Auschwitz, 75 años después

La pandemia nos ha hecho olvidar efemérides importantes. En 2020 se cumplen los 75 años de la liberación de Auschwitz por los soldados del Ejército Rojo. Yo no lo olvido. Con los años transcurridos quedan ya poquísimos testigos directos de la barbarie. Uno de ellos, el griego de origen sefardita David Galante, murió hace pocas semanas por el Covid 19 en Argentina tras haber sobrevivido al Holocausto, llevar todo el dolor en su pecho y haber guardado silencio durante cincuenta años.  A los 19 años fue apresado y llevado como un perro desde Rodas al horror en barcazas que surcaban el Egeo. En 1943 los alemanes ocuparon la isla de Rodas. Y en 1944, llegó una comisión de oficiales nazis encargados de la llamada “solución final”. Ellos nos ordenan reunirnos a todos los judíos en un edificio con nuestros bienes y nuestras joyas. Y allí, con golpes y patadas nos sacaron todo y ya no pudimos salir más. En Rodas no había mucha información y no estábamos muy al tanto de lo que pasaba en el mundo… vivíamos  como en un paraíso… hasta que llegaron los nazis, ahí empezaron nuestros problemas. Después, nos cargaron en tres barcazas, todos juntos hacinados sin agua y sin comida, hasta el puerto de Pireo. Era un viaje que, normalmente se hacía en medio día, pero a nosotros nos llevó siete días llegar. Las fuerzas aliadas estaban por todos lados, así que sólo viajábamos de noche, durante el día el barco se escondía entre las islas. Dos días después nos subieron a los trenes y nos mandaron a Auschwitz.

B7328, el número que grabaron a fuego en el antebrazo de David Galante, murió. En Auschwitz comencé a ver lo que nunca debía haber visto, lo que nunca nadie verá y lo que nunca nadie debería olvidar. Pero debemos conservar la memoria del horror aunque la historia, de forma tozuda, tiende a repetirse. No aprendemos nada porque llevamos todos en nuestras entrañas un Caín.

La historia del ser humano está jalonada de barbarie. El hombre suele escribir la historia a sangre y fuego, desde la Prehistoria, desde Caín y Abel o neandertales y cromañones. Las fronteras son el fruto de cruentas batallas en su inmensa mayoría. Mientras los escultores romanos se afanaban en encontrar la belleza sobre el mármol había emperadores que alumbraban las vías empedradas con antorchas humanas. Mientras Petronio escribía la primera novela conocida de la historia, su discípulo Nerón incendiaba Roma y alimentaba los leones con cristianos. El recogimiento del románico casa poco con los actos de fe multitudinarios que entusiasmaban a la plebe en las plazas públicas. Los cruzados se abrían camino hacia Tierra Santa a golpe de mandoble mientras la secta de los hashshashín del Viejo de la Montaña acechaba en los caminos para apuñalarlos.

El corazón de las tinieblas estaba en África, como escribió Josef Conrad (no hay cifra que se aproxime a los millones de africanos secuestrados, masacrados, violados, vendidos como bestias, explotados hasta la muerte en los cultivos de azúcar y algodón, no se ha escrito suficiente sobre ello) hasta que un psicópata lo situó en Europa y escribió a sangre y fuego las que fueron las peores páginas de la historia de la humanidad, el horror más absoluto.

Adorno dijo que después de Auschwitz no podía haber poesía. Los creyentes se preguntaron dónde estaba Dios en esos momentos. El monumento del horror, la fábrica de la muerte más eficaz jamás diseñada, estaba a pocos kilómetros de la ciudad de Cracovia, una de las más bellas del mundo. Los habitantes de Cracovia, forzosamente, debían oler ese nauseabundo olor a carne quemada que esparcía el matadero nazi: llovía la ceniza de los millones de seres humanos sacrificados.

