Arqueros de Babilonia

Antonio Ramos Revillas

Para Héctor y Pepe, mis primos

 

tapa ebook Ramos-2Nos gustaba la calle Salazar Mallén por amplia, y porque casi nunca pasaban carros que nos molestaran a la hora de jugar futbol. En tardes lluviosas se transformaba en un canal de aguas oscuras y frías donde nadábamos o nos sentábamos en el suelo, a la expectativa de que algún camión pasara por ahí y levantara olas. En esa calle éramos felices y dueños de sus cuatro esquinas.

Descubrimos Salazar Mallén casi por accidente, mientras dábamos un rodeo camino a la escuela. Antes, cada que nos habíamos aventurado más allá de nuestra cuadra los niños de la calle Gardenia y los de Camelia, donde está la tortillería, nos correteaban en sus bicis. Siempre terminábamos huyendo.

A veces, por las tardes, el cielo se volvía rojo y negro mientras alguno leía sobre héroes antiguos. Los más grandes anhelábamos ser Ulises y Héctor y el más pequeño nuestro escudero. En bravos arqueros de Babilonia nos convertíamos cuando, montados en sus Apaches, aparecían los niños de la calle Camelia. Les lanzábamos dardos invisibles que nada les hacían. Pero cuando encontramos Salazar Mallén todo fue distinto. Al fin un territorio neutro, lo que siempre habíamos querido, pero el gusto nos duró poco: los niños de Limón vivían cerca de ahí. No sólo se paseaban, también nos lanzaban cohetes y piedras. Siempre huíamos de los jinetes de Limón, Gardenia y Camelia.

Después de un pleito donde uno de nosotros se cayó mientras huía y se enterró vidrios en un brazo no salimos de nuestra cuadra. Ansiábamos la guerra cada que veíamos las vendas pero se nos imponía el miedo. Algo distinto, dijo uno. Necesitamos algo distinto.

Por esos días llegó Jorge a la cuadra, un niño mayor. Nos cayó bien porque además de prestarnos sus juguetes y subir a la higuera de doña Esther nos platicaba de su pueblo. Nosotros le caíamos bien porque lo escuchábamos. Nos decía que le hubiera gustado conocernos en su pueblo. Se habían ido a vivir a la ciudad cuando en el pueblo ya no quisieron a su mamá. Le decían cosas, nos dijo; una vez la cachetearon en la plaza. Así que nos vinimos para acá.

Su voz describía campos inmensos, donde los perros corrían hasta cansarse, con el aroma a elotes asados en la época de frío. Nos habló de la caza del conejo; estanques donde se veían los peces a ojo pelón, tractores y muchas otras cosas. Siempre era el primero en salir a jugar y el último en meterse. Su mamá trabajaba por las noches y Jorge entraba a su casa cuando quería.

Con él nos convertimos finalmente en Ulises y Héctor, en fieros arqueros de Babilonia y volvimos por lo nuestro. Regresamos por Salazar Mallén. La guerra se inició una tarde y terminó una semana después con la huída de los niños de Limón, Gardenia y Camelia. Jorge siempre estuvo en primera línea, con el tirabolitas o el tirafichas listo. Nosotros detrás suyo. Las piedras se elevaban ligeras y caían. Más de uno lloró. Con nuestra victoria ya no tuvimos que escondernos a la hora de ir por las tortillas ni correr por alguna pedrada. Tuvimos el descaro suficiente para desfilar por Camelia cuando los niños salían a jugar a las canicas. Fue así, con esa guerra, como conquistamos Salazar Mallén.

La calle no tenía casas, salvo por un vecindario, un taller y una ferretería. Jorge la elogió: pareja para andar en los carros de roles y ancha para correr. Por las tardes nos íbamos para allá a jugar futbol. Yo soy Rito Luna, vociferaba uno cuando recibía el balón. Yo, Wilson Tadei, gritaba otro mandando un pase. Yo el “Abuelo” Cruz. Nos repartíamos los nombres: Reinaldo Güeldini, Héctor Becerra, el “Wama” Contreras, el inolvidable “Bahía”. Éramos la Pandilla del Monterrey, campeones luego de vencer al Tampico Madero.

Ya no fuimos al catecismo. Del vecindario rara vez se veían personas. El más pequeño espiaba en la puerta y luego nos gritaba cuando iba a salir alguno de los hombres tambaleantes que a veces regaban monedas. Una tarde una señora de la vecindad nos propuso trabajo. Aceptamos. Desde entonces nos dejaba pasar a las casas para matar ratas y cualquier insecto que halláramos. No duró mucho tiempo. Siempre gritábamos y las mujeres que dormían la siesta se despertaban enojadas, con sus batas casi transparentes como los velos de algunas santas en la iglesia.

