Antesala

Entra al cuarto con los ojos desorbitados.

—Traigo compañía —dice.

Yo apenas puedo mirarlo. Estoy cansada después del viaje en bus. Horas de estar sentados en unos puestos incómodos, mirando un paisaje lejano a través de vidrios polarizados. Decidimos parar a dormir bien y descansar un poco. Conseguimos hospedarnos en un pequeño hotel de carretera que descubrimos por casualidad. Estaba sucio y deteriorado, pero no teníamos más para escoger. Así que aceptamos quedarnos en una estrecha cama de metal a punto de desmoronarse.

En algún momento él se despertó y quiso ir al baño. Yo estaba entre dormida y despierta, en ese estado en el que se nos confunden los sueños con la realidad. Entrecerraba los ojos y me sentía caminando por una carretera que parecía interminable. Me desperté con el inicio de la tormenta. Miré a mi lado, él no había vuelto. Me sumergí entre las sábanas de colores asustada por los truenos, los rayos, el frío y la extrañeza de que no hubiera regresado todavía.

Cerré los ojos y volví a ver la carretera, ya no caminaba, corría, corría desenfrenada mientras el espacio se deshacía. Esta vez me despierta, entra al cuarto con los ojos desorbitados y un frasco de cristal en la mano.

—Tenemos compañía —dice.

Me acerco. En el interior del frasco de cristal hay un alacrán. Horror.

— ¿Para qué lo trajiste?

—Lo encontré en el baño, lo iban a matar. No los dejé, pobre animal. Mañana veremos qué hacemos con él.

—Yo no quiero que esté en mi cuarto, yo no quiero que esa cosa esté a mi lado mientras yo duermo.

A él le da risa.

—¿Y cómo crees que se va a salir del frasco? A ver, ¿cómo?

La lluvia se hace más fuerte. Dejamos de hablar porque ya ni nos oímos. Estoy enojada. Miro el alacrán dentro del frasco sobre la mesa de noche. Está quieto con el aguijón erguido, parece furioso. Juro que él también me está mirando. Intento volver a dormir, pero no puedo. Se me mezcla el temor de la tormenta, el cansancio, la rabia y el sofoco que me produce ahora el calor de su cuerpo al lado del mío.

Intento concentrarme en algún recuerdo agradable para poder dormir; poco a poco empiezo a sentir cómo se relaja el cuerpo y los sonidos parecen alejarse lentamente. Veo la carretera, campos interminables de trigo. Es como si planeara sobre el paisaje. El cielo azul, las nubes. Hay un olor dulce que lo impregna todo, como a magnolias. Estoy tranquila. De pronto las nubes se oscurecen. Ya no estoy planeando sino precipitándome en una caída interminable. Miedo, todo está negro. Abro los ojos asustada y me percato con horror de que el frasco se destrozó al caer de la mesa: el alacrán no está. Aturdida aún, intento despertarlo, pero no reacciona. La luz no enciende, tengo miedo de bajar de la cama, de respirar.

Él sigue sumido en un sueño profundo o, de pronto, quizás está muerto. Tal vez el alacrán ya lo picó y es solo cuestión de horas para que empiece a ponerse frío y morado. Tiemblo. Me siento ridículo. Respiro. Busco calmarme.

Todo parece una pesadilla absurda. El cuarto, sin la luz encendida, se me antoja aún más pequeño y sucio. Los rayos de luz que se cuelan por la ventana iluminan pedazos de la pared y del piso. Veo brillar algunos trozos de cristal desparramados por el suelo. Por un instante me parece ver la figura del alacrán moviéndose, escabulléndose, esperándome. No puedo respirar. Abro la boca intentando dar un grito. Silencio.

Todo parece girar y deshacerse. Reconstruyo, una a una, las pequeñas circunstancias que se unieron para llevarme hasta ahí, hasta este hotelucho en medio de la nada donde un alacrán da vueltas bajo mi cama de metal. ¿No pueden acaso subir por las paredes?

La lluvia continúa inclemente.

Tengo que salir de aquí. En un movimiento rápido llego hasta la puerta. Salgo. No me preocupo por cerrar tras de mí. Bajo las escaleras, que parecen interminables, hasta llegar a la entrada. No hay nadie. Salgo. La lluvia me cae sobre el rostro, desciende por mi cuerpo mientras la piyama se me adhiere a toda la piel, siento el pavimento duro contra mis pies descalzos. Empiezo a correr, a correr cada vez más rápido. De pronto me detengo y lo entiendo todo. Esto no es más que la continuación del sueño, yo corriendo, la carretera, la lluvia… Es idéntico a mi sueño.

¿Y si el alacrán también hace parte de él? Intento despertarme. ¿Cómo saberlo? Reconstruyendo los hechos todo es demasiado absurdo, no puede ser real. Una pesadilla, claro, una pesadilla con él muerto sobre la cama, la noche oscura y yo corriendo sin rumbo bajo la lluvia. Pero, insisto, no puedo despertarme. Quizás lo mejor es regresar. Al hacerlo me parece ver que el aviso del hotel está ligeramente torcido y que las cortinas que antes vi rosadas ahora son azules. ¿O siempre tuvieron ese color? O, tal vez, esto demuestra que sigo soñando, que estoy atrapada en una pesadilla ridícula. Subo las escaleras. Llego al cuarto, ahí está él, no se escucha nada, ni el sonido de su respiración. Me acerco a la cama a ocupar el sitio que había abandonado. Estoy empapada. De pronto, siento un ardor en la planta del pie, un ardor que me sube por el muslo, paralizándome. Me acuesto como puedo. No grito. No me quejo. No tengo miedo porque en los sueños no se muere, no tengo miedo. A lo lejos veo la carretera cubierta de trigo, a lo lejos veo la carretera, a lo lejos…


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Diana Ospina Obando

Diana Ospina Obando

Diana Ospina Obando (Colombia, 1974) es escritora, crítica y docente. Cursó estudios de literatura en la Universidad Javeriana y una Maestría en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana. Cuentos de su autoría han sido publicados en diversas revistas e incluidos en antologías como Señales de ruta (2008), El corazón habitado (2010) y Malos elementos. Relatos sobre la corrupción social (2012). Sitio web: www.elgatoquepesca.com