Visité Auschwitz después de escribir El mal absoluto. No lo hice antes. Había estado anteriormente en Dachau, cerca de Múnich. Me había documentado con miles de fotografías que describían el horror intenso que se vivía en los barracones, me había adentrado en el infierno a través de las imágenes. Me iluminó, sobre todo, esa doble entrevista en la BBC a una víctima y a su victimario que está en el origen del libro. No quería rehuir el horror sino recrearlo. No se puede escribir sobre la barbarie de forma light y políticamente correcta, sin herir sensibilidades. Había que herir conciencias y sé que lo hice a los miles de lectores que han leído mi libro y que de nuevo tienen la oportunidad de hacerlo en su reedición por la editorial alemana Ilíada en su colección Marea Negra.

En Auschwitz se llora si tienes conciencia. En cada una de sus habitaciones, ante el espectáculo de esas maletas de los que hicieron el viaje a ninguna parte, o en la de los juguetes infantiles, un peluche por cada niño asesinado, o esa sala atestada de miles de gafas. Miles. Los nazis, sistemáticos, lo guardaban todo. Los barracones no eran aptos ni para el ganado. Los recluidos morían en ellos de frío, de enfermedades, de inanición; los más débiles se suicidaban abrazándose a las alambradas electrificadas porque la muerte era más digna que la vida. Los nazis programaban a conciencia la degradación del ser humano, conseguían su propósito de convertir a los internados en bestezuelas que se peleaban por conseguir los zapatos de los que morían o el mendrugo de pan que se escapaba de las manos del más débil.

El nazismo pervirtió el lenguaje, entre otras muchas cosas. Solución final por exterminio total; tratamiento especial por gaseamiento con Zyklon B (el gas de la farmacéutica Bayer). Rudolf Höss, el burócrata al frente del mayor matadero nazi, se jactaba de su eficacia y del buen ratio conseguido en su factoría polaca: 17 mil tratados en un solo día. Cuatro millones desde que empezó a funcionar. El ritmo se aceleró al ver que la guerra se perdía. El tratamiento incluía el aprovechamiento de los cadáveres con fines industriales. El racionalismo alemán funcionaba impecablemente. Los militares de las SS vivían en los campos con sus hijos y mascotas a los que adoraban mientras se emocionaban escuchando a Wagner. Las mismas manos que acariciaban la cabeza de un niño ario eran las que estrellaban contra un muro la de un niño judío o gitano una hora después.

La técnica vino en ayuda de los matarifes. Exterminar a seis millones de judíos, un millón de gitanos, unos cuantos miles de homosexuales, izquierdistas y eslavos resultaba estresante, por el ruido de los disparos de  arma de fuego, y caro, por las balas gastadas. Además, la visión de la sangre podría alterar a los soldados de las SS encargados de la limpieza racial. Zyklon B fue la solución. Rápido, silencioso y masivo. Los hornos crematorios reducían a cenizas toda esa carne muerta.

Escribir sobre el horror en esa novela no lo pude hacer sin horrorizarme a la vez, así es que actúo de correa transmisora para contar esa historia y horrorizar al lector. La novela se hace una pregunta sobre cómo un pueblo culto del centro de Europa se convierte en psicópata, cuál es el proceso para adormecer la moral y degradarla hasta esos límites de considerar a otros seres humanos como inferiores y carentes de derechos. En Alemania hubo miles de asesinos y cómplices que miraron hacia el otro lado o colaboraron activamente delatando a sus vecinos. Es imposible que la Gestapo fuera tan eficaz, no tenía suficientes efectivos. Y también en Polonia y en todos los países que caían bajo la bota hitleriana. Roman Polanski lo relata muy bien en El pianista. Padres y abuelos de los jóvenes alemanes fueron delatores, cómplices o miraron para otro lado. Fuera del rebaño, todos eran exterminables. Se premiaba la maldad, los malos sentimientos, la violencia. Se educaba a los niños para que fueran despiadados. Durante el régimen nazi salieron los peores instintos del pueblo alemán, emborrachado de ultranacionalismo y xenofobia, ese pueblo alemán que se rendía a los discursos de su Führer y celebraba en las calles el aplastamiento de todos los países a su alcance. Hubo excepciones heroicas, claro, ejemplos de dignidad humana: Ángel Sanz Briz, Oskar Schindler, los miles de seres anónimos que ayudaron a cruzar los Pirineos a los que huían del horror. El libro también se pregunta qué habría hecho cada cual, tú, yo, en esa tesitura. ¿Mirar hacia otro lado o ser un héroe?