Había en el monte, junto a Salazar Mallén, unos árboles que daban semillas verdes y pequeñas. Juntamos muchas como municiones y perfeccionamos nuestras armas. Con la ayuda de los libros ensayamos los movimientos de Aníbal en Cannas y Alejandro Magno en Arbela. Jorge era el general y director técnico. Allá iba Aníbal contra los de Limón. Allá iba Reinaldo Güeldini por un extremo. Un sábado terminamos las armas, las prácticas y nos fuimos a la guerra.

Obligamos a los de Gardenia a encerrarse. Con cañones y palomas, últimos cohetes de la navidad, bloqueamos la salida de los niños de Camelia. Luego fuimos contra Limón. Llovía esa tarde y el agua sobrepasaba las banquetas. Los encontramos jugando. Es pan comido, dijo uno y ése fue nuestro primer error. El segundo: dividirnos. Nos enfrentaron. Atacaron con piedras. Buscamos refugio detrás de un carretón mientras los niños de Limón se escondían y avanzaban, avanzaban y se escondían. El resto de nosotros retrocedía mientras nos alcanzaban los gritos bajo la lluvia.

—¡Pégale! ¡Pégale en la cabeza! ¡Pégale, al más grande!

No supimos en qué momento ocurrió; tal vez cuando huíamos a nuestras casas, o cuando dimos la espalda para reagruparnos entre los carros. Lo dejamos solo. Cuando llegó a la calle Jorge llevaba una mano en la nuca. Su rostro estaba lívido. La sangre mezclada con el agua le había manchado la camisa. Uno dijo que fuéramos por su mamá pero él se negó. Miró hacia su casa donde no había nadie y comenzó a llorar. Nadie dijo nada cuando Jorge tomó una piedra y la lanzó contra la puerta de su casa.  Después que nos metimos y ya secos, más de uno vio que Jorge tardó mucho tiempo en entrar. Luego no salió por varios días.

A la semana fuimos a verlo. Nos abrió su mamá: una señora muy elegante que olía mucho a perfume. Tenía un vestido corto y se le veían las piernas. Nos sonrió  amable pero luego luego se retiró. Ahí en la sala escuchamos cuando se despidió de Jorge, luego los gritos de él, luego los gritos de ella. Parecía que le pegaban. Cuando ella salió seguía sonriendo pero algo en sus ojos nos dio miedo.

Las paredes del cuarto no tenían Cristos ni Vírgenes. Olía a encierro. Jorge veía la televisión. Le dio mucho gusto que lo visitáramos y no evitó que lo encontráramos llorando. El más pequeño le dio el parte de guerra: los niños de Gardenia habían vuelto a las andadas; ya no teníamos municiones para los tirabolitas, un carro de roles vivía descompuesto.

Jorge escuchó como si no le importara. Alguien le preguntó, tal vez por preguntar algo:

—¿Adónde fue tu mamá?

Jorge escupió a un lado de la cama. Era como si sus ojos hubieran crecido ante una ira repentina y luego meneó la cabeza de un lado a otro sin decir nada. Sentimos una lástima infinita por él, ahí solo, agobiado por nuestras miradas y con su mamá enfurecida. Sin embargo, el silencio que siguió a nuestra pregunta se convirtió en algo punzante, caliente, como una bofetada. A Jorge le temblaron los labios y nos sentimos incómodos con su enojo. Ya nos íbamos cuando ella regresó. Se nos quedó mirando con fastidio. Atrás de ella entró un señor. Fumaba.

—Son unos chiquillos —dijo la señora—, iguales que mi hijo  —y el señor mostró su sonrisa amarilla y aplastó el cigarro con sus zapatos.

Luego la mamá nos ordenó.

—Ya es hora de que se vayan —dijo, y entonces Jorge se levantó de la cama y volvieron a gritarse.

Salimos del cuarto asustados por el tamaño de los gritos y luego por la sonrisa del hombre que nos llevó hasta la puerta. Llevaba unas llaves en la mano y jugaba con ellas. Apenas nos sacó, asomó el rostro por una ventana como viendo si seguíamos ahí. Luego soltó una carcajada y cerró la ventana. Nos quedamos un rato sin hacer nada y luego fuimos a sentarnos frente a la casa. El más pequeño de nosotros preguntó:

—¿Y Jorge?

Al rato las luces en la cuadra se prendieron pero de esa casa no salió ninguna. Permaneció a oscuras mucho rato mientras nos quedamos mudos, asombrados por el odio, por Jorge y su mamá, por Jorge que nos había enseñado a pensar más allá del pequeño mundo de nuestra cuadra.

Este cuento forma parte del ebook “Todos los días atrás”. 

© 2014, Antonio Ramos Revillas. All rights reserved.

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Antonio Ramos Revillas

Antonio Ramos Revillas. Monterrey, 1977. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Escribe cuento, novela y literatura infantil. Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri. Su última novela, El cantante de muertos, (Editorial Almadía) fue considerada por la crítica mexicana como una de las mejores novelas del 2011.
Actualmente pertenece al Programa Nacional de Salas de Lectura de Conaculta como formador de mediadores.