7 de enero

El séptimo día del año es como una suerte de pitazo final a toda la seguidilla de compromisos familiares, laborales, amicales, gastos excesivos y tragadera. Es, desde ese día, que las cosas empiezan otra vez a seguir su curso normal. De alguna u otra manera, diciembre agobia. Y no solo a mí. Para Carmona, por ejemplo, es el mes más movido del año en el trabajo. Casi no le he visto la cara. Cada vez que lo he llamado o texteado para jugar un campeonato en playstation (fifa 2011), me ha dicho que estaba busy en el restaurante, que le habían pedido que trabajase turnos dobles algunos días. Así es Miami Beach en esta época del año, me dijo la última vez que hablamos. Se repleta de turistas, se trabaja el doble o el triple, pero le conviene porque saca buenas propinas y está juntando plata para ir en enero a Lima. Aún no sabe cuando, pero después del siete, cuando todo esté ya más calmado. Este año el siete cayó sábado. Así que decidí asimilar el 2012 mood haciendo lo que más me gusta y en el lugar que más me gusta: fui a leer y tomar vino al Tapas y Tintos de Española Way. De todos los locales de Española, para mí, Tapas y Tintos tiene un encanto particular. Es una esquina poco pretenciosa, con mesitas de madera sobre la calzada de piedras, las camereras atienden vestidas de majas y la comida es fabulosa. Es un lugar que cumple con todos los requisitos de la tasca española y que ha sabido adaptarse sin problemas a las palmeras de South Beach —un contraste difícil de encontrar en otro lugar de la ciudad—. Así pues, a eso de las siete de la noche me puse el ipod en los oídos y caminé hacia Española. En el Tapas me ubiqué en una de las mesitas de afuera, con mi libro de Michael Chabon —La solución final— y mi cuaderno para tomar apuntes. Pedí una copa de Rivera del Duero y una tapa de queso de cabra al horno con tomate. El libro no estaba muy bueno, así que no fue difícil perder la concentración y chismosear a los de al lado. Era una pareja de turistas mexicanos ya mayores y, hasta donde alcancé a escuchar, era su última noche de vacaciones en Miami y él se llamaba Iñaki. Qué manera de joder la de Iñaki. Apenas le sirvieron los aperitivos y las bebidas, empezó con la cantaleta de quejas a su esposa: la coca cola no sabía igual que la de México, las patatas bravas no tenían nada que hacer con las que comieron en Barcelona y el chorizo de la tortilla estaba muy grueso.

Me aburrió el pinche Iñaki. Pedí otra copa de vino, me puse el ipod en los oídos con canciones de Sumo y abrí mi cuaderno. Revisé apuntes de mi novela, de mis reseñas y de mis columnas suburbanas, hasta que me quedé frente a una hoja en blanco. Pensé en hacer la tontería más grande del mundo: escribir una lista de cagadas del 2011 y otra de promesas o retos o metas que cumplir en el 2012. Fue en vano: las manos no me responden para escribir así. A estas alturas de mi vida, estoy cansado de ajustes de cuentas conmigo mismo, promesas y compromisos para años venideros, e incluso de las “dietas del lunes”. Tomé entonces algunos apuntes para mi novela, hasta que terminé la copa y pedí la cuenta.

De regreso seguí escuchando Sumo; me reventé los oídos con “La rubia tarada” —la puse en repeat a todo lo que daba el mini nano—. No era tarde, poco menos de las diez, pero ya en la calle no caminaba tanta gente como en los últimos días de diciembre; muchas de las casas tenían las luces apagadas y en sus ventanas ya no había colgados papanoeles, ni muñecos de nieve, ni renos.

Antes de terminar “La rubia tarada” por cuarta vez, abrí la puerta de mi casa. Desconecté el celular que había dejado cargando y encontré dos llamadas perdidas de Carmona y un mensaje de texto suyo que decía: ¡contesta tu fuckberry! salgo a las 10:30 del work, avísame si paso pa jugar un fifaso. dale, te espero, respondí.

Serví una copa con Malbec, agarré el libro de Chabon y me senté en las escaleritas de afuera a esperar. No pasaron más de diez o doce minutos cuando Carmona dobló la esquina. Al verme silbó y alzó los brazos como si estuviese celebrando un gol y después hizo como cuando Bebeto celebraba sus goles. Ya estábamos listos para empezar un nuevo campeonato. Ya estaba terminando el siete de enero… Y ya estábamos listos también para empezar un nuevo año.

@pedromedina5

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Pedro Medina León

Pedro Medina León

Nació en Lima, Perú, en 1977. Es autor de los libros Streets de Miami, Mañana no te veré en Miami, Lado B y Varsovia. Es editor de las antologías Viaje One Way y Miami (Un)plugged. En el año 2017 se produjo el cortometraje The Spirit Was Gone, inspirado en los personajes de su novela Lado B. Además es creador y editor del portal cultural y sello editorial Suburbano Ediciones. Como gestor cultural ha sido co-creador de los programas #CuentoManía, Miami Film Machine, Pido la palabra y Escribe Aquí –galardonado con una beca Knight Arts Challenge por la Knight Foundation Center-. También es columnista colaborador en El Nuevo Herald y ha impartido cursos de técnica narrativa en el Koubek Center de Miami Dade College. Estudió Literatura (Florida International University) con una especialización en Sociología y en su país Derecho y Ciencias Políticas (Universidad de Lima).