El papel de los médicos y las enfermeras fue lo más perturbador que encontré cuando empecé a investigar para escribir la novela, y no hablo de monstruos célebres como el doctor Josef Mengele o el sanguinario doctor Aribert Fedinand Heim, el protagonista de otra novela mía, El rastro del lobo, y sus experimentos con seres humanos utilizados como cobayas. Fueron algunas enfermeras, precisamente, las que cometieron las mayores atrocidades imaginables, las que por su deontología profesional debían luchar por la vida y lo hicieron por la muerte. Eran seres malvados y de mentes retorcidas. Si existe Satanás, estaba en ellas, en los corazones de piedra de esas uniformadas de bata blanca que permitían a las reclusas parir sus hijos en ese infierno para, a continuación, ahogarlos delante de sus madres en barreños de hielo. Atroz. Como atroz era el designio de convertir en desechos humanos a miles y miles de internos de los campos a base de trabajos brutales y escasa comida. ¿Cuánto podía sobrevivir un hombre con una sopa de agua en la que flotaba una patata y una remolacha? Los nazis hacían un cálculo. Tres meses. Un tiempo en el que el ser humano perdía toda su dignidad para convertirse en un desecho andante con el que los guardianes hacían prácticas de tiro. Lo mejor era salir el primer día por la chimenea. David Galante, el judío sefardita griego, perdió a sus padres y a uno de sus hermanos en la primera jornada en el infierno, pero él aguantó, no sabe cómo, para contar su historia tras cincuenta años de silencio.

Hay mucha oscuridad detrás del exterminio nazi. ¿Lo sabían los aliados? ¿Por qué no hicieron nada por evitarlo, incluido el bombardeo de los campos que estaban perfectamente localizados? ¿Lo sabían los alemanes de a pie? ¿Creían, acaso, que se los llevaban a un sanatorio o a una residencia después de verlos desfilar a golpes de culata hacia los vagones de ganado? A buena parte de ellos, les importaba un bledo. Otros, se quedaban con las propiedades que dejaban libres. Cientos de miles de caínes, de delatores, de malnacidos que se enteraron del horror de la guerra cuando llovió fuego en sus espaldas en Dresde, otro crimen de lesa humanidad.

El mal absoluto se reedita en este dramático 2020 y estoy muy orgulloso de ello. Hay historias que me siento obligado a contar porque es un deber moral hacerlo. Esta es una de ellas. Es un libro muy duro. No hay maniqueísmo ni en el tratamiento psicológico de los monstruos. Hice un enorme esfuerzo al meterme en el cerebro de un nazi y razonar como él, me sumergí en el horror de quienes aún creen que aquella matanza fue necesaria. Hay terroristas etarras, por ejemplo, para hablar de mi país, que se arrepienten de sus atrocidades, de cada disparo en la nuca. No conozco a ningún nazi arrepentido. No lo hay. Los odio con toda mi alma.

Repetiremos la historia. Seguro. La lista de monstruos es inagotable: Pol Pot, Stalin, Radovan Karadzic, Ratko Mladic, Idi Amín Dadá… A pesar de mi libro, de Anna Frank, de Primo Levi, de Paul Celan, de Jorge Semprún, de Hannah Arendt, de Elie Wiesel. Sobre Auschwitz y sobre la literatura del Holocausto hablaremos en el la próxima edición del festival Black Mountain Bossóst del que soy comisario. Para no olvidar y para que, si repetimos la historia, seamos conscientes de nuestra maldad. El hombre capaz de pintar la Capilla Sixtina, pero también de alzar Auschwitz. El arte y el amor redimen al ser humano. En Auschwitz estaba lo peor de la condición humana.

El horror, el horror, el horror.