Antonieta vestida de agua

Las chicas bebieron de las copas de vidrio. Conversaban al borde de la alberca. Al momento, llevaban sus peinados deshechos y el maquillaje les chorreaba hasta la boca. Los jóvenes también vestían de gala con sus trajes empapados. Los reflectores se encendieron desde los techos. Las luces navegaron la oscura superficie. Los invitados aplaudieron porque sabían que faltaba poco.

A Salvador se le vio llegar en la última camioneta. Subió cruzando la reja y pasando los arboles, mostró su brazo. A todos los que cruzaban, se les pedía mostrar las palmas, o las marcas en la frente. Se les entregaba el mismo bolso negro para luego ser dirigidos a las duchas públicas, ubicadas junto a las escaleras que descendían al fondo.

Salvador abrió el grifo. Sin quitarse la ropa dejó que la presión caliente le empapara la tela, hundiéndola en su piel. Cerró los ojos y gimió. Metió su mano en el bolso, y de éste, sacó la máscara que le correspondía. Del otro lado, otro grupo de hombres, colocados en línea y vestidos de negro y corbata, sostenían los salvavidas. Custodiaban el límite de una piscina olímpica abandonada.

Quienes faltaban por cubrirse el rostro bajaron los cristales a sus ojos y sacaron de sus bolsos las pesas para sus tobillos. Salvador bajó y se sumergió siguiendo al último grupo.

El interior de la piscina se decoró con colosales telas negras. Una alfombra roja cubría el suelo. Las mesas y sillas se desplegaban desde la mitad hasta perderse en la inmensidad acuática. En el centro de las mesas se colocaron unas pipas cilíndricas que se alargaban hasta alcanzar la superficie. Las mangueras que salían de los cilindros se paseaban de boca en boca para compartir el aire.

Salvador descubrió a la joven sentada a tres mesas de la suya. Llevaba un vestido que bailaba con la suave corriente que emanaba de los filtros de la piscina.

De los fractales de luz que alumbraban al acuario humano desde afuera, un hombre vestido de luto, arrastrando caretas que colgaban de su cuello, flotó hacia los espectadores. Nadaba apenas moviendo sus brazos; pero Salvador no se dio cuenta. Sus ojos no se movían de la joven.

La joven se soltó el cabello y sus rizos se extendieron hacia arriba, rozando el lumbre refractado, provocado por los reflectores. Sus cabellos tremolaban como cuando era una niña, cada vez que corría lejos de los columpios para esconderse desnuda en el interior del lago.

El hombre, ya frente a su audiencia, se puso una de las caretas que colgaban de su cuello. Esta vez la  primera, la triste. Sacó de su bolsillo una cajetilla de vidrio, y de ella, dos cápsulas traslúcidas. O tres, no lo se.

Soltó la caja, y ésta cayó lentamente al fondo.

Con sus dedos picó en dos la de color ámbar. Moviendo sus manos, dibujó con un líquido viscoso figuras abstractas que se iban transformando en rostros alegres, antes de disiparse en el gran océano artificial.

La joven descubrió a Salvador observándola. Por un instante lo miró, pero regresó su atención a la obra, entretanto compartía el aire de su pipa con el hombre peli-azul sentado a su lado.

Entonces Salvador miró al actor, quien introdujo una segunda cápsula en su boca.

Invocando al acto de fumar, rompió la cápsula con los dientes y exhaló de su boca otro líquido viscoso, ésta vez verde, simulando un humo imposible.

La audiencia aplaudió a destiempo, sonriendo y soltando burbujas de aire hacia la superficie.

El actor reveló la última cápsula, esta vez, de color carmesí. La destrozó con los dedos, y justo antes de interpretar su muerte, dibujó frente a todos un espejismo de sangre brotando de sus muñecas.

Salvador, distraído por la tristeza, había perdido a la joven entre la multitud que, muy lentamente se ponía de pié, justo cuando ella ahora buscaba sus ojos.

El actor ascendió boca arriba, con los ojos entreabiertos, pero evitando que su rostro alcanzara la superficie para respirar. Reflejó una sonrisa agrietada en el espejo inverso y se trasladó suspendido, recorriendo como el casco de un bote abandonado las cabezas de los invitados.

La joven perdió la figura de Salvador entre las siluetas que enloquecían sumergidas, abrumada entre las  luces de colores y los aplausos pausados; sin sospechar que afuera, ya liberado del delirio y flotando encima del sueño, su cadáver yacía debajo de los columpios, junto al lago, rodeado de toda la gente que alguna vez lo amó.