coreano que vendían en las tiendas Wong. Mi asistente quien, salvo un buen par de teteras, no tenía grasa ni en el pelo, me recomendó que tomara el Té Amargo Chavín. Estaba tan desesperado por bajar esos kilitos que me tome los dos juntos. El maldito brebaje sabía a tinta china y resultó más amargo que las gotas Pilka para la tos, esas que te las daban de niño con bastante azúcar y ni por eso dejaba de ser un castigo vietnamita. A los pocos minutos sentí los primeros efectos del menjunje: sonidos raros dentro y fuera del intestino, como si tuviera un circo de tres pistas funcionando en el estómago con delfines y todo. Retortijones, temblores, punzadas… parecía que iba a parir un ornitorrinco… Traté de tranquilizarme y pensar en una manera de llegar rápidamente y ‘sin derramar’ al baño más cercano. Miré el largo corredor que separaba mi oficina de los privados y un sudor frío recorrió mi frente. Empecé a mover muy despacio mi silla giratoria usando los brazos y los músculos pectorales, no quería usar mis abdominales por precaución… me paré en cámara lenta no sin antes apretar mis glúteos como si se me fuera a escapar el alma. Empecé el primer pasito hacia la liberación, y luego el otro pasito y un pasito tun tún, ahé, y otro pasito tun tún ahí… Que larga se me hacía la alfombra y que lejos se veía la puerta del baño… y seguía caminando como Chencha, pata gambá’ y doblando el cuerpo, mientras con un brazo hacia verónicas y naturales de pecho como El Cordobés para no chocar con los empleados que pasaban presurosos por mi camino. Empecé a odiarlos mientras trataba de devolverles el saludo con las orejas para no causar desbalance alguno en el equilibrio inestable de mi sorprendido organismo. Un maldito empleado sobón me sorprendió dándome la mano y sacudiéndola con una efusividad digna del ganador de la lotería, originando que se me incrementara el movimiento gastro-intestinal hasta el punto de darme terciana, el hijo de puta ese, todavía lo recuerdo y me sigue despertando el mismo instinto asesino… Seguí, ya con la fiebre a cuestas, mi camino hacia realización de mis ideales más profundos, pero un par de cuchilladas aerofágicas entre el ángulo esplénico y el sigmoideo me atacaron con la ferocidad de la Helycobacter pylori, haciéndome abrir los ojos del Ciego luego de patearme el Íleon. Cuando pude recobrar a medias el aliento estaba examinando las líneas de la alfombra mientras con el rabillo del ojo veía a un trío de secretarias que miraban extrañadas cómo un gerente con terno y corbata estaba con una mano aferrada en la pared mientras que con la otra se apoyaba en el piso, con una pierna recogida como para la partida de los 110 metros con vallas. Me preguntaron si me pasaba algo y les respondí: “nogh, naddjda, degjmme szohliitho…” y traté de pararme pero me quedé a medio camino con una mueca indescifrable en la cara. Veía a pocos metros la perilla de la puerta del baño brillando doradita como un cáliz de salvación. No sabía si alcanzarla de un salto, correr o nomás darme un volantín. Tenía la vista nublada, la voz gangosa, todo el cuerpo me sudaba y un extraño olor me perseguía. Estaba a punto de abandonar, dejando a mi esfínter en libertad de desencadenar el desastre, pero ahí seguía Leonidas, defendiendo el paso de Las Termopilas y mi honor como hace más de dos mil años ante Jerjes de Persia. …Nunca en mi vida di cuatro pasos tan veloces. Me agarré de la perilla, tumbé la puerta me baje los lienzos y con muy buena puntería, ya que no había llegado todavía a sentarme, realicé el más impresionante desembarco desde que el general Montgomery invadió las playas de Normandía. Después de esta desastrosa experiencia decidí hacerle caso a mi amigo Víctor Su (médico acupunturista de origen Chino) y tomar jugo de naranja puro natural (sin azúcar) todo el día, hasta 10 vasos al día. Además, tal como me lo recomendó el Dr. Toyoshigue Harada,  -Termopunturólogo Japonés- caminar todos los días no menos de una hora disfrutando del paisaje, observando los árboles, las corrientes de agua, aunque sea de acequia, y a las chicas bonitas, para que sea una experiencia agradable y no un ejercicio que cansa y al final se deja. Las caminatas calmaron mi ansiedad y movilizaron las grasas. El jugo de naranja me purificó el organismo, me corrigió la digestión y me quitó el hambre. Mi piel recuperó su color y mi pelo su brillo, como el de los perros cuando comen camote (sweet potato). En menos de cuatro meses bajé casi veinte kilos y sin carreras traumáticas al WC. Tomé tanto jugo de naranja que cuando los frijoles me traicionaban dejaba toda la habitación con olor a flores de azahar y caminé tanto que por todos lados la gente me saluda y esto se ha convertido en una catarsis muy agradable, casi una “experiencia religiosa” así que espero quedar tan flaco como Enrique Iglesias… Hoy, a pesar de los años transcurridos, sólo me falta bajar unas seis libras para estar tip top, aunque acá en Miami, con el jugo de naranja envasado y toda la comida llena de azúcares, grasas y vitaminas, espero no terminar como sucede con las dietas asesinas y las hierbas amargas de un médico chino que sale en la televisión y cobra como si trabajara en Hollywood.

Si quieren adelgazar sanamente y gratis, sigan mi consejo: 1. jugo de naranja natural, recién exprimido, en cantidades industriales, todo el que puedan tomar y a todas horas, salvo que por alguna razón tu médico te lo prohiba, 2. Dieta TLM (Traga La Mitad de lo que acostumbras) y 3. Camina, como cartero, ¿por dónde? Te lo responde el gran poeta español Don Antonio Machado: “Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar”.

Ginonzski.

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Ginonzski

Gino Winter (a) "Ginonzski": Nació en los Barrios Altos, Lima-Perú, de padre suizo-anglosajón y madre ítalo-peruana. Estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue comando-paracaidista de la Fuerza Aérea, gerente de negocios y de riesgos en un gran grupo financiero y finalmente trabajador ilegal en varias ciudades de USA. Desde hace algunos años funge como escribidor. Crónicas Ilegales es una columna de humor negro que cuenta las experiencias tragicómicas de un inmigrante ilegal en su lucha por sobrevivir en diferentes ciudades norteamericanas, especialmente en Miami.
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