Adiós 2 mil 10

Quiero dedicar esta columna a las personas que sin saber recrearon mi universo ficticio a lo largo del año dos mil diez. Gracias a ellos escribí y escribo ficciones todas las noches sentado en el Starbucks de la 10 street y la West Avenue de South Beach. En mi cuartel de invierno.

A John Campbell, el neoyorquino con quien solía conversar y tomar café todas las noches en el Starbucks. John llegaba al café en su bicileta negra cerca de las ocho de la noche y se iba las once. Un domingo de enero me dijo que ya se había aburrido de vivir y que se quería matar, que si no lo veía más era porque se había matado. Al día siguiente tomamos café y conversamos, el martes también, pero el miércoles no fue, el jueves tampoco, ni el viernes. Sigo yendo a Starbucks todos los días, o casi todos, y Jhon Campbell no ha vuelto a llegar en su bicicleta negra a las ocho, ni a las nueve, ni a las diez, ni a las once de la noche.

A Julieta, la bartender argentina del bar Waxy O’connors, que me dijo un miércoles de abril en que me acodé en la barra del bar y pedí una Sapporo, que no sea pelotudo y maricón y que me tome un whisky. No tomé uno, tomé varios. El miércoles siguiente volví al bar pero no la vi sirviendo bebidas detrás de la barra. Cuando le pregunté a la bartender de turno por Julieta, me dijo que la habían echado porque era una ratera, ladrona, sin verguenza.

Al antropólogo australiano con el que tomé cervezas un jueves de julio en la barra del bar Zeke’s, conversando de Tolstoi y Dostoievsky. Al despedirnos, acordamos volver a vernos el sábado a las once de la noche. El sábado llegué a las diez y media, me fui a las tres de la mañana y el antropólogo no llegó. Unos días después, montando mi bicicleta por Meridian Avenue camino a Lincoln Road, vi al antropólogo rebuscando en los contenedores de basura verde del Flamingo Park. El no me vio.

A la italiana que se me acercó en la barra del Lost Weekend un miércoles de octubre, con un vaso de Cosmopolitan, y me dijo que acababa de llegar a pasar unas vacaciones, que si le podía recomendar restaurantes, discotecas y algún hotel mejor que en el que se hospedaba -al reservar su habitación por internet, el hotel se había visto muy diferente -. Luego dejó su vaso ya vacío sobre la barra, me dijo que iria al baño, que ya volvía.  No volvió. Una o dos horas después, camino a mi casa, en la esquina de Washington Avenue y la 11th street, la luz azul y roja de la sirena de una patrulla estacionada se reflejaba contra los cristales de una peluquería y la italiana subía esposada a la parte trasera del auto.

También quiero dedicar esta columna a los que se tomaron la molestia de leerme. No les desearé un “Feliz Año Nuevo”. Para eso existen las tarjetas de 99 centavos en el Dollar Store. Les deseo en cambio un año estable y tranquilo, con dinero suficiente en los bolsillos, con el aplomo necesario para sortear las adversidades y envejeciendo pero también madurando.

Se fue el dos mil diez, un año más.

© 2012, Pedro Medina León. All rights reserved.

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Pedro Medina León

Pedro Medina León

Nació en Lima, Perú, en 1977. Es autor de los libros Streets de Miami, Mañana no te veré en Miami, Lado B y Varsovia. Es editor de las antologías Viaje One Way y Miami (Un)plugged. En el año 2017 se produjo el cortometraje The Spirit Was Gone, inspirado en los personajes de su novela Lado B. Además es creador y editor del portal cultural y sello editorial Suburbano Ediciones. Como gestor cultural ha sido co-creador de los programas #CuentoManía, Miami Film Machine, Pido la palabra y Escribe Aquí –galardonado con una beca Knight Arts Challenge por la Knight Foundation Center-. También es columnista colaborador en El Nuevo Herald y ha impartido cursos de técnica narrativa en el Koubek Center de Miami Dade College. Estudió Literatura (Florida International University) con una especialización en Sociología y en su país Derecho y Ciencias Políticas (Universidad de Lima).